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domingo, 17 de abril de 2016

Alfonso VIII, el Rey Pequeño

Pérez Henares, Antonio: "El Rey Pequeño". Ediciones B. 2016. 678 páginas. Con resumen de historia, índices, cronología, personajes, grabados, etc.

Una nueva novela de Pérez Henares, que avanza claramente en el camino, siempre difícil, de la novela histórica. Castilla como protagonista, sus gentes del común, sus villas, sus fueros, su corte, sus costumbres, sus guerras. Por encima de todo, la figura de un rey castellano, de Alfonso VIII. Y en su torno una familia numerosa de gentes sencillas que se gacen a su vez protagonistas. Encabezada por Pedro Pérez de Atienza, un “alter ego” del Rey, que nace en Hita y vive en las tierras de Guadalajara, haciendo de ojos y oidos del monarca para decirle lo que expresa el pueblo.
Lugares como Atienza, Hita, Guadalajara y Sigüenza son protagonistas palpitantes. También Zorita, Huete, Calatrava… La prosa de Pérez Henares se alza vigorosa, clara y nos va llevando con un lenguaje “a la antigua” pero magistralmente domado, por las complicadas curvas de un reinado denso y vibrante.
Es esta, por tanto la gran novela sobre Alfonso VIII, a su vez la historia de un niño huérfano y acosado desde su nacimiento, que acabó por ser el gran vencedor de la batalla de Las Navas de Tolosa, el momento en que la Europa cristiana paró el avance definitivo del radicalismo islámico.
Si decimos algo que al lector oriente, estas frases retratan el inicio y el sustancioso guión de esta obra: A mediados del siglo XII, tras la muerte temprana de su padre, Sancho III , el jovencisimo Alfonso VIII es el rey niño de Castilla. Su tio, el rey Fernando II de León, ve en esto una oportunidad para tener tambien su reino bajo su control. Pero la poderosa familia de los Lara, tras aparentar entregárselo, huye con él a la fortificada villa de Atienza, la Peña Muy Fort del poema cidiano.
Alli vive un niño arriero, junto a su abuela Yosune, la viuda de Pedro el Pardo, el gigante muerto combatiendo en Recópolis al servicio de Alvar Fañez ( de esta manera enlaza el autor con su anterior novela histórica, "La tierra de Alvar Fañez"). Los recueros de Atienza mediante una estratagema lograrán poner a salvo al Rey Pequeño y Pedro que lo acompaña en el viaje, que da origen a "La Caballada", fiesta que desde entonces y hasta hoy conmemoran los atencinos, se convertirá en el amigo más fiel de Alfonso VIII y cuando al fin han de separarse se convertirá en sus ojos y oidos por todo el reino, para informarle y alertarlo de todo aquello que los poderosos le ocultan. 
Ambos, al final, después de todas las peripecias de un largo reinado, tras la terrible derrota de Alarcos donde Castilla estuvo en trance de sucumbir por entero, formarán frente a los almohades para afrontar el decisivo y definitivo combate de Las Navas de Tolosa.
La educación medieval de un rey, la repoblación castellana de la Transierra, bajo la amenaza continua de la caballería agarena, las grandes pasiones humanas, el amor y la venganza, las luchas entres los Castros y los Lara, los caballeros serranos y las mesnadas concejiles, el nacimiento de las órdenes de caballería, los juglares y la juglaresca son también protagonistas en esta gran obra de potentes personajes pero también de protagonismos corales.
Sinceramente, creemos que es una de las obras capitales sobre el rey Alfonso VIII y sobre la Tierra de Guadalajara, nunca hasta ahora agraciada con su muestra en forma de novela histórica. Esta ocasión se merece un sonoro aplauso. Y su lectura inmediata.


sábado, 24 de octubre de 2015

El castillo calatravo de Zorita

LAYNA SERRANO, Francisco, El castillo de Zorita de los Canes, Guadalajara, Aache ediciones (col. Tierra de Guadalajara, 93), 2015, 96 pp. (I.S.B.N.: 978-84-15537-82-3).

