sábado, 27 de mayo de 2017

El Renacimiento en Guadalajara

Herrera Casado, Antonio: “El Renacimiento en Guadalajara”. Edita Nueva Alcarria. Guadalajara, 2005. 256 páginas, numerosas ilustraciones a color. Tamaño, 21 x 30 cms. Encuadernación rústica. ISBN 978-84-96885-07-3. P.V.P.: 30 €.

En esta obra desarrolla el cronista Herrera todo su saber en torno a una época en la que Guadalajara brilló con luz propia, desde finales del siglo XV hasta bien entrado el siglo XVII. El momento en que se desarrolla el Humanismo, y a partir de él, sus conceptos filosóficos, sociales, económicos, artísticos y culturales.

El Renacimiento

Se conoce como Renacimiento al movimiento cultural y social que supone una “vuelta a lo antiguo” en el final y agostamiento de la Edad Media. Tras el largo periodo que supone la civilización teocéntrica occidental, que frena cualquier atisbo de estudio en profundidad de la Naturaleza y el Hombre, algunos espíritus tratan de volcarse hacia el conocimiento pleno y científico de estos elementos, recuperando al ser humano como centro del mundo, haciendo de él “la medida del Universo”.
Ese movimiento renacentista tiene modalidades muy diversas, según países y regiones. Nace en Italia, cerca de la más pura de las raíces clásicas, pero se extiende de inmediato por Europa.
En España alcanza su comienzo al último cuarto del siglo XV, en el que son especialmente los individuos del linaje de Mendoza, asentados en la ciudad y tierras de Guadalajara, quienes promueven su desarrollo y expansión. Don Iñigo López de Mendoza, marqués de Santillana; su hijo el gran Cardenal de España don Pedro González de Mendoza, y toda su numerosa descendencia, pueblan el siglo XVI de ideas, iniciativas, edificios, academias, libros y formas de entender la vida social, hasta el punto de que a ellos puede decirse debe su nacimiento primero y su gran desarrollo el Renacimiento en España.
En este libro, se aborda el fenómeno del movimiento renacentista en la provincia de Guadalajara. De tal manera que, con un planteamiento amplio, abarcador de todos los aspectos sociales y culturales, se da una idea de lo que supone el fenómeno, y los aspectos más diversos de que se reviste, hasta el punto de comprenderlo y definirlo en su totalidad, y en sus partes.




El contenido de la obra

Tras una introducción sobre El Renacimiento y la recuperación del papel del Hombre, desde presupuestos históricos, filosóficos y artísticos, aparecen estos otros grandes apartados:

Los protagonistas:
- el Marqués de Santillana
- el Cardenal Mendoza
- los Obispos seguntinos
- los Mendoza alcarreños

Las Justas y Batallas

- La guerra, emoción del espíritu
- El juego de las armas
- El poder y sus símbolos
- La heráldica afirmativa

Las Letras y los Libros: los escritores, historiadores , poetas y relatores del Renacimiento en Guadalajara: la gran Atenas alcarreña del siglo XVI.

Generalidades sobre la arquitectura renacentista (formas y estructuras,  tipologías edificables, y aportaciones decorativas).

Los grandes edificios, y fundamentalmente:

           - El Palacio del Infantado en Guadalajara
            - El Palacio de Antonio de Mendoza en Guadalajara
            - La Catedral de Sigüenza
            - El Palacio de los La Cerda en Cogolludo
            - El convento de San Antonio en Mondéjar

Los arquitectos, fundamentalmente Lorenzo Vázquez, Cristóbal de Adonza, Alonso de Covarrubias, y el grupo de canteros cántabros)

La Pintura, en Museos y altares

La Escultura, en Museos y Altares

El resto de manifestaciones artísticas: orfebrería, telas, picotas, tapices, rejas, etc.

Al final se expone la bibliografía, muy sucinta, aunque se ha usado más.

