sábado, 17 de junio de 2017

Un "Viaje a la Alcarria" por Mañueco

MAÑUECO, Juan Pablo, Viaje a la Alcarria, versión XXI. Donde se narra la primera salida de Alcarriante, Guadalajara, El Autor / Aache Eds., 2016, 350 pp. [ISBN: 978-84-92886-90-6].
Viaje a la Alcarria, versión XXI. Donde se narra la primera salida de Alcarriante, -palabra que viene a significar tanto como “visitante de la Alcarria”-, es un título que puede llamar a error al lector, puesto que se trata, ni más ni menos, de una novela -¿de viajes?- en la que su autor, Juan Pablo Mañueco, basándose, en parte, en aquel otro Viaje… celiano, recorre, aunque a su manera, algunos pueblos no sólo de la Alcarria de Guadalajara, sino también de las otras alcarrias, las de Madrid y Cuenca, aunque el libro no avance todo lo que el lector espera, puesto que, si antes hemos hablado de una “novela de viajes” -con duda-, creemos más bien encontrarnos en este siglo XXI con una “novela de novelas”, como así se pone de manifiesto a lo largo de las distintas partes en que, curiosamente, su autor divide en “trancos”, al estilo de Vélez de Guevara en su Diablo cojuelo.
La parte primera es una especie de metanovela, algo que va más allá que la propia novela, en la que es poca la acción que se lleva a la práctica y mucho lo que se expone y describe del viaje, que aparece dividida en nueve “trancos” cuyo estilo, como el resto de la obra alcanza un barroquismo inusitado, a imitación de ciertas obras del Siglo de Oro español.
Con esto, se llega a un intermedio, cuando “El viaje” ya camina, constituido por cuatro “trancos”, en el que los protagonistas siguen ruando por la ciudad de Guadalajara, puesto que el viaje en sí se efectúa más con el pensamiento que andando. Interesa especialmente la lectura del “tranco” onceno que es un “Diálogo barroco entre la Concordia, el parque de San Francisco y el Fuerte, que fue convento”, algo poco usual en estos tiempos.
La parte segunda es lo que podríamos decir con propiedad El Viaje ala Alcarria, el meollo del libro, que consta de ocho “trancos”, y en la que el autor ha intercalado dos novelas que el lector puede leer o pasar por alto. Se trata de “La novela de Tórtola de Henares” y “La Novela de Torija”, donde se narran las tan sonoras fiestas que allí se celebran: las rondas navideñas, ya tradicionales, a cuyos postres se reparten migas, caldo y caldereta a todos los asistentes.  
Allí, precisamente, en Torija, es donde el autor del presente viaje el del siglo XXI, mantiene una larga entrevista con el autor de aquel otro Viaje… de mediados del XX -“Conversación entre Camilo José Cela y el escribidor en Torija”-, en la que cada uno de ellos mantiene su postura respecto a las causas que motivaron el haber escrito sus respectivos libros.
A continuación se incluye un epílogo (que en realidad no lo es), acerca del Segundo Viaje a la Alcarria el mismo día que el anterior y que el autor llama de una manera un tanto enrevesada “O vuelo de una pequeña luna volante, por la Alcarria, para alborear el alba alma y ánima alcarreña” y que compara con veintiún saltos de caballo en verso y prosa, a modo de un circuito hípico a lo largo de diversos pueblos y villas alcarreñas, con saltos descriptivos y pormenorizados, cada uno de los cuales va en su correspondiente y mudada estrofa para mayor limpieza en el salto poético.
Circuito que principia en Brihuega y alcanza su meta en la antigua Arriaca, con lo que de esta forma recorre, por segunda vez, la Alcarria (en el mismo libro), aunque de distinta manera.