Dos aspectos se aúnan en el presente libro: por una parte la descripción generalizadora que del castillo de Zorita de los Canes llevó a cabo el doctor Francisco Layna Serrano, en su obra titulada Castillos de Guadalajara -de la que llegaron a publicarse cuatro ediciones- y en la que fue el castillo más ampliamente estudiado, dada su importancia constructiva e histórica, y por otra, una puesta al día, a través de una selección de imágenes actuales, es decir, en color, tanto del conjunto como de las partes que lo componen, aspectos recuperados, así como gran variedad de planos y apuntes debidos a otros autores más modernos -posteriores a Layna-, que también profundizaron en el estudio del mismo tema, además de ofrecer al interesado de hoy una sencilla “guía práctica” que le permita realizar un recorrido por su interior, destacando en ella los elementos más representativos, que en ningún caso deberían soslayarse. 

Por todo lo anterior se trata, en definitiva, de un libro -un estudio muy completo-, sobre esta fortaleza medieval alcarreña, que a la vez sirve como herramienta con la que ilustrar la visita a la misma.
Su índice es breve y sencillo: “Este libro”, a modo de introducción, que hemos resumido más arriba; “Layna y su época” -Luzón (Guadalajara), 1893-Madrid, 1971. Cronista Provincial de Guadalajara. Académico correspondiente de las de Historia y Bellas Artes. Miembro de la Hispanic Society of America. Premio Fastenrath de la Real Academia Española. Comisario Provincial de Excavaciones y Presidente de la Comisión Provincial de Patrimonio. Entre sus muchas publicaciones destacan Castillos de Guadalajara, El Monasterio de Óvila, y su magna obra, en cuatro volúmenes, Historia deGuadalajara y sus Mendozas en los siglos XV y XVI- [datos tomados de la solapa del libro, que se amplían convenientemente en el correspondiente capítulo]; “El castillo de Zorita de los Canes. Parte I”; “Visita al castillo de Zorita”; “El castillo de Zorita. Parte II”; “Notas” (38 notas aclaratorias del texto), y un “Apéndice” (que consiste en las Respuestas [22 y 23] (relativas al castillo fortaleza) al Interrogatorio hecho por Felipe II, incluidas en la Relación de Zorita fechada el 8 de mayo de 1576).
Creemos que en los tres apartados centrales es donde reside el meollo del libro, los datos de mayor interés para el lector.

La primera parte de “El castillo de Zorita de los Canes” alude lo que podríamos considerar como su entorno geográfico y descriptivo, de donde resulta que, a pesar la importancia de su pasado histórico, especialmente durante la Edad Media, y del valor artístico de sus ruinas arquitectónicas, no se trata de una fortaleza suficientemente conocida por encontrarse ubicada relativamente lejos de las grandes rutas, hecho que también ha contribuido a la escasez de sus reproducciones gráficas: fotografías antiguas, grabados, etcétera, conociéndose -hasta hace poco- gracias a ciertas obras -libros y descripciones- más literarias que divulgadoras de su Arte e Historia.
Las descripciones antiguas suelen ser muy confusas y de escaso valor, aunque quizás se salve la dada a conocer en las ya mencionadas Relaciones Topográficas de Felipe II, que se insertan en el apéndice final del libro que comentamos. Aun así ofreceremos al lector alguna muestra de dichas descripciones. Por ejemplo:

“Se alza el castillo de Zorita sobre alargado cerro de áspera pendiente al que corona una lastra tobiza de paredes verticales y altura media no inferior a doce metros, el delicioso paraje. Mientras a poniente y mediodía se extiende una fértil y extensa vega bordeada por el Tajo que lame las plantas del cerro de Zorita, rodea a este por norte y saliente el estrecho y lindo valle del arroyo Bodujo, cuyas aguas, luego de fertilizar numerosos huertecillos y saltar tras la presa de un molino, vierte en el Tajo apenas contornea la montañuela por Septentrión”. Sigue la descripción, que ahora se centra en el espacio que conduce hasta el Cerro de la Oliva donde se asentó la ciudad visigótica de Recópolis. “A lo lejos cierran el horizonte las azuladas cumbres de la Sierra de Altomira”, en las que priman los adjetivos calificativos y las expresiones meramente literarias propias del momento: “alargado cerro de áspera pendiente”, “fértil y extensa vega (…) lame las plantas del cerro”, “estrecho y lindo valle”, “apenas contornea la montañuela por Septentrión”…

En el siglo XVI, Ambrosio de Morales decía en su obra Las antigüedades de las ciudades de España (Crónica, tomo IX), que “Zurita de los Canes no es más que un castillo”, restando importancia a la villa que, extendiéndose por la falda occidental del cerro, se acercaba tanto a la ribera del Tajo que en varias ocasiones vio anegada su parte baja, la iglesia y hasta arrancados los machones que sustentaban el puente. En realidad es así porque el pueblo nació gracias al castillo -y, tal vez sin él, no hubiera existido- fue cabeza de arciprestazgo y capital de provincia de la Orden de Calatrava. Un castillo que con el paso del tiempo y la acción de los hombres ha sufrido numerosas transformaciones.  Aún pueden verse restos musulmanes, románicos, góticos, además de “nuevas” construcciones destinadas al empleo de la artillería, cada día más pujante.

En su origen, el castillo musulmán fue una alcazaba permanentemente fortificada con escasas habitaciones, mientras que durante el periodo de ocupación cristiana vio fortalecidos sus muros -rodeándose de un nuevo cinturón externo y un foso-, y acrecentado el número de sus puertas -en la que da al barranco del Bodujo se conserva la inscripción: “Rui Diaz me fecit. Era 1328”-. También se construyeron nuevas  habitaciones y una iglesia, románica, que ha llegado hasta nuestros días en no muy mal estado de conservación, sobresaliendo por su interés un conjunto de catorce capiteles que conserva en su interior, además de una interesante cripta en la se adoraba la imagen de Nuestra Señora de la Soterraña.

