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domingo, 7 de junio de 2020

Brújula poética

Brújula. Poesía de / en Castilla-La Mancha (50 años; 50 nombres; 50 poemas). Editorial Almud. Biblioteca Añil Literaria. Toledo, 2020. 124 páginas.

Sencilla y elegante la edición de este último número de la Colección Biblioteca Añil Literaria. Con una pintura de Trinidad Fernández, el editor Alfonso González-Calero nos ofrece una peculiar antología de la poesía en nuestra Región, a través de 50 poetas y a lo largo de 50 años … el caso es que siempre vienen bien estas tareas de recopilación, de detenerse un minuto y echar cuentas: de quienes son, de lo que han hecho, de cómo lo han hecho.
Tras una breve introducción explicativa, González-Calero nos ofrece (dedicando dos páginas a cada uno) el nombre, las fechas de su vida, el retrato, la abreviada biografía, un comentario a su obra, y una pieza de su repertorio. Empieza por Juan Alcaide (que nació en 1907)  acaba con Amparo Ruiz Luján, que lo hizo en 1956.
Los analistas de la poética persiguen muy a menudo encuadrar a cada poeta en un grupo, en una generación, o en un estilo. Y creo que esto es muy difícil, porque todo poeta que haya leído (se supone que para ser poeta hay que haber leído mucho) tiene raíces en muchos campos, y hojas de todos los colores. La poesía es una planta que crece en el corazón, peor se riega con lecturas, amistades, viajes y sufrimientos. Quizás haya algo común en todos estos antologizados poetas: que han desarrollado subra en el siglo XX, y que han tenido ante los ojos una tierra (fundamentalmente la manchega) que te pide que la antes, que la manejes con ganas, que la añores siempre.
De Guadalajara hay varios y fundamentales representantes en esta antología. Porque trae a José Herrera Petere, con su poema al padre muerto en el destierro, y a José María Alonso Gamo, el poeta de Jadraque que ganó el Premio Nacional de Literatura en 1952. Desde Ramón de Garciasol, de Humanes, a Antonio Fernández Molina, que anduvo por Guadalajara fundado “Doña Endrina”. Desde Francisco García Marquina, hoy residente en El Cañas, hasta Julita González Barba, la Julie Sopetrán de “Nueva Alcarria”. Completando la nómina con Alfredo Villaverde Gil, capitán de los escritores alcarreños, hoy todavía.
Un libro que se hace entrañable, a la que se pasan sus páginas, y querido, cuando se lee su contenido, sus saberes, sus decires limpios. Con la poesía se construye la Región, y se da paz a los espíritus, que hoy más que nunca la necesitan.

sábado, 9 de mayo de 2015

Entrañable vuelta a la tradición de La Toba

GONZÁLEZ ATIENZA, Fernando, CANTERO GONZÁLEZ, Javier y ALCORLO MASA, Mª. Concepción, La Toba. Leyendas, Poemas y Cantares, Ayuntamiento de La Toba, 2014, 76 páginas.

Julián Atienza García, alcalde de La Toba, me pasó este librito, tan interesante, de leyendas, poemas y cantares de su pueblo, que tanto le agradezco, pues son escasos los libros que ven la luz hoy en día que traten esos temas, cada día en mayor olvido.
Las personas encargadas de recopilar estas muestras del pensamiento popular tradicional de La Toba, estas manifestaciones de su cultura inmaterial, fueron tres: Fernando González Atienza, Javier Cantero González y María Concepción Alcorlo Masa y dividieron en libro en tres partes dedicadas a cada uno de los aspectos que se recogen en el propio título de la obra.
Las leyendas que se han recuperado son pocas en número, pero muy interesantes en su contenido: la “Leyenda de la Peña de la Moza” (posiblemente el título original sería “de la Mora”), que, como se recuerda, transcurre en un momento en que todavía no existía la villa de La Toba, sino que era un lugar situado en el límite entre las tierras cristiana y musulmana. Una princesa mora y el capitán de su guardia personal van huyendo de una banda de forajidos cristianos que los perseguían incansablemente, buscando refugio en las torres de vigilancia musulmanas -como la del Congosto-. Entre dos esas torres fue muerto el capitán, concretamente el lugar llamado “La Huesa del Moro”, donde se supone que fue enterrado. El caballo de la princesa, que también fue herido, siguió galopando hasta “La Peña de la Moza”, donde clavó sus herraduras en la piedra con el fin de tomar impulso y poder salvar “El Barranco de Valdecastrillo”, y seguir su rumbo hasta encontrar ayuda musulmana.
Allí murió el caballo y, en agradecimiento por haberla salvado tras tan ímprobo esfuerzo, la princesa mandó fundir en bronce, a tamaño natural, otro caballo, que fue enterrado junto al suyo en “El Cerro de la Torrecilla”, lugar donde pudo ponerse a salvo del ataque cristiano.
De la “Leyenda de San Pedro” se ofrecen dos versiones y una opinión particular. La leyenda transcurre en el pueblo de “San Pedro del Castrillo”, cuya existencia real está suficientemente constatada, de modo que en el lugar donde se encontraba enclavado suelen aparecer trozos de cerámica fechados entre los siglos X y XVI y, ya en 1750, en el Catastro del Marqués de la Ensenada, como despoblado. “Las dos versiones -señalan los recopiladores- en su final son iguales pero no en su origen…”.
En la primera versión, cuentan los viejos que el pueblo fue atacado por las termitas, que lo arrasaron, por lo que, por despecho, sus habitantes tiraron el Santo -Pedro- al río, marchándose a vivir a La Toba, que entonces era un lugar más próspero. El Santo fue recogido por los vecinos de Membrillera, a los que les fue asignado el término que bañaban las aguas que recorrió flotando la imagen de San Pedro al ser lanzada al agua. En la segunda versión, se trata de dos pastores que, estando guardando ganado, uno de ellos se comió la merienda de los dos, untando de tocino la cara del Santo, creyendo el otro que había sido el Santo quien se había comido su merienda, por lo que herido de  rabia cogió la imagen y la lanzó al río… A partir de aquí todo coincide con la versión anterior.
Sin embargo, la opinión particular opina que en todas las leyendas hay un trasfondo de realidad y que, como consecuencia de lo que se ha comentado en las los versiones anteriores, -puesto que el despoblado pertenece al término de Membrillera, mientras los dueños de los terreños que ocupa son de La Toba-, los opinantes consideran que posteriormente, hacia finales del siglo XV o comienzos del siguiente, el poblado fue atacado por un grupo de bandidos, por lo que sus habitantes tuvieron que trasladarse a La Toba y a Membrillera, para mayor seguridad.
“El poblado era pequeño y se puede observar sobre el terreno en que se encuentra un montón de piedras en la que se dice que se encontraba la ermita de San Pedro y puede ser verdad porque a su lado se pueden ver como si existiera un pequeño cementerio que me parece que el agua empieza a descubrir al formar un barranco” (sic).
Otra de las cuatro leyendas que se recogen, en las que nos centraremos principalmente, se relaciona con “La Peña Huevera”, que tanto abunda, y que se refiere al mero hecho de horadar una roca que obstruye el camino a base de tirarle huevos, hasta desgastarla. Por eso, en esta leyenda, que también se da en otros lugares de la provincia de Guadalajara, como por ejemplo en Huertapelayo, sucede que un hombre, -casado con una avarienta mujer- bajaba al mercado de Jadraque todos los lunes con un borrico cargado de huevos que, previamente había contabilizado la mujer y tasado el precio de venta, que siempre subía algo el hombre, para tener algo para sí.
Llegado el lunes, como siempre sucedía, ocupó su puesto, siempre de los primeros, ya que madrugaba lo suficiente para llegar a tiempo, pero la gente no se acercaba a su tenderete, por lo que no vendió ni un solo huevo y tuvo que regresar al pueblo con todos ellos. Por el camino de regreso, hablando con el burro, trataba de inventar un cuenterete con el que engañar a su mujer tras el fracaso sufrido. Como siempre hacía, se paró a descansar un rato junto al camino, a la sombra de un chaparro, y cavilando se percató de una gran peña que había al otro lado de la carretera, por lo que para entretenerse, comenzó a lanzarle piedras; pero las piedras que había junto a él, cuando estaba sentado, se le acabaron, de forma que continuó arrojándole los huevos que llevaba en las alforjas, cosa que hacía mecánicamente, como sin querer, hasta que su sorpresa llegó con el último huevo que, al chocar contra la gran peña, hizo que ésta comenzara a rodar por el barranco abajo hasta llegar al fondo. Lo que dio lugar a que ese peñasco recibiera desde entonces en nombre de “La Peña Huevera”.
(Luego, cuando vio que no le quedaba ningún huevo, ni dinero alguno que entregar a su mujer, comenzó de nuevo el camino pensando en la reprimenda que le esperaba, por lo que tuvo que echar mano de la “sisa” que había logrado con engaño y pagarle los huevos a su esposa, cosa que le salvó de la regañina, pero que le agotó el bolsillo).
La cuarta y última leyenda recogida es la “Leyenda de la perdiz pelada”, en la que dos gallegos iban por el campo, con el hambre correspondiente, y se encontraron en el camino con un animal, discutiendo entre ellos de cual se trataba:
“Uno que era una perdiz, el otro que era un sape (sapo)”, por lo que el que tenía más hambre de los dos y decía que era una perdiz, dijo:
“Perdiz pelada, en el campo hallada,
de puro gorda, no tuvo cola,
de puro sebo, no tuvo pelo”.
… y se la comió, pero al rato no le sentó muy bien y dijo a su amigo:
“Ay! compañero, que me jincho”.
A lo que el amigo le respondió:
“Si te jinchas, que te javies,
pues ¿no te dije que era sape?”.
Luego sigue una amplia serie de “Poemas”, por lo general ampliamente conocidos, que no son locales en todos los casos, sino que proceden de multitud de localidades y que bien pudiera parecer que fueran llevados hasta las coordenadas de La Toba por los muchos pastores trashumantes: “La mujer soldado” (versión de Asturias), “A la abuela” e “Ilusión de un joven”, a los que habría que añadir unos “Versos de felicitación” (algunos de reciente creación), para continuar con una amplísima serie de “Cantares”, como las “Coplas de los cazadores a la villa de La Toba”, realizadas por Antolín Elvira, que algún día, quizás, llegarán a perder su autoría y se convertirán en parte de ese patrimonio que no debe perderse y que tan amablemente se recoge en este cuadernillo.
Sigue inmediatamente una gran cantidad de “Coplas populares de la villa de La Toba”, generalmente pertenecientes a canciones “de ronda” -que se cantan al ritmo de “jota”-, recopiladas en los últimos treinta años de los mayores del lugar, y en las que se ha querido respetar la letra -a pesar de que, en la actualidad, muchas de ellas, puedan ser consideradas machistas o malsonantes-. Son muy conocidas y están muy extendidas por otros muchos lugares de la provincia de Guadalajara y adyacentes. Y todas son muy interesantes porque a través de su lectura se puede extraer alguna que otra lección acerca de las producciones del pueblo, las cosechas, las fiestas, las alegrías y las tristezas, las tradiciones amorosas junto a la fuente, las negativas amorosas, las relaciones con los pueblos limítrofes y tantísimas cosas más que no pasarán desapercibidas al ojo del lector, ni mucho menos a los del interesado, del etnólogo que a través de su lectura sabrá sacar las conclusiones oportunas.
Diremos que este apartado ocupa las páginas 21 a 73 (y que se trata de cuartetas de arte menor, tan populares).
Finaliza el libro con un ¿poema? que no quisiera pasar por alto y transcribir en su totalidad para su mejor y mayor conocimiento, que dice así:
“Por Jadraque sale el sol
por Castilblanco los peces
por Medranda los Raneros
por Pinilla los Barriquetes
por Congostrina los Corbatos
por Alcorlo corral de cabras
por San Andrés los Coretes
por Membrillera los ahorcaperros
y por La Toba los Valientes”.
¡Como se nota quien ha hecho el libro!
Enhorabuena a su Ayuntamiento, al de La Toba,  por esta digna edición, sencilla, pero llena de sabiduría ancestral, que aún hoy es capaz de trasladarnos a ese pasado tan cercano que fue ayer.



miércoles, 17 de agosto de 2011

Los ángeles de Tartanedo


Poemas angelicales a unos ángeles restaurados

SUÁREZ DE PUGA, José Antonio (Poemas) y ALONSO CONCHA, Teodoro (Comentarios y Notas), Ángeles de Tartanedo, Guadalajara, Excmo. Ayuntamiento de Tartanedo, 2010, 112 pp. Estamos ante un bello libro, tanto por el contenido como por el continente, una de esas ediciones que ya van escaseando, sea por el momento actual de “crisis” para determinadas cosas, en el que parecen faltar los dineros, sea por el mal gusto del que suele hacerse gala ante determinadas ediciones, que más quieren cubrir un expediente no solicitado y salir del paso cuando antes, más o menos airosamente, que dejar una huella de sensibilidad cara al futuro. Un libro que da a conocer a los cuatro vientos los doce cuadros por entonces restaurados. Ángeles de Tartanedo es básicamente un poemario, un librito consistente en un manojo de poemas, al que se le ha añadido otro librito, por aquello del número de páginas que contienen ambos, en el que se comentan ampliamente y se anotan aspectos históricos e iconográficos de los cuadros que representan dichos ángeles, producto de “la devoción de nuestros antepasados, la maestría de los pintores venidos de lejos y la generosidad de los Montesoro (que) nos han dejado un legado valioso y único en nuestra iglesia, los doce Ángeles de Tartanedo. Un legado de gran valor religioso, artístico e histórico”, como apunta Francisco Larriba, alcalde Tartanedo, en la presentación del libro. La primera parte, titulada sencillamente “Ángeles de Tartanedo” (páginas 9 a 35), se debe a José Antonio Suárez de Puga, conocido poeta alcarreño, y consta de trece poemas, cada uno de ellos acompañado en su página izquierda de una fotografía de gran calidad en color. Comienza con “Espacio”, poema dedicado a la torre de la iglesia que alberga en su interior, a modo de concha externa y protectora, esa perla que constituye la “docena angelical”. Uno por uno va desfilando por entre las hojas del libro el novenario de los ángeles: “Ángel con lirio” (Sicut lilium inter spinas), como aquel otro lirio entre espinas del Cantar de los Cantares davídico; “Ángel con escalera” (Scala Dei), o escalera ascendente entre la tierra y el cielo, entre los hombres y Dios, a través de la Virgen como mediadora; “Ángel con luna” (Pulchra ut luna), en referencia a la belleza divina y también al triunfo sobre el discurrir del tiempo; “Ángel con ciprés” (Cupresus in Sion), respecto al tiempo duradero como la madera de ese árbol; “Ángel con fuente” (Fons salutis), a la que todos acuden en busca de salud; “Ángel con olivo” (Oliva speciosa), que junto a la vid y al trigo simbolizan la prosperidad de las gentes y la fertilidad de los campos y los ganados, al tiempo de alude a la paz; “Ángel con pozo” (Puteus aquarium viventium), pozo de aguas vivas, en contraposición a las aguas estancadas e insalubres; “Ángel con puerta” (Porta coeli), o Janua Coeli, como puerta de entrada a la salvación, y “Ángel con torre” (Turris davídica), que es la misma Virgen como protectora del género humano. A estos poemas sobre los ángeles le siguen otros tres poemas más, cuyos sujetos son el “Arcángel San Rafael” (Medicus), en cuyo escudo figura una palmera, que suele ir asociada con el triunfo; el “Arcángel San Gabriel” (Nuntius), acompañado de un sol, con cuyo fulgor se compara a Virgen “refulgente como el sol”, y el “Arcángel San Miguel” (Victoriosus), cuyo escudo lleva dibujada una Virgen bajo su advocación de Inmaculada, es decir, sin pecado, invicta. Poemas de honda inspiración poética y aparente sencillez. Desnudos, centrados en sí mismos y en lo que representan, en el simbolismo de las imágenes pintadas en los escudos que portan los ángeles y los arcángeles. Son poemas breves, solo lo necesariamente breves, que no hacen concesión alguna a la galería, filtrados por el tiempo y la mano ágil del poeta que sabe que, en la sencillez, estriba la grandeza de su poemario. Quisiera trasladar aquí uno de esos poemas, para que pueda alcanzarse en toda su extensión la belleza que contienen. He elegido este “Ángel con lirio”:

