jueves, 29 de septiembre de 2011

Poetas de Guadalajara en la noche jolgoriosa de su poesía



Versos a medianoche. Poetas de Guadalajara -edición 2010-, Guadalajara, Patronato Municipal de Cultura / Ayuntamiento de Guadalajara (Colección: Poesías, 5), 2011, 130 pp.

Buena idea la de mantener viva la antorcha poética de Guadalajara a través de estos “Versos a medianoche”. Recuerdo aquellas otras veladas que tenían lugar bajo la noche estrellada de Pastrana, donde algunos participamos en numerosas ocasiones, guiados por el tesón de aquel inolvidable José Antonio Ochaíta, que muriera con la Alcarria entre las manos, y el incansable espíritu del recordado Ángel Montero, corazones latientes del Núcleo “Pedro González de Mendoza”, que tantas cosas buenas hizo en pro de esta tierra alcarreña, un tanto desagradecida. También recuerdo aquellos otros “Versos a medianoche” en Aranzueque, casi en la intimidad, mientras una suave brisa se mezclaba con la palabra enamorada, en el más absoluto silencio, que apenas sí rompían algunas tosecillas revoltosas, algunos carraspeos de emoción.
Y tantos otros, incontables, recitales del Grupo Literario “Enjambre”, a través de la provincia, pueblo a pueblo, proclamando el valor de la poesía e invitando a otros poetas de la tierra a participar en aquella explosión de alegría y contento que era decir versos, arrojar versos del alma.
Luego se hicieron algunos recitales nocturnos en homenaje al mismo Ochaíta, en la plazuela del Carmen de Guadalajara, donde ahora mismo tienen lugar los encuentros que comentamos.
Buena idea la de mantenerlos vivos y a flote, gracias a esta edición anual y buena también la idea de recopilar la voz -ahora escrita- de los poetas en un libro fácilmente asequible y manejable, donde pasar un momento en su lectura, pensando en tantas cosas…
La edición de 2010 recoge la obra de diecinueve poetas, nada menos.
Por orden alfabético abre el libro Jesús Campoamor con un poema titulado “Soneto con mis pinceles”: “… cuando pinto paisajes que me crecen, / cuando sueño con lienzos inmortales”, lleno de colorido, de imágenes plasmadas en una superficie plana (no en balde se deja ver que Campoamor es pintor).
De María de la Casa Ayuso, se ofrecen tres poemas: “El amor es”, “Todo parece muerto” y “Dolor y vida”, en los que se aprecia cierto poso de tristeza dolorida: “En un triste día me martillean / los clavos casi rotos del cerebro…”, “Está yerto de amor y misericordia / el enjambre humano. / Están por las tinieblas / las almas esparcidas”, pensamientos escritos que quizá se correspondan con los tiempos que nos ha tocado vivir.
La voz profunda de Florencio Expósito García figura representada por dos poemas: “Soñador de ilusiones” y “Romería al venero”. El primero de ellos nos descubre los sinsabores de la drogadicción, mientras que el segundo recuerda un día de verano en una casa de campo, un 25 de julio, cuando amanece el amor.
Alfredo García Huetos, con tres poemas: “Crepúsculo”, “Eternidad” y “Tanteo”, nos sumerge en todo un mundo de metafísicas presencias. Alfredo es un místico actual. “De nuevo / me remonto a tu luz / y mis ojos rebosan / de estrellas” o “De la nada me hiciste tú, mi todo, / y pusiste tu aliento en nuestra nada. / A fin de que tu vida fuera en todo.” Y todo es duda, por siempre jamás, hasta que el tiempo se cumpla y nos arrastre en su inmensidad.
De Francisco García Marquina se incluyen unos fragmentos poéticos del capítulo V de su libro “Cuya Memoria, meditación ante los tapices de Pastrana”: “Construyes con tus dedos un horizonte amplísimo, / con un gesto inocente edificas un siglo, / un mar, un viento loco, una intención y un pasmo / hasta quedar transida de su inmortalidad”.
Ramón Hernández escribe “A ti Miguel Hernández” y “Tierra de acuario”. Son dos poemas bravíos, desenfrenados, quizá un deseo de lo que se quiere ser, o de lo que no: “Me negaré a ser fósil de un anticuario / o vicetiple de una ópera bufa / tampoco quiero ser tahúr ni naipe marcado”. Una poesía totalmente libre y alejada de cualquier represión.
Gracia Iglesias Lodares colabora con una selección de poemas pertenecientes a sus libros “Gritos Verticales” y “Distintos métodos para hacer elefantes”: “La reja de la lluvia / vuelve al gato / prisionero del agua”, que recuerda, tal vez, al desaparecido Antonio Fernández Molina: “Mis zapatos mojados / luchando bocanadas como peces agónicos / emiten un sonido chirriante / (taquicardia de pies)…”.
Pedro Jiménez Picazo deja su huella a través de cinco breves poemas en los que el amor es tema fundamental.
Pablo Emilio Llorente, o sea Pablo Llorente, poetiza “A una mujer soñadora” y dice así, como final del poema: “Bella mujer soñada, entre quimeras / escondida: Sin ti, yo, soy la nada”. Es esta una poesía dura, donde el hombre -el poeta- se encuentra a sí mismo mediante la comparación y llega a esa conclusión minimizadora de su existencia.
Daniel Martínez Batanero entrega su “Regalo”, que es un soneto, a la noche estrellada.
M.ª Ángeles Novella Viejo deja su sentir a través de dos poemas. En “Eros y Tánatos” habla de lo que tales figuras mitológicas representan: el amor y la muerte. Es un bello poema.
Carmen Niño también participa con un poema -“Lentamente como la lluvia”- empapado de amor y vida: “Lentamente como la lluvia, / calaban lentamente la piel / los besos húmedos de tu boca”. Poesía amatoria en su más pura esencia.
María del Carmen Peña Palancar colabora con tres poemas: “El regalo de la abuela”, es un poema intimista y quizá basado en los recuerdos aparecidos en el fondo del desván ¿de la memoria? (tal vez una intención de regreso a la infancia); “¡Qué pena!”, sobre el tema de la soledad y la muerte, y “La víspera”, un examen de conciencia tras el tiempo pasado…
Rafael Soler, presenta otros tres poemas, “Canto a un grillo viejo y mío”, la lucha contra un tiempo de felicidad que se va alejando progresivamente, apartando la niñez; “Un poco más de ella”, y “Cata apresurada de Silvia Eliade”, en el que puede advertirse cierto regusto al encuentro del “yo”, a través del absurdo simbólico.
Julie Sopetrán deja huella de su quehacer y de su pensamiento -no puede existir lo uno sin lo otro- en dos poemas: “Deseos”, sobre la necesidad del amor que se ha soñado y se añora: “Hoy se me cae el alma en escalera / y está el cielo tan gris que se desgrana; sin tu tacto me puede la desgana / sin tus besos no tengo primavera.”, y una colección de haikus bajo el título de “La flor del agua”: “Vienes conmigo / como las aguas dulces / placer oculto.” o “Azul el sueño / el latido del agua / rueda ilusiones.” El agua, el río, la corriente… algo fresco que da vida, pero que se aleja y se lleva las presentes ilusiones, tan efímeras.
José Antonio Suárez de Puga, de reconocido prestigio y larga carrera poética, deja una muestra de su latir poético en dos poemas: “Casa encendida”, dedicado al poeta Luis Rosales, de gran calado y serena belleza: (…) “Mas el trino del ave no fallece. / Nunca las flores del vergel se olvidan / de su cantor enamorado, amante / del río Henares que la avena intima”, (esa avena loca que sembrara el doñeador don Juan Ruiz, archipreste de Hita, riberas del Henares), y “Vuelo nupcial”, de abejas libadoras que sobrevuelan las alcarrias, mientras sueñan campiñeras y serranas colmenas enamoradas.
“Terapia”, de Carlos Utrilla Paniagua, es un largo poema de trazo moderno, quizá escrito “con esta lentitud de tren hacia la noche”, “para esquivar la pena” y “exiliar la angustia”.
Tres poemas constituyen la colaboración de Jesús Ramón Valero Díez (para los amigos Chiqui Valero), uno de ello, el más extenso, “El sombrero y el hombre”, constituye un recuerdo entrañable de la figura de Fernando Borlán, ya en la distancia insondable, escrito con total desenvoltura y desparpajo.
Finaliza esta gavilla de poetas, con una colección de cuatro poemas escrita por Matilde de la Vera Mellado: “Años perdidos…”: “El aire funde nieve / como el tiempo recuerdos.”; “Cuerdas del tiempo”, “Que triste / ir perdiendo distancia / entre enredaderas de moras…”; “Droga…”, “Buscan irisados colores / en un mar de cieno.”, y “Nuevo caminar…”, “Sus manos arrastrando / piedras de vida, / empezó un nuevo caminar.”
Unos “Versos a medianoche” que leer pausadamente, con total serenidad, penetrando en el poema, verso a verso, aprovechando este tiempo estival propicio para el cambio de actividad, para hacernos soñar trasladándonos a esas parcelas etéreas del tiempo y el espacio que, a veces, tanto anhelamos y, a veces, también, tanto echamos de menos.