Precedía a la iglesia un atrio, de diez a doce metros de lado, al que se accedía atravesando un arco apuntado, que se derrumbó en 1942, que contenía un escudo con las armas reales de España sostenido por un águila, y frente a éste, otro arco que daba paso al denominado “Corral de los Condes”, es decir, al cementerio u osario, donde recientemente se han llevado a cabo excavaciones arqueológicas que así lo ponen de manifiesto, al igual que algunos restos de arcosolios que todavía pueden verse empotrados en el muro de la iglesia, frente a los que se encuentra una estancia redonda cubierta por bóveda hemisférica, conocida como la “Sala del Moro” quizás por la cara o máscara que aparece tallada en su clave. Desde una escalera lateral puede accederse a la “Terraza de la Princesa de Éboli”.
El segundo apartado es la “Visita del castillo de Zorita”. En la actualidad son dos los accesos por los que se puede llegar al castillo. Por la vega del arroyo Bodujo es más cómodo, siguiendo la barbacana en la que se encuentra la impresionante torre albarrana que, una vez atravesada, conduce al albácar, donde parece ser que se estableció la judería, y desde él, sorteando el foso mediante un puente levadizo, llegar a una puerta abierta en el muro. La otra entrada parte desde la propia villa de Zorita y, en un zig-zag, más o menos acusado, conduce hasta la Puerta del Hierro, de origen califal, que forma parte del piso inferior de la torre de armas. Subiendo un poco más nos encontraremos con una gran explanada en cuyo subsuelo se conservan multitud de pasadizos, salas, celdas, aljibes y almacenes. Conviene pensar que se trata de un castillo pensado para la guerra del que debía aprovecharse hasta el último rincón.
A la derecha de la última puerta citada se encuentra la iglesia, bajo la advocación de San Benito, que data del siglo XII. Es de una sola nave cubierta con bóveda de medio cañón que descansa en arcos fajones que a su vez apoyan en capiteles a modo de ménsulas, entrada a poniente y ábside semicircular empotrado en el torreón del Gallo. A los pies del presbiterio y en el centro del rectángulo se abre la entrada de la cripta. Dos aperturas laterales conducen a una antigua sacristía y a la terraza del antes citado torreón del Gallo, sobre el Bodujo. Al sur, como ya se vio más arriba, “el Corral de los Condes”, donde quedan restos de dos cajas funerarias adornadas con cruces calatravas, y enfrente la estancia conocida como “Sala del Moro”, desde la que atravesando un estrecho pasadizo se llega a la “Terraza de la Princesa de Éboli”, construida para la defensa del castillo mediante artillería y también para proteger a quienes bajasen al Tajo a por agua.
En el subterráneo del castillo se encuentra una construcción llamativa, también circular, pero en esta ocasión tallada en roca blanda, en cuyo centro, en el suelo, aparece la letra ómega y junto a las pareces una especie banco corrido o poyo para sentarse. No sé sabe a ciencia cierta qué uso se le pudo dar ¿sala de juras?
Finalizada la visita al castillo de Zorita, el autor propone la posibilidad de visitar también la ciudad visigótica de Recópolis, situada a dos kilómetros y a la que llega por camino asfaltado.
La segunda parte de “El castillo de Zorita de los Canes” se dedica íntegramente a su Historia, comenzando por el posible origen de su nombre. La tantas veces citada Relación de Zorita indica que antes de haber allí castillo ni población alguno, el cerro recibía el nombre de Peñas de Yta y que, yendo de caza por la vega el señor de Rochafrida (posiblemente la Racupel -Recopolis- del cronista musulmán Rasis) se le escapó un azor, que rescataron de lo alto de dichas peñas, advirtiendo la situación estratégica del lugar, muy apta para la construcción de un castillo y de Peñas de Yta y Peñas del Azor nació el nombre de Zorita… En lo tocante al apellido “de los Canes”, que al parecer no se usó hasta el siglo XV, los autores -Ambrosio de Morales, Lucio Marineo Sículo, Radés- concuerdan, atribuyendo el sobrenombre a los muchos perros de presa -canes- que custodiaban la fortaleza por la noche.
Tampoco es mucho lo que se sabe acerca de su primigenia construcción, pues tanto el moro Rasis como El Edrisi dicen que la fortaleza de Zorita fue construida con las piedras de la destruida Racupel.
Lo que sí se sabe con mayor certeza es que Calib ben Hafsum (886) fortifica las Tetas de Viana o Peñas Alkaletanas, se apodera del castillo de Alharilla, aguas abajo de Zorita, y aumenta las defensas de esta última, desde donde una vez encastillado saquea las tierras de Toledo, hasta que Abderramán acaba con su rebeldía tomándole el castillo. Alfonso VI, tras la conquista de Toledo, encarga a Alvar Fáñez el gobierno de Zorita, de la que fue alcaide junto con Santaver, momento en el que se produce la invasión almorávide que casi da al traste con la reconquista, puesto que en 1097, el rey Alfonso VI pierde la batalla de Consuegra y Alvar Fáñez es derrotado y devastada la región de Zorita, quedando su castillo en ruinas según cita de Menéndez Pidal, en La España del Cid.  Una vez reconstruido, permanece en él por algún tiempo el siguiente Alfonso, el Emperador, donde firma un documento a favor de Almoguera, arrasada por los musulmanes. Es entonces cuando viendo la necesidad de repoblar la zona fronteriza con Cuenca, expide un privilegio a favor de los mozárabes aragoneses (1156) por el que les dona Zorita y algunas aldeas vecinas. Siguen luego las banderías entre la familia de los Castro y de los Lara (que se hacen cargo de Alfonso VIII durante su niñez, hasta los once años, en que es reconocido y aclamado como rey en Toledo). Alfonso VIII se dedica a pacificar el país y recuperar las formalezas que por realengo le pertenecían, entre ellas la de Zorita, en poder de los Castro.
Aquí tiene lugar un hecho novelesco de la historia de Zorita, que recoge el arzobispo de Toledo don Rodrigo Jiménez de Rada en su Crónica, la propia Crónica General y Radés en su Crónica de la Orden de Calatrava, entre otros: con intención de recuperar el castillo, desde el que Fernando Ruiz de Castro asolaba la zona con ayuda de la morisma conquense, se presenta Alfonso VIII ante sus muros (1169) acompañado por una numerosa hueste entre la que se encontraban diversos miembros de los Lara y penetrando en la villa sin problema alguno. Pero cuando solicita entrar a la fortaleza, su alcaide, Lope de Arenas, sólo permite el paso al rey y a dos de sus acompañantes, que él mismo elegiría, lo que le indignó profundamente y más considerando que los acompañantes del monarca, Ponce de Minerva y Nuño de Lara, son apresados al faltar Lope de Arenas a su palabra. Burlado el rey, se propuso no descansar hasta tomar el castillo, para lo que llama en su ayuda a las milicias de Alcalá de Henares, Guadalajara, Toledo, Atienza, Soria, Ávila… así como al maestre de Calatrava Fernando de Escaza con doscientos jinetes, con los que pone sitio al castillo. Pero el tiempo transcurría y el sitio no avanzaba, cuando cierta mañana salió, como huido de la fortaleza, un simple llamado Dominguejo, que se presentó al rey proponiéndole abrir sus puertas, una vez que se ganara la confianza del alcaide; para ello iría hablando con algún principal de la hueste hasta acercarse al muro, donde le daría un golpe como si quisiera matarlo; el caballero debía caer al suelo y cuando los demás fuesen contra el agresor, éste se metería en el castillo donde sería acogido y premiado.

