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domingo, 8 de marzo de 2026

Guadalajara, la ciudad de las damas


En la ciudad de Guadalajara, tan plena de historias, tan nutrida de personajes, ha habido a lo largo de los siglos presencias femeninas de enorme importancia. Pero que han quedado como opacadas, diluidas por las de los hombres. Ellas han surgido como acompañantes, como contrapuntos, como anécdotas de belleza, de ingenio, o muy pocas veces de poder. Siempre de generosidad y positivismo. En este libro se recuerda a algunas.

Surge este libro del recuerdo de “La ciudad de las damas” que escribiera Christine de Pizan, en el siglo XIV francés, en el que reivindica a una serie de mujeres ilustres que se defienden de los argumentos misóginos vertidos por una larga ristra de hombres –tenidos por sabios entonces– que las fueron menospreciando, ridiculizando, y que precisaban esta contrargumentación, para salvarlas.

Aquí en España, y aún más concretamente en Guadalajara, hubo un acopio de mujeres interesantes. En tiempos antiguos, en épocas de oscuridad y silencios. Este libro ha querido rememorarlas, apurar sus memorias, destacar sus brillos. No han salido muchas, pero han llegado al número de una docena de damas de Guadalajara, que son capaces, unas junto a otras, y en tiempos diversos, de cambiarle el nombre a la ciudad, y darle este apelativo de Ciudad de las Damas con el que se ha querido titular el libro.



De dos ramas vienen, fundamentalmente, estas féminas alcarreñas. De la casa real de Castilla (los Borgoña, los Trastamaras, los Austrias…) que es nación de antiguo y noble abolengo, y de la casa de Mendoza, que es linaje de la llanada alavesa, en tierras agrestes y fieras con saberes hondos y largos quehaceres. De esas fuentes nacen estas damas a las que recordamos por muchas razones, pero especialmente por haber sabido dar, en tiempos del dominio masculino, su voz clara en medio del avatar común y a veces despropósito. 

Para que el lector sepa con quien se va a encontrar al discurrir por las páginas de este mínimo diccionario de féminas alcarreñas, ponemos aquí sus nombres, por el orden en que aparecen: Doña Berenguela de Castilla, las infantas Isabel y Beatriz, María Fernández Coronel, Reina Juana de Portugal, Doña Juana Manuel, y luego la Ricafembra Juana, doña Aldonza de Mendoza, doña Mencía de Mendoza, doña Brianda de Mendoza, la fundadora, doña Mencía de Mendoza, la mecenas jadraqueña, doña Ana de Mendoza la duquesa, y su hija doña Luisa de Mendoza.

El libro lleva un prólogo, muy interesante y bien dicho, firmado por Rosa María García Ruiz, en estos momentos delegada del Gobierno de Castilla-La Mancha en esta ciudad de Guadalajara. Un círculo que se cierra.

Si piensas adquirir algún ejemplar, entra en: https://aache.com/tienda/es/842-guadalajara-la-ciudad-de-las-damas.html

domingo, 13 de octubre de 2019

Breve historia de Castilla

Mañueco, Juan Pablo: “Breve historia de Castilla. Desde los orígenes al diglo XXI”. Aache Ediciones. Colección “Claves de Historia” nº 6. Guadalajara, 2019. 220 páginas, 17 x 24 cms. Muy ilustrado. ISBN: 978-84-17022-96-9. PVP.: 20 €.

Empezamos por las conclusiones, porque en la última frase de ellas se adivina completa y resumida la intención de este libro: Es el propósito de esta “Breve Historia de Castilla”: contribuir a la asunción de la grandiosa personalidad histórica de Castilla y a promocionarla para que pueda situarse en plan de igualdad y de respeto con los demás pueblos de España.
La idea que subyace en este libro es la de explicar y revelar la historia de Castilla para que deje de ser desconsiderada por propios y extraños. A Castilla no se la tiene en cuenta en el panorama político español actual, y ello es debido a que sus propios habitantes, los castellanos, no tienen conciencia clara de que lo son, de que pertenecen a una nación de larguísimos años de existencia. Esta es la misión de este libro: descubrirla, aclararla, explicarla.

