Mostrando entradas con la etiqueta alfareria. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta alfareria. Mostrar todas las entradas

sábado, 18 de junio de 2016

Alfarería del aceite

Alfarería tradicional de España. El aceite, Octavas Jornadas de Alfarería, Avilés 2016, Avilés, Ayuntamiento de Avilés, 2016, 52 pp. (Catálogo de la exposición).

Como ya viene siendo tradición año tras año, el Ayuntamiento de Avilés celebró durante los días 7, 26 y 28 del pasado mes de abril, la Octava Jornada de Alfarería, que en esta ocasión se centraba sobre el aceite y durante las cuales se celebraron diversas actividades de carácter cultural, entre ellas, la inauguración de la Primera Exposición Internacional de Arte Postal en Avilés “aceite”, que tuvo lugar en el Palacio de Valdecarzana, a la que siguió una cata de aceite bajo la tutela del oleólogo Enrique Martínez Giera, y la exposición sobre Alfarería tradicional de España: el aceite, en el Centro Municipal de Arte y Exposiciones CMAE, que se completaba con la conferencia titulada “Alfarería del aceite: forma y uso”, que corrió a cargo del mencionado experto en aceites -Profesor-tutor de Historia del Arte en el Centro Asociado de la UNED, cuya tesis versó sobre La alfarería en La Rioja, desde el siglo XVI al XX, e investigador especializado en etnografía y arte, además de autor de diversas publicaciones sobre cerámica-.

El día 26 se procedió a la inauguración de la FATVA, Séptima Feria de Alfarería Tradicional “Villa de Avilés”, para finalizar el día 28 con la Clausura de dicha Feria.
El catálogo que comentamos consta de una introducción a las Octavas Jornadas cuya autoría se debe a Yolanda Alonso Fernández, Concejala de Cultura del Ayuntamiento de Avilés, en la que recuerda su comienzo en el año 2009, en que versó sobre Alfarería negra de Miranda (una de las más antiguas de Europa, datada cuanto menos del siglo II y perfectamente documentada) y que, como todas las demás, fue comisariada por Ricardo Fernández.

Jornadas que, en sucesivas ediciones, han dado a conocer casi un millar de piezas, vasijas generalmente, relacionadas con el agua y el fuego, la vida de los animales, los instrumentos musicales, así como con medidas de vino y sidra -cargadas de simbología- y grandes contenedores, como una gran tinaja procedente de El Toboso, que fue la pieza de mayores dimensiones que se ha expuesto a lo largo de dichas ediciones anuales.

Concretamente, las Octavas Jornadas ofrecieron al visitante una exposición, didácticamente diseñada, sobre piezas utilizadas para el transporte y almacenamiento del aceite.
Un centenar de vasijas únicas, de gran valor etnográfico, procedentes de las colecciones Vicente Alvado (Alicante), Ágata y Paco (Madrid), Enrique Martínez Glera (Logroño), Tomás Rodríguez (Madrid), Rosa Carballés (La Coruña), A. Rubinos (Lugo) y de los fondos del ANMinvestigación, representadas mediante una amplia tipología consistente en orzas, alcuzas, candiles, tinajas o cántaros, algunos con varios siglos de antigüedad, que ilustran el presente catálogo (cántaras para purificar el aceite, tinajas para desamargar olivas, orzas para conservar alimentos en aceite, alcuzas para uso doméstico, candiles para el alumbrado de las casas, medidas semejantes a las utilizadas para el vino, graseras riojanas del siglo XIX, etcétera), que de mera publicación que pudiera considerarse efímera, pasa a convertirse en fuente de consulta para investigadores, expertos y estudiosos de este apartado del saber popular.
Junto a las fotografías de las distintas vasijas de la exposición, se publica también una amplia colección fotográfica que ayuda a comprender mejor los diferentes usos de las piezas y calar en el conocimiento de la cultura oleícola. Treinta y cinco fotografías en las aparecen antiguas almazaras y molinos, generalmente convertidos en museos o fundaciones, además de una selección sobre los alfareros que realizaron algunas de las obras expuestas.