La comedia se llevó a cabo como se había pensado y Dominguejo comentó a Lope de Arenas que había matado al caballero por haberle insultado, por lo que recibió el cargo de guarda mayor de los centinelas del castillo convirtiéndose en hombre de su confianza, lo que le permitía entrar y salir libremente de sus habitaciones, hasta que un día, aprovechando que se estaba afeitando, entró Dominguillo y con un venablo que llevaba oculto traspasó el pecho del alcaide, quien a la hora de su muerte dio orden de entregar el castillo al rey. Dominguejo solicitó un premio por su “hazaña”, y el rey le concedió una renta, pero para que tal hecho no quedara impune, mandó que le cortaran pies y manos, “quedando así recompensado el servicio y castigada la deslealtad”.

En 1170, cuando Alfonso VIII firmó sus capitulaciones matrimoniales con Leonor de Inglaterra, entre las arras ofrecidas figura Zorita, que cuatro años después dona a la Orden de Calatrava que recompone el castillo para ser guarnecido por numerosos caballeros y algunos frailes clérigos, con su prior, viviendo conventualmente como los de Calatrava, bajo el gobierno del Comendador Martín Pérez.

Tras otros muchos sucesos, es en 1180 cuando el rey Alfonso VIII y el maestre Martín Pérez de Siones otorgan a Zorita un fuero gracias al que crece de tal manera, que el rey Fernando III le concede otro nuevo, en gran parte ampliación del anterior, con numerosas disposiciones favorables a la población judía y musulmana. Fue tanto el crecimiento que alcanzó Zorita que tuvo que extenderse por un arrabal nacido al otro extremo del puente viejo, en la vega.