Con economía de medios, palabra clara, conceptos brillantes, y una suficiente aportación de datos, el autor de esta obra inicia su discurso con la definición, límites y componentes de la nación, sus símbolos, su bandera y escudo, siguiendo cronológicamente por los episodios que al territorio se refieren de las épocas más antiguas, desde la Prehistoria, pasando por los romanos, visigodos, y la Edad Media, en la que los bárdulos, Bardulia “ahora llamada Castilla” como decía el viejo cronista, comiena a despegarse del primitivo reino de Asturias, pues desde él nace el Condado de Castilla.
Analiza el autor los primitivos modos de gobierno del territorio castellano, a través de sus primeros fueros y cartas pueblas (Brañosera, Sepúlveda, las cuatro villas de la Costa (aquellas que hicieron a Castilla tierra marítima y avanzada de los descubrimientos: Castro-Urdiales, Santander, Laredo y San Vicente de la Barquera). Tras ellas, la constitución de las Comunidades, de Villa y Tierra, en la Extremadura y en la Transierra.
Un apunte relevante que nos aporta Mañueco es la idea, no clara para todos, de que Castilla y León son una sola nación, aunque se hayan vivido momentos de separación, y de unión, pero siempre por cuestiones dinásticas, políticas, no porque la gente, y sus instituciones, y sus anhelos, sean otros.

Larga y amena es la referencia a los momentos medievales, sus reyes, sus instituciones. Y detallada la travesía de los castellanos en el momento del Descubrimiento y la Colonización de América; siguiendo con los avatares en la Edad Moderna y Contemporánea, siendo a vece ssorprendentes los datos que aporta respecto a los acontecimientos de índole nacionalista castellano durante el siglo XX. En un final “Epílogo de futuro”, Juan Pablo Mañueco se atreve a vislumbrar un futuro distinto, y mejor, para Castilla y los castellanos. Proponiendo una serie de medidas políticas que darían una nueva visión a la vida en este territorio. Por ejemplo, y entre otras, el “Consejo Cultural de las Castillas y León”. En todo caso, es este un libro que –además de estar muy bien escrito y diseñado– enseña y hace pensar. Que es la esencia de los libros y de los buenos escritores.

miércoles, 24 de mayo de 2017

Castilla firme y convencida

Castilla y el primer Villalar de 1976 de Juan Pablo Mañueco con prólogo de Miguel Delibes
Mañueco Martínez, Juan Pablo: “Castilla y el primer Villalar de 1976”. 3ª edición. Guadalajara, 2017. Editorial AACHE. 158 páginas en tamaño 17 x 24. Fotografías. Prólogo especialmente escrito en 1980 por Miguel Delibes para la 2ª edición. ISBN 978-84-17022-16-7. P.V.P.: 15 €.

Aunque el autor la califica como novela ambientada en Villalar de los Comuneros el domingo 25 de abril de 1976, se trata de un estudio sobre el castellanismo, las Comunidades y transmite la realidad de lo ocurrido aquel día, en una jornada tensa de reivindicaciones.

En esencia consiste en el relato de cómo cuatro amigos inician un viaje desde Madrid hasta Villalar de los Comuneros, donde está anunciada para ese día una conmemoración de Padilla, Bravo y Maldonado, los comuneros de Castilla, que ha sido prohibida por el Gobierno.

Se pasa revista a lo que supuso la Revolución de las Comunidades de Castilla y a las cuestiones planteadas entonces y que aún siguen por aplicarse en el siglo XXI. En aquella ocasión, tras la llegada a Villalar, y tras romper el cerco policial, se describe lo que ocurrió en aquella jornada de silencio y metralletas sobre la campa de Villalar.

El prólogo, debido a la pluma de Miguel Delibes, es uno de los más lúcidos análisis de la situación y de las necesidades de Castilla salidos de la observación del novelista vallisoletano



sábado, 23 de julio de 2016

Una leyenda entre versos y veras

MAÑUECO, Juan Pablo, La Virgen de las Batallas. Una historia de los tiempos de la reconquista de Sevilla y del valle del Guadalquivir, Guadalajara, Aache Eds. 2015, 170 pp. [ISBN: 978-84-15537-79-3].