Ricardo Fernández, comisario de la muestra, ofrece en un par de páginas algunos datos sobre el olivo, la aceituna, su recolección y transformación en aceite y su empleo, además de los recipientes que se utilizaron para su conservación, almacenamiento y transporte  en diferentes lugares de la geografía nacional, de modo que su producción fue muy diferente entre el norte peninsular y el sur, como es el caso entre Asturias, donde al no producirse aceite ni haberse construido trujales y almazaras, pudiera parecer que no existirían vasijas con él relacionadas, cosa que no es del todo cierta puesto que en la exposición se enseña una pequeña aceitera de Miranda (Avilés), de forma globular y  característico color negro, así como una alcuza de Faro (Oviedo), de cuello estilizado, esmaltada en blanco y decorada con unas finas líneas verdes, cuya fotografía en color sirve de portada al presente catálogo, y otros lugares de fuerte presencia olivarera, como Jaén, donde hay plantados “sesenta y seis millones de olivos, setecientas quince almazaras y uno de cada cinco litros de aceite que se consume en el mundo proviene de estos océanos de aceite".

Las páginas 6 a 41 corresponden al catálogo de vasijas, y el resto, hasta la 49, recoge la colección fotográfica antes citada.

Entre las aceiteras figuran un ejemplar de Usanos, otro de Málaga del Fresno y un tercero de Valdepeñas de la Sierra. Hay también una botija de aceite procedente de Lupiana y un cántaro aceitero realizado por un alfar de Sigüenza, piezas todas de gran belleza plástica.
Cuatro vasijas que sirven como ejemplo de las producciones que llevaron a cabo los más afamados alfareros y talleres de la provincia de Guadalajara y catálogo modélico, como queda dicho más arriba, con el que poder comparar otras piezas de dudosa procedencia.

José Ramón López de los Mozos   

viernes, 20 de junio de 2014

El mensaje del barro


“Alfarería tradicional de España. Los sonidos del barro”, en Sextas Jornadas de Alfarería. Avilés 2014, Avilés, Ayuntamiento de Avilés, 2014, 32 pp. Catálogo de la exposición comisionada por Ricardo Fernández.

Durante los días 11 y 12, 19 y 21 del pasado mes de abril se celebraron en el Centro Municipal de Arte y Exposiciones de Avilés, dependiente de su Ayuntamiento, las Sextas Jornadas de Alfarería (2014), con el siguiente programa: el viernes día 19 se procedió a la inauguración con la exposición didáctica “Alfarería tradicional: los sonidos del barro”; el día siguiente, 12, se abrió el “taller de zambombas”, a cargo del Equipo ADOBE (con la colaboración de Escontra’l Raigañu, Aula Didáctica de Cultura Popular Asturiana) y la conferencia de nuestra querida amiga la cerámologa Ilse Schüzt “Objetos sonoros de cerámica en la cultura popular”; el 19 se procedió a la inauguración de FATVA (Feria de Alfarería Tradicional “Villa de Avilés”, a la que siguió un concierto de instrumentos musicales cerámicos: “Los sonidos del barro”, que corrió a cargo del percusionista Ernest Martínez, con un amplio repertorio -12 piezas musicales alusivas al tema del barro-, y finalmente, el día 21, la clausura de dicha Feria.

En ella han participado personas e instituciones tan importantes en el mundo de la ceramología como Alfonso Fernández García, Director del Museu de la Gaita (Gijón); el Centro de Documentación Musical de Andalucía, con sede en Granada; el Equipo Adobe, Escontra’l Raigañu; la propietaria del Museo de Alfarería de Agost (Alicante); el Kimbell Art Museum, de Texas (USA); La Compañía Colectivo Artístico; el Museo de Belles Arts, de València; el Museo de Música Étnica, de Barranda; el Museo do Pobo Galego, y el coleccionista Xosé Manuel Carballés.

