sábado, 26 de noviembre de 2016

Más Romances Inéditos

Primera parte de la Silua de varios Romances en que estan recopilados la mayor parte de los romances castellanos que hasta agora se han compuesto. Hay algunas canciones y coplas graciosas y sentidas. Impressa en Zaragoza por Esteban G. de Nagera en este año de 1550. Estudio de Viçent Beltran, México, Frente de Afirmación Hispanista, A. C., 2016, 593 pp. [Coord. ed. José J. Labrador Herraiz]. ISBN: 978-84-617-4194-6.

El hermoso libro que nos ocupa aparece dividido en dos partes: La Primera parte de la Silva de romances, debida a Viçent Beltran (Sapienza-UB-IEC), págs. 9-137 y la edición facsimilar de la obra de 1550, págs. 139-593 (Deo gratias).
En la primera es interesante recordar las palabras que, en una nota final de su edición, dejaba Esteban de Nájera, el impresor del libro, recogidas por Viçent Beltran en su estudio:
“Algunos amigos míos como supieron que yo imprimia este cancionero: me traxeron muchos romances que tenian: para que los pusiese enel: y como ya yuamos al fin dela impression: acorde de no poner los: porque fuera interrumper el orden començado: sino hazer otro volumen que será Segunda parte desta Silua de varios romances: la qual se queda imprimiendo” (f.  ccxxi).
Y así fue, puesto que la mencionada Segunda parte vio la luz el mismo año de 1550. Los estudiosos suponen al respecto que no debió tratarse simplemente de la falta de espacio para tanto romance allegado por los amigos de Nájera, sino que el propio impresor debió darse cuenta de que con todo el material recogido podía editar otro volumen, para lo cual, en el primero, lo anunció como un proyecto que, al final, produjo los tres textos que se conocen en la actualidad.
Y es que, como señala Viçent Beltran, la Silva no fue una ficción de Martín Nucio, sino, como queda dicho, un proyecto que inmediatamente logró un sonado éxito, a través de  una primera parte bastante alejada del modelo en que aparecieron los pliegos, puesto que aprovechó la oportunidad para dar a la luz una serie de chistes y canciones, sin modelo concreto y con los poemas dispuestos sin un orden previamente establecido, método que siguió Nájera a lo largo de su escasa producción y que, en realidad, vino a ser una especie de prueba a seguir en el resto de sus ediciones mediante la utilización de elementos suficientemente utilizados teniendo además a su favor un mercado seguro para incluir todo tipo de novedades como se demuestra a lo largo de la Segunda y Tercera parte de la Silva y el Cancionero general de obras nuevas.
El hecho de incluir los romances religiosos y los chistes-canciones significó una apertura a dos aspectos claramente contrapuestos: la lírica religiosa y la poesía festiva, aunque siguiendo los gustos y preferencias de quienes tenían suficiente poder económico para la adquisición de tales libros, es decir, la aristocracia y las clases acomodadas quienes, todavía a mediados del siglo XVI, consideraban el romance en su dimensión publicitaria y didáctica, especialmente de los hechos históricos, en la puesta al día de las costumbres corteses y por la introducción en ellos de ciertos elementos grecolatinos, a pesar de todo lo cual, la lírica musical fue mucho más innovadora.
En lo que se refiere a la procedencia de los materiales, Beltran confirma, tras el análisis de los pliegos que, al no existir una tradición escrita anterior, es de suponer que tales géneros debieron ser empleados por ministriles o músicos y recitadores, lo que dio lugar a numerosas modificaciones como puede constatarse en el romancero nuevo y en los cancioneros coetáneos a los Reyes Católicos, en los que aparecen versiones abreviadas en comparación con las manuscritas e impresas.
Del mismo modo, los eclesiásticos debieron encargarse de la producción de poesía religiosa, según puede apreciarse en los ocho romances de la Segunda parte.
El caso fue que, tanto el contacto con músicos y declamadores y con clérigos, debió tener mucha importancia para Esteban de Nájera a la hora de llevar a cabo sus ediciones, en cuya documentación queda patente su impronta.
Posteriormente, las diversas ediciones de la Silva debieron servir de fuente para el mejor conocimiento del romancero, hasta que la verdadera importancia había que concedérsela a Martín Nucio, como pone de manifiesto el estudio de Mario Garvin, Martín Nucio y las fuentes del `Cancionero de romances´ (pp. 289-291), cuyo facsímil fue estudiado por Menéndez Pidal quien llamó la atención de los expertos hacia este editor, relegando las Silvas a un último plano al considerándolas como simples reediciones o meras continuaciones sin importancia para el estudio del romancero, aunque a la hora de este “olvido” también tuvo importancia la escasa dedicación al tema épico nacional, que debió esperar hasta el siglo XX, en que sirvió a los intereses de los neotradicionalistas.
Sin embargo, Antonio Rodríguez-Moñino dejó bien claro que:
“las dos grandes fuentes de difusión del romancero español entre la masa popular han sido los pliegos sueltos poéticos y esta Silva en sus diferentes versiones. No podemos considerar como un elemento decisivo en esta transmisión al Cancionero de romances que en doscientos años solo se imprimió seis veces, cinco de ellas fuera de España”,
dando prioridad entre las Silvas a la que denominó Silva compendiada de Jaime Cortey, publicada en Barcelona en 1561, que se editó ininterrumpidamente desde 1561 hasta 1696, de la que hay registradas 33 ediciones y la total seguridad de que hubo algunas más (La Silva de romances de 1561, p. 7).
Pero volvamos al comienzo del libro, donde Viçent Beltran ofrece numerosos datos acerca de la emergencia del romancero y la importancia de la Silva en la historia de la literatura española, para lo cual parte del significado del romancero durante los primeros cincuenta años del siglo XVI e indica el proceso que siguió para, desde la oralidad, convertirse en escrito (copiado o impreso), participando para ello en un proceso de transmisión que adquiere una persistencia de la que carece la tradición oral, aunque conservando, en parte, algunas formas de ser del texto oral, especialmente la movilidad textual y el carácter anónimo.
El brote de los primeros romances escritos conduce a la corte de Alfonso el Magnánimo -el primer romance transcrito, “Gentil dona, gentil dona”, fue copiado por un mallorquín que estudiaba en Bolonia en fecha algo posterior a 1421 y se trata de un romance tradicional basado en un motivo folklórico de tema erótico-libertino: la burla hacia el hombre rudo que no sabe amar, que tan altas cotas alcanzó en el mundo aristocrático-. También figura en dicha corte el primer romance trovadoresco: “Terrible duelo fazia”, del poeta Carvajal, en el que se usa como tema principal “la cárcel de amor”.
El resto de los romances de esta etapa contienen un aspecto marcadamente noticiero y en ellos se siguen empleando los modelos y usos tradicionales, como queda de manifiesto, por ejemplo, en el romance titulado “Por los montes Pirineos” en el que se cuenta la huida a Francia del príncipe de Viana, tras ser derrotado por su padre Juan II de Aragón (1457). Romane al que se le añadió una melodía actualmente perdida. Los ejemplos serían muchos.
Con el paso del tiempo, entre finales del siglo XV y comienzos del siguiente, se va produciendo una evolución del romancero, precisamente cuando, de forma esporádica, aparte de los cancioneros, comienzan a ser copiados numerosos romances épicos tradicionales: “Ya comienzan los franceses”, “Helo, helo por do viene”, “Rey que no hace justicia”, etc., hecho que seguirá siendo costumbre hasta la llegada del romance nuevo, en que comienzan a manuscribirse, de ahí la importancia de la edición de pliegos sueltos, como la del manojo que imprimió Jacobo Cromberger en su imprenta de Sevilla entre 1511 y 1515: “Ya cabalga Calaínos”, “Asentado está Gaiferos”, el Romance de conde Alarcos, “Retraída está la infanta”, “Estávase el conde Dirlos”, el Romance del conde Guarinos, “Mal ovisteis los franceses”… de los que ninguno procede del Cancionero general.
A pesar del éxito obtenido, la edición de romances orales no fue continuada por otros impresores, que se dedicaron a publicar partes concretas o extractos del Cancionero mencionado, de modo que los publicados a mediados del siglo XVI constituirían la base del Cancionero de romances, del que también descenderían las Silvas de romances que tanto contribuyeron a la conservación del romancero antiguo.
Viçent Beltran señala la importancia de llevar a cabo una nueva interpretación de la función social del pliego suelto, del que se viene aceptando que
“nace, con los albores de la tipografía, el cuadernillo barato que reúne un haz de composiciones para cantar o para leer, patrimonio literario de un pueblo, atenido casi exclusivamente antes a tradición oral (…) destinado a propagar textos literarios o históricos ante la gran masa lectora, principalmente popular “. Se trata del periodo que estudió Caro Baroja en su Ensayo sobre la literatura de cordel (Madrid, Revista de Occidente, 1969).
En realidad este aspecto se desarrolló entre los siglos XVI -alrededor de 1580- y XX, aunque en su primer momento prevaleció la lectura del denominado “pliego culto”, como su propio nombre indica destinado a quienes podían leer con la suficiente fluidez como para que su lectura se convirtiese en motivo de placer y fuente de instrucción, es decir, algunos nobles, clérigos, letrados y determinadas élites ciudadanas, lo que explicaría que poetas de alto nivel como Juan del Encina y Juan de Timoneda e incluso Lope de Vega, cuidaran por sí mismos sus ediciones de pliegos.
Además, el pliego, sobre todo en sus comienzos, conllevaba un carácter oficial en el que quedaba patente cierto contenido político e ideológico mediante el que se procuraba promocionar la monarquía, por lo que durante el reinado de Carlos I este contenido aumentó considerablemente poniendo énfasis en algunas controversias e incluso en la guerra de las Comunidades, que produjeron gran cantidad de pliegos sueltos con los que dar paso a una importante campaña publicitaria.
De todo lo que se deduce que los pliegos gozaron de una doble importancia, primeramente por haber impreso textos que circulaban precariamente, tal vez en repertorios musicales o utilizados por recitadores profesionales, y, en segundo lugar, por haber constituido la fuente principal de la mayor parte del Cancionero de romances y haber contribuido a la conservación de muchas obras que de otra forma se hubieran perdido.
Respecto a las fuentes del Cancionero de romances antes citado, Menéndez Pidal consideró que la mayor parte provenían del Cancionero general, a los pliegos sueltos y, muy pocos, a la tradición oral o manuscrita, por lo que dedujo que “en general podemos presumir que proceden de copias manuscritas de romances de tono juglaresco, erudito o artístico (…) y de la tradición oral, los de tono popular”, sin tener en cuenta el contenido de la presentación del volumen que imprimió Martín Nucio, refiriéndose a la “flaqueza dela memoria de algunos que me los dictaron” (Cancionero de romances impreso en Amberes sin año. Edición facsímil con una introducción por R. Menéndez Pidal. Nueva edición, Madrid, C.S.I.C., 1945).
Sin embargo, contando con las fuentes disponibles en la actualidad, Mario Garvin (“Martín Nucio y las fuentes del Cancionero de romances”, eHumanista, 32, 2016, 288-302), indica que veinticinco romances proceden de fuentes desconocidas, de diecisiete supone que medió algún manuscrito y solo cinco son de posible origen oral. También deduce que el Cancionero de romances es el resultado de un proceso de compilación y posterior ordenación ya que Martín Nucio escogió una serie de romances del Cancionero general, de los que hizo la clasificación temática -anunciada en el prólogo: “primero los que hablan delas cosas de francia y de los doze pares, despues los que cuentan historias castellanas y después los de troya y vltimante los que tratan cosas de amores”-, cuya ordenación se le hizo difícil en algunos casos, por ser la primera vez y también por  basarse en el contenido de los pliegos que, generalmente, contienen varios temas, sometiendo los textos a una cuidadosa revisión ortográfica y a una nueva presentación tipográfica (que mejorase su legibilidad) y que pasó de emplear la letra gótica por la humanística redonda que iba cobrando mayor auge, elementos que empleó cuidadosamente a la hora de la edición definitiva del Cancionero de romances de 1550 (Anvers -Amberes-, 1550).
Con todo este material, parece más fácil analizar la estructura, fuentes y significación de la Primera Silva de romances, de la que lo primero que llama la atención es el título, puesto que la palabra romancero se empieza a extender tras la aparición del Romancero de Pedro de Padilla en 1583. Otro aspecto a tener en cuenta es la dependencia de la Silva respecto al Cancionero, de la que retoma el orden, como así se pone de relieve en el libro que comentamos.
El Cancionero de romances finalizaba con un “perqué” anunciado por la rúbrica “Porqve en este pliego quedauan algunas paginas blancas y no hallamos Romances para ellas pusimos lo que se sigue”, que también cierra en la Primera parte de la Silva la sección de romances, aunque con una rúbrica nueva: Romance a manera de perque, que es un género procedente de los cancioneros cuatrocentistas, muy utilizado en el Renacimiento de modo que en ocasiones confluyó con los géneros cómicos y satíricos y, más concretamente, con las composiciones de disparates.
Todo ello da pie a Viçent Beltran a extraer dos conclusiones: “una mayor cohesión de las secciones temáticas en que Esteban de Nájera, siguiendo a Martín Nucio, organizó su edición (…) y el expurgo de romances carolingios o de tema francés, a pesar de no haber sido completamente rigurosa…”.
Un libro interesantísimo para la historia de la literatura española, de gran profundidad y de cuya lectura disfrutará el lector, dada la cantidad de aspectos que, quienes ya tienen cierta edad, podrán comparar con los ciegos ambulantes recitadores de pliegos de cordel que también vendían y que tanta importancia tuvieron en la España de posguerra.
José Ramón López de los Mozos 

domingo, 20 de noviembre de 2016

Aparece la Catedral de Sigüenza

Herrera Casado, Antonio: ”La catedral de Sigüenza”. Aache Ediciones. Guadalajara, 2016. Colección “Tierra de Guadalajara” nº 101. 144 páginas, 200 ilustraciones, con planos, fotografías y dibujos. Prólogo de Jesús de las Heras Muela. Dibujos de Isidre Monés Pons. Fotografías de Antonio López Negredo. ISBN 978-84-15537-99-1. P.V.P.: 12 €.

Aunque existen ya varios libros y estudios sobre la Catedral de Sigüenza, algunos clásicos, y otros recientes, con documentación exhaustiva, y con carga gráfica preciosa, la editorial Aache se atreve a proponer este libro sobre el mismo tema, con una serie de aportes que consideramos novedosos. Y manteniendo su línea divulgativa intacta.
Lo primero que cabe destacar de este libro es su claridad y sencillez, de tal modo que en él aparece reflejado todo cuanto debe saberse sobre el edificio y el contenido de la catedral, y sobre los personajes que fueron sus protagonistas, sin que falte nada sustancial en él, ni tampoco sobre. El autor, Antonio Herrera Casado, Cronista Provincial de Guadalajara y con casi un centenar de obras en su haber, demuestra aquí, una vez más, su profundo conocimiento del tema, y su capacidad divulgativa máxima.




Al texto que ofrece la historia de la construcción, la descripción de su aspecto externo, y el relato minucioso y ordenado de su interior, se le suman en este libro una docena de intervenciones monográficas sobre aspectos muy puntuales y muy poco conocidos o valorados de la catedral. Entre ellos el análisis de algunas capillas, como la de la Anunciación y la de la Concepción, o la colección de tapices barrocos, ahora restaurados, incluyendo sendos estudios breves pero muy novedosos sobre la presencia de Hércules en el altar de Santa Librada, la del dios Apolo en el coro, o la de los guerreros y sibilas de la Antigüedad en la sacristía de las cabezas. Todo ello sumando puntos a la valoración del edificio como un monumento al humanismo renacentista, parejo a los símbolos cristianos y al mensaje de espiritualidad y rito que emana de muchos otros ámbitos, capillas y enterramientos.



Aunque es difícil añadir algo nuevo sobre el tema, este libro aporta una visión sobre el Doncel que se centra en ese valor humanístico que tiene la estatua, y la capilla en que se contiene, como suma de simbolismos a caballo entre la Edad Media y el Renacimiento.

--> En todo caso, y además del texto sencillo y clarificador, que sirve de acompañante al viajero que desea conocer, de principio a fin, este templo catedralicio, el libro suma otros valores, especialmente gráficos, entre los que se incluyen un buen número de dibujos antiguos (rescatados de la obra de Prentice a principios del siglo XX), dibujos magistrales de Monés Pons, y muchos escudos y sepulcros analizados con claridad por el estilógrafo de Herrera. Todavía nos brinda una extraordinaria colección de fotografías, muchas de ellas salidas de la cámara atrevida de López Negredo, y otras de mínimos detalles apenas apreciados hasta ahora. Un plano final permite al lector situar cada elemento descrito en el contexto del entramado catedralicio.

sábado, 19 de noviembre de 2016

Presencia de Buero en Guadalajara

Orea Sánchez, Jesús: “Buero Vallejo y Guadalajara”. Edición conjunta de Excmº Ayuntamiento de Guadalajara y Excmª Diputación Provincial de Guadalajara. Guadalajara, 2016. 17 x 24 cms. 312 páginas. ISBN 9788492502-50-9.

Con motivo del centenario del nacimiento en Guadalajara de Antonio Buero Vallejo, Premio Cervantes entre otras cosas, y aclamado com gran dramaturgo del siglo XX español, las instituciones públicas alcarreñas han promovido un amplio programa de homenaje a la figura de este literato, nacido en la ciudad en septiembre de 1916.

Uno de esos homenajes ha sido el libro que comentamos. Escrito por Jesús Orea Sánchez, nos ofrece una visión pormenorizada de la vida y obra del escritor alcarreño, centrada especialmente en los años y secuencias de su paso por Guadalajara. La obra está muy bien estructurada en dos partes y unos apéndices. En la primera parte, se tata del origen de la familia Buero, y de la infancia y juventud del autor, en la ciudad, alcanzando tras la Guerra Civil, el momento álgido de su detención y condena a muerte, de la que finalmente fue absuelto.
La segunda parte se refiere a la vida de escritor de Buero, y a la repercusión que su obra, sus representaciones, hemonajes, etc. Fueron teniendo eco en la ciudad, por ejemplo a través de Antorcha, de la Jornada de Exaltación Alcarreño de septiembre de 1972, del homenaje tributado por la Casa de Guadalajara en Madrid, en 1968, y muchos otros.

En los Apéndices, Orea nos refiere el listado de la obra literaria completa de Buero, y la bibliografía, amplia y exhaustiva, utilizada en esta ocasión. Creo que queda claro, o a nosotros nos lo parece con meridiana claridad, que es la de Jesús Orea Sánchez una de las mejor cortadas plumas del panorama literario actual de Guadalajara, y en este libro lo ha sabido expresar a la perfecciçon, en cuanto a estructura y formas.

El libro está escrito con la limpieza y claridad que Orea pone en todas sus cosas, bien hilado el conjunto, bien ilustrado, por lo que constituye un libro, a más de estar muy pulcramente editado (por Intermedio Ediciones), de fácil lectura y de equilibrado homenaje, saliendo a la piel lo que Guadalajara sabe y recuerda de este su paisano, que ya en Madrid alcanzó a ser un dramaturgo “de los que quedan en los libros de Historia de la Literatura”, lo cual no muchos lo consiguen.


A.H.C.

Henche explicado

GARCÍA LÓPEZ, Aurelio, El Catastro de Ensenada en Henche (1752). Demografía, economía, sociedad y religiosidad en una villa alcarreña en el siglo XVIII, Guadalajara, Editores del Henares (col. Temas de Guadalajara, 7), 2014, 127 pp. [ISBN: 978-84-617-2457-4].

El libro que hoy comentamos es muy fácil de leer y consiste fundamentalmente en una sencilla explicación, debidamente ampliada, de la inmensa cantidad de datos que figuran en el Catastro del Marqués de la Ensenada -preguntas y respuestas- referentes al pueblo alcarreño de Henche. Es decir, de los datos que dicha localidad devolvió a la Administración; aunque antes convendría señalar que dicho Catastro fue un experimento más de tantos otros que se promulgaron por las monarquías necesitadas de dinero. Baste recordar otros catastros anteriores como las mal denominadas Relaciones Topográficas encargadas por el rey Felipe II (1570) a las que tanto se alude, puesto que constituyen un fondo documental de gran importancia para el conocimiento de los más diversos aspectos relativos a los pueblos que afecta, especialmente en lo que se refiere a su geografía, economía, patrimonio, demografía, etc., con cuyas preguntas se buscaba, estadística y pormenorizadamente, conocer en profundidad la situación del reino.

El libro de Aurelio García López comienza ofreciendo una explicación acerca del propio Catastro de la Ensenada, es decir, de las causas que motivaron su realización y, posteriormente, su aplicación a Henche (1752), a través de las diversas partes de que consta: Averiguaciones y Respuestas Generales, Libros de familias y de hacienda de seculares, y de familias y haciendas de eclesiásticos, cuyo fin no era otro que procurar la realización de una reforma fiscal, mediante el establecimiento de una sola, única contribución, desechando las tan complicadas rentas provinciales anteriores.

Desgraciadamente, como casi siempre ocurre, España no estaba suficientemente desarrollada como para poder llevarla a cabo, por lo que finalmente no pudo efectuarse. La encuesta que comentamos se refería a los 15.000 lugares que conformaban la corona de Castilla -dividida en 22 provincias- y, a través de ella, conocer a gran escala las propiedades territoriales de sus habitantes, así como los edificios, ganados, oficios, rentas, etc., de cada uno de los lugares. Para ello fue ordenada su puesta en práctica por el rey Fernando VI, a propuesta de su entonces ministro de Hacienda, don Zenón de Somodevilla y Bengoechea, primer marqués de la Ensenada, del cual recibe el nombre el catastro que ahora nos ocupa.

Considerando el emplazamiento de Henche en la Alcarria, quisiéramos, dado su interés, dar conocer otras publicaciones anteriores al presente trabajo, ya que se hace necesario mencionar otros de la misma zona, con los que solamente pretendemos informar al lector interesado. Así, obras dedicadas a Horche (Francos Brea, Historia de Horche), Brihuega (Niño Rodríguez, Organización Social y Actividades Productivas en una Villa del Antiguo Régimen. Brihuega), Carrascosa de Tajo (García Escribano, Carrascosa de Tajo. Historia, fiestas, costumbres, canciones populares), Peralveche (Viana Gil, y otras, Peralveche, su historia), Pareja (González López y Ricote Redruejo, Historia de la villa de Pareja. Aproximación a una villa episcopal y su tierra), Loranca de Tajuña (González López y Ricote Redruejo, Historia de Loranca de Tajuña), Chillarón del Rey, Sacedón, Durón (García López, Historia de Durón y sus hidalgos), Hueva (Fernández Izquierdo, La villa de Hueva en su historia. Notas para la memoria de un pueblo alcarreño en la Edad Moderna), Caspueñas (Pardo Sanz, Caspueñas. Imágenes e Historia), Tomellosa (Abascal Colmenero, Tomellosa a la luz de su archivo), Almonacid de Zorita (Herrera Casado, Historia de Almonacid de Zorita), Alocén (García López, Historia de la villa de Alocén), Millana (Checa Torralba, Millana, su historia, arte y costumbres y Nieto Soria, La villa de Millana y su entorno: una puebla de Huete en la Alcarria Medieval), Fuentes de la Alcarria (Gracia Abad, El señorío de Fuentes de la Alcarria), Tendilla (Vázquez Aybar, “Tendilla: el censo de 1752” y Crónica de un tiempo pasado) y Cifuentes (Bermejo Batanero, Organización municipal de una capital de señorío en el siglo XVIII. La villa condal de Cifuentes (1710-1766)), aparte de una sencilla Historia de la villa de Henche.
Volviendo al catastro diremos que las Respuestas generales, que debían contestar las autoridades asesoradas por ciertos peritos -el denominado Interrogatorio-, fue publicado como epígrafe A del Real Decreto de 10 de octubre de 1749 y constaba de  40 preguntas sobre el nombre de la localidad, sus límites, jurisdicción, fuentes de riqueza de los vecinos y del concejo (tierras rústicas, casas, cultivos, ganadería, comercio e industria y número de contribuyentes). El siguiente Libro, el de seculares, lleva el siguiente título, que indica muy a las claras cuál era su cometido: Libro de asiento de las familias seculares que se comprenden en esta villa de Henche con expresión de las cabezas de casas de sus criados, familia y heredades; así de hijos como de criados, y demás familiares de ambos sexos, conforme se previene en el capítulo diez y seis de la Real Instrucción, y es en la forma siguiente.
El de Henche que comentamos lleva la fecha 18 de mayo de 1752 y fue redactado por el escribano público José Hernández. A modo de ejemplo veamos unos ítems. a través de los que poder apreciar su estructura:

-       Antonio de Pedro, labrador, de edad 39 años. Casado con Catalina García de 32 años. Su familia: cuatro hijos: Antonio de edad 5 años, Gil de 8, Eusebio de uno y Antonia de 10 años.
-       Agustín Sanz, jornalero, su edad treinta y seis años, casado con María Canalejas de treinta y ocho. Su familia. Un hijo Felipe de edad de 9 años.
-       Ana Cogedor, casada, viuda, su edad 50 años. Su familia. Una hija: Rosa Canalejas de 16 años.
-       Alfonso Picazo, labrador, de edad 50, casado con Mariana Alonso de otros 50. Su familia. Un criado Pedro Canalejas de 18 años.

El siguiente Libro, el de familias de eclesiásticos es similar al anterior, aunque en este caso afecta a los clérigos con su familia y criados. A continuación siguen los Libros de hacienda de seculares, -que generalmente suele ser el más voluminoso-, y que es, en resumidas cuentas, una especie de índice de todas las propiedades pertenecientes a los vecinos de Henche situados en su término y, finalmente, el Libro de hacienda de eclesiásticos.

A través de la lectura detallada de todos estos libros puede obtenerse una idea muy aproximada a la forma de vida de las gentes de la localidad de que se trate. Aquí se analiza la demografía, economía, administración municipal (desde su origen como municipio de señorío, sus bienes propios y comunales, la organización y la constitución de la corporación municipal), además de la religiosidad popular de Henche durante la Edad Moderna a través de la iglesia y obras de arte que contiene (esculturas, pinturas, orfebrería y. en particular, el órgano), amén de los diversos curatos existentes, a los que se añaden datos curiosos e interesantes sobre votos y rogativas, memorias y capellanías, cofradías y hermandades (como las del Dulce Nombre de Jesús, del Santísimo Sacramento, del Rosario, de las Ánimas y de la Vera Cruz, sobre la que García López se extiende para dar a conocer su fundación y ordenanzas y de cuyo texto el autor hace su traslación, dando a conocer sus componentes, la Junta General por la que se gobierna y la celebración de la festividad de la Cruz de Mayo, además de sus ingresos y gastos y otras celebraciones festivas… hasta llegar a recoger el número de ermitas entonces existente (san Pedro, san Roque y san Bartolomé).

Un apéndice documental, que ocupa las páginas finales del libro, se destina a la traslación  de una “Copia literal de las Respuestas Generales [del] Catastro marqués de Ensenada villa de Henche. Año 1752” (pp. 103-120).

Un libro, como en general viene sucediendo con todos los de esta misma “Colección Temas de Guadalajara”, de fácil lectura y comprensión para el lector no acostumbrado a los temas históricos (no novelados), que contribuye a un conocimiento mejor de la historia local de Henche, tan semejante a la de otras poblaciones circunvecinas a las que tan unida estuvo en tiempos pretéritos.


José Ramón López de los Mozos