Juan Pablo Mañueco, escritor imparable, nos deleita una vez más con una de sus novelas históricas, en este caso podríamos decir que los aspectos que más predominan son precisamente los históricos, puesto que la narración es casi la propia historia, real y verdadera, de los hechos que sucedieron a comienzos de la segunda mitad del siglo XIII, cuando Sevilla fue reconquistada gracias a una alianza de ejércitos constituida por tropas castellanas, entre las que se encontraban numerosas huestes alcarreñas, ayudadas en su cometido por otras europeas y de la llamada “Virgen de las Batallas”, una imagen arzonera de María que acompañó al rey en todas sus empresas bélicas, de la que hubo, no obstante, varias tallas más, diferentes.

De la primera, cronológicamente hablando, que es la de Guadalajara, románica, señala la tradición que se remonta a tiempos del conde González y al rey Alfonso VI de Castilla, el “toletanus imperator”, a quienes había acompañado en sus acciones guerreras, y que se custodiaba en el monasterio de Sopetrán hasta que se perdió al comienzo de la guerra del 36-39 (una reproducción de la misma se conserva en la concatedral de Santa María de Guadalajara).

De la segunda, gótica y realizada en marfil, mucho más lujosa que la anterior, se dice que perteneció a Fernando III al que protegió en todas las batallas que entabló contra el agareno y, posteriormente pasó a su hijo Alfonso X, quien la donó a la catedral hispalense, donde se expone en la capilla real. Se trata de la llamada “Virgen del Arzón”.

El Hecho narrativo (e histórico) parte del que llevó a cabo el rey Fernando III de Castilla, “el Santo”, contando con la inestimable ayuda de la Marina de Guerra gobernada entonces por aquel primer almirante que fuera Ramón Bonifaz, el “ome de Burgos”, según la General Estoria de España, de Alfonso X “el Sabio”.

Armada cuya construcción no se olvida en la presente narración y que se realizó en las atarazanas de Laredo y Santander, entre otros astilleros norteños. Flota que primeramente luchó en el Atlántico contra la escuadra de los benimerines, hasta remontar el río Guadalquivir, desde Sanlúcar de Barrameda, remontándolo durante más de cien kilómetros, con el fin de enfrentarse a las mismas puertas de Sevilla con otras tropas, también musulmanas, hasta que después de ímprobos esfuerzos, pudieron romper las cadenas que cerraban la entrada a la ciudad por el río, una de cuyas torres defensivas, en la que se ataban las cadenas, es la conocida Torre del Oro.

Todo lo cual surge, en principio, como un poema (que es el que figura en el último capítulo), con una pequeña introducción en prosa, para después de esta “desunión” entre los géneros empleados, volver a convertirse en una ruptura total, completa de los mismos, que dio como resultado la novela que comentamos, en la que también aparecen algunas escenas teatrales, puesto que su acción relata -con predominio casi abrumador de lo narrativo-, aquellos hechos va contando la familia de juglares que se establece en Guadalajara, procedente de las nuevas tierras conquistadas, ante el auditorio congregado en el Mercado: ciudades como Córdoba y Jaén que lo fueron antes que Sevilla.

La obra se convierte en más y más atractiva según se avanza en su lectura, pero para el lector alcarreño mucho más cuando los citados juglares ofrecen datos de los hechos más destacables que sucedían en España, especialmente de las correrías por tierras de la actual Guadalajara, donde suenan nombres tan sonoros en la historia de España de aquellos siglos que siempre se tuvieron por oscuros como Sigüenza, Atienza, Hita y otros.

Se trata de un libro en el que prima la imaginación y que Juan Pablo Mañueco resuelve muy acertadamente mediante el empleo de un “palabrario” o vocabulario atractivo y atrayente que le otorga cierto sentido poético.

Además, debemos considerar que esta novela, tan sencilla y lineal, cuenta entre sus múltiples valores el de contar la misma historia en prosa, para después hacerlo en verso, aunando ambos conceptos. Por eso, podemos decir que La Virgen de las Batallas, representa una especie de eslabón evolutivo entre los escritos anteriores de Mañueco, más sencillos: Guadalajara, te doy mi palabra, Castilla, este canto es tu canto, que realizó en dos tomos, Viaje por Guadalajara, Cuarenta Sonetos Populares y Con Machado, esperando a Prometeo, y los posteriores, incluyendo el presente trabajo, en el que el autor emplea la poesía, la narrativa y el teatro, a veces del absurdo (como vimos iniciarse, o seguir con mayor intensidad, en Con Machado…), a veces buscando una ruptura de las fronteras entre dichos géneros, con gran maestría, como puede constatarse en obras más modernas  en las que se combinan los tres, como España, mareas de tus tres mares y Donde el Mundo se llama Guadalajara -que comentaremos en su momento-.