Traemos a nuestra página el catálogo que se ha editado en esta ocasión, porque, afortunadamente, son numerosas las piezas de la provincia de la provincia de Guadalajara que figuran en él, pertenecientes al Archivo del Centro de Cultura Tradicional de la Diputación de Guadalajara y al etnógrafo José Antonio Alonso Ramos.

¿Qué es lo que se ha pretendido con esta muestra? Nos contesta Ricardo Fernández, Comisario de la Exposición, al comienzo de su artículo introductorio del catálogo que comentamos, titulado, precisamente, “Alfarería tradicional de España: los sonidos del barro”:

“... una sinfonía de sonidos que van desde las más amables melodías de flautas, ocarinas o xiurells, silbatos mallorquines, herencia de la coroplastia ibérica; hasta roncos bramidos producidos por zambombas misteriosas ataviadas con pieles de lo más diverso, incluidas las de merluza o de lenguado tigre (...) traen nuevamente a Asturias una colección única y excepcional, un centenar de instrumentos sonoros de arcilla...”.
Para más adelante añadir:

“... la oportunidad de descubrir cómo el ser humano ha venido utilizando los sonidos producidos por instrumentos sonoros de barro a lo largo de la Historia para exteriorizar sentimientos profundos en ritos, costumbres y fiestas de otros lugares diferentes a la comunidad de Asturias, donde no se conoce su uso más allá del que adoptaban los emigrantes asturianos cuando se reunían para danzar y corear cánticos con los que sentirse un poco más cerca de la tierra madre...”.

Quizá estos dos sean los principales motivos que reúnen en Avilés a tantas personas amantes del barro y la causa de esta exposición, que ya va por su sexta edición.

El breve, aunque interesantísimo catálogo, recoge numerosos instrumentos de distintos lugares de España (y muy pocos, de Marruecos: tres “darbukas y un “atabal doble”, muy utilizados en España), entre los que figuran varias piezas de la provincia de Guadalajara, como queda dicho, que veremos seguidamente y que no queremos dejar pasar por alto, puesto que forman parte de nuestra más ancestral cultura musical, desgraciadamente poco conocida.

Según la clasificación o sistema de Hornbostel-Sachs (Systematik der Musikinstrumente o Clasificación de Instrumentos Musicales, 1914), entre los membranófonos -aquellos en los que el material que entra en vibración es una membrana o parche, generalmente una piel de conejo, gato, zorro, etcétera, cuyo sonido se logra mediante percusión, fricción, soplo o roce con el aire-, figura la tradicional “gallina”, de Guadalajara (en la provincia de Burgos recibe el mismo nombre), que se trata simplemente de una cuerda encerada con cera virgen, atada a una piel que a su vez se ata al brocal de un botillo desechado y que al tirar de la cuerda produce un sonido que recuerda el cacarear de la gallina, según la descripción que José Antonio Alonso ofrece en El juguete popular en Guadalajara. Arqueología y tradición (2008), y que son tradicionales de Berninches, aunque en otros pueblos de la misma provincia de Guadalajara reciban distintos nombres, como el “grajo” en Bustares (en el que se utiliza un bote de conserva), “kikirigallo”, en Renales o “chincharra”, en La Fuensaviñán, todos de gran parecido. A la citada “gallina” la acompañan una zambomba, también de Guadalajara, y otras zambombas más, como “la de tinaja”, de Cifuentes, y “la de castañuelas”, de Cogolludo, tan conocidas.