Muchos más son los datos que contiene este librito, cuya lectura recomendamos, puesto que ofrece una idea muy amplia, al tiempo que clarificadora, de los diferentes hechos por los que ha ido atravesando la villa de Zorita, que, al fin, son su historia, pero preferimos a estas alturas que sea el propio lector quien las deguste y las vuelva a vivir en su mente.

José Ramón López de los Mozos

domingo, 12 de octubre de 2008

Castillos del reino de Toledo



El papel de los castillos en Guadalajara: el asentamiento cristiano


José Luis García de Paz.
Publicado en El Decano, 21 de julio de 2008.



En mayo de 2008 la editorial Aache de Guadalajara publicó “Fortalezas y poder político. Castillos del Reino de Toledo”, de José Santiago Palacios Ontalva, investigador de la Universidad Autónoma de Madrid y buen conocedor de la Orden de Santiago. Sobre ella publicó en 2006 “Fortalezas santiaguistas: la Orden en la ribera del Tajo (siglos XII-XVI)”, en que da cuenta de las situadas entre el Tajuña y el Tajo, rayanas algunas con la actual Guadalajara. La nueva publicación corresponde al periodo histórico comprendido desde el siglo IX hasta la mitad del XIII, y es una refundición de su tesis doctoral, que recibió en la U.A.M. la máxima calificación en septiembre de 2004. Ha contado con una ayuda para la edición de la Consejería de Cultura de la J.C.C.M. Tiene mapas, gráficos e ilustraciones en blanco y negro.


El denso texto es una lectura adecuada para conocedores del tema que deseen profundizar más en la evolución de las fortificaciones de Castilla-La Mancha desde el califato hasta cuando la frontera se alejó tras la conquista del valle del Guadalquivir. Muestra su evolución en un conjunto de territorios históricos que ahora se hallan en divididos en las Comunidades de Madrid y Castilla-La Mancha, más algunas zonas fronterizas, como Plasencia (Cáceres) o Medinaceli (Soria). Otro detalle, para el lector de Guadalajara, es que casi la mitad del libro esta dedicado o tiene relación directa con nuestra provincia, sea por su carácter fronterizo (contra los cristianos del norte o los musulmanes del sur) o como sede de Ordenes militares, con casos señeros en el texto.


En la Historia se señala el papel de los castillos y torres como protectores de la red viaria, especialmente en puntos estratégicos de paso de cordilleras o de ríos. Así que el estudio de la red de castillos vino de la mano del estudio de la caminería, modelada a si vez por la red orográfica e hidrográfica de la Submeseta Sur. En cuanto a Guadalajara el autor menciona el puerto cercano a Galve de Sorbe hacia Ayllón (Segovia), los de Somosierra y Navacerrada (Madrid), hacia los que se dirigían los caminantes desde los valles del Henares, Bornova, Sorbe y Jarama, y el camino hacia Zaragoza, que pasaba custodiado entre Medinaceli y Arcos de Jalón (Soria). Al este de Galve, otro camino pasaba hacia el norte custodiado desde Atienza. Atendiendo a los ríos, los puentes en Guadalajara, Murel (junto a Carrascosa de Tajo) y Zorita son los más importantes, entre los más antiguos, bien entendido que en Madrid compitió en importancia con ellos el paso que hubo primero en Alarilla y, luego, en Fuentidueña de Tajo. Como todos saben, las localidades mencionadas tienen elementos fortificados, a los que se unen los de otras como Uceda, Inesque, Alcorlo, Beleña o Peñahora, al norte del Henares.