Finaliza el libro con una “Adenda a La Virgen de las Batallas”. Nuevas estrofas”, en la que incorpora nuevos elementos estróficos, entre las que merecen ser consideradas la copla alcarreña, la octava brisa u octava ola, el torrente asonantado, el soneto alcarreño y la sonetina, cada una con sus peculiaridades líricas.

José Ramón López de los Mozos

domingo, 17 de abril de 2016

Alfonso VIII, el Rey Pequeño

Pérez Henares, Antonio: "El Rey Pequeño". Ediciones B. 2016. 678 páginas. Con resumen de historia, índices, cronología, personajes, grabados, etc.

Una nueva novela de Pérez Henares, que avanza claramente en el camino, siempre difícil, de la novela histórica. Castilla como protagonista, sus gentes del común, sus villas, sus fueros, su corte, sus costumbres, sus guerras. Por encima de todo, la figura de un rey castellano, de Alfonso VIII. Y en su torno una familia numerosa de gentes sencillas que se gacen a su vez protagonistas. Encabezada por Pedro Pérez de Atienza, un “alter ego” del Rey, que nace en Hita y vive en las tierras de Guadalajara, haciendo de ojos y oidos del monarca para decirle lo que expresa el pueblo.
Lugares como Atienza, Hita, Guadalajara y Sigüenza son protagonistas palpitantes. También Zorita, Huete, Calatrava… La prosa de Pérez Henares se alza vigorosa, clara y nos va llevando con un lenguaje “a la antigua” pero magistralmente domado, por las complicadas curvas de un reinado denso y vibrante.
Es esta, por tanto la gran novela sobre Alfonso VIII, a su vez la historia de un niño huérfano y acosado desde su nacimiento, que acabó por ser el gran vencedor de la batalla de Las Navas de Tolosa, el momento en que la Europa cristiana paró el avance definitivo del radicalismo islámico.
Si decimos algo que al lector oriente, estas frases retratan el inicio y el sustancioso guión de esta obra: A mediados del siglo XII, tras la muerte temprana de su padre, Sancho III , el jovencisimo Alfonso VIII es el rey niño de Castilla. Su tio, el rey Fernando II de León, ve en esto una oportunidad para tener tambien su reino bajo su control. Pero la poderosa familia de los Lara, tras aparentar entregárselo, huye con él a la fortificada villa de Atienza, la Peña Muy Fort del poema cidiano.
Alli vive un niño arriero, junto a su abuela Yosune, la viuda de Pedro el Pardo, el gigante muerto combatiendo en Recópolis al servicio de Alvar Fañez ( de esta manera enlaza el autor con su anterior novela histórica, "La tierra de Alvar Fañez"). Los recueros de Atienza mediante una estratagema lograrán poner a salvo al Rey Pequeño y Pedro que lo acompaña en el viaje, que da origen a "La Caballada", fiesta que desde entonces y hasta hoy conmemoran los atencinos, se convertirá en el amigo más fiel de Alfonso VIII y cuando al fin han de separarse se convertirá en sus ojos y oidos por todo el reino, para informarle y alertarlo de todo aquello que los poderosos le ocultan. 
Ambos, al final, después de todas las peripecias de un largo reinado, tras la terrible derrota de Alarcos donde Castilla estuvo en trance de sucumbir por entero, formarán frente a los almohades para afrontar el decisivo y definitivo combate de Las Navas de Tolosa.
La educación medieval de un rey, la repoblación castellana de la Transierra, bajo la amenaza continua de la caballería agarena, las grandes pasiones humanas, el amor y la venganza, las luchas entres los Castros y los Lara, los caballeros serranos y las mesnadas concejiles, el nacimiento de las órdenes de caballería, los juglares y la juglaresca son también protagonistas en esta gran obra de potentes personajes pero también de protagonismos corales.
Sinceramente, creemos que es una de las obras capitales sobre el rey Alfonso VIII y sobre la Tierra de Guadalajara, nunca hasta ahora agraciada con su muestra en forma de novela histórica. Esta ocasión se merece un sonoro aplauso. Y su lectura inmediata.