Entre los instrumentos idiófonos -aquellos que para sonar deben ser percutidos, excepto los que tienen membrana- se expuso una “colmena”, de Guadalajara, y un “cántaro mayo” que se percute con una alpargata, de Tamajón, además de una “zumbadora”, de Guadalajara, como única representación de los instrumentos aerófonos, es decir, aquellos en los que el sonido se produce al vibrar el aire ambiente y que parecen tener un origen mágico o religioso, como la “zurrumba” de Clares, que consiste en una tablilla muy fina y alargada, redondeada en su base -que es donde se ata la cuerda para hacerla girar por encima de la cabeza de quien la maneje- y apuntada en el otro extremo, que produce un zumbido característico de donde parece derivar su nombre (onomatopéyico), tan semejante a ese otro juguete infantil que hacían los niños de Valverde de los Arroyos, con una corteza de álamo, denominado “cerrumba” (ver José Antonio Alonso, Instrumentos musicales tradicionales en Guadalajara, 2010), nombres, por cierto, muy relacionados con los “churinga” o “bramaderas” de las tribus australianas, aunque también se utilizaron en Europa y, dentro de ella, en España.


viernes, 31 de mayo de 2013

Otro estudio sobre Alfareria de Guadalajara


La alfarería de Guadalajara en la Colección del Equipo Adobe. Museo Ruiz de Luna. Talavera de la Reina (Toledo), Del 4 de Marzo al 31 de Mayo de 2013. Catálogo de la Exposición, Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha, 2013, sin paginar.