El autor, experto en la historia y sus expresiones artísticas, de este periodo, ha cuajado una gran obra, rematando de una forma amplia sus anteriores estudios monográficos sobre “El Arte del Humanismo mendocino en la Guadalajara del siglo XVI”, “La imagen del Doncel como paradigma de Escipion el Africano”, “Mondéjar, cuna del Renacimiento”, “La Capilla de Luis de Lucena en Guadalajara”, “La catedral de Sigüenza”, y “Palacios y Casonas de Castilla-La Mancha”.
La obra es algo más que un estudio de una época, de unos personajes, y de un estilo artístico. Es la manifestación clara de una época de cabal presencia de esta ciudad y su territorio en torno en el papel general de la historia y el arte peninsular. Numerosísimas ilustraciones gráficas, en forma de fotografías a color, da prestancia a este libro de gran tamaño.

El autor, Antonio Herrera Casado (Guadalajara, 1947) es doctor en Medicina y Cirugía, y en Historia de la Ciencia, por la Universidad de Madrid. Ha sido profesor (de Otorrinolaringología) de la Universidad de Alcalá de Henares, y Académico correspondiente de la Real de Historia, desde 1987. Desde 1973 es también Cronista Provincial de Guadalajara, habiendo desempeñado en ocasiones anteriores cargos de responsabilidad en instituciones públicas en relación con la edición de libros y labores de dinamización cultural.
Ha pronunciado innumerables conferencias, impartido cursos, y propiciado una intensa actividad intelectual y cultural, de investigación y divulgación, en torno al patrimonio histórico-artístico de la tierra de Guadalajara.
Es autor de ochenta títulos, en forma de libros, y miles de artículos en la prensa provincial y especializada. Uno de sus temas preferidos, de los que ha aportado en ocasiones sustanciosos hallazgos, ha sido este del Renacimiento en Guadalajara, por lo que su candidatura se consideró desde el primer momento como idónea para la realización de este trabajo que se plantea con intenciones definitivas.

Más datos sobre la historia de Valdeavellano

LOZANO ROJO, Juan Ramón, Valdeavellano. Historia de un pueblo sin historia. I. Geografía, Historia y Personas, Madrid, Ed. Maraven, S. L., 2016, 254 pp. [ISBN: 978-84-940-843-8-6].
(Continuación)
II

Mas tarde, ya en la Baja Edad Media, tuvieron lugar algunos hechos que dieron motivo a la creación de Valdeavellano. En 1085, Alfonso VI comienza a gobernar Toledo y el día 24 de junio Guadalajara es conquistada por Alvar Fáñez “de Minaya”, habiendo tomado Horche un día antes para defenderla en caso de asedio musulmán. Ello significaba que Castilla y León habían avanzado su frontera hasta el río Tajo, creándose los alfoces de Guadalajara e Hita y un año después, Brihuega pasa a manos de la mitra toledana.

No obstante la población que ocupaba esta gran extensión de terreno era escasa y se centraba principalmente en lo que hoy consideramos como la Campiña y los valles de la Alcarria, o sea, en los valles del Henares, del Tajuña y del Tajo, ya que una gran mayoría musulmana emigró hacia el Sur, mientras que en Hita y algunos otros pueblos se mantuvo la población mozárabe (hispano-cristianos en territorio musulmán). Todo ello trajo como consecuencia la necesidad de repoblar las mencionadas tierras, proceso lento debido a la inestabilidad reinante.

El caso fue que gracias a la aplicación del denominado Fuero corto (1133), otorgado por Alfonso VII, la repoblación del alfoz de Guadalajara fue masiva, ya que con ánimo de incentivarla, dicha ley concedía numerosos privilegios fiscales y legales a los nuevos vecinos. La inmigración llegó del Norte peninsular cristiano, fundamentalmente desde tierras riojanas y alavesas, que no sorianas. Al parecer la situación de los nuevos poblamientos fue planificada debidamente, de forma que el territorio quedase distribuido de forma uniforme, aunque se siguió manteniendo la baja densidad de población.