viernes, 3 de julio de 2015

Sobre arquitectura románica

SALGADO PANTOJA, José Arturo, Pórticos románicos en tierras de Castilla, Aguilar de Campoo (Palencia), Fundación Santa María la Real, mayo de 2014, 310 pp. (ISBN: 978-84-15072-70-6).
Estamos ante un libro de gran envergadura, no por tu tamaño, sino por la cantidad y calidad de datos que contiene. Se trata al fin y al cabo de un análisis pormenorizado de un conjunto de sesenta y ocho iglesias románicas porticadas, existentes en tierras de Castilla, considerando Castilla de una forma amplia, sin fijarnos en las actuales fronteras, meramente administrativas, que no tuvieron en consideración los aspectos culturales de las tierras que abarcan.
De las sesenta y ocho iglesias que se estudian detalladamente, una corresponde a la actual provincia de Ávila, cinco a la de Burgos, quince a Guadalajara, una a La Rioja, treinta a Segovia -external cloisters, según la denominación de George Edmund Street en su obra Some account of gothic architecture in Spain (1865)- y dieciséis a Soria, además de alguna otra que se incluye en un apartado, especie de “cajón de sastre del románico porticado”, que lleva por título “Otros vestigios”.
Aparte de su evolución, basada en ciertas precisiones terminológicas y en la probable génesis de los pórticos -objeto del presente estudio- a través de la teoría orientalista centrada fundamentalmente en el contexto medieval hispano, se da paso a otras estructuras porticadas que tuvieron un origen tardoantiguo en la zona oriental mediterránea y del norte de África y que, con el paso del tiempo, sufrieron una serie de readaptaciones y nuevas interpretaciones en el centro peninsular desde el siglo XI, aunque ello no impide que también puedan encontrarse algunos ejemplos en tierras navarras y catalanas.
Como se dice en el prólogo de la obra que comentamos, desde el siglo XIX el especialista se viene interrogando acerca de la huella que en estas manifestaciones arquitectónicas pudieron dejar los atrios paleocristianos en la configuración de los claustros monásticos y catedralicios y en los pórticos de acceso a las iglesias parroquiales y martiriales, temas que Salgado Pantoja aborda partiendo para ello del periodo visigodo, además de preguntarse sobre la identificación del atrium o dextrum en lo que se refiere a su función como lugares de recepción, aglutinamiento y tránsito, de protocolo y convocatoria, así como marcos estacionales en los que celebrar ritos concretos y de diálogo, sin olvidar que, desde el periodo altomedieval y románico, los pórticos también tuvieron una naturaleza cementerial que servía al tiempo para definir una zona de transición entre lo secular y lo eucarístico.
En otras ocasiones, los pórticos fueron considerados como simples escenarios laicos en los que se debatían asuntos meramente terrenales, por lo que fueron tenidos como espacios de expresión oral utilizados ¿exclusivamente por los hombres? para deliberar aspectos de responsabilidad, lo que los convirtió en espacios multifuncionales destinados a una larga serie de actividades claramente diferenciadas, como “congregar a penitentes, prolongar los matrimonios, guarecer de las inclemencias o soterrar a los miembros privilegiados de la sociedad”, de modo que su proceso de monumentalización llegó a ser compleja y ampulosa en algunos momentos, como queda de manifiesto a través de su extensión a más de un costado o ala de la iglesia, porque “un pórtico es literal y topográficamente un ámbito preliminar. Desde él se llega ad limina -a los umbrales- de la casa de Dios y en él se detenían las agresiones y los conflictos provocados por los agentes demoniacos que atosigaban al creyente”.
Y, dado que se trataba de lugares de ingreso y alojamiento temporal, queda claramente justificado el empleo de elementos visuales, tanto pictóricos como escultóricos, con los que poder “ilustrar” al creyente a fin de que practicara una moral virtuosa, por lo que casi siempre, las representaciones que se utilizaron fueron de contenido religioso, mientras que las seculares solían ser inusuales.