Comisariada por Ana Isabel Sanz Blesa, con fotografías de Domingo Sanz Montero y diseño de Ana Isabel Sanz y Lucía Blesa, la exposición “La alfarería de Guadalajara en la Colección del Equipo Adobe” ofrece al público un conjunto de piezas de gran interés para el conocimiento de esta faceta de la artesanía provincial, actualmente desaparecida, caracterizadas principalmente por su gran variedad de formas.
El Equipo Adobe, fundado entre 1978/79 por Domingo Sanz, Severiano Delgado y Lucía Blesa García y Ana Isabel Sanz Blesa -incorporadas al grupo con posterioridad-, es fundamental para profundizar en los más variados aspectos de la cultura alfarera ya que, además de su amplia colección, cuenta entre sus publicaciones con títulos como Viaje a los alfares perdidos de Albacete (Madrid, 1991); Cuadernos de Campo sobre la Alfarería de distintas provincias, y el interesante boletín Noticias Adobe, creado en 1997, además de otros trabajos más recientes como Alfarería extinguida de la Alta Extremadura (Madrid, 2011), Alfarería balear (Madrid, 2012), y el artículo -del mismo título que la presente exposición: “la alfarería de Guadalajara en la colección del Equipo Adobe”- publicado en Cuadernos de Etnología de Guadalajara 43-44 (2011- 2012), páginas 57-96. También ha realizado numerosas exposiciones temáticas de gran parte de los fondos de su colección, como Sidra y medidas de vino (Avilés, 2013), Alfarería animal (San Fernando de Henares, 2013) y la que ahora comentamos, entre otras.
Ciñéndonos a la provincia de Guadalajara, la colección del Equipo Adobe conserva notables y numerosas “piezas de museo” procedentes de la Alcarria (Auñón,  Loranca de Tajuña  y Lupiana), la Campiña (Málaga del Fresno y Usanos), el Señorío de Molina (Hinojosa, Milmarcos y Molina de Aragón) y, en mayor cantidad, del resto de las Serranías (Anguita, Cogolludo, Hiendelaencina, Sigüenza, Valdepeñas de la Sierra y Zarzuela de Jadraque), ampliamente representadas mediante cántaros, cantarillas, botijos, ollas, jarras, pucheros, cañadones, aceiteras y un largo etcétera, dado que esta alfarería era de tipo utilitario y funcional, a pesar de lo cual muchas piezas contienen distintos elementos decorativos: a base de almagre (Anguita, Hinojosa, Milmarcos o Molina), incisiones (Anguita, Cifuentes, Cogolludo, Hiendelaencina…), marcas identificativas o “firmas” de autores o familias alfareras (Zarzuela de Jadraque), excisas (Cifuentes, Lupiana o Málaga del Fresno) y a base de óxido de manganeso (Sigüenza).
En la introducción al catálogo que comentamos, firmada por el Equipo Adobe, se señalan como principales causas de la desaparición de los centros alfareros de Guadalajara que, contrariamente a lo sucedido en otras provincias castellano-manchegas se debió a la conducción del agua a las casas, la utilización de vasijas realizadas con materiales plásticos menos pesados y más resistentes -al tiempo que más baratos-, la emigración y la carencia de turismo en las zonas donde se encontraban los alfares, como consecuencia de una deficiente red de comunicaciones.
Tras la introducción y alternando texto con fotografía, se van ofreciendo una serie de datos, más o menos breves según su importancia, acerca de los distintos centros alfareros. Así, de Anguita se indica que tuvo una tejera hasta 1890 y que después, Magdaleno González contrató a un alfarero de Priego para que le iniciase en las técnicas alfareras que posteriormente él transmitiría a su hijo Bruno, que abandonó el oficio en 1960.
En Auñón el alfarero era José Crespo y también aprendió el oficio de su padre, hasta que una parálisis de obligó a dejarlo. Sus producciones eran semejantes en formas y decoraciones a las de Priego, dada su cercanía. El torno era de pie, el barro muy claro y las piezas -botijos, cantarillas para miel, tiestos, jarras, barreños con baño plumbífero y cántaros decorados con bandas y flores, aunque en ocasiones llevaban el nombre del propietario escrito con almagre-.
Ignacio Martín-Salas Valladares firma la “ficha” sobre la alfarería cifontina, centrada principalmente en la tinajería gracias a la importante producción vinícola de la zona hasta finales del siglo XIX, en que la filoxera casi acabó con las viñas, de modo que la producción de tinajas y tinillos duró hasta poco antes de la guerra del 36, compitiendo con los tinajeros de Colmenar de Oreja y Santorcaz.