Para finalizar el libro con un grupo de ocho adendas, de las cuales las tres últimas son “ovillos” sobre varios mensajes: Cela en su centenario y el año cervantino (1616-2016).
En fin, el lector se encuentra ante un libro surgido tras la publicación de Donde el Mundo se llama Guadalajara en el que, a través de diversos periplos por estas tierras, el autor traza algunas rutas literarias por la ciudad y la provincia de Guadalajara, que Mañueco ya daba por finalizados definitivamente. Un libro en el que el autor se entusiasmaba ante la diversidad geográfica de este “país de países” y que optó por describir poéticamente, pero también mediante la prosa y el teatro, de modo que llega a convertirse en una “antología” de sus mejores poemas.
Y a otra cosa o al menos eso pensaba Mañueco sobre lo referente a sus viajes y periplos por los pueblos de esta tierra, hasta que el año 2016, en que se celebraba el IV Centenario del fallecimiento del Genio Miguel de Cervantes -“único con mayúscula y antonomasia, supremo del idioma castellano”-, escribió en su honor el “ovillejo” (formula poética de la que el propio Cervantes fue creador) conmemorativo que figura al final del libro, como poema de cierre. “Ovillejo” que más tarde evolucionaría y sería convertido como por arte de magia en una estrofa inédita a la que Mañueco bautizó como “castellana”.
También se le cruzó ese otro Centenario de Cela, coincidiendo con el LXX Aniversario de Viaje a la Alcarria, así que, a finales de abril de dicho año, jueves 28 para más señas, nuestro autor decidió escribir otro viaje que no tuviera nada que ver con aquel otro, en el que no aparecen personajes de relieve, y donde, con todo el dolor de mundo, se “refleja una Alcarria antigua, desfasada y trasnochada”, “una Alcarria de burros, mulas, carros, malas posadas, piojos, moscas, alcaldes maulas y violentos, y gente vomitando en autobuses de cuarta clase sobre los pasajeros que van junto a ellos, en un canto pleno al subdesarrollo y la triste estampa social de la época” que, en realidad, era lo que había en aquellos tiempos y en aquellas geografías, mal que le pese a nuestro amigo Mañueco, que, entonces, decidió escribir su Viaje a la Alcarria, versión XXI, que dejase huella de un siglo contemporáneo y tecnológico.
Por tanto, y resumiendo, el lector se hallará ante una extensa obra que nace para llevar a cabo un viaje por la Alcarria que se demuestra más mental o, si se quiere metafísico que real, en el que se insertan varias novelas barrocas -cuatro en total, cuya lectura es independiente del resto del libro, lo que quiere decir que puede realizarse aisladamente del resto de la obra-, tal y como hacía don Miguel de Cervantes en su obra El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha; con un diálogo que mantiene con el autor de aquel ya lejano primer Viaje a la Alcarria (C.J.C.), y con una amplia colección de poemas.
Un libro, cuya lectura recomendamos, en el que tampoco se sabe muy a las claras quien es su protagonista, si el andarín Alcarriante, como parece ser, o el propio autor y un viaje que resulta ser dos, de inusitada rareza, de los que el primero se efectúa por tierra y el segundo por vía aérea en los que prima la imaginación aunque basada en aspectos geográficos y sociales diversos, que atraparán, sin duda, al lector.
José Ramón López de los Mozos 