El sistema establecido en el califato lo formaron las Medinas (ciudades como Guadalajara o Zorita), Hisn (grandes fortalezas, como lo que menciona las fuentes árabes que hubo en Sopetrán), Qala (castillos, convirtiéndose al-qala en los topónimos Alcalá y Alcolea), bury (torre, que dio lugar a los topónimos Bujarralbal, Bujalaro y Bujalcayado) y Qasr (parador fortificado, dio lugar al topónimo Alcocer, pero también a Casar y Casares). Estructuras menores eran las qubba (cúpula, que dio lugar a Alcubilla o Cubillo). Los nombres citados corresponden a los mencionados por Palacios Ontalva a partir de las fuentes musulmanas contemporáneas. La moderna prospección desde satélite (Google Earth, SIGPAC) está permitiendo descubrir los trazados de fortificaciones que permanecen ahora enterradas. Los centros administrativos en nuestra provincia fueron Racupel (Recópolis), Zorita y Guadalajara. Nótese que el más importante, Medinaceli, pertenece a Soria. A menor nivel estaban Alcolea (no se especifica cual de las actuales) y Sabatrán (Sopetrán), siguiéndoles Atienza, Jadraque, Montarrón, Bujalaro, Bujarrabal, Santamera, Santiuste, Sigüenza, Bujalcayado y Peñahora. Permanecen aún desconocidos los emplazamientos de Binna y Usturis, en Guadalajara. Finalmente, en el tiempo, aparecen junto a las anteriores Uceda, Hita, Riba de Santiuste y Brihuega.


Las estructuras musulmanas de los siglos IX y X suelen caracterizarse por el tapial, frente al mayor uso de la piedra por las cristianas, carecen de torre del homenaje y suelen presentar un albacar (cerca protectora) anexo. Las piedras colocadas a tizón en un muro son características de la época califal.


Tras ser conquistadas, alguna (y valga como ejemplo Zorita) vieron reducido su espacio fortificado, siendo parceladas. En primera instancia, las tropas cristianas sustituyeron a las musulmanas en la defensa y el territorio tomó una estructura organizativa “castral”, alrededor de una ciudad (Guadalajara, Toledo) o un punto fuerte como oppidum (población fuertemente amurallada), castillos, torres y villas. Los territorios se donan a nobles para su defensa, como el caso de la tierra de Alvar Fáñez, desde Hita a Uclés, pasando por Zorita. Aunque no es una estrategia nueva, los cristianos levantan junto a fortalezas imposibles de conquistar los “padrastros” o torres de “mal vecino”. El más famoso es Calatrava la Nueva frente a Salvatierra, siendo ejemplo en la provincia de Guadalajara Castilnovo frente a Molina de Aragón.


La organización del reino de Toledo, de fronteras variables hasta el siglo XIII fue vertebrada usando las fortalezas como soporte de buena parte de las iniciativas repobladoras. El castillo y su término formaron una unidad defensiva y económica para facilitar la colonización del territorio. Además, la tenencia de los castillos (siempre propiedad del rey por “ley natural”) fueron parte de los honores o beneficios concedidos a los nobles mediante pacto feudal, formando parte del entramado de los vínculos feudales y vasalláticos. Sobre la “red castral preexistente” el monarca logró la pacificación y estabilización de las ganancias territoriales logradas mediante su entrega feudal a nobles u obispos. Se crearon las diócesis de Plasencia, Sigüenza o Cuenca, sometidas a la de Toledo. Al siglo siguiente a la conquista de Toledo, aparece un nuevo elemento organizativo y de soberanía, las encomiendas de las Ordenes Militares.


Entre los castillos encomendados a la nobleza en algún momento, el autor encuentra mencionados los de Zorita, Almonacid de Zorita, Guadalajara, Hita, Anguix y Moratilla. Bajo señorío de la iglesia estaban las “Peñas Alcatenas” (Viana de Mondejar), Peralveche, Pareja, Uceda, Riba de Santiuste, Séñigo, Aragosa, Peregrina y Sigüenza. La Orden de Calatrava poseyó Zorita, Almoguera, Moratilla, Anguix y Cogolludo, la de San Juan tuvo a Peñalver (Alhóndiga era villa amurallada) y la de Santiago quedó, lo más cerca, en la Alcarria madrileña. Recordemos que el autor llega en su estudio sólo hasta la mitad del siglo XIII, por lo que el lector puede echar de menos a Alcocer o Cifuentes. Asimismo, Molina de Aragón entonces era un señorío independiente del reino de Toledo, al menos formalmente.