Es curiosa la profusa decoración de estas piezas de Cifuentes (ondas, motivos vegetales con incisiones a peine, cordones excisos con decoración digitada, sellos, firmas y dedicatorias del tinajero al propietario) dada la oscuridad de las bodegas, en las que poca gente podía disfrutar de su belleza, caracterizada por su sobriedad y elegancia arcaizante. Algunas piezas, además, fueron sobrecocidas -de ahí su aspecto negruzco- con el fin de evitar que se resquebrajasen con la fermentación del mosto.
Cogolludo fue uno de los centros alfareros de mayor importancia. Con arcilla de un oscuro no muy intenso se produjeron piezas para el almacenamiento y transporte de agua: cántaros, botijas de campo, botijos, bebederos para animales y también piezas vidriadas en verde y melado para cocinar y contener otros líquidos (botijones para aceite).
En Hiendelaencina hubo un tejar asistido por tejeros murcianos durante los meses de verano. Atraído por el auge de las minas de plata, a finales del siglo XIX, se instaló allí un alfarero de Cogolludo, Severino Cruzado, quien permaneció en dicha población hasta 1924, en que regresó a su lugar de origen. Sus producciones, lógicamente, son parecidas a las de Cogolludo aunque con su propia personalidad en decoraciones incisas y apariencia formal, aparte, claro está, de la coloración del barro empleado.
Hasta 1920 parece ser que duró el alfar de Hinojosa que, próximo a la iglesia, corrió a cargo del “tío Carmelo”, empleando un barro procedente del lugar de Fuentepalomas y el agua de la Fuente del Cerro. Sus cántaros son robustos, de gran fortaleza, como suelen ser los de la zona molinesa. Sus asas, verticales, “nacen en la parte superior del cuello y se rematan en la zona alta del cuerpo”, consistiendo su decoración en grandes orlas geométricas hechas con almagre, quizá como “pervivencia” de la cerámica ibérica.
En Pelegrina quedan restos del complejo industrial “La Pelegrina”, que debió iniciar su producción de loza y alfarería a comienzos del siglo XVIII.
Loranca de Tajuña dio trabajo a dos familias de artesanos que, siendo hermanos, hijos y abuelos de alfareros, produjeron piezas diferentes por ser distinto el lugar de donde extraían en barro. Celedonio “el Cacharrero” vendía sus cacharros en el propio alfar y en los pueblos cercanos e instaló después un puesto en Madrid. Eusebio, hermano del anterior, también apodado “el Cacharrero”, tuvo cuatro hijas y dos hijos, pero ninguno siguió sus pasos, lo que contribuyó a que hacia 1925 desapareciera su actividad.
El taller de Lupiana comenzó su andadura a mediados del siglo XIX, cuando un vecino de Toledo, apellidado Salaíces, se trasladó allí con su familia. Posteriormente se le agregó un oficial procedente de Priego, Francisco Ruiz, que adaptó las formas que él producía a las de la zona. El alfar se ubicaba en una antigua bodega y trabajaba casi todo el año fabricando piezas para agua. Su vidriado plumbífero procedía de Jaén y daba tonos melado-verdosos.
Luzaga tubo tejares y alfarerías como demostró Castillo Ojugas. Sus producciones, cantarillas para vino, guardan una gran semejanza con las de Anguita (diseño formal, boca muy reducida, etc.), pero se diferencian de ellas en la decoración, que aquí es incisa, realizada mediante un objeto punzante, así como por un acabado más tosco además de por el tipo de barro utilizado.
Juan Carrasco Lanzós se encarga de la alfarería de Málaga del Fresno que, al parecer, comenzó fabricando tejas y ladrillos. Las producciones posteriores, que llegaron hasta el aciago año 1936,  fueron muy abundantes y variadas dado que el horno tenía capacidad para 3.500 a 4.000 piezas siendo, junto a Cogolludo, de los mayores, de forma que Eulalia Castellote cifra en 10.000 los cántaros que se cocían anualmente. Tras dicho año fue un hijastro del alfarero quien aprendió el oficio en Usanos y se estableció en su lugar de origen con lo que, dada la cercanía a la capital, mantuvo un alfar floreciente hasta los años cincuenta en que, con la llegada de los cambios socio-económicos, se vio obligado a cerrar.
De la actividad alfarera de Milmarcos se sabe que hubo dos tejeros, Juan Julián Colás y Agustín Yagüe, que se dedicaron a la teja y a los vasos para resina. Parece que el segundo tuvo un alfar-tejar cerca de Los Cañuelos donde producía, en pequeña cantidad, todo tipo de piezas, y que duró hasta mediados de los años cincuenta en que ambos artesanos emigraron a Barcelona.
En Molina de Aragón, Mariano Fuertes -hijo del último alfarero- indicó al Equipo Adobe que él solamente realizaba labores secundarias en el obrador de su padre, siendo su hermano Ricardo el que continuó con la labor artesana, fabricando tejas y ladrillos principalmente, hasta su desaparición hacia 1920.
Sigüenza conserva la calle de la Alfarería, lo que indica una agrupación de tipo gremial. El torno que se empleaba era el de pie y el barro, rojizo, lo extraían del Pinar. Entre su amplia producción cabe destacar por su interés los cántaros, que se decoraban con bandas longitudinales que bordean su parte superior, a veces la inferior, de la panza mediante el uso -único en la provincia- de óxido de manganeso, conocido como “tierra negra”. Cántaros que llaman la atención por su robustez y el tipo de asas.
El alfar de Tamajón-Jadraque, que corrió a cargo de Rufino Rodríguez Palancar -procedente de Madrid, desde donde llegó a Tamajón acabada la guerra- fue creado en principio para cambiar cacharros por trapos y chatarra, a modo de trueque. Primeramente vendía los cacharros, pero después pensó que era más rentable producirlos él mismo, para lo que contrató a Luis Pozuelo Zamorano, de Ocaña, e instaló el taller en dicha localidad, donde trabajó desde 1950 hasta 1953. Después, sus hijos Pablo y Rufino, se trasladaron a Jadraque donde instalaron otro alfar que duró hasta 1957. El torno era de árbol alto y se movía a pedal. Con él producían alfarería con y sin baño, que imitaba a la de Campo Real, que se vendía muy bien, aunque el asa de sus cántaros no sube tanto y el “arroyo” es menos pronunciado.
En las zonas pinariegas, gracias a la recolección de resina, se fabricaron “tiestos” o “cascos” para su recogida, como los que se hicieron en Ciruelos del Pinar, Iniéstola, Luzaga, o Tobillos, hoy desaparecidos, en alfares que emplearon tornos de pedal y árbol alto y hornos de grandes dimensiones, de dos pisos (el inferior como caldera donde se quemaba la leña y el superior para la cocción de las piezas).
El alfar de Tobillos corrió a cargo de Pedro Fernández Templado, que trabajó en el de Cobeta junto a su padre, el “tío Liborio”, procedente de Priego. En los años veinte fabricaba “cascos” por encargo de la Unión Resinera Española, con sede en Mazarete. Más tarde, hacia 1948, dicha Unión canceló su contrato al conseguir “cascos” para resina más baratos, hechos a molde y con vidriado interior, con lo que desapareció el taller.
En Usanos, pueblo cercano a la capital de la provincia y a Málaga del Fresno, también hubo alfares, cerrando el último de ellos antes de la guerra civil, al fallecer sin descendencia el artesano que lo llevaba. Sus técnicas de fabricación coincidían plenamente con las de Málaga del Fresno.
En Valdepeñas de la Sierra se hicieron muchos tipos de piezas, vidriadas y sin vidriar, pero el alfar desapareció al fallecer el “Chachara”. Sus cántaros, sin decoración, son de cuerpo voluminoso y globular, toscos y pesados, de cuello corto y boca reducida terminada en reborde saliente y llevan un asa “en el punto de encuentro del cuerpo y el cuello y se levanta, en ángulo recto, por encima de la boca”.
Para finalizar se reseña la alfarería de Zarzuela de Jadraque, antes llamada “de las Ollas” que ya aparece mencionada en las Relaciones Topográficas de Felipe II, aunque sin precisar el número de alfareros existente ni su tipo de producciones. También consta su actividad alfarera en el Catastro de Ensenada, donde se citan quince alfareros. Posteriormente, de cada 150 familias, 30 se dedicaban a la alfarería durante todo el año, puesto que el obrador se situaba en la cocina de casa, por lo que la obra no se helaba en invierno. Se trata posiblemente del centro alfarero más arcaico de Guadalajara, con torno de mano, en el que nunca se empleó el vidriado. Las incisiones de las piezas sirvieron como “marca de alfarero” al ser cocidas en hornos comunales.
En resumen, un catálogo muy interesante a la hora de penetrar en el conocimiento de los centros alfareros de Guadalajara, hoy desaparecidos, escrito con un lenguaje sencillo que llega a cualquier lector.

José Ramón López de los Mozos 

viernes, 22 de febrero de 2013

Alfarería Tradicional de Guadalajara


MARTÍN-SALAS VALLADARES, Ignacio, Alfarería en la provincia de Guadalajara (Colección Ignacio Martín-Salas Valladares), Ciudad Real, Patronato Municipal de Cultura de Alcázar de San Juan, 2011, 20 pp. (Fotografías en color de Antonio Martínez Meco).

Este breve opúsculo sirvió de catálogo a la exposición que sobre “Alfarería en la provincia de Guadalajara” perteneciente a la colección de Ignacio Martín-Salas Valladares, -uno de los coleccionistas más importantes de Castilla-La Mancha-, se celebró de los días 10 de noviembre de 2011 al 20 de enero de 2012 en el Museo de Alfarería de La Mancha, en Alcázar de San Juan (Ciudad Real).
A pesar de su brevedad, consideramos que se trata un trabajo importante por la calidad de las fotografías que contiene, así como por el profundo conocimiento que el coleccionista posee acerca de los alfares de la provincia de Guadalajara. 
Las piezas que figuran fotografiadas en el catálogo son las siguientes: jarra (Sigüenza), cántaro (Lupiana), tarro de ordeño (Sigüenza), cántaro, (Hiendelaencina) que no Hien de la Encina -como por error figura al pie-, olla (Zarzuela [de Jadraque]), cántaro (Sigüenza), tarro de ordeño (Sigüenza), olla (Sigüenza), cantarilla (Molina de Aragón), botilla (sic) (Zarzuela de Jadraque), cántaro (Molina de Aragón), botija (Málaga del Fresno), botija (Lupiana), botijo (Zarzuela de Jadraque), botija (Cogolludo), cántaro (Cogolludo), rueda baja masculina [torno] (Zarzuela de Jadraque), cantarilla (Hiendelaencina), cántaro de aceite (Sigüenza) y botilla (Málaga del Fresno).
Un total de diecinueve piezas (más el torno o rueda de Zarzuela de Jadraque), que por sí mismas ya merecen la pena, puesto que fueron realizadas en alfares establecidos en siete poblaciones que, por imperativos económicos y debido a los cambios sufridos por la forma de vida rural, dejaron de existir a partir de los años sesenta del pasado siglo, por lo que, diez años más tarde, Guadalajara era ya una provincia sin alfares.
M.ª Jesús Pelayo García, concejala de Patrimonio y Turismo del Ayuntamiento y presidenta del Patronato Municipal de Cultura de Alcázar de San Juan, señala algunos aspectos con los que coincidimos plenamente:
“Resulta sorprendente para el neófito, descubrir las sutilezas en las diferentes formas, las decoraciones o las aplicaciones en las piezas. Vasijas, cántaros, botijos y botijas, ollas, tarros de ordeño y otras, se adscriben a cada alfarero por estas sutilezas. Aun siendo claramente artesanía utilitaria, cada pieza mantiene las características del trabajo de autor.”

viernes, 14 de diciembre de 2012

Aspectos del costumbrismo alcarreño



Cuadernos de Etnología de Guadalajara. Revista de Estudios del Servicio de Cultura de la Diputación de Guadalajara,  números 43-44 (2011-2012), 448 pp.

Han transcurrido ya más de veinticinco años desde que el primer número de la revista Cuadernos de Etnología de Guadalajara, el 0, viera la luz a modo de prueba, y ahora, como sin darnos cuenta, vamos por el 43-44.
Corría por tanto el año 1986 y estos Cuadernos, sencillos en su nacimiento, quisieron servir de cauce de expresión a cuantos quisieran dar a conocer las manifestaciones más variadas del folklore provincial, de las formas de ser y pensar de las gentes que poblaron y aun pueblan las tierras de Guadalajara.
Al comienzo fueron, como su propio nombre indica, unos simples cuadernos o, casi mejor, unos cuadernillos, de no muchas páginas, donde con gran ilusión se iban publicando trabajos de diversa extensión y contenido que comenzaron saliendo trimestralmente, que después pasaron a ser semestrales y aún anuales, cuando el número de colaboraciones así lo exigió.
Afortunadamente el interés que despertaron desde el primer momento hizo que muchas personas colaborasen en ellos, a través de trabajos que trataban de aspectos muchas veces ignorados o insuficientemente conocidos: botargas de las que se desconocía su existencia o de las que no se tenían escasos o deficientes datos, puesto que ya no quedaban supervivientes que pudieran hablar de sus correrías carnavalescas; cánticos que entonaban las mujeres por Semana Santa en solicitud de limosna para poder sufragar los gastos del “monumento” de Jueves Santo; muestras de una arquitectura popular local que, cada día más deprisa, van siendo aniquiladas; juegos infantiles que se van perdiendo, porque los niños han cambiado sus viejos juegos por las vidioconsolas; procesiones ancestrales; danzas que en muchas ocasiones se han vuelto a recuperar…
Cuadernos, a modo de “buque insignia” del Servicio de Cultura de la Diputación, que al fin y al cabo es el que pone los dineros, ha querido dar ánimos a los pueblos, para decir a los cuatro vientos que todavía estamos a tiempo de salvar tal o cual fiesta o tradición si se tiene voluntad, si se pone interés y empeño, o que hay que darla a conocer a un mayor número de gente.