domingo, 11 de junio de 2017

Cisneros accesible

Orea Sánchez, Jesús (texto) y Marco Alario, Nora (ilustraciones): “Cisneros. Vida y obra resumidas de un gran cardenal”. Excmª Diputación Provincial, Servicio de Cultura. Guadalajara, 2017. 15 x 15 cms., encuadernación en tapa dura, 40 páginas, ilustraciones a color.

Con motivo del Quinto Centenario del fallecimiento del Cardenal Cisneros, numerosas actividades en su recuerdo se han organizado, especialmente en Alcalá de Henares, pero también en Guadalajara, donde el personaje tuvo un relieve histórico indiscutible, por su nacimiento en Torrelaguna (entonces era provincia de Guadalajara), su estancia como párroco en Uceda, su presencia como provisor y “vice-obispo” en Sigüenza, y su permanencia casi una década en el convento franciscano de La Salceda, en Tendilla/Peñalver.
Sucinta en palabras, pero densa en noticias, esta obra de Orea se enmarca en el estilo didáctico que hoy predomina, y que tan útil se muestra en la educación popular, que debe hacerse utilizando cualquier recurso, por sencillo que parezca. En un mundo que se ve dominado por el escándalo mediático, la inmediatez de los resultados deportivos y el constante y progresivo interés por el hedonismo más superficial, debe ser muy bien recibido un aporte sereno y breve que nos ponga en la mano la biografía de un gran personaje, clave en la historia, hacedor de un mundo en el que todavía vivimos.
El libro no solo está bien escrito, sin tacha ni desliz, limpio de paja, sino que además está muy bien editado, en formato cómodo, con ilustraciones apropiadas y claras. Un acierto de la Diputación alcarreña, que de forma sencilla pero decidida interviene en este memorandum del Centenario cisneriano.
La obra se completa (y esta es la clave) con un apéndice didáctico y lúdico, en el que a través de dibujos, preguntas, propuestas, juegos y adivinanzas, compromete a los más pequeños para que, después de ver las exposiciones programadas en Sigüenza a este efecto, y con la ayuda de padres y profesores, comprendan y digieran lo expuesto en el estudio inicial.
En definitva, una obra menor, pero exquisita. Un libro que se guarda y se relee, que se lleva en la mano porque agrada su tacto, y porque, nada más abrirlo, nos encontramos con alguna estampa, alguna noticia, que nos hará pensar y evocar otros tiempos, que no por pasados fueron mejores, sino que fueron distintos, hacedores, cargados de fuerza.


A.H.C.

sábado, 10 de junio de 2017

Buero analizado por Orea

OREA SÁNCHEZ, Jesús, Buero Vallejo y Guadalajara, Guadalajara, Diputación de Guadalajara, 2016, 308 pp. [ISBN: 978-84-92502-50-9].
Aprovechando que 2016 fue el año conmemorativo del centenario del nacimiento en nuestra ciudad del dramaturgo Antonio Buero Vallejo, fueron muchos los actos, fundamentalmente culturales, que tuvieron lugar y de los que algunos ya pertenecen al recuerdo, puesto que, como las palabras, se los llevó el viento, dado su carácter efímero, mientras que de otros aún se mantiene viva su existencia; nos referimos a las ediciones de libros que analizan su vida y obra desde distintos puntos de vista.
Uno de estos libros es, precisamente, el que aquí comentamos, debido a la ágil pluma de Jesús Orea, consumado periodista, autor de otros trabajos como 125 Luces de bohemia (2011), Guadalajara para niños (2014), Crónicas del Tenorio Mendocino (2015) y Viaje a la Alcarria en familia (2016), además de editar y coordinar el libro Papeles de Javier Borobia (Notas de andar, sentir y soñar) (2014) y colaborar con dos entregas en el colectivo 100 propuestas esenciales para conocer Guadalajara (2016).
Buero Vallejo y Guadalajara costa, básicamente, de dos partes. La primera abarca el periodo que va desde su nacimiento en 1916 hasta el momento en que Buero Vallejo es encarcelado y condenado a muerte, al final de la contienda del 36-39, mientras que la segunda lo hace justamente desde la posguerra, hasta la actualidad, además de contar con un apéndice en el que figura “un a modo de epílogo” titulado “La esperanza es infinita”, una recopilación de la obra dramática completa, y una bibliografía final muy selecta e interesante, dado que en ella se da noticia de numerosos libros y artículos especializados, no muy conocidos por la mayoría y a que todavía hoy son relativamente escasos los estudios sobre Buero Vallejo, persona, y más los dedicados a su extensa obra creativa.
El libro de Jesús Orea, aparte, claro está, de recoger una biografía bien construida, viene a ser un reconocimiento doble: por un lado  del amor que Antonio Buero manifestó a lo largo de su existencia, aunque viviera en Madrid, por su tierra alcarreña y, más concretamente, por la ciudad que lo vio nacer y, por otro, como un tributo de reconocimiento a su tarea como creador, fundamentalmente ayudando al desarrollo de la Agrupación Teatral “Antorcha”, a la que tan unido se encontraba.
Aspectos que vienen a desmentir esa idea que muchos paisanos suyos han venido teniendo, al creer que Buero Vallejo nunca quiso saber nada de Guadalajara, quizá mezclando la Cultura -así, con mayúsculas- con la ideología política. De modo que no conviene olvidar esas palabras suyas tan definidoras de su personalidad e idiosincrasia: “Las vivencias que me han fecundado y que se mantienen dentro de mí las he adquirido aquí” (en Guadalajara), palabras que vienen a ser un testamento de su afecto.
Pero el libro que comentamos no es únicamente, como ya se ha dicho, una mera biografía, sino que además es también una recopilación de los  hechos socio-culturales que acaecieron a lo largo de casi cien años en aquella capital provinciana que era la Guadalajara de entonces, es decir, un libro de historia que acompaña a la historia del dramaturgo fundiéndose en una sola expresión: la del creador y su obra en su contorno, en el momento pretérito en que vivió su creación, o sea, como dice José Manuel Latre en el prólogo, “un libro que nos ayuda a poner a Buero Vallejo en el mapa y en la historia de Guadalajara”, por el que pasan, como en una filmación, su infancia y juventud, el periodo adulto y la posterior madurez, así como las dudas y cavilaciones que, quizás, pudieron pasar por su cerebro para dejar de lado aquella primigenia idea de su atracción por arte pictórico -recuérdese el retrato que le hizo en la cárcel a Miguel Hernández, de sobra conocido- y dedicarse de lleno a la creación teatral, y a convertirse en un autor dramático de sobra reconocido.
A todo lo anterior habría que añadir una “guinda”, para nosotros de notable interés, que no queremos dejar que pase desapercibida. Se trata de la “cercanía familiar” existente entre Buero y el autor del libro, a través de su madre, así como con Taracena, lo que, sin lugar a dudas, ha contribuido a que se corrijan ciertos datos biográficos hasta ahora equivocados y se aporten otros nuevos, como el expediente que se custodia en el Archivo General Militar de Guadalajara en el que, en efecto, puede verse el documento de su condena a la pena capital (“entre marzo y octubre del 40, Buero permaneció ocho largos, duros y angustiosos meses en la galería de condenados a muerte”).
Jesús Orea se dirige al lector y le habla desde las páginas de su libro, explicándole con lo que se va a encontrar… algo que para quien esto escribe no es una manifestación de intenciones, sino una especie de resumen del mismo.
Si leemos con detenimiento nos daremos cuenta de que es mucho más fácil escribir acerca de la vida de Buero Vallejo que hacerlo sobre su obra, más compleja:
“La circunstancia de celebrarse el 29 de septiembre de 2016 la efeméride del centenario del nacimiento del gran dramaturgo, Antonio Buero Vallejo, en Guadalajara, me llevó a reflexionar sobre la oportunidad que se presentaba para reivindicar la vigencia e interés de su magnífica dramaturgia, al tiempo que profundizar en el conocimiento de su vida, llena de avatares -que a punto estuvieron de cercenarla siendo aún muy joven- y plena también de vivencias, las de un hombre, fundamentalmente, bueno, no solo en el sentido machadiano de la palabra, pero también honesto, culto, incluso sabio, de aspecto serio pero con vis cómica, si bien reservada a la intimidad, muy amigo de sus amigos y absolutamente leal a sus ideas de izquierdas, por las que estuvo, incluso, a punto de morir al acabar la Guerra Civil y a las que jamás renunció”.
Es algo de siente Orea y que explica detalladamente al lector a lo largo de un pseudo-preámbulo, como él mismo reconoce, puesto que fue escrito una vez terminado el libro, cuando su autor ya sabía de lo que había hablado, lo cual no deja de constituir una muestra de sinceridad.
En realidad estamos ante un libro que no es de Historia, sino más bien ante lo que podríamos denominar un amplio reportaje en el que la lente de la máquina fotográfica o la pluma del periodista se han fijado detalladamente en la peripecia vital de un hombre, pero de un hombre que, además de serlo, fue uno de los más importantes dramaturgos a nivel mundial, que nació en Guadalajara.
José Ramón López de los Mozos

sábado, 3 de junio de 2017

Más datos sobre la villa alcarreña de Valdevellano: vida, cultura y arte

LOZANO ROJO, Juan Ramón, Valdeavellano. Historia de un pueblo sin historia. II. Vida, Cultura y Arte, Madrid, Ed. P. Maraven, S.L., 2016, 287 99. [ISBN: 978-84-94843-9-3].
Este segundo volumen recoge aspectos que muchos lectores podrían considerar como “no históricos” propiamente dichos, puesto que afectan a lo que era la vida cotidiana del pueblo en el pretérito. Desde nuestro punto de vista, estos datos “ayudan”, quizá como “microhistoria”, a comprender mejor la “macrohistoria”, ya que, como señala Lorenzo Rojo en su prólogo, no existiría una sin la otra.
En el apartado VI (primero de este volumen), dedicado a la vida en Valdeavellano, el lector encontrará muchísimos datos de interés, quizá por olvidados -precisamente porque nos los rememora- referentes a las unidades de medida y a la moneda o numerario que se ha ido utilizando a lo largo del tiempo; con las distintas instituciones y la jurisdicción civil de Valdeavellano en distintas épocas; la economía y los impuestos -distribución de la riqueza, jornales y sueldos, precios de bienes y servicios, impuestos civiles e impuestos eclesiásticos-; la vida familiar, personal y profesional - oficios, trabajos al aire libre y bajo techo, la vida cotidiana a nivel privado, la forma de vestir, la casa con su ajuar y los alimentos- y la vida social de las gentes del pueblo -la beneficencia, la Iglesia, las asociaciones civiles y religiosas, fiestas y devociones, sanidad, la escuela, la cultura popular y los espectáculos, juegos y diversiones, costumbres y tradiciones, el lenguaje “ñarro”, los apodos y el servicio militar-; manifestaciones iguales o muy similares a los de tantos pueblos no sólo de la provincia de Guadalajara, sino de gran parte de la geografía peninsular.
Junto a todo lo anteriormente citado, que no es poco, un apartado más recoge el patrimonio material y cultural reflejado en los edificios y construcciones religiosas que han llegado hasta nuestros días: la iglesia parroquial, las ermitas, las cruces camineras, el cementerio y sus enterramientos, y la imaginaría conservada, que consideramos como fundamental para el conocimiento actual de Valdeavellano.
En el mismo apartado se dedica un amplio espacio a los edificios civiles públicos, como el conjunto de la Fuente Mora,  los molinos harineros (y la fábrica de electricidad), los hornos “de poya”, los lagares, el edificio del Ayuntamiento, la posada o mesón, la picota y la horca, la carnicería, la herrería o fragua, los pósitos, el hospital, la taberna y las tiendas municipales (exceptuando la “zurrundaja”, que más adelante explica en qué consiste), las heredades y eros municipales, montes y baldíos, el consultorio médico y los bienes propios actuales del Ayuntamiento.
Se habla también de los servicios cuya explotación arrendaba el Concejo: los derechos de la alcabala “del Viento” o “de Recova” (compra para la reventa, generalmente de huevos, gallinas, jabón, tocino, mercería, pieles y otros), de correduría, de almotacenazgo, de cobro de las Tercias Reales, las “dulas” (de cabras, mulas, cerdos y bueyes), la guarda de los montes, algunos servicios no rutinarios y otros servicios públicos.
Finalizando este extenso índice con las construcciones civiles particulares de los siglos XVI y XVII, las casas de los la Bastida y la de los duques del Parque, las bodegas-lagares de vino, los colmenares y las cabañas pastoriles, más la correspondiente bibliografía.
A continuación veremos más pormenorizadamente algún aspecto concreto de los que se mencionan en tan amplio elenco, dejando a un lado el apartado destinado a conocer la vida en Valdeavellano y otros datos, puesto que la mayoría de los lectores ha vivido gran parte de ellos, o los ha compartido de alguna manera a través de sus familiares más cercanos, especialmente durante aquellos años en que la familia constituía un grupo compacto en el que junto a los abuelos, vivían los padres y gran parte de los hijos, en una sociedad, mayormente rural, se autoabastecimiento…
Sí quisiéramos llamar la atención acerca de la importancia que tiene a nivel etnológico, como muestra de una mínima parte de la filología popular de tradición oral, el vocabulario “ñarro”, del que, desgraciadamente, se recoge una brevísima colección de palabras: “arreñal” (herreñal) , “benez” (vasija), “carnero” (referido a cordero, o sea animal con carne comestible, que podía ser de dos tipos “carnero llano”, o capado, y “carnero cojudo”, o sin capar) y “hayuco” (fruto del haya), aunque algunas otras expresiones no son de uso exclusivo de Valdeavellano, como “amoto” (motocicleta), “arradio” (receptor de radio), “afoto” (fotografía) o “aiva” (fuera de ahí).
Así como ese otro aspecto que podría enlazarse con el anterior, igualmente breve, dedicado a los motes o apodos, de los que se dan a conocer algunos ejemplos fechados en los siglos XVI y XVII tales como “Garzona”, “Crespo”, “Palacia” y “Gordo”, saltando al siglo XIX con los siguientes: “Chospa”, “Chulin”, “Cositas”, “Facho”, “Grillo”, “Guarin”, “Loro”, “Marchena”, “Paja”, “Pasodoble”, “Patena”, “Pelusa” y “Zorrilla”, a los que habría que añadir otros, identificativos,  más propios de una familia concreta, pero que no constituyen alias o remoquete alguno, como “Casianos”, “Manuelos”, “Nicolases”, etc.
El siguiente apartado es un recorrido por el patrimonio del pueblo, comenzando por su iglesia titulada de Santa María Magdalena, cuya parte original, más antigua, pertenece a la segunda mitad del siglo XII, que consta de una sola nave y cuya portada se decora con arquivoltas en zig-zag que descansan sobre cimacios que amparan capiteles con iconografía vegetal.
El ábside es semicircular y está realizado en mampostería al igual que el resto del edificio; una metopa y canecillos lisos, algunos erosionados, representan escenas eróticas de ruda talla.
Tres ventanales, uno de ellos transformado en el siglo XVI, dan luz a su interior, elementos que nuestro autor considera característicos de las iglesias situadas a lo largo del Camino de Santiago.
En el interior sobresale la pila bautismal, también románica, decorada con una cinta “sinfín” semejando “ochos” y dos benditeras, además de dos capiteles que soportan el arco mayor -el que separa el ábside, de la nave-, toscamente esculpidos; el del Evangelio con una cabeza humana y el de la Epístola con una cabeza de ogro, lobo o demonio, que representan el Bien y el Mal.
Soportando el coro, destaca una interesante viga de madera bellamente policromada que parece representar una escena apocalíptica.
En cuanto a las ermitas, se mencionan las de San Bartolomé, la más antigua, ya en mal estado se conservación según consta en la visita pastoral realizada el mes de abril de 1562; del Espíritu Santo, posiblemente anterior a 1557, año de comienzo del Libro de Fábrica; de San Roque (y San Sebastián), consagrada en 1603 y construida, tal vez, como consecuencia de la epidemia de 1599-1601; la de Ntrª. Srª. de la Soledad, la única con atrio porticado de dos columnas; la de la Asunción, posteriormente denominada de Ntrª. Srª. de los Ángeles, en ruinas desde 1838, y las de San Juan Bautista (que nunca existió, puesto que no consta su construcción según estipuló D. Juan de la Bastida en su testamento), del Rosario y de San Marcos.
También menciona las cuatro cruces de caminos: la de Valdesaz, la del Montecillo, la de Madera y la Cruz Vieja, que no son más que cristianizaciones de los antiguos “mercurios” o “morcueras”, que indicaban los caminos y solicitaban protección al dios viario del Comercio, equivalentes a lo que en la zona molinesa se conoce actualmente como “pairones” o “peirones” (Molina y su zona de influencia, Teruel, Castellón, Zaragoza…), tan parecidos a los “petos de ánimas” norteños.
Sigue el conjunto formado por la “fuente Mora”; lavadero, molino aceitero o almazara y la propia fuente, que en el pasado se completaba con la ermita de San Bartolomé, para continuar con el edificio de la casa de Ayuntamiento -que fue construida hacia 1554-1555 y posiblemente se trate del mismo edificio que llegó hasta 1990-, en el que también se encontraban la carnicería, con acceso desde la plaza mayor, y el calabozo.
La picota era sigo de jurisdicción propia. La de Valdeavellano, construida en 1554,  consistía en una grada hexagonal de seis peldaños, que fueron eliminados con el fin de construir una fuente que la rodease, sobre la que actualmente descansa una basa prismática que sujeta el fuste, rematado por cuatro brazos en los que se representan  animales fantásticos.
Menciona entre los edificios y construcciones particulares más importantes la casa de los la Bastida, cuyo bello pórtico blasonado aún se conserva, y la de los Duques del Parque, ambas del siglo XVII.
Finalizaremos con la “zorrundaja” o “zurrundaja”, palabra deformada de “zarandaja”, o sea, la tienda en la que se vendían cosas menudas y variadas que no se vendían en las demás tiendas propias del Ayuntamiento. En algunas ocasiones, especialmente en el siglo XVIII, se conoció como “zancarrejo” y era la tienda-bazar o tienda general donde, hasta el siglo XIX se vendía cera, aceite, tocino, manteca, sal, vinagre, legumbres, menaje del hogar, mercería…En líneas generales venía a ser algo muy cercano a lo que se conoce por “abacería”.

José Ramón López de los Mozos  

sábado, 27 de mayo de 2017

El Renacimiento en Guadalajara

Herrera Casado, Antonio: “El Renacimiento en Guadalajara”. Edita Nueva Alcarria. Guadalajara, 2005. 256 páginas, numerosas ilustraciones a color. Tamaño, 21 x 30 cms. Encuadernación rústica. ISBN 978-84-96885-07-3. P.V.P.: 30 €.

En esta obra desarrolla el cronista Herrera todo su saber en torno a una época en la que Guadalajara brilló con luz propia, desde finales del siglo XV hasta bien entrado el siglo XVII. El momento en que se desarrolla el Humanismo, y a partir de él, sus conceptos filosóficos, sociales, económicos, artísticos y culturales.

El Renacimiento

Se conoce como Renacimiento al movimiento cultural y social que supone una “vuelta a lo antiguo” en el final y agostamiento de la Edad Media. Tras el largo periodo que supone la civilización teocéntrica occidental, que frena cualquier atisbo de estudio en profundidad de la Naturaleza y el Hombre, algunos espíritus tratan de volcarse hacia el conocimiento pleno y científico de estos elementos, recuperando al ser humano como centro del mundo, haciendo de él “la medida del Universo”.
Ese movimiento renacentista tiene modalidades muy diversas, según países y regiones. Nace en Italia, cerca de la más pura de las raíces clásicas, pero se extiende de inmediato por Europa.
En España alcanza su comienzo al último cuarto del siglo XV, en el que son especialmente los individuos del linaje de Mendoza, asentados en la ciudad y tierras de Guadalajara, quienes promueven su desarrollo y expansión. Don Iñigo López de Mendoza, marqués de Santillana; su hijo el gran Cardenal de España don Pedro González de Mendoza, y toda su numerosa descendencia, pueblan el siglo XVI de ideas, iniciativas, edificios, academias, libros y formas de entender la vida social, hasta el punto de que a ellos puede decirse debe su nacimiento primero y su gran desarrollo el Renacimiento en España.
En este libro, se aborda el fenómeno del movimiento renacentista en la provincia de Guadalajara. De tal manera que, con un planteamiento amplio, abarcador de todos los aspectos sociales y culturales, se da una idea de lo que supone el fenómeno, y los aspectos más diversos de que se reviste, hasta el punto de comprenderlo y definirlo en su totalidad, y en sus partes.




El contenido de la obra

Tras una introducción sobre El Renacimiento y la recuperación del papel del Hombre, desde presupuestos históricos, filosóficos y artísticos, aparecen estos otros grandes apartados:

Los protagonistas:
- el Marqués de Santillana
- el Cardenal Mendoza
- los Obispos seguntinos
- los Mendoza alcarreños

Las Justas y Batallas

- La guerra, emoción del espíritu
- El juego de las armas
- El poder y sus símbolos
- La heráldica afirmativa

Las Letras y los Libros: los escritores, historiadores , poetas y relatores del Renacimiento en Guadalajara: la gran Atenas alcarreña del siglo XVI.

Generalidades sobre la arquitectura renacentista (formas y estructuras,  tipologías edificables, y aportaciones decorativas).

Los grandes edificios, y fundamentalmente:

           - El Palacio del Infantado en Guadalajara
            - El Palacio de Antonio de Mendoza en Guadalajara
            - La Catedral de Sigüenza
            - El Palacio de los La Cerda en Cogolludo
            - El convento de San Antonio en Mondéjar

Los arquitectos, fundamentalmente Lorenzo Vázquez, Cristóbal de Adonza, Alonso de Covarrubias, y el grupo de canteros cántabros)

La Pintura, en Museos y altares

La Escultura, en Museos y Altares

El resto de manifestaciones artísticas: orfebrería, telas, picotas, tapices, rejas, etc.

Al final se expone la bibliografía, muy sucinta, aunque se ha usado más.

El autor, experto en la historia y sus expresiones artísticas, de este periodo, ha cuajado una gran obra, rematando de una forma amplia sus anteriores estudios monográficos sobre “El Arte del Humanismo mendocino en la Guadalajara del siglo XVI”, “La imagen del Doncel como paradigma de Escipion el Africano”, “Mondéjar, cuna del Renacimiento”, “La Capilla de Luis de Lucena en Guadalajara”, “La catedral de Sigüenza”, y “Palacios y Casonas de Castilla-La Mancha”.
La obra es algo más que un estudio de una época, de unos personajes, y de un estilo artístico. Es la manifestación clara de una época de cabal presencia de esta ciudad y su territorio en torno en el papel general de la historia y el arte peninsular. Numerosísimas ilustraciones gráficas, en forma de fotografías a color, da prestancia a este libro de gran tamaño.

El autor, Antonio Herrera Casado (Guadalajara, 1947) es doctor en Medicina y Cirugía, y en Historia de la Ciencia, por la Universidad de Madrid. Ha sido profesor (de Otorrinolaringología) de la Universidad de Alcalá de Henares, y Académico correspondiente de la Real de Historia, desde 1987. Desde 1973 es también Cronista Provincial de Guadalajara, habiendo desempeñado en ocasiones anteriores cargos de responsabilidad en instituciones públicas en relación con la edición de libros y labores de dinamización cultural.
Ha pronunciado innumerables conferencias, impartido cursos, y propiciado una intensa actividad intelectual y cultural, de investigación y divulgación, en torno al patrimonio histórico-artístico de la tierra de Guadalajara.
Es autor de ochenta títulos, en forma de libros, y miles de artículos en la prensa provincial y especializada. Uno de sus temas preferidos, de los que ha aportado en ocasiones sustanciosos hallazgos, ha sido este del Renacimiento en Guadalajara, por lo que su candidatura se consideró desde el primer momento como idónea para la realización de este trabajo que se plantea con intenciones definitivas.