José Ramón LÓPEZ DE LOS MOZOS

miércoles, 28 de septiembre de 2011

El Balneario de Trillo: una historia


Un vistazo retrospectivo y actual al Real Balneario de Carlos III

Este libro nos presenta una completa historia, como no se había hecho hasta ahora, de una institución clásica, muy enraizada en la Alcarria. Concretamente el Balneario Real de Carlos III en Trillo, un centro que se creó oficialmente, con el patrocinio de la monarquía, en 1777, y que hoy ha vuelto a resurgir con el apoyo del Ayuntamiento de Trillo, y la participación de la empresa privada.
El autor del libro, el doctor Aurelio García López, ha trabajado a lo largo de varios años para reunir toda la documentación que le ha permitido concretar esta obra, con aporte de documentos escritos y mucha carga gráfica, ya que ha tenido la suerte de encontrar los planos para la construcción y sucesivas reformas de este Balneario en los siglos XVIII y XIX.
Enclavado en un lugar de gran belleza paisajística, junto al río Tajo que va estrechado entre montañas, y numerosas arboledas, aún quedan hoy restos de edificios y bañeras antiguas. El libro nos da memoria de los antecedentes de esta agua minero.medicinales, la fundación del Centro, su mejora paulatina, sus vicisitudes, sus directores, sus propietarios sucesivos, después del Estado, y en fin una amplia bibliografía y Apéndices documentales.
El libro, profusamente ilustrado en blanco/negro y en color, tiene 264 páginas, está editado por AACHE Ediciones de Guadalajara, como número 81 en su Colección de monografías “Tierra de Guadalajara” y se vende en librerías y en Internet por 18 Euros.

martes, 20 de septiembre de 2011

Un poeta de Alcarrias: Ochaita



Una biografía perfecta de José Antonio Ochaita

Llega a mis manos, de nuevo, la biografía perfecta, la de José Antonio Ochaita escrita por Tomás Gismera. Un libro redondo, perfecto, interesantísimo, que merece ser conocido, leído y atesorado. Se presentó en febrero de 2003, y desde entonces son cientos de jadraqueños y alcarreños quienes lo han leído, y también muchos mexicanos, me consta.