Por tanto, los pórticos no fueron ámbitos profanos -en este punto se recuerda al lector que los cementerios que circundaban las iglesias eran consagrados, lo mismo que los muros exteriores de las mismas- independientemente de que se empleasen para usos sociales -que nada tenían que ver con ritos sacramentales o litúrgicos-, de donde se desprende el notorio interés de las autoridades eclesiásticas por predicar y amonestar al mundo laico a través de las representaciones iconográficas situadas en ellos.
El estudio concreto, pormenorizado, de los pórticos había pasado un tanto desapercibido a lo largo de los estudios acerca del románico realizados en el siglo XIX y comienzos del siguiente, hasta que en 1906, André Michel los definió como “une création originale de l’art roman espagnol”, por lo que los más importantes y conocidos investigadores del arte románico español como Gómez-Moreno (Iglesias mozárabes. Arte español de los siglos IX al XI, 1919), Lampérez y Romea (Historia de la Arquitectura Cristiana Española en la Edad Media según el estudio de los elementos y los monumentos, 1930), Layna Serrano (La arquitectura románica en la provincia de Guadalajara, 1935), Gaya Nuño (El románico en la provincia de Soria, 1946) y, sobre todo, Taracena Aguirre (“Notas de arquitectura románica. Las galerías porticadas”, Boletín de la Biblioteca Menéndez Pelayo, 1931-1932), se interesaron por esta interesante tipología arquitectónica, autóctona de España, rastreando su posible origen; pero, realmente, la mayor parte de dichos estudios pasó casi desapercibida hasta 1975, en que dicho tema fue abordado minuciosamente, en profundidad, por Bango Torviso (“Atrio y pórtico en el románico español: concepto y finalidad cívico-litúrgica”, Boletín del Seminario de Estudios de Arte y Arqueología, 1975), por lo que el interés por los pórticos románicos españoles creció espectacularmente, en especial a lo largo de los treinta últimos años, aunque -como señala Salgado Pantoja- “siga faltando una monografía específica en la que se recoja todo ese importante sustrato previo, añadiendo datos actualizados y sistematizando el análisis de dichos recintos”, que es lo que pretende a través de la publicación del presente libro, síntesis de las principales aportaciones de su Tesis doctoral, que contiene un inventario actualizado de los testimonios conservados en Castilla desde el siglo XIII, en que la construcción de los pórticos o galerías alcanza su auge.
Una nómina de algo más del noventa por (90%) de las obras conservadas, -aunque también se hayan incluido menciones puntuales a ejemplares románicos conservados en tierras navarras, aragonesas y catalanas, así como algunas otras muy transformadas, arruinadas, desaparecidas o de dudosa datación-, donde cada una de las galerías que se estudia cuenta con un análisis morfológico y constructivo al detalle en el que se deja constancia de sus dimensiones, las sucesivas etapas constructivas, la orientación, los materiales empleados, la disposición de las arquerías y el tipo de los soportes utilizados,  etcétera, al igual que sucede con los elementos decorativos, inscripciones, marcas lapidarias y grafitos y demás, que conducen a una datación cronológica aproximada del ejemplar.
Una catálogo que se estructura alfabéticamente y por provincias y que se encuadra entre dos capítulos o apartados: el primero de ellos, -ya visto a grandes rasgos más arriba-, centrado en aspectos tan diversos como la situación dentro de la topografía propia del templo, su relación con otros espacios de jurisdicción eclesial o el más llamativo y debatido asunto de su origen y evolución; mientras que en el segundo se analiza globalmente la dimensión física de la galería porticada, la iconografía representada en sus elementos esculpidos, así como el simbolismo del recinto, la multifuncionalidad y, finalmente, las filiaciones estilísticas existentes entre unos y otros ejemplares.
Además hay que tener en consideración el incalculable valor documental de la mayor parte de las fotografías que acompañan al texto, recogidas en el terreno entre 2009 y 2013, amén de algunas otras procedentes de archivos y colecciones particulares, a lo que, sin duda, hay que añadir una impagable labor de archivo basada, por lo general, en los datos contenidos en los libros de fábrica e informes y expedientes de obras depositados en los archivos histórico-diocesanos consultados.
El libro se completa con una extensísima y selecta bibliografía, que abarca las páginas 287 a 310.


José Ramón López de los Mozos