Lozano Rojo, siguiendo el estudio realizado por Salvador Cortés, indica los  siguientes pueblos, señalando con una (f) los que se ubicaron fuera de los límites del alfoz y con una (d) los que estaban dentro de él: Puebla de Beleña (f), Humanes [de Mohernando] (¿d?), Ciruelas (f), Yunquera [de Henares] (d), Torija (¿f?), Aldeanueva [de Guadalajara] (d), Valdegrudas (f), Caspueñas (f), Valdevacas (d), Archilla (d), Brihuega (f), San Andrés del Rey (d), Irueste (d), Peñalver (f), Romanones (d), Tendilla (d), Hontova (f), Loranca (d), Escariche (f), Pezuela de las Torres (f), Miralcampo (d), Meco (d), Daganzo (d) y Galápagos [de Torote] (d), entre los que aún no figuran, aunque sí en documentos posteriores al fuero, aldeas claramente castellanas cuyo nombre comienza por “Val”, como Valdeavellano, Valdegrudas, Valdenoces [Valle de las nueces, que no de las noches, muy porterior], Valdesaz, Valfermoso [del Tajuña], Valdevacas, Valdehita… ni otros, también castellanos, como Tomellosa, Balconete, Fuentes [de la Alcarria], Torija, Turviesc y Atanzón. Además de figurar numerosas imprecisiones, como Archilla y Tomellosa, que dependía de Brihuega y Valfermoso [del Tajuña o de las Sogas, entonces], incluido en el alfoz de Hita.

Por todo lo anterior, la fundación de Valdeavellano tuvo que tener lugar pasado el año 1133, cuando la Alcarria estaba casi repoblada, y antes de 1170, puesto que en algunos lugares surgidos por los nuevos fueros ya se habían desarrollado oligarquías acaparadoras del poder local, que hicieron disminuir los beneficios anunciados, es decir, hacia 1150.

Valdeavellano lindaba entonces con Caspueñas y Valdesaz, del alfoz de Hita, al Norte; al Noreste y Este, con Valdevacas (alfoz de Guadalajara) y Tomellosa y Turviesc (arzobispado de Toledo); no lindaba con Archilla, sino con Valdevacas; al Este y Sureste, con Valfermoso (del alfoz de Hita) y después de Guadalajara; y al Sur, Suroeste y Oeste, con Atanzón (del alfoz de Guadalajara), o sea, en total con Caspueñas, Valdevacas, Tomellosa, Valfermoso y Atanzón.

Su primera referencia documental data del siglo XIII, concretamente de 23/I/1221 y se trata de una carta de cesión que recoge el Liber Privilegiorum del Arzobispado de Toledo, por la que el concejo de Guadalajara dona Turviesc y su término al arzobispo Jiménez de Rada. En dicho documento aparecen las firmas de varios testigos, entre ellos un vecino de Valdeavellano (un tal Juan, molinero). Luego continúa la mención de documentos. Así en el siglo XIV, Alfonso XI da libre acceso a Atanzón a pastos y leña del Común de Guadalajara (1329), Valdeavellano y la peste negra (entre 148 y 1407), la Fundación de la Orden de los Jerónimos (1359-1366), aunque en Lupiana, una permuta de viñas de 1396, sobre Valdevacas (despoblado).

Posteriormente, siglos XV y XVI, Valdeavellano se convierte en cabeza de sexmo del Común de Tierra de Guadalajara (1405), según documento de 28/X/1405, ya que entonces los 58 pueblos del alfoz de Guadalajara se agrupaban en seis sexmos, continuando la mención de algunos documentos de importancia: Sobre las heladas extraordinarias en el alfoz de Guadalajara (1437), Enrique IV concede a Guadalajara la condición de ciudad (1460), Compra del molino harinero por el Concejo (1464), la Primera referencia a una cofradía en Valdeavellano (1464), los Conflictos entre Atanzón y Valdeavellano (1469, 1475 y 1494), la Inauguración del monasterio de san Bartolomé (1474), el Primer bautizo registrado en el Archivo parroquial (1498), la Ocupación de tierras del siglo XVI (a511, 1529 y 1542), el Poema satírico en el que se cita a Valdeavellano (1530), la Leva de soldados en el Común de Guadalajara (1542) y un Pleito entre vecinos por una heredad (1542).