Para el mantenimiento de las fortalezas se dedicaron (establecido por ley) parte de los recursos económicos, de las rentas, del territorio a su alrededor. Las rentas se centralizaban en el castillo y, tras descontar las correspondientes a su arreglo, abastecimiento de agua y comida, y a las soldadas (todas ellos eran la principal carga económica), se distribuían a sus señores y, en su caso, al rey. En rigor, desde la época musulmana parte de las rentas tenían este destino.


La explotación de los recursos naturales (caza, pesca, explotación maderera, apicultura, salinas, minería, agricultura y ganadería) solía tener un castillo cercano (primero protector, luego recaudador), y así Palacios Ontalva menciona las salinas de Imón, Riba de Santiuste, Gormellón (Santamera), Atienza, Peralejos, las vecinas de Medinaceli, Almallá, Peralveche, Saelices de la Sal y Molina. Ontalva indica que, en el reino de Toledo, “la mayor parte de las explotaciones salineras acaben siendo denominadas con el nombre de una fortaleza próxima”. Junto a Sigüenza menciona la extracción de un tipo de asfalto, y muchas fortalezas se benefician de las canteras o las minas de cal cercanas.


En cuanto a los derechos reales, portazgos se cobraban en Zorita, Atienza, Santiuste o La Riba. Y, como no, en los rayanos Fuentidueña de Tajo, Ayllón y Medinaceli. Las fortalezas se hacen responsables del tráfico de mercaderías y el paso de ganado (y de proteger a la Mesta tras su creación real en 1273) por las rutas del reino de Toledo. La Orden de Calatrava cobraba montazgo por el paso de Zorita.


Concluye el autor que, junto a las funciones habitualmente atribuidas a la arquitectura militar de vigilancia y control de la red viaria, el estudio de los castillos del reino de Toledo muestra un aspecto económico y fiscal. Respecto a la vigilancia militar, muchos castillos podían ser rodeados y soslayados, “ni siquiera las más abruptas montañas o los más caudalosos ríos fueron obstáculo insalvable de las comunicaciones”. Y, si no, recordemos la ruta a pie del Arcipreste de Hita, algo posterior en el tiempo. Bien es verdad que también hay ejemplos de cuando los caminos se fueron desviando hacia donde estaban situados los castillos, por los servicios y seguridades que proporcionaban. Pero la pacificación del territorio y el alejamiento de la frontera transformó la red fortificada musulmana en otra más acorde con su carácter fiscal y de control de rentas, llegando a reducir en algunas fortalezas su tamaño para lograr este servicio (presencia militar, control de rentas) con un menor gasto en mantenimiento. Por ello, se abandonaron algunos enclaves por otros cercanos pero mejor adaptados.


Se pasó de una relación estrecha entre fortificación y frontera, de punta de lanza en la expansión de Castilla, en el siglo X y XI, a otro de consolidación y articulación del reino. El señorío real era propietario de fortalezas y castillos, pudiendo disponer de ellos para entregarlos y recuperarlos de la nobleza o la iglesia a voluntad. Ciertamente, la recuperación no siempre era fácil, pero los castillos fueron una herramienta del rey para construir fidelidades y clientelas. Los castillos (con las poblaciones y recursos dependientes de ellos) fueron núcleos que estructuraron de la red señorial del reino, pasando a ser un factor decisivo en la explotación de sus territorios.


Finaliza este libro con una abundante y excelente bibliografía hasta 2004. Sólo tengo un detalle negativo, para mí, en este texto altamente recomendable. Y es la pequeñez de las letras en los mapas que se incluyen en el texto.