Datos sobre Ochaita

José Antonio Ochaita es una de las voces más personales de la poesía española del siglo XX. Esta afirmación, que aparece en la contraportada del libro que comento, con su biografía y una antología de la mejor “copla” y poesía de raíz guadalajareña que escribiera a lo largo de su vida, es la esencia de la biografía que ha escrito Tomás Gismera Velasco, y que viene a poner en su lugar exacto la figura y la obra de este jadraqueño irrepetible.
Un libro sencillo y vistoso, útil sobre todo, fácil de leer, emocionante a trechos, divertido también, entrañable. Un libro que con el patrocinio del Ayuntamiento de Guadalajara, editó AACHE dentro de su Colección “Letras Mayúsculas”. En su portada aparece, con el gesto de su humanidad desbordante, el retrato que le pintara J. Barbero en 1949. Y luego, como preámbulo a la obra, el lector se encuentra con ese otro Autorretrato que el propio Ochaita escribiera ofreciéndose en carne viva. Muchos ya saben que fue Ochaita, junto con los también poetas y letristas Quintero, León y Solano, quien escribió en las décadas de los años 40 a 70 la mayoría de las letras de lo que se llamó entonces “canción española”, muy de raíz andaluza, aunque con ejemplos tan superconocidos como el Porompompero, o el “Americanos....” de la película Bienevenido Mister Marshall. Esa faceta fue la que proporcionó un medio de vida a Ochaita, además de su trabajo como periodista, y la que le ha puesto en una página preclara y eterna de la poesía española.

La poesía de raiz alcarreña

Pero la verdadera dimensión de hombre de letras, de escritor, de poeta, de verdadero “primera fila” de la literatura hispánica y, por supuesto, alcarreña, en el siglo pasado, nos la da su talento innovador en el campo de la poesía. Los últimos años de su vida los dedicó a componer largas versificaciones sobre la historia de su tierra natal, la Alcarria. Sobre sus personajes, sus castillos, sus pueblos, sus maravillas. Con un torrente de innovaciones formales y una explosión de metáforas y neologismos que le ponen como una verdadera máquina de escribir y asombrar ante los ojos de cualquiera que se enfrente con su obra escrita.
Hace unos años, el Ayuntamiento de Guadalajara (del que Ochaita fue Cronista Oficial) editó una estupenda antología poética, que consiguió ajustar entre los justos medios de un libro la obra que se hubiera perdido de no haberlo hecho así. Ahora ha sido Tomás Gismera Velasco quien se ha impuesto, en su continua y rigurosa tarea de biógrafo de los mejores alcarreños, la de elaborar una biografía de Ochaita, y le ha salido redonda. Sencilla, sin alharacas de notas o bibliografías: con el dedo limpio de la prosa legible, y el sentimiento hondo de la humanidad que desborda. En la referencia vital del poeta se van acoplando, siempre donde corresponden, sus mejores poemas.
Un libro estupendo que se lee de un tirón, y que se guarda, porque siempre apetecerá releer sus coplas, sus piropos a la princesa de Éboli, su dramático “Manos nuevas para tierra vieja...” con el que murió, puesto en los labios, una noche de verano en Pastrana.

El autor del libro

Tomás Gismera Velasco es atencino pero desborda su actividad por la provincia toda. Es magnífica su biografía sobre el historiador Layna Serrano. Antes había escrito y publicado un libro sobre La Caballada de Atienza que ahora ha sido reeditado. En varias ocasiones ha conseguido premios y distinciones en certámenes de narrativa literaria. Y en 2033 fue nominado como “Popular de Historia” por el periódico Nueva Alcarria. No es casualidad este aluvión de presencias en los medios. Con su sencillez y su humildad, Gismera demuestra que se puede ser un gran trabajador de la cultura sin armar demasiados espectáculos. Es la forma cabal y siempre segura de construir el entablado de un gran edificio. Trabajar todos los días poniendo una madera, clavando un clavo, pintando un rincón. Eso hace Gismera con su tarea de historiador, de escritor y de biógrafo. Y en este libro sobre Ochaita le ha salido la obra redonda, espléndida, brillante. Será un libro que servirá a muchos para encontrarse con ese pequeño y vivaz escritor, al que ya tiene Guadalajara dedicada calle y estatua. Tras este libro, toda la memoria, cuajada de cariño y admiración, de los ciudadanos para él.

viernes, 16 de septiembre de 2011

Como si se levantara de su sepultura, vuelve Luis de Lucena



El testamento de Luis de Lucena

Sensacional hallazgo histórico el que ofrece este libro, que lleva por título “Luis de Lucena, humanista y médico de Julio III. A propósito de su testamento”, y cuya autora es la joven investigadora Liliana Campos Pallarés. La obra forma como número 3 de la recién creada por AACHE colección “Claves de Historia”, y tiene un total de 128 páginas, en su tamaño ya conocido de 17 x 24 cms, y muchísimas fotografías de documentos y de la capilla del personaje.
Ese hallazgo sensacional es la aparición del testamento original de Luis de Lucena, en el Archivo Histórico Capitolino de Roma, un lugar poco visitado hasta ahora por los españoles, pero que tiene una sección que es una mina: los legajos, -a cientos, a miles- de los documentos generados por españoles durante el siglo XVI en la ciudad del Tíber. Cuando los “catalani” (así se llamaba por extensión a los españoles avecindados en Roma) formaban en torno al Papa Alejandro VI y a sus sucesores, una piña de intelectuales, comerciantes, soldados, artistas, médicos y profesores. Entre ellos estaba el alcarreño Luis de Lucena, que llegó a Roma hacia 1924, más por precaución que por voluntad propia: era el momento en que el arzobispo de Toledo había desatado la persecución contra los iluminados, erasmistas y otras tendencias pseudoprotestantes, en cuya azarosa situación algunos acabaron en la hoguera, y otros salieron huyendo, como le ocurrió a Lucena.
Nuestro paisano, que era pensador por su cuenta –o sea, un humanista de los pies a la cabeza- médico y artista, aún a pesar de estar construyendo en Guadalajara la capilla de Nuestra Señora de los Angeles, junto a la parroquia de San Miguel, se quedó a vivir en Roma, donde alcanzó a cuidar de la salud de algunos Papas, en especial de Julio III, de quien fue gran amigo, así como miembro de varias academias de humanistas en aquella Roma que era lucero del mundo.
Curioso es que, aun sabiendo que murió en Roma, y que allí fue enterrado, su sepultura en la iglesia de Nuestra Señora del Popolo no existe hoy. La autora no la ha encontrado, a pesar de haber visitado la iglesia de arriba abajo, y haber entrado con permiso en todas sus dependencias. Otro misterio que queda pendiendo sobre esta figura, la del alcarreño Luis de Lucena, a quien la autora estudia, en su contexto biográfico y vital, con detalle de entomólogo. Con referencias bibliográficas, documentales, y especialmente con el análisis detallado de su completo y personal testamento, construye la vida de este hombre, en la que, todavía, se resisten algunos aspectos a ser desvelados.
El libro concluye con la transcripción cuidada, rigurosa y científica, del documento que justifica el estudio. En las fotografías vemos la letra clara del autor, y los detalles de sus mandas, la economía familiar, los personajes con quien trabó amistad, etc. Es un testamento vivo, -paradójicamente- y una fuente de historia y de emociones. Un gran libro, en definitiva, al que damos la bienvenida, y una aplauso a su autora, que lo ha hecho, y muy bien, en su primera salida al mundo de la bibliografía histórica.

martes, 13 de septiembre de 2011

Piedras armeras de Hita





Un catálogo detallado y sorprendente

A nuestra redacción llega, años después de ser editado, un ejemplar de la “Heráldica de Hita”. Apareció en 1991, de la mano de AACHE, como número 6 de su Colección de libros “Archivo Heráldico de Guadalajara” y con el patrocinio de Ibercaja, que hizo posible que la edición saliera adelante. Porque el libro, todo hay que decirlo, no es para un público mayoritario: es un libro para eruditos, o para alcarreños que quieren saber todo lo que atañe a la historia de su tierra. En las 110 páginas que tiene la obra, el autor, que no es otro que Antonio Herrera Casado, manifiesta su conocimiento de la historia de Hita, de sus personajes más señalados, y aporta un esfuerzo que aquí debemos agradecer como merece, y es la reseña minuciosa, detallista, erudita, de todos los escudos de armas que quedan o quedaban en esa época, desperdigados por la villa castellana.
La mayor parte de los 44 escudos estudiados se conservan adosados a las paredes y en el suelo de la iglesia parroquial de San Juan, la única que actualmente tiene culto en Hita. Muchos de estos epitafios, cuajados de leyendas y tallas heráldicas, proceden sin embargo de la vieja iglesia de San Pedro, que fue la más céntrica y principal de la villa, y que quedó absolutamente destruida durante la Guerra Civil española. Tal abundancia de lápidas, con emblemas y títulos, nos demuestran que la importancia de Hita no fue exclusivamente ligada a la memoria de un poeta medieval, Juan Ruiz, “Arcipreste de Hita” que posiblemente tuvo poco que ver con la villa, sino que esa importancia era manifiesta en la abundancia de hidalgos, de aristócratas, de militares y cortesanos mendocinos que habitaban sus palacios y casonas.
Hita tuvo la mala suerte de resultar gravemente herida en la contienda civil de 1936-39, al quedar durante muchos meses, en 1937, en línea de frente, siendo prácticamente reducida a escombros toda la población. En la década de los cuarenta, recibió el apoyo de la Dirección General de Regiones Devastadas con la construcción de un barrio residencial en la parte baja, junto a la carretera, y la precaria reconstrucción de su portal mayor, de entrada a la villa. Pero todo lo demás quedó en ruinas, y poco a poco ha ido renaciendo, con reconstrucciones, rehabilitaciones y apoyos progresivos, que se han concretado gracias al entusiasmo, todo hay que decirlo, de don Manuel Criado de Val, quien hace más de 50 años creó los “Festivales Medievales de Hita” que ha dado lustre y prestigio a la villa.
Este libro de Herrera es erudito, pero ofrece una memoria cierta de la historia de Hita y de la Alcarria. Por sus datos, dibujos detallistas y novedad de la información, merece ser tenido en cuenta por los coleccionistas de libros alcarreñistas, que todavía los hay…

domingo, 11 de septiembre de 2011

Una historia de Medranda








RODRÍGUEZ CASTILLO, José Ignacio, Historia de Medranda, Guadalajara, Aache Ediciones (col. Tierra de Guadalajara, 77), 2011, 240 pp.

I
Creo que los libros que componen la colección Tierra de Guadalajara, al que pertenece el que ahora comento, tienen una gran importancia, quizá mayor de la que se les ha dado, puesto que, de una forma divulgativa -pero sin caer en la vulgaridad- se pueden conocer numerosos pueblos que, de otra manera, hubiese sido casi imposible, o muy difícil, conocer.
Tienen, además, el valor añadido, de recoger entre sus páginas los más variados aspectos de todo aquello que alude, por pequeño que pueda parecer, al pueblo concreto, o al tema de que se trate.
Tal es el caso de la Historia de Medranda, un pueblo que bien podría haber pasado desapercibido por su actual pequeñez, o por eso otro -tantas veces escuchado- que viene a decir que “mi pueblo es muy pequeño y no tiene historia”. Cosa que convendría ir erradicando, puesto que todo pueblo, por pequeño que sea, tiene su historia: nació en un momento determinado, a veces desconocido, y ha venido manteniendo una existencia como todas: unas veces más agitada y rápida que otras, más pausadas, porque no conviene olvidar que son los hombres quienes los hacen y constituyen, quienes les dan vida y quienes se la quitan y que, como ellos, como los hombres, los pueblos también nacen y crecen, y en ocasiones se reproducen y mueren (aunque la memoria arqueológica contribuya a su “resurrección” temporal). Eso es la Historia. Otra Historia es también la de los grandes acontecimientos: las grandes batallas, los matrimonios, las embajadas, la corte y sus cortesanos, pero no hay que echar por la borda esta otra más cercana, la del hombre que siembra con ilusión el grano que espera recoger a la hora de la cosecha, si es que no ha sobrevenido una catástrofe. El hombre que paga sus diezmos y primicias, el que puso nombre a las dehesas donde pastaban sus ganados y a las calles de su pueblo, y también poso motes a sus vecinos para saberlos distinguir.

II
De todo eso, y de muchas cosas más, se habla en esta Historia de Medranda, y de eso mismo viene a hablar en su prólogo el alcalde de dicho pueblo.
Después se van sucediendo los capítulos, desde aquella primitiva aldea de Meydranda que ya figuraba, junto a una docena más, entre las integrantes del “Pontifical de Jadraque”, hasta la Edad Contemporánea, más concretamente, hasta el fin de las guerras carlistas.
Pero todo ello paso a paso, centrándose en algunos aspectos puntuales que su autor ha ido recogiendo, mirando con lupa, entresacando de una extensa bibliografía, con el fin de reunirlos en este tomo que, sin duda, contribuirá, al igual que otros como él, a conocer y amar estas tierras antiguas, tan duras.
Vinieron los romanos -unas páginas antes se ha hablado de la posibilidad de ubicar cierta Metoranda celtibérica en este mismo lugar o, más bien, en sus alrededores-, una de cuyas vías de comunicación pasaba cercana al pueblo, y más tarde llegaron los árabes, algunos de cuyos enclaves sirvieron de vigías a los pasos naturales, “atravesando de norte a sur todo el término de Medranda hasta lo que fue el emplazamiento del castillo de Castilblanco de Henares...”, aunque a veces la toponimia juegue malas pasadas, ya que el topónimo “Castillejo”, que aparece a miles en nuestra provincia como en tantas otras, no se refiere única y exclusivamente al concepto de castillo fortificado que se suele tener, y bien pudiera tratarse, simplemente, de un cerro amesetado que pudo, o no, haber sido utilizado para otear (cosa que corresponde demostrar con datos fehacientes a los arqueólogos), y aunque también es cierto que esta zona enclavada en la entonces “marca media”, la frontera media, sirvió a Ordoño II para sus correrías bélicas.
La evolución hace que, con el paso del tiempo y el afianzamiento de las fronteras, Medranda pasase a pertenecer al Común de Villa y Tierra de Atienza, lo que conllevó cierto grado de repoblación. Es momento en que el nombre propio de nuestra aldea, Meydranda, aparece -al parecer, por primera vez- en un documento (1189), que es el ya citado “Pontifical”, junto a una docena de aldeas como Sidrac, Çayas, Sant felices, Valdespigro, Tejer, Carrascosa, Condemios, Caracenilla, Mermellera, Castriello, La puebla y Bragadera. Luego, el nombre aparecerá en multitud de documentos más.
Siguen los estudios de la Edad Moderna, en que Medranda pasa a poder de los Mendoza y, posteriormente, en 1580, cuando el pueblo -que contaba con 30 vecinos “poco más o menos- redacta su contestación al cuestionario enviado por Felipe II, (las mal denominadas Relaciones Topográficas, en las que se ofrece una amplia idea del lugar, que más atendía al interés del monarca por las riquezas, que a todo lo demás), y los de la Contemporánea que, lógicamente, comienza con los sucesos de la guerra de la Independencia en 1808, que no llegaron a afectar profundamente a Medranda, salvo en lo referente a ciertos avituallamientos para las tropas que atravesaban sus caminos, siguiendo, extrañamente, por aquello de mantener las fechas, con los de la Guerra de Sucesión, también con escasa repercusión en Medranda, salvo en la necesidad que hubo de vender algunos bienes concejiles, que se habían prestado a la cofradía del Santísimo, con el mismo fin que anteriormente: poder suministrar a las tropas, finalizando con las Guerras Carlistas.
Hay más un apéndice documental y una bibliografía, como sucederá en el resto de los capítulos.
Un apartado completo se dedica a la martiniega, tributo medieval que aún figura en las contestaciones a los Autos Generales y a las Haciendas de Legos del Catastro del Marqués de la Ensenada (que se trascriben), así como otros datos que aparecen en distintos diccionarios, como los de Miñano (1826), Madoz (1848-50) y en el Nomenclátor del Obispado de Sigüenza (1886, que copia descaradamente a Madoz).
En una segunda parte, por así decir, se da cumplida cuenta del patrimonio artístico y espiritual de Medranda, comenzando por su edificio más emblemático que, sin duda, era y sigue siendo la iglesia parroquial, del siglo XVI, dedicada a la Natividad de Nuestra Señora, de la que se describe tanto su interior: capillas, altares, lápidas sepulcrales (sirva de ejemplo la del clérigo Francisco Calderón, del siglo XVII), como su exterior: espadaña, campanas, amén, claro está, de otras piezas de gran valor artístico como la pila bautismal o el órgano.
Del mismo modo sucede con la ermita de la Soledad, sus características y reformas sucesivas, además del hospital para pobres peregrinos.
Algunos aspectos llaman la atención del lector, como pueden ser los ritos funerarios y los milagros y otros sucesos religiosos acaecidos a lo largo del tiempo.
Se recogen, más adelante, datos acerca de las cinco cofradías que existieron y se da paso a las fiestas del lugar: San Sebastián, el Carnaval, la Semana Santa, los mayos, la Cruz de Mayo, San Isidro, el Corpus, la romería a la ermita de la Virgen de Valbuena, San Juan -que son las patronales-, a las y costumbres tradicionales: la elección de pastores y criados el día de San Pedro, junto a manifestaciones culturales de reciente creación, como el Club Deportivo Medranda, la Asociación Cultural “Río Cañamares”, la fiesta veraniega de la paella.
No faltan tampoco algunas notas sobre la arquitectura tradicional local.
Finaliza el libro con otros muchos e interesantes datos sobre los molinos de Medranda, desde la antigüedad, “La Laguna” y las fuentes, pasando por las dehesas y el camposanto.
En fin, un libro sencillo en su tratamiento, asequible a cualquier público interesado, que de una manera fluida contribuye a divulgar numerosos datos que, de otra manera, quedarían exclusivamente escritos en las páginas de los eruditos, es decir, de unos pocos.
José Ramón LÓPEZ DE LOS MOZOS


jueves, 8 de septiembre de 2011

Pregón de las Ferias y fiestas de Guadalajara 2011


Aquí se pueden leer las palabras que Almudena de Arteaga iba a pronunciar como pregón de Ferias de Guadalajara, pero que no pudo leer porque se lo impidieron un bloque denso de vociferantes gentes salidas de no se sabe dónde.


Prestamos estas páginas de la Revista digital de libros "Uno por Uno" a la voz de Almudena de Artega y Alcázar, que cuando iba a pronunciar el pregón de Ferias y Fiestas de Guadalajara 2011 en el Teatro Auditorio "Buero Vallejo" de Guadalajara fue interrumpida de forma violenta por un numeroso grupo de gentes vociferantes que a pesar de sus ruegos no la dejaron hablar ni pronunciar sus palabras, escritas con amor y conocimiento. Una vez más, y en la historia de nuestro país es este un problema recidivante, la izquierda violenta alza su voz, y sus gritos, para callar a los que tienen algo sensato, instructivo o simplemente hermoso que decir.




Guadalajara, eres nostalgia de un pasado, esperanza de futuro y algazara de presente. Este es el sentimiento que hoy, dentro de escasos instantes vamos a celebrar tanto y tan intensamente como venimos haciendo haciendo desde hace siglos entre tus muros.Magnánima, como siempre, has abierto tus puertas y puentes de par en par para permitir adentrarse en tus umbrales a todo el que así lo desee.¡Escucha!
¿Oyes como las vihuelas susurran seductoras melodías? Poco a poco enaltecerán su tono para deleitar el ánimo de los anhelantes.¡Mira allí!


¿Ves los cantaros de miel que hay posados sobre las mesas francas? Parecen vibrar impacientes a ser despojados de sus sellos para endulzar hasta el más goloso de los paladares. Junto a ellos hay una sugerente carreta. El aroma de los odres de vino que carga ya excitan a los más sedientos que disimuladamente y como quien no quiere la cosa, van cercándola ansiosos por mojar sus labios en sus brocales.


¿Lo sientes? La ansiedad de todos por comenzar a reir, amar y compartir se palpa en el ambiente.Guadalajara, eres capital de labor, cultura, historia y divertimentos. Eres esa entrañable orbe de acogidas donde cualquiera que aquí recala se contagia del ejemplo de los grandes hombres y mujeres que aquí un día nacieron, vivieron o murieron.Paradero de buenas gentes a las que el destino les otorgó la dicha de cruzarse en tu camino. Eres por excelencia la morada de nobles almas, aquellas que hospedas en tus casas, palacios, bibliotecas y conventos. Y es que los sueños se acomodan en tu regazo para dejarse arrullar entre tus brazos.
Guadalajara, incapaz de ignorar tu poder de seducción eres la mujer, hermana, madre o hija de todo el que te quiere adoptar. ¡Si hasta el eco de tu nombre retumba una y otra vez al otro lado del océano en tus lugares tocayos!Desperté un día la rememorar tu historia por primera vez, vibré al conocerla y quedo extasiada cada vez que la evoco. Mi corazón, inevitablemente, late en pos de todo lo que a ti te toca. ¿Será por que por mis venas corre la sangre los que de ti hicieron su cuna, morada y sepulcro? Señores que aún sin poseerte del todo, pues siempre fuiste de señorío de realengo, te eligieron como amante durante generaciones ansiosas por regalarte todo aquello que deseabas para convertirte en una villa digna de ser corte.Por ellos y por todos los que por ti lucharon sembrando su semilla en ti, adquiriste dones como la solemnidad, la majestuosidad, la bondad y la cultura.


Quizá sea por eso por lo que siempre irrumpes apasionadamente en mis pensamientos.Inconscientemente me obligas una y otra vez a rebuscar en tu arcón nogaleño de recuerdos para encontrar alguna mujer, hombre o acontecimiento digno de rememorar en una novela antes de que la erosión de los tiempos borre su huella por completo.Traviesa como siempre has sido, disfrutas poniéndome las cosas difíciles pero al final tu generosidad acaba por brindarme lo que anhelo.Me llamas para recorrer tus calles y fundir mis cinco sentidos en ti. El río Henares me da la bienvenida con su eterno fluir de creatividad. Sus manantiales me abren tus puertas y me adentro en ti sin temores ni desconfianzas. Dispuesta a viajar a otros tiempos con los pies bien plantados en tu tierra.

Mis pasos se encaminan hacia el año 1293.Cruzando tu puente me siento rodeada por docenas de caballeros que escoltan a una reina medieval. Es María de Molina, mujer de Sancho IV El Bravo que acompaña a su hija Isabel de tan sólo nueve años para entregarla en matrimonio al rey de Aragón. La paz entre los dos reinos así lo demanda. La muerte de su tía doña Berenguela, señora de aquella villa le hizo a ella acreedora del título de Señora de Guadalajara. Cruzando el puente Doña María alza repentinamente la voz para hablar en nombre de su hija mayor. ¿Lo recuerdas?-¡“Vasallos de Guadalajara. Confirmamos los fueros, privilegios y libertades de la ciudad de Guadalajara, incluida la exención del pago del portazgo y alguna que otra adehala”!No era una concesión muy normal en aquel tiempo así que aquella nieta de Alfonso X El Sabio la debiste de seducir.Los vítores fueron enmudeciendo según me dirigía al Palacio del Infantado. Una piedra pintada con cal en números romanos me muestra el año en que estamos. Es el 1408.
A las puertas del Palacio del Duque del Infantado algo extraño sucede. Los gritos de alegría anteriores se tornan silencio sepulcral. La silueta del Palacio del Infantado tiembla como si fuese un espejismo hasta transformarse en un grupo de casonas. De sus balcones penden paños negros de luto. Una mujer desesperada llama a su aldabón sin recibir respuesta aparente. Es la señora de los siete valles de Cantabria, Doña Leonor de la Vega que viene de la mano de su hijo Don Íñigo López de Mendoza, futuro marqués de Santillana, poeta y soldado a suceder a su padre Don Diego, Almirante de Castilla, y señor de Hita y Buitrago. Su mayorazgo paterno acota pueblos y villas como las de Azuqueca, la Aldehuela, Pioz, El Pozo, Balconete o Santorcaz y desde Guadalajara siempre las podría vigilar. La dueña de casi toda la costa cantábrica sabe que este lugar del centro de la Península Ibérica es el que mejor servirá de asiento a su futura progenie y por eso precisamente quiere que su hijo comience a amarte desde su más tierna infancia. Tanto ahínco pone en glorificarte que hasta consigue que aquí se celebren las Cortes presentándote allá por el año 1408 de nuestro Señor, a Don Juan II de Castilla aún niño, a el que sería su gran valido, Don Álvaro de Luna y a otros tantos hombres y mujeres destacados de su tiempo.Al cruzar el umbral junto a ellos, Doña Leonor desaparece ante mis ojos y su hijo crece, envejece y muere. Los años pasan vertiginosamente y el fantasma del vencedor de la batalla de Olmedo parece esperar a alguien. El espíritu de Don Íñigo lleva más de tres décadas refugiado entre su pluma, tintero y libros esperando a que sus descendientes hagan realidad el sueño de todo cristiano desde hace siglos.
En la lontananza de su obligada clausura el tintineo de sus victoriosas espuelas le dibuja una sonrisa en los labios. Son ellos, que regresan a ti acompañados por una centena de valientes soldados alcarreños que les siguieron para luchar por Castilla y su reina Isabel la Católica en su particular cruzada. La reconquista de España, por fin, ha culminado y la toma de Granada, a principios de 1492 sigue celebrándose desde hacía un par de meses.El primero en visitar el altar mayor de San Francisco donde estaba su sepulcro para darle la buena nueva fue su hijo Pedro, todo vestido de púrpura, y más conocido como el Cardenal Mendoza. Nadie mejor que él para informarle habiéndose convertido en el brazo derecho y consejero de la reina.Le seguían los hijos de sus hijos, su nieto mayor Íñigo, el segundo Duque del Infantado y tu engalanador principal y el Conde de Tendilla, uno de los más valerosos generales de los Reyes Católicos al entrar en el bastión granadino hudiendo en la miseria para siempre a Boabdil.
Al verlos allí victoriosos junto a sus hombres a mi mente acuden las palabras que pronunció su bisabuelo, Don Pedro de Aljubarrota al tener la posibilidad de huir y no hacerlo. Es un lema que llevan tatuado a fuego en sus almas:“No quiera Dios que las mujeres de Guadalajara digan que quedan aquí muertos sus hijos y maridos y yo regreso vivo” Y de nuevo los contornos de aquella casona se difuminan para convertirse en lo que hoy son. Y es que precisamente el segundo Infantado, además de triunfar en la guerra quiso hacerlo en la arquitectura. Los tiempos de guerra y castillos-fortaleza se habían terminado para dejar su lugar a esa prosperidad y paz que todos deseaban.Íñigo de Mendoza y Luna fue el amante más fiel de entre todos los que mi familia tuviste. Él, para agradecerte todo lo que por gracia le otorgaste, quiso honrarte con un especial baluarte. Una alhaja que relumbrase sobre tu efigie perdurando eternamente. Algo que te hiciese única entre todas las novedades que el Renacimiento nos traía. Y así fue como mandó construir a Juan Guas el Palacio que hoy conocemos sobre las casonas principales que le vieron nacer.
Al entrar en el patio bailando con el soniquete de las campanas de San Francisco escucho las notas de los replicantes cinceles esculpiendo leones, volutas, vegetación y otros mil ornamentos sobre la piedra.Aún extasiada por la belleza de sus arcos y columnas oigo el rugir de un león. Bajando las escalinatas dos hombres le acaban de dar captura asustándole con fuego y se lo llevan de nuevo a la plaza. Debe de ser aquel que se les escapó mientras luchaba con un toro jalapeño en los festejos que el Duque organizó aprovechando la parada del emperador Don Carlos, que, victorioso, venía con su regio prisionero, Francisco I Rey de Francia desde Pavía.
De pronto, como si de un extraño eclipse se tratase, el sol desaparece para dejar lugar a una inmensa luna llena. Una alegre música de trompetas y atabales suena entre el estruendo de miles de fuegos de artificio cuando una mano amiga se posa sobre mi hombro. Al girarme la veo y me doy cuenta de que de un plumazo ha pasado otro medio siglo.Solemne, bella y sonriente como siempre Doña Ana de Mendoza me guiña el ojo libre de parche para señalarme a la esquina contraria. Allí flirtean Don Felipe II y una jovencísima princesa de Francia, Isabel de Valois.A su alrededor todos engalanan el Palacio a la veneciana para la celebración de su boda al día siguiente. Las mujeres cuelgan de los balcones tapices, gualdrapas y banderines. Maestresalas, mayordomos, pajes y azafatas corren por las galerías cargados de viandas, plata bruñida, flores y velones para disponer un banquete que presupongo pantagruélico por el contenido de las bandejas.Dos caballeros aún provistos de sus lanzas vienen de ensayar para los juegos de cañas, recuerdo pacífico de las antiguas justas que al amanecer de darán entre los estrados del jardín.Un bailarín se acerca para tenderme la mano pero cuando voy a tomarla dispuesta a formar parte de la algazara se evapora entre risas y murmullos.
Y allí, sentada sobre una baldosa de tu faz, veo correr en muy poco tiempo generaciones enteras de antepasados caminando por tus callejas. Pasan fugazmente años, lustros con sus guerras, paces y festejos; hasta que topo con el rostro de un hombre que recuerdo sin necesidad de cuadros y fotografías.Es mi abuelo, Íñigo de Arteaga y Falguera, XVIII Duque del Infantado, que hace cincuenta años quiso regalarte su palacio, el mejor que heredó y que más amaron los suyos. Es verdad que después de los bombardeos, saqueos y fogatas que con sus artesonados hicieron quizá no tuviese por aquel entonces la gallardía de antaño, pero seguía en pié sobre tus pilares dispuesto a volver a ser el edificio más insigne de tu ciudad incluso después de tu gran expansión.A cambio sólo se reservó un recoveco donde los de su sangre pudiésemos venir a honrarte y acariciar los recuerdos que durante más de seis siglos sus antepasados compartieron contigo.
¡Hoy comienza tu feria y con toda certeza sabemos que nos darás lo mejor de ti misma!.¡Guadalajara, fuiste, eres y serás la amante perfecta donde todos los arriacenses de corazón y nacimiento querrán arraigar!."

Almudena de Arteaga

miércoles, 7 de septiembre de 2011

Guía de Patrimonio Cultural de Castilla-La Mancha


Una obra monumental

Hemos adquirido este fin de semana pasada la obra completa, en tres tomos, de la última gran producción editorial del gobierno de Castilla-La Mancha. Una obra monumental de la que vamos a hacer una valoración global y muy aproximativa, tras haber simplemente hojeado sus tres volúmenes. Es una más, la última ya, de esa tarea editorial que acometió el anterior gobierno de Castilla-La Mancha con la producción de grandes y lujosas obras sobre la Región, y que han posibilitado a mucha gente conocerla y quererla. Esta tarea editorial ha supuesto, por contra, la anulación de la industria editorial en la Región, incapaz de competir en costos y en resultados con lo que proporcionaba la producción que salía de Toledo basada en los presupuestos autonómicos.
La obra es monumental, porque consta de 3 tomos, que tiene, respectivamente, 718, 744 y 488 páginas: un total de 1.950 páginas, todas impresas a color sobre un papel inmejorable, encuadernadas lo mejor que se ha podido (libros tan grandes con papel de tan alto volumen al final se desencuadernan si se consultan más de una docena de veces) y un acopio de información, textual y gráfica, que es verdaderamente impresionante.
El tomo primero se dedica al patrimonio de Albacete y Guadalajara; el segundo, a las provincias de Cuenca y Ciudad Real. Y el tercero en exclusiva a Toledo. En este se trata la provincia entera, pueblo a pueblo, correspondiente 107 páginas a la ciudad imperial en exclusiva. Lo merece.
En mi opinión, la tarea se ha homogeneizado al máximo posible, de tal manera que todos los autores que han trabajado en ella, en provincias diferentes, han seguido un planteamiento uniforme, en el que ha primado la información sobre patrimonio artístico, y se ha añadido información relativa a patrimonio costumbrista, referencias a personajes nacidos en el pueblo o que han dado relieve al mismo, y referencia de horarios de sus Museos y espacios culturales. El texto en todas las provincias está correcto, medido, es a la fuerza breve y contenido, porque si no fuera así la obra se hubiera disparado a muchísimas más páginas. En todo caso, me parece un poco fría la redacción, le falta cierto calor, cierto entusiasmo, quizás la captación de este o aquel detalle en cada sitio que le da el toque de alegría o valor humano. La obra parece un enorme prospecto turístico que nos da, escueta, la información patrimonial de cada lugar. No obstante, ello es suficiente y tiene su claro valor, que es el informativo.
Capítulo aparte merece el tema de la información gráfica. Debidas a David Blázquez casi en exclusividad, las fotografías de esta obra, realizadas expresamente para ella, son magníficas. Cientos, miles de imágenes nos ofrecen las mejores imágenes de Castilla-La Mancha monumental. Con una visión directa, con un tratamiento de colores bastante bueno, buen uso de los grandes angulares, de la acertada mezcla de los altos tonos, nitidez y perspectivas que nos parecen siempre acertadas y muy valiosas. Incluso las imágenes de ojo de pez, que se usan comedidamente, a pesar de su exageración, son adecuadas. Probablemente lo mejor de la obra, las fotografías.
La provincia de Guadalajara ha sido redactada por Fernando Aguado Díaz y Miguel Cuadrado Prieto, director y técnico, respectivamente, del Museo Provincial de Bellas Artes, que han trabajado duro para recopilar tanta información y ponerla ajustada en cada lugar. Algunas cosas importantes faltan, pero quizás sea debido a despistes en la imprenta, o alteraciones en la base de datos organizativa. Porque no de otra manera se justifica que falte, por ejemplo, Terzaga con lo que de patrimonio monumental peculiarísimo supone, pues su iglesia de estilo barroco es, según calificación de los expertos, una de las mejores de toda España.
Han optado, en la provincia de Guadalajara sobre todo, y en el resto de provincias, por agrupar bajo el epígrafe de un pueblo los otros que forman, administrativamente, sus pedanías. Ello supone cierto riesgo de que sea difícil de encontrar elementos importantes del patrimonio que se buscan y no se encuentran: Beleña de Sorbe y su iglesia románica de San Miguel son explicadas en el contexto de Cogolludo, lo mismo que ocurre con la villa amurallada de Palazuelos o la iglesia románica de Carabias, que van incluidas en el epígrafe de Sigüenza. Se solventa el problema porque, al final, en las últimas páginas del tomo III dedicado a Toledo, aparece un Indice toponímico en el que sí están los nombres de estos pequeños pueblos y remiten a su correspondiente páginas.
El tratamiento es breve, a la fuerza, por lo que de enorme fondo informativo supone esta obra: pero en todo caso parece muy somera la referencia que al Palacio del marqués de Santa Cruz en Viso del Marqués se da, lo mismo que ocurre con los palacios de Almagro, la capilla de Luis de Lucena o el alcázar de Toledo. Sin embargo es amplia y dramática la referencia al palacio de los Gosálvez en Casas de Benítez (Cuenca), pues se da testimonio de lo que fue, constancia de lo que ha quedado, y silencio sobre lo que ocasionó tan triste desaparición.
Vamos a usar este libro a fondo, porque en todo caso es muy útil (es un magnífico “libro herramienta”) y lo vamos a ir analizando provincia por provincia y pueblo por pueblo. En general, nos ha causado una gratísima impresión, y por ello reconocemos un aplauso a cuantos desde la consejería de Educación y Cultura y la dirección General de Promoción Cultural con Rafael de Lucas Vegas a la cabeza se han ocupado durante largos meses de su elaboración.
Y al fotógrafo…. Un aplauso al fotógrafo, David Blázquez, porque ha hecho una obra para quitarse el sombrero.