En1554, Valdeavellano se convierte en villa de Realengo gracias a una contribución de 949.000 maravedíes aportados entre todos los vecinos a las arnas de Carlos I, cuyos fines no eran otros que quedar libre y exenta de la autoridad de Guadalajara, salvo en los asuntos relativos a la representación en Cortes y en los políticos, administrativos y económicos del rey: gozar de fuero propio, y administrar justicia directamente mediante sus alcaldes en nombre del rey, sin más instancia superior que la del propio monarca.

El lector interesado puede disfrutar en este apartado mediante la lectura de la pragmática o descripción de los actos que tuvieron lugar: la reunión “a campana tañida” de los 146 vecinos en el atrio y plaza de la iglesia (el ayuntamiento estaba en construcción), la lectura de la real cédula, la exposición de las razones para ser villa, el nombramiento de alcaldes y demás oficiales de justicia y regimiento y su aceptación en la plaza pública, la fijación de la picota y de la horca, como insignias de jurisdicción propia… hasta que, en 1651, su independencia se redujo al dejar de ser villa de Realengo para pasar a serlo de Señorío, dependiendo de un señor no deseado, que realizaba la función de intermediario entre los vecinos y el rey, con lo que surgieron nuevos problemas sobre lindes, jurisdicciones y conflictos diversos, como así consta en la documentación existente, que acompaña al texto que comentamos.

Valdeavellano entra, por tanto, de lleno a convertirse en villa de Señorío, siendo los la Bastida, los señores, quienes lo primero que hicieron, a través de D. Melchor, fue la compra de la jurisdicción y de los derechos de cobro de alcabalas y millones, que hasta entonces recaudaba el Concejo, según consta en el correspondiente privilegio,:

“OTORGO Y CONOZCO QUE VENDO a Don Melchor de la Vastida y Castillo, Cavallero de la Horden de Calatraua, las Alcaualas de la villa de Valdeavellano, en el partido de la ciudad de Guadalajara, tasadas y estimadas en ciento y trece mil quinientos y dos marauedís de renta en cada un año, en empeño al quitar, con alza y baja y jurisdicción para la administración, veneficio y cobranza de las dichas Alcaualas, a razón de treinta y quatro mil el millar, en plata, con el goce desde primero de Enero del año pasado de mil y seiscientos y cinquenta y uno en adelante…”.

La maniobra, al parecer, fue tan rápida que sorprendió a los vecinos de Valdeavellano, y muy beneficiosa para la Bastida, quien también decidió la compra -a Felipe IV- de las rentas del 1.º y 2.º uno por ciento desde 1652, por lo que los vecinos se sintieron nuevamente engañados y muchos decidieron recuperar lo perdido, de modo que en una nueva reunión del Concejo se hizo constar que “Valdeavellano fue vendida en 1652 a Melchor de la Bastida”, surgiendo 52 vecinos descontentos que solicitaron la “restitución in integrum” (es decir, sin beneficio para la Bastida) y buscaron un censo (préstamo) para poder volver a comprar los derechos que les habían sido enajenados, puesto que la villa “carecía de caudal para comprarse y salir de la jurisdicción de Guadalajara”. Posteriormente se entablaron una serie de litigios entre los vecinos y los la Bastida, ya que el pueblo no podía ejercer el tanteo puesto que ya estaba fuera del plazo legal al no conseguir el préstamo necesario de diez o doce mil ducados, cantidad desorbitada en aquel momento.

Todo lo antecedente produjo que el pueblo decidiera demandar judicialmente a Don Rodrigo de la Bastida, al tiempo que crecía el odio de Valdeavellano y otros pueblos de los alrededores hacia esa familia, por lo que se interpusieron numerosos pleitos, que se insertan entre la documentación conservada como los intentos de los Bastida de la compra de los derechos de Tomellosa y las reacciones de los vecinos y concejos contra ellos, quienes acabaron por vender sus posesiones y derechos a los Trelles, y después a los Duques del Parque, hasta su total decadencia debida al “agobio de los impuestos”.

Un apartado recoge la vida cotidiana de Valdeavellano según se recoge en el Catastro del Marqués de la Ensenada, finalizando con el constitucionalismo, incluidas las desamortizaciones de Mendizábal (1836) y de Madoz (1855), con lo que desaparecen las grandes haciendas, entre ellas las de los Bastida (o de Romo), al venderse. Algunas noticias sueltas y la llegada de la guerra del 36-39, así como la posguerra, e incluyendo el correspondiente despoblamiento y un cambio social radical consiguiente (1958).

Cierra este primer volumen el capítulo destinado a dar a conocer las personas y familias relacionadas con Valdeavellano, haciendo antes la salvedad de que dicha villa no dio persona ilustre alguna o, al menos, con cierta relevancia, por lo que fundamentalmente las personas que en esta amplia relación se mencionan pertenecieron a las familias de sus dueños y señores, así de los la Bastida se tienen en cuenta sus orígenes, posiblemente nacidos tras la reconquista de Cuenca, en 1177, aunque lo más seguro es que procedieran de Guipúzcoa, la Rioja Alavesa, Extremadura, Segovia o Sevilla y entre los que se menciona a Don Juan, el primero en tierras de Guadalajara, de donde provendrían los de Valdeavellano: Don Melchor de la Bastida y Barbazán, Don Luis de la Bastida y Torres, Don Juan y Don Melchor de la Bastida y Bustamante, Don Rodrigo de la Bastida y Castillo Bustamante, Don Melchor de la Bastida y del Castillo y Castillo Lozano, Don Antonio de la Bastida y Torres y otros más, a los que sigue la saga de los Trelles y el ducado del Parque, iniciada por Don Benito Trelles, tatarabuelo de Jovellanos, y marqués de Torralba, Don Gonzalo Trelles y Agliata, Doña Isabel María Trelles Valdés y Agliata, Don Manuel Joaquín de Cañas y Trelles, etcétera.

A los que siguen los Romo y Gamboa, los Torres y Tovar de la Bastida, así como otras familias como la de los Martínez de Zarzosa y algunos más, aunque ya con alguna relación circunstancial con Valdeavellano, como por ejemplo el conde, en realidad señor, de Orgaz y Doña Isabel Trelles, quienes contrajeron nupcias en su iglesia, hecho que rompió la monotonía vital de la villa, al igual que sucedió con la visita pastoral llevada a cabo por el cardenal Portocarrero, arzobispo de Toledo y primado de España, en tiempos de Carlos II, hacia 1677.


José Ramón López de los Mozos     

miércoles, 24 de mayo de 2017

Castilla firme y convencida

Castilla y el primer Villalar de 1976 de Juan Pablo Mañueco con prólogo de Miguel Delibes
Mañueco Martínez, Juan Pablo: “Castilla y el primer Villalar de 1976”. 3ª edición. Guadalajara, 2017. Editorial AACHE. 158 páginas en tamaño 17 x 24. Fotografías. Prólogo especialmente escrito en 1980 por Miguel Delibes para la 2ª edición. ISBN 978-84-17022-16-7. P.V.P.: 15 €.

Aunque el autor la califica como novela ambientada en Villalar de los Comuneros el domingo 25 de abril de 1976, se trata de un estudio sobre el castellanismo, las Comunidades y transmite la realidad de lo ocurrido aquel día, en una jornada tensa de reivindicaciones.

En esencia consiste en el relato de cómo cuatro amigos inician un viaje desde Madrid hasta Villalar de los Comuneros, donde está anunciada para ese día una conmemoración de Padilla, Bravo y Maldonado, los comuneros de Castilla, que ha sido prohibida por el Gobierno.

Se pasa revista a lo que supuso la Revolución de las Comunidades de Castilla y a las cuestiones planteadas entonces y que aún siguen por aplicarse en el siglo XXI. En aquella ocasión, tras la llegada a Villalar, y tras romper el cerco policial, se describe lo que ocurrió en aquella jornada de silencio y metralletas sobre la campa de Villalar.

El prólogo, debido a la pluma de Miguel Delibes, es uno de los más lúcidos análisis de la situación y de las necesidades de Castilla salidos de la observación del novelista vallisoletano