viernes, 11 de agosto de 2017

Lo que hay detrás de Santa Librada


Nieto Jiménez, Marcos: “Santa Librada. Lo que hay detrás”. Aache Ediciones, 2017. 474 páginas, numerosas ilustraciones.

En el verano de 2017, culminan los trabajos, llevados a cabo en estos últimos decenios, del investigador Marcos Nieto acerca de Santa Librada. La seriedad y meticulosidad del autor, que busca siempre temas inéditos y los documenta en el terreno o en los archivos, ha hecho que tenga una credibilidad sustanciosa en los ambientes cultos de Sigüenza y de cuantos le conocen.
En este caso, el libro [monumental en lo físico] que ahora nos presenta, es el fruto de largas y profundas investigaciones en torno a una figura del santoral cristiano, que continuamente se mezcla con la tradición popular, y que aún deviene de la más remota Antigüedad pagana. El Índice de la obra ya dice de cuan largo es el recorrido en el que busca (con lupa) las huellas de Santa Librada, y cuan amplio el territorio (toda Europa) en el que la persigue.
Santa Librada, en Astorga
Difícil de resumir, porque cada página es un dato nuevo, cada conclusión una sorpresa, y cada imagen (y las haya a cientos), una certeza. Sorprende, entre otras cosas, la amplitud de la devoción a Santa Librada por toda Europa, y la insistencia de un paradigma (la santa martirizada, la hermana de muchas hermanas, la santa crucificada, la santa barbuda, la santa patrona de los embarazos…) y la multitud de imaginería que ha generado.
En ese sentido, si importante es el contenido literario e investigativo que Marcos Jiménez aporta en este libro, aún más llamativo es el aporte de imágenes: iglesias, altares, esculturas, dibujos, piezas arqueológicas…. todas ellas mostrando a Santa Librada y sus atributos.

Un libro, en definitiva, que causa asombro, y que en Sigüenza dará “la campanada” porque son muchas las personas que se interesan por saber cada día más acerca de este tema apasionante.

lunes, 7 de agosto de 2017

10 castillos que debes conocer en Castilla La Mancha

Una tierra grande, ancha, antigua. Una tierra que hoy vemos luminosa, con viñedos, ciudades monumentales, industrias, juventud que se entrena. Pero Castilla la Mancha es también una tierra de hondas tradiciones, y, sobre todo, un lugar en el mundo donde surgen altos y severos los vestigios de una historia cierta, irrenunciable, cargada de símbolos, certezas y misterios. En ella se alzan (es Castilla… recuerda) los castillos, a docenas. En cualquier recodo del camino surge a lo lejos, en el horizonte, la alzada presencia. Y en llegando se levanta sonoro, poderoso, el oscuro perfil de sus almenas. Los castillos de Castilla la Mancha tienen mucho que decirte, todavía.



1.     Atienza. En la parte mas al norte de la tierra castellano-manchega, se alza la villa amurallada y roquera de Atienza, poblada hace miles de años por los celtíberos, bastión luego de los musulmanes, y desde hace siglos ocupada de labriegos que admiraron siempre a sus señores, los reyes castellanos, los condes guerreros, dueños de las distancias.
Atienza tiene un castillo roquero sorprendente, al que es muy fácil subir, a pie, desde la plaza mayor. En lo alto de la roca, la torre del homenaje, y al final de sus escaleras, las terraza. Sube allí, observa en torno, escucha y aguanta el viento, poderoso.



2.     Almonacid de Toledo. Sobre la llanura parda toledana se alza en lo más alto de un poderoso cerro esta fortaleza que fue durante siglos propiedad de los arzobispos toledanos. Su estructura es muy curiosa, y muy demostrativa de cómo fueron las construcciones militares medievales: cerca exterior, castillo interior y torre fuerte o del homenaje en su centro.



3.     Belmonte. En la tierra de Cuenca, sobre las anchas llanuras de la Mancha, esta riente pirueta de la arquitectura y la historia. Propiedad de los Pacheco durante siglos, el buen hacer de un arquitecto borgoñón, Juan Guas, levantó esta complicada mezcolanza de torres y patios, de salones y ventanas. Todo tiene el marchamo de lo gótico en Belmonte, y allá se celebran, ahora, luchas y torneos con armas antiguas, entre bravos muchachos que entrenan con sus espadas, lanzas y dagas.
A Belmonte es fácil llegar, subir en coche hasta la puerta misma del castillo, y vagar por su patio, sus salones que evocan a Eugenia de Montijo, sus almenadas torretas donde los guerreros marqueses de Villena nos llaman.



4. Almansa, el castillo de los Pacheco, que primero árabe y luego cristiano marcó durante siglos la señal de frontera entre Valencia y Castilla. Aunque de origen templario, y real luego, fue poseído por el infante rebelde don Juan Manuel, pasando finalmente a poder de la Corona en tiempos de Enrique III,
Sirvió de referencia en multitud de guerras y batallas, y cumplió fielmente su misión de ser bastión guerrero, perfil de victorias. Hoy luce magnífico sobre la llanada albacetense, y su torre del homenaje, con la cola de muros almenados detrás, es singular y resulta espectáculo.



5. Sigüenza, también en las tierras altas y fronterizas de la región, es hoy un destino turístico y admirativo. Durante siglos, tras ser fortaleza celtíbera y musulmana, pasó a ser la sede del obispado, y de allí a lugar fuerte y regulador de mestas, impuestos y artistas.
El castillo de Sigüenza se construyó, con el aspecto que hoy vemos, en el siglo XIV, y a mediados del XX estaba en los suelos, en la ruina absoluta. El Estado lo levantó de nuevo, y le dio el destino en el que hoy le encontramos, como Parador de Turismo, meca de la admiración de los viajeros y lugar de encuentros para muchos.



6. Calatrava la Nueva. Como surgido de una novela de caballerías, la altura exagerada del cerro de los Alacranes ve cómo en su altura se despliega, generoso y abierto, el castillo que llegó a ser la cabeza de la Orden Militar de Calatrava.
Sobre el valle que desde la Mancha baja hacia las sierras béticas andaluzas, la Orden puso en este lugar, inexpugnable, su alcazaba mayor, dándole la estructura perfecta de un castillo medieval de libro: varios cintos, caballerizas, el patio de los caballeros, el templo cristianos, románico puro, la sala del Maestre, y, en lo más alto, la biblioteca, donde se guardan los libros de la sabiduría, los manuscritos del poder.



7. Guadamur. Que ahora se muestra a los viajeros en visitas guiadas, pero que durante muchos años fue severo lugar de secretos bien guardados. Su perfil enorme y variopinto nos desvela las formas del clásico alcázar castellano. En este caso propiedad de una familia, los López de Ayala, que lo mantuvieron bien cuidado muchos siglos, cabeza y eje de un amplio alfoz feudal. Luego lo tuvo en su poder el marqués de Campoó, y al final ha venido a ser de general conocimiento y fácil visita.



8. Chinchilla de Montearagón es otro de esos lugares que se ven desde muy lejos, porque su perfil castillero destaca sobre las planas mesetas de los Llanos albacetenses. Aunque acabó siendo uno de los penales más temidos de España, antes escribió largos capítulos de la historia castellana, con capítulos firmados por los Pacheco, marqueses de Villena, que no dudaron, generación tras generación, en ir aumentando la fortaleza hasta dejarla como hoy la vemos, espléndida en su lejana presencia y con mil detalles de arquitectura militar medieval en sus detalles, también visitabless



9. Molina de Aragón, en el límite más septentrional de la región, tiene el castillo más extenso de España, una colosal fortaleza que además se completa con una torre albarran la “Torre de Aragón”, que por sí mismo ejercía de castillo completo.
Este complejo castillero, que domina desde un suave cerro la ciudad entera que junto al río Gallo se extiende a sus pies, tuvo su origen en una fortificación celtíbera, luego rehecha por los musulmanes, y al fin transformada en eje del territorio feudal de los Lara, condes de Molina, señores que mantuvieron la propiedad y el control de este Señorío molinés durante más de dos siglos, como un estado independiente entre Aragón y Castilla. De visita obligada.



10. Toledo. El Alcázar. Sí, este también es un castillo de Castilla La Mancha. Quizás el más antiguo, el más importante históricamente. Porque ahí donde está, en lo más alto de la ciudad, sobre el foso del Tajo, fue lugar de residencia de los reyes visigodos de Hispania, y también alcázar real de muchos reyes castellanos, incluido el emperador don Carlos, su último y más solemne inquilino. En el edificio pusieron manos los mejores arquitectos y artistas, incluso el gran patio central lo diseñó y labró Alonso de Covarrubias.
Sede luego de la Academia de Infantería, finalmente ha quedado destinado a sede cultural, la más prestigiosa biblioteca de la Región, y el Museo del Ejército Español. Un lugar, por tanto, de obligada visita.


lunes, 24 de julio de 2017

El hombre lobo

Alonso Ramos, José María: “El lobo hechicero” en Revista de Folklore, nº 224, de 1999.

Sencillo y emocionante es el escrito de Alonso Ramos. Y clarificador y atento a normas. Porque en dos páginas escuetamente narra no solo una leyenda de Robledo de Corpes (Guadalajara) sino que aclara datos y conjunta informaciones en torno a un tema muy amplio como es la presencia del lobo y el mito del hombre-lobo en la literatura oral española.

A través de sus informantes serranos, fundamentalmente de Petra Ramos, nos da cuenta detallada, grabada de viva voz por quien la cuenta, de la leyenda que en aquel pueblo de la Sierra Norte de Guadalajara se transmite de generación en generación, y que no es otro que el mito del hombre-lobo, que en el pueblo y en su casa es un hombre normal y trabajador, pero cuando sale al campo se transforma en lobo, habla, y muerde. La terrible sorpresa de su esposa al comprobarlo, la intervención del cura párroco por deshacer la posible demonización del individuo, y la muerte final del sujeto a manos de todo el pueblo, es un relato antiguo y estremecedor.

A partir de ello, Alonso Ramos nos da cuenta, a través de bibliografía, de los cuentos, leyendas y relatos orales que por la Sierra han seguido corriendo a lobos, pastores, cazas, sorpresas, y premios. Hoy está volviendo el lobo, el canis lupus, a nuestras sierras, dejando la improbable hermosura de sus manadas entre los bosques nevados, y la certeza de sus ataques sanguinarios a los ganados del entorno. Esa fuerza en la mirada y en la dentellada, ese aullido, esa organización precisa y casi humana en el ataque y en la organización social, es lo que ha hecho durante mucho tiempo que la gente haya dado un cariz casi humano a la fiera. La frase de homo hominis lupus se ha incardinado en nuetra sociedad, y todavía hoy, y desde cualquier perspectiva, nos parece cierta. Desde los negocios a la política… en todo caso, curiosa aportación bibliográfica la de Alonso Ramos en la Revista de Folklore, que sigue dirigiendo tan acertadamente Joaquín Díaz desde Urueña, en Valladolid.


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A.H.C.

sábado, 22 de julio de 2017

Más noticias de una Sigüenza desconocida

OLEA ÁLVAREZ, Pedro A., Noticias insólitas del antiguo obispado de Sigüenza, Bilbao, Colegio Nuestra Señora de la Antigua (Orduña), 2016, 146 pp. [ISBN: 978-84-617-6390.0].
Nos encontramos ante un libro muy interesante, aunque aparentemente pudiera parecer de poca monta dado su caudal de páginas, que no alcanza las ciento cincuenta y, sin embargo, se trata de un texto cuajado de serias informaciones que darán al lector idea clara de cómo se las gastaban los obispos y señores de Sigüenza.
El libro, parte de una base lógica: que tras la obra u obras de carácter más o menos “eruditas” conviene dejar un tiempo para escribir, con total holganza, otros libros más livianos en cuanto a su contenido se refiere, “un poco para no acabar cervantinamente con los sesos hechos agua”, por lo que se hace necesario y aún conveniente, contar con buenos maestros que tiendan a conservar las ideas mejores y, por eso precisamente, nuestro autor, el sacerdote Pedro Olea Álvarez, quiere dejar su huella, mediante aquel poema que escribiera Francisco Gregorio de Salas, que dice así:
Receta segura contra la hipocondría
Vida honesta y arreglada,
hacer muy pocos remedios,  
y poner todos los medios
de no alterarse por nada:  
la comida moderada, ejercicio y diversión,  
no tener aprehensión,  
salir al campo algún rato,  
poco encierro, mucho trato, 
y continua ocupación.
Por eso, los relatos que contiene el libro que tan sabiamente ha compuesto, deben servir, en este caso, como medio de holganza para el lector, puesto que recogen sucesos y hechos acaecidos tanto en la ciudad de Sigüenza como en su antiguo obispado y, ya de paso como quien dice y, como cualquiera tiempo pasado fue mejor, fijarse en lo brutos que hubo también en tiempos pasados, pero que la debida distancia temporal hará que nuestros actuales juicios sean más comprensivos y nos preparen para no juzgar con demasiado rigor aquellos hechos.
Advertencia que desde luego es buena y muy aplicable en los tiempos que corren, porque a lo largo de este recorrido histórico, más de medio centenar de artículos, unos más breves que otros, nos encontraremos con sucesos tan llamativos como aquellos titulados “El día en que Abderramán III se cagó en los pantalones y ya no volvió a nuestras tierras”, “Un califa macabro”, “A baculazos en la catedral”, “Un obispo corriendo por Sigüenza, quizá en paños menores”, “El obispo tira las bulas a un muladar”, “La causa del mucho cabreo que se cogió el obispo Gómez Barroso con Pedro I el Cruel”, “De cómo el arzobispo envenenó al obispo”, “Un entierro muy peculiar”, “Un noble bastante bruto”, “Santos inventados que no inventamos nosotros”, “El pregonero y el alguacil a tortas”, “¿Lo embalsamaron antes de tiempo?”, etcétera, entre otros muchos que podríamos haber seleccionado junto a los precedentes y, a través de cuya lectura el lector podrá darse cuenta de ciertas actuaciones que, como hemos dicho, no deben ser juzgadas mediante las coordinadas espacio-temporales de la actualidad, ya que los sistemas comparativos son abarcan las mismas medidas, es decir no han sido debidamente homologados.
A pesar de la búsqueda de esa holganza de que se habló al principio, el libro es mucho más serio de lo que pudiera parecer a simple vista y, aunque en él, a lo largo de su contenido, su autor se haya divertido, puesto que siempre queda la huella imborrable de la fina ironía, el sarcasmo, la propia sátira desenfadada, la retranca casi gallega, etcétera, los textos que Olea presenta son muestra irrefutable de pasadas existencias que, por mucho que se intenten esconder, siempre estarán a la vista, aunque más o menos encubiertos. En él hay de todo, como en botica, pero sobre todo hay Historia en constante evolución, avanzando conforme avanzan los tiempos y las gentes que en ellos viven…
Es un libro, en fin, caya lectura pausada recomendaríamos, dado que, precisamente por ser contada de una manera más o menos anecdótica, entra mucho mejor en las mentalidades actuales. Artículos de hechos que tuvieron lugar en tiempos pretéritos y que, afortunadamente, todavía sirven como ejemplo, en muchos casos, de aquello que no se debe hacer o está prohibido o no deja de ser una manifestación espontánea de un obispo al que, en aquellos días de su vida, pillaron “con los cables cruzados”.
Un libro de lectura amena que, en ocasiones, llamará la atención del lector por su contenido, pero… ¡qué se le va a hacer, si el hombre de antes como el de ahora, no es responsable del mismo, no lo fue nunca, ni lo será, puesto que entonces era tanto y significaban tanto como un cero a la izquierda! Es decir, que los relatos que aquí se reúnen son obra, única y exclusivamente, personalizada (como se dice hoy), de sus autores: los obispos seguntinos, más o menos educados, según los tiempos que les tocara vivir.

José Ramón López de los Mozos