miércoles, 10 de agosto de 2016

Alcarria y Serranía, lecturas para el verano

Dos libros me llegan en pleno verano, y los dos hablan de pueblos y memorias de nuestra tierra. Se leen rápido, y nos ilustran de pálpitos antiguos, y de esencias ciertas. El uno es Alcarria comprimida, relativo a Yélamos el de Arriba. El otro es serranía celtíbera en estado puro, y nos habla de Luzaga, y de sus gentes.
Emilio Valero Díez se muestra en el primero de ellos, que titula “Cien coplas para una Ronda” como un concienzudo recopilador del folclore alcarreño y un creador sutil y elegante de coplas populares, que por muy “del pueblo” que sean, siempre salen de alguna mano en concreto. Me pidió que, antes de editarlo, se lo prologase, y en las dos páginas iniciales van mis opiniones y mis impresiones. Y en ellas digo cómo me gusta este tipo de recopilaciones, de salvaciones y rescates, porque escondidas en el papel de las páginas de un libro, que es la mejor tabla de salvación para las viejas historias, aparecen sonrientes, con pinta de sanas y lúdicas, más de un centenar de coplas que sonaron acompañadas de la guitarra y del laúd, del almirez y el violín chico.
En esta ocasión es el folclore sonoro y poético de Yélamos de Arriba el que se salva del olvido. Y un alcarreño como Emilio Valero es el encargado, por propia voluntad, y en mérito que debe ser reconocido, de reservar para el futuro estas canciones, y estas alegrías, que en todo caso podrán ser reproducidas, y –al estilo antiguo- preservadas de abuelos a nietos, en la admiración y el temblor de repetir las consejas tradicionales.



El otro librillo, de similar paginación y tamaño, está dedicado al entorno celtíbero. Lo escribe María Josefa García Callado y se titula “Luzaga. Magia de horizontes en el Alto Tajuña”. Surge de la evocación de una vida, a trazos de tiempo, en aquel lugar rodeado de pinares y de castros primitivos. Con un lenguaje claramente literario, sin un orden expreso de temas, pero incluyéndolos todos, la autora nos dice de historias y tradiciones, de excavaciones y paseos, de rutas y descubrimientos. Sin duda que es una mezcla compleja de datos y fotografías, pero en todo caso nos resulta muy útil para saber más de aquel municipio y, sobre todo, para alentar de nuevo su visita, a pie siempre, porque todo está cerca, y porque la riqueza paisajística y la posibilidad de hallazgos solo se puede disfrutar en base a un caminar reposado.
García Callado nos cuenta historias y tradiciones, y nos describe los paisajes de Luzaga. En un croquis muy sencillo nos propone al inicio cómo acceder, desde la plaza del pueblo, a las ermitas que en los cuatro puntos cardenales se la localidad se alzan: la ermita de Océn, la capilla del campamento, la de San Bartolomé, y la de San Roque, en el viejo término de Albalate. A todas se acerca, pasando entre tanto por antiguos castros de los que el Castejón, en lo alto del cerro en que asienta el pueblo, es el más señalado e importante de restos y hallazgos. Poco dice de historia y dimensión artística de las cosas, pero en todo caso nos incita a visitarlo, a no perdérnoslo, y después a sacar nuestra propias conclusiones y atesorar nuestras emociones, como ha hecho ella.
Me ha gustado especialmente, aunque sea somero, el recuerdo que hace del Campamento “El Doncel” del Frente de Juventudes, que asentó en la calva del pinar a la que llamaban “la pradera del Tejar”. Y me ha gustado su paseo hasta la empinada ermita (de origen románico muy nítido) de San Bartolomé, en el camino a Villaverde. Y me ha gustado su visita a Océn, la ermita y castillo frente a la Hortezuela, que fue límite del señorío molinés en tiempos medievales. Y aún me ha sorprendido la descripción del viejo castillete de Albalate. Por sus caminos discurre, una vez y otra, la autora, y nos describe las rocas que encuentra (las Peñarrubias, el pico del Cuerno…) o las choperas y fuentes, los restos siempre severos de los castros y necrópolis. Sin duda emociona saber que quien anda por Luzaga lo está haciendo por el corazón de un territorio rico en recuerdos y fuerzas, por el corazón de la Celtiberia.
En definitiva, y para amenizar los largos días del verano, recapacitar sobre nuestra tierra, y alentar nuevas caminatas, estos libros que tan amablemente me han hecho llegar sus autores, Emilio Valero Díez y María Josefa García Callado, son útiles y sabios. Generosos, en fin, como lo son todos los buenos libros.


Antonio Herrera Casado  

sábado, 30 de julio de 2016

Faroles de ayer, de hoy y de siempre


PECES RATA, Felipe G. y NAVARRO NAVARRO, Alejo, El Rosario de Faroles de Sigüenza. Introducciones a los Misterios. De Interés Turístico Regional, 2ª. ed., Sigüenza, Los Autores / Gráficas  Carpintero, S.L., 2015, 120 pp. [Sin ISBN].

Surge este libro puesta ya la vista en la futura inauguración del “Museo del Rosario de Faroles de Sigüenza”, coincidiendo con el Primer Centenario de la Coronación de la Virgen de la Mayor. Peces Rata reconstruye en sus páginas la evolución histórica de la Procesión del Rosario, con el fin de “que sirva de ejemplo y acicate a las generaciones actuales y futuras”, puesto que dicha manifestación, mezcla de fe religiosa, religiosidad tradicional popular y arte, llama tanto la atención a los devotos a la Virgen de la Mayor, que son multitud los que, provenientes de los cuatro puntos cardinales de España, se concentran en Sigüenza para asistir y participar en dicha Procesión, que todos los años se celebra el domingo siguiente al día 15 de Agosto.

La evolución histórica antes mencionada la lleva a cabo Peces valiéndose de la selecta documentación existente al respecto, a la que sigue una documentada enumeración de los hechos más sobresalientes que han tenido lugar con el paso del tiempo. Vida y anécdotas de una devoción mariana que vienen dándose la mano desde el 17 de Agosto de 1928, fecha en que salió a la calle por primera vez, aunque con un “formato” mucho más reducido que el que emplea en la actualidad.
La parte final del libro, indica el autor en su “A guisa de pórtico”, recuerda las efemérides más destacadas acerca de la imagen de la Virgen de la Mayor, así como de sus complementos: trono, estandarte, mantos, fiesta, cofradía, etcétera, y de las restauraciones llevadas a cabo. Por ejemplo, desde el año de su fundación hasta el actual se han restaurado todos los faroles “de mano” y los que representan los Misterios Gloriosos, excepto los Gozosos (primero y segundo), y dieciocho “de mano”, regalo de la Cofradía de Nuestra Señora de la Antigua de Guadalajara, están a la espera de ser restaurados gracias a la generosidad de los fieles seguntinos y de los devotos de la Virgen de la Mayor.

Podemos decir, puesto que se trata de un libro de historia y de piedad  -comenzando por el final de esta reseña-, que el principal cometido de este libro es su contribución a divulgar esa joya de luz y alegría que es el Rosario de los Faroles, tan poco conocida fuera de su entorno geográfico, además de hacer pensar sobre la verdadera piedad y devoción a María, es decir, para llevar a cabo una doble función: histórica y devocional que, como dice Pedro Moreno en su prólogo de 2006, “nos ayudarán a percibir el caminar de esta ciudad [Sigüenza], al menos durante ocho siglos”.

La “Presentación” mencionada, que corre a cargo de Jesús de las Heras y que sigue, aunque cambiado el contenido del refrán de dice “Tres Jueves hay en el año…”, que en esta ocasión se transforma en “Tres noches hay en el año seguntino que relumbran más que el sol…”: la del viernes santo, la de la víspera de san Juan y la de la fiesta de la Virgen de la Mayor, tres noches que parten de las raíces de una idiosincrasia propia, común, de unas creencias y de una misma forma de religiosidad popular o tradicional, propiamente seguntinas, que vale tanto como decir del alma de sus gentes. Una procesión cargada de simbolismo y del significado propio de cada uno de los faroles que componen el Rosario: la luz que, a modo de antorcha, sirve para alumbrar el camino de la vida ascensional.

Parte el texto del origen del Rosario para, inmediatamente, centrarse en el estudio, somero, de la Virgen de la Mayor, cuya devoción es una de las más antiguas de la diócesis, puesto que sus orígenes parecen nacer en el siglo XII -“Nuestra Señora de la Mayor venerada en esta iglesia desde el siglo XII”-, como consta en la reja de su altar-retablo, desde cuya fecha es patrona de Sigüenza y donde, por bula de Celestino III de junio de 1197, ante su imagen podían arder -día y noche- siete lámparas, iconografía que fue empleada antiguamente por el Cabildo para su sello.  

Ya en el siglo XIV, dado su deterioro, se forró de plata por orden del obispo Simón Girón de Cisneros, por lo que fue llamada “la Blanca”, debido al color del metal que la envolvía, aunque este título no llegó a prevalecer. Un siglo más tarde, en las Actas Capitulares del Archivo Catedralicio, puede leerse: “[…] que se faga una proçesion con el cuerpo [imagen] de Nuestra Señora por la çibdad, a XV días de Agosto de 1493”. Parece ser que estuvo colocada en la Capilla Mayor, de donde -dice Peces- podría venirle el nombre, (aunque nosotros creemos que el apelativo “de la Mayor” le viene por haber estado entronizada en la Iglesia Mayor o catedral de Sigüenza).

Al instalarse el retablo mayor, obra de Giraldo de Merlo, la imagen de la Virgen fue trasladada, aunque por poco tiempo, al convento de monjas franciscas de Santiago, desde donde pasó nuevamente a la catedral -a la Capilla de la Anunciación-, donde permaneció por espacio de más de medio siglo. Mientras tanto, se hicieron gestiones para construirle un altar-retablo, pero hubo que esperar hasta que el obispo Andrés Bravo de Salamanca presentó al Cabildo el proyecto de la obra que había pensado realizar (2 de Julio de 1666) en el trascoro, que en aquella época albergaba tres altares, pero tras el fallecimiento del citado obispo hubo que esperar catorce años para su conclusión, hasta que fue trasladada allí en 1673.

Se trata de una imagen de tipo eucarístico tallada en ciprés, en cuya espalda conserva unas portezuelas que permiten ver su interior, que en otro tiempo fue utilizado como Tabernáculo. Ha sido restaurada en varias ocasiones, una de ellas en 1809, tras haber sido reducida a astillas.

En la actualidad su fiesta se celebra, como se dijo más arriba, el domingo siguiente al día de la Asunción, fiesta patronal de la catedral y su diócesis, lo que viene a convertirla en una especie de octava de dicha fiesta principal. Su celebración va precedida de novenario, para continuar al día siguiente con el rosario “de la aurora”, Eucaristía y novena con Salve cantada y, por la tarde, por el rezo del rosario, novena y Eucaristía con predicación. La misa del día principal es presidida por el obispo. Parece ser que la cofradía de la Virgen de la Mayor se remonta al siglo XVI (1598), siendo, según se dice, el obispo Fadrique de Portugal, el que ordenó su creación. Hoy cuenta con más de seiscientos hermanos.

No se sabe con certeza cuando comenzó a rezarse el Rosario en la catedral de Sigüenza, aunque se dice que muchas vecinas comenzaron a rezarlo saliendo a la calle en los últimos misterios.  Ya hemos visto antes que su imagen se procesionaba al menos desde en 1493. Este Rosario, llamado “de la aurora”, fe adquiriendo pujanza gracias al celo del licenciado Francisco Toro, Maestrescuela, natural de Sigüenza y Abad de la cofradía de la Virgen de la Mayor, gracias que se consiguió celebrar el Rosario “de la tarde”, llamado también “de la calle”, porque se salía con estandartes y velas encendidas, rezando y cantando, hecho que después cristalizaría en la salida del actual Rosario de Faroles, por lo que cada uno de ellos (de vidrio policromado) lleva pintada alguna escena de los Misterios Gloriosos.

Se encargó de su elaboración el artesano de Zaragoza León Quintana, quien al poco tiempo, no solo entregó los faroles correspondientes a los Misterios Gloriosos, sino que también lo hizo con los denominados “de mano”: Padrenuestro, Avemaría, Gloria y Letanía, de modo que en el mes de Agosto de 1928 fueron expuestos en las naves de la catedral, acordándose que el Rosario vespertino se alargara en su recorrido.

Desde entonces al Rosario “de la tarde” se le bautizó con el nombre de “Rosario de la Noche” o “de los Faroles”, por sus bellos vidrios policromados. Preceden al trono-carroza de la imagen las insignias y estandartes de las cofradías y hermandades seguntinas. Las  campanas tañen sus mejores sones y desde los balcones se arrojan pétalos de rosa a la Virgen.

Continua el libro con la descripción pormenorizada de cada farol, así como con el recuerdo de las efemérides más notables acerca de la Virgen de la Mayor, desde 1124, fecha de la restauración de la diócesis por Bernardo de Agén, hasta el año 2006, y unos apéndices que recogen alguna de sus tradiciones más sonadas, como la historia de la mujer que arriesgando su vida, salvó la imagen de la hoguera a la que la habían arrojado las tropas francesas, que dio origen a una conocida coplilla que dice: “Tanto te quiere Sigüenza / ¡oh Virgen de la Mayor!, / que, por salvarte, su vida / una mujer despreció”. También recoge el robo sacrílego perpetrado en la catedral el 18 de marzo de 1906 y que se conserva debidamente registrado en el Acta del Cabildo Extraordinario del día siguiente, etcétera, finalizando con una breve bibliografía.

Un libro que, como hemos visto, no solo recoge la materialidad de la imagen y de los faroles, sino que además ofrece al etnólogo aspectos interesantes para este saber popular, a veces tan olvidado.

José Ramón López de los Mozos


sábado, 23 de julio de 2016

Una leyenda entre versos y veras

MAÑUECO, Juan Pablo, La Virgen de las Batallas. Una historia de los tiempos de la reconquista de Sevilla y del valle del Guadalquivir, Guadalajara, Aache Eds. 2015, 170 pp. [ISBN: 978-84-15537-79-3].

Juan Pablo Mañueco, escritor imparable, nos deleita una vez más con una de sus novelas históricas, en este caso podríamos decir que los aspectos que más predominan son precisamente los históricos, puesto que la narración es casi la propia historia, real y verdadera, de los hechos que sucedieron a comienzos de la segunda mitad del siglo XIII, cuando Sevilla fue reconquistada gracias a una alianza de ejércitos constituida por tropas castellanas, entre las que se encontraban numerosas huestes alcarreñas, ayudadas en su cometido por otras europeas y de la llamada “Virgen de las Batallas”, una imagen arzonera de María que acompañó al rey en todas sus empresas bélicas, de la que hubo, no obstante, varias tallas más, diferentes.

De la primera, cronológicamente hablando, que es la de Guadalajara, románica, señala la tradición que se remonta a tiempos del conde González y al rey Alfonso VI de Castilla, el “toletanus imperator”, a quienes había acompañado en sus acciones guerreras, y que se custodiaba en el monasterio de Sopetrán hasta que se perdió al comienzo de la guerra del 36-39 (una reproducción de la misma se conserva en la concatedral de Santa María de Guadalajara).

De la segunda, gótica y realizada en marfil, mucho más lujosa que la anterior, se dice que perteneció a Fernando III al que protegió en todas las batallas que entabló contra el agareno y, posteriormente pasó a su hijo Alfonso X, quien la donó a la catedral hispalense, donde se expone en la capilla real. Se trata de la llamada “Virgen del Arzón”.

El Hecho narrativo (e histórico) parte del que llevó a cabo el rey Fernando III de Castilla, “el Santo”, contando con la inestimable ayuda de la Marina de Guerra gobernada entonces por aquel primer almirante que fuera Ramón Bonifaz, el “ome de Burgos”, según la General Estoria de España, de Alfonso X “el Sabio”.

Armada cuya construcción no se olvida en la presente narración y que se realizó en las atarazanas de Laredo y Santander, entre otros astilleros norteños. Flota que primeramente luchó en el Atlántico contra la escuadra de los benimerines, hasta remontar el río Guadalquivir, desde Sanlúcar de Barrameda, remontándolo durante más de cien kilómetros, con el fin de enfrentarse a las mismas puertas de Sevilla con otras tropas, también musulmanas, hasta que después de ímprobos esfuerzos, pudieron romper las cadenas que cerraban la entrada a la ciudad por el río, una de cuyas torres defensivas, en la que se ataban las cadenas, es la conocida Torre del Oro.

Todo lo cual surge, en principio, como un poema (que es el que figura en el último capítulo), con una pequeña introducción en prosa, para después de esta “desunión” entre los géneros empleados, volver a convertirse en una ruptura total, completa de los mismos, que dio como resultado la novela que comentamos, en la que también aparecen algunas escenas teatrales, puesto que su acción relata -con predominio casi abrumador de lo narrativo-, aquellos hechos va contando la familia de juglares que se establece en Guadalajara, procedente de las nuevas tierras conquistadas, ante el auditorio congregado en el Mercado: ciudades como Córdoba y Jaén que lo fueron antes que Sevilla.

La obra se convierte en más y más atractiva según se avanza en su lectura, pero para el lector alcarreño mucho más cuando los citados juglares ofrecen datos de los hechos más destacables que sucedían en España, especialmente de las correrías por tierras de la actual Guadalajara, donde suenan nombres tan sonoros en la historia de España de aquellos siglos que siempre se tuvieron por oscuros como Sigüenza, Atienza, Hita y otros.

Se trata de un libro en el que prima la imaginación y que Juan Pablo Mañueco resuelve muy acertadamente mediante el empleo de un “palabrario” o vocabulario atractivo y atrayente que le otorga cierto sentido poético.

Además, debemos considerar que esta novela, tan sencilla y lineal, cuenta entre sus múltiples valores el de contar la misma historia en prosa, para después hacerlo en verso, aunando ambos conceptos. Por eso, podemos decir que La Virgen de las Batallas, representa una especie de eslabón evolutivo entre los escritos anteriores de Mañueco, más sencillos: Guadalajara, te doy mi palabra, Castilla, este canto es tu canto, que realizó en dos tomos, Viaje por Guadalajara, Cuarenta Sonetos Populares y Con Machado, esperando a Prometeo, y los posteriores, incluyendo el presente trabajo, en el que el autor emplea la poesía, la narrativa y el teatro, a veces del absurdo (como vimos iniciarse, o seguir con mayor intensidad, en Con Machado…), a veces buscando una ruptura de las fronteras entre dichos géneros, con gran maestría, como puede constatarse en obras más modernas  en las que se combinan los tres, como España, mareas de tus tres mares y Donde el Mundo se llama Guadalajara -que comentaremos en su momento-.

Finaliza el libro con una “Adenda a La Virgen de las Batallas”. Nuevas estrofas”, en la que incorpora nuevos elementos estróficos, entre las que merecen ser consideradas la copla alcarreña, la octava brisa u octava ola, el torrente asonantado, el soneto alcarreño y la sonetina, cada una con sus peculiaridades líricas.

José Ramón López de los Mozos

sábado, 16 de julio de 2016

En torno al Madroñal de Auñón

Bula del papa León X sobre la ermita de la Virgen del Madroñal de Auñón del 10 de septiembre de 1513, s.l., [Ayuntamiento de Auñón], 2013, 11 pp.

A la memoria de mi gran amigo Juan Manuel Cózar del Amo

A pesar del tiempo transcurrido desde el año de edición del folleto que recoge la Bula del papa León X sobre la ermita de la Virgen del Madroñal de Auñón… (2013), hasta la actualidad -a punto de cumplirse tres años en septiembre próximo-, no queremos dejar pasar la oportunidad de ofrecer al lector algunas notas sobre tan interesante documento, puesto que gracias a él tenemos noticia de la unión o anexión de la ermita de Nuestra Señora del Madroñal a la parroquia de San Juan Bautista de dicha villa, mediante la que daba comienzo el Patronato de la Virgen.

Se trata de un texto que se daba por desaparecido, aunque se tenía conocimiento de el a través de otros documentos hasta que, gracias a las investigaciones llevadas a cabo por nuestro querido amigo, no hace mucho fallecido, Juan Manuel de Cózar del Amo, sacerdote de Auñón, encontró una copia del texto de la bula, incluido en un pleito civil de 1588, conservado en el Archivo de la Real Chancillería de Valladolid. Dicho pleito recoge la “acusación de Juan Fernández contra Martín González Rueda de haber usurpado el derecho de patronazgo en la ermita de Nuestra Señora del Madroñal de Auñón, que le correspondía al primero como pariente más próximo al fundador de la obra pía”.

Escrita en latín, se encontraba en mal estado, contenía muchos errores y carecía de puntuación, todo lo cual conducía a pensar que, quien la había redactado, carecía de conocimientos suficientes de ortografía latina, por lo que se hizo necesaria una labor metódica y concienzuda a la hora de proceder a su restauración en lengua latina y a la posterior traducción al castellano, tarea que corrió a cargo de Marciano Somolinos de la Vega, Deán del Cabildo Catedral de Sigüenza, quien contó con la colaboración de Oscar Merino Muñoz, párroco de Auñón.

El fruto de dichos trabajos es el que se presenta en el folleto que comentamos, escrito y publicado “para deleite de aquellos que quieran retrotraerse hasta el siglo XVI” gracias a este documento, rescatado del olvido, precisamente en el año en que se celebraba el quinto centenario de su publicación por parte del papa León X.

Sigue a estas palabras introductorias debidas a la pluma del ya citado Oscar Merino Muñoz y fechadas en Auñón, a 15 de septiembre de 2013, fiesta de la Virgen del Madroñal, el texto completo de la bula, en edición bilingüe -latín / castellano-, de la que, a continuación, ofrecemos un resumen.

León Obispo, Siervo de los siervos de Dios, recuerda que fue su antecesor Bonifacio VIII quien reservó los beneficios eclesiásticos, con cura y sin cura (de almas), vacantes entonces y en adelante en la sede apostólica, invalidando lo que atentase contra esta reserva, tuviera la autoridad que tuviera, y más tarde, la iglesia del eremitorio rural de Santa María del Madroñal, alias de la Sierra, sita en territorio de Auñón, de la diócesis de Toledo, situada dentro del territorio de la parroquia de dicha ciudad, en un determinado momento, por renuncia espontánea aceptada por nuestro predecesor en la misma sede, de Pedro de Celada, -rector entonces de esa iglesia- de la que se le había hecho provisión sin que llegara a tomar posesión de manos del papa Julio II, y, una vez vacante, en cuatro de marzo del año octavo de su pontificado, esta iglesia, vacante como decimos y reservada ya a disposición apostólica, concedió que se proveyera de ella al amado hijo Maestro García Fernández de Auñón, clérigo de dicha diócesis, notario y familiar nuestro.
Y como el dicho García, en el día de hoy espontánea y libremente ha cedido la concesión de tal gracia, hemos considerado que tal cesión debía ser admitida, por lo que se reconoce que dicha iglesia sigue vacante y, según afirma la petición que le fue dirigida al papa por parte del tal García, los frutos, rentas y beneficios de fábrica de la iglesia parroquial de San Juan, de Auñón, son tan escasos que no bastan para sobrellevar las cargas que pesan sobre tal fábrica, aunque esa iglesia se vinculara a perpetuidad a ella, tanto el dicho García como algunos otros fieles, por la devoción que profesan hacia la iglesia rural, le donarían y ofrendarían piadosamente algunos bienes, con lo que podría ser reparada en su estructura y edificaciones, así como sobrellevadas las cargas que pesan sobre ella, por lo cual, por parte del dicho García, se asegura que dichos frutos, rentas y demás de esa iglesia son inexistentes, es conveniente vincularla a perpetuidad a esa fábrica y proveer con benignidad apostólica a los demás extremos de la petición.
Por todo lo anterior el papa ordena que quienes solicitan tales beneficios eclesiásticos se unan a otros y tengan la obligación de explicar el verdadero valor anual, incluido el del beneficio, al que se pide que sea unido otro, sin que tal unión sea válida en caso contrario y que, en tales las uniones participasen las partes al dicho García, que es comensal nuestro, asiduo al aula del palacio Laterano, absolviéndolo de penas de excomunión, etcétera, impuestas por el derecho o por el hombre, en caso de hallarse incurso en ellas, pero solo a efecto de los presentes asuntos y considerando claros los datos de frutos, rentas y demás de la dicha fábrica.
Acogiendo las peticiones hechas, la antedicha iglesia rural (ermita), que es sin cura de almas, ya se halle vacante o por cualquier otra razón o por otra cualquier persona o por renuncia a ella -semejante a la del referido Pedro- u otro en la curia romana o fuera de ella, incluso ante notario y testigos, aunque hubiera estado vacante tanto tiempo que, según los estatutos del Concilio Lateranense, vuelva a dicha sede, aunque estuviera a disposición apostólica, o si sobre ella hubiese alguna contienda entre algunos (que consideramos como aclarada) como el disponer de ella, nos toca como autoridad, a tenor de las presentes, unir la dicha ermita, a perpetuidad, con todos sus derechos y pertenencias, a la fábrica del querido Hijo Fernando de Laguna, rector de la iglesia de San Juan, por medio del Maestro Pedro de Martiatio, clérigo […] de la diócesis, constituido expresamente por él procurador suyo para esto del consentimiento, de modo que los rectores actuales de dicha fábrica y los que en adelante vengan, puedan con propia autoridad tomar posesión personal de la iglesia unida, sus derechos y pertenencias, por sí mismos o por otros y retenerla a perpetuidad y puedan también el dicho García, mientras viva, y tras la muerte de este el más próximo a su parentela, con los gobernadores y rectores de la ciudad -es decir, alcaldes y regidores y el rector de la iglesia de San Juan- que en cada momento lo fuesen, disponer conjuntamente de las limosnas, ofrendas, oblaciones y derechos y de todos los muebles e inmuebles pertenecientes a la susodicha ermita, administrarlos y destinar sus frutos y rentas a su reparación y al levantamiento de las cargas existentes en cada  momento, por lo que estarán obligados a dar cuenta, conjuntamente, al final de cada año, de lo realizado y su administración y a servir en las cosas divinas a la ermita, por medio de un presbítero idóneo, secular o regular de cualquier orden, que podrán o removerán a voluntad y a hacer celebrar en ella misas y oficios divinos, tanto los días festivos como en los otros.
El arzobispo de Toledo y sus visitadores y oficiales no podrán inmiscuirse en los asuntos antedichos, ni siquiera con licencia y, además, a los miembros de la Iglesia Seguntina les ordenamos por escrito que las presentes letras, cuantas veces les fuera requerido por parte de García y del más cercano de su parentela, o por los gobernadores y rectores de dicha Iglesia, las publiquen y den a conocer y hagan que sean observadas inviolablemente. Y los que colaboren con García y demás antedichos a favor de la ermita, no consentirán que sean obstaculizados en relación con lo antes establecido y sus pormenores, reprimiendo a sus oponentes con censuras eclesiásticas y otros remedios del derecho, rechazando toda apelación y acudiendo, si fuere necesario, al brazo secular.
No obstante nuestra anterior voluntad y la de nuestro predecesor Bonifacio VIII y otras constituciones y ordenaciones contrarias acerca de provisiones que haya que hacer, solicitase letras especiales o generales, dichas letras y los procesos habidos en virtud de ellas, no se extenderán a la citada ermita y que por ello no se origine perjuicio alguno en lo que se refiere a la consecución de otros beneficios y privilegios del tenor que sean, por no estar detallado en las presentes.
Por ello es deseable que por la unión, anexión e incorporación, dicha ermita no sea defraudada en sus ofrendas, sino que sus cargas sean levantadas y, como es natural, decretamos nulo lo que acerca de estas cosas, contra estas disposiciones por cualquier autoridad, se ha atentado y fuese atentado en adelante.
Por tanto, a nadie sea lícito quebrantar esta página de nuestra absolución o con atrevimiento actuar contra ella, y si alguien incurriese en la presunción de hacerlo, sepa que desencadenará la indignación de Dios Todopoderoso y de los santos Pedro y Pablo, sus apóstoles.
Dado en Roma, junto a san Pedro, en el año mil quinientos trece de la Encarnación del Señor, el diez de setiembre, año primero de nuestro pontificado. Gratis. Por mandato y ministerio de nuestro señor el Papa.
Jo. Cheminar Juan Carrocio G Werif h. de Machiavelo. Mac. J.

Como vemos, un opúsculo muy sencillo en el que se da a conocer, in extenso, una bula papal del siglo XVI, que trata nada menos que de la ermita de la Virgen del Madroñal, de Auñón, con datos desconocidos hasta documento, mediante el que puede saberse que, entre otros, los nombres del sacerdote de la parroquial de San Juan de dicha villa, Pedro de Celada, que había renunciado, no sabemos por qué motivos, a la provisión que se le hacía de dicha ermita -iglesia de eremitorio rural-, sin que llegara a ocupar el cargo, por lo que pasó a poder de otro clérigo, el Maestro García Fernández de Auñón, notario apostólico.

Finalmente, solo cabría felicitar al Ayuntamiento de la Villa de Auñón, así como a su parroquia, por esta interesante y clarificadora edición, que bien sirve como modelo de posteriores ediciones, tan necesarias para el conocimiento de aspectos parciales de tantas historias locales.       
Agradezco el ejemplar consultado de este documento a la familia de Cózar.

José Ramón López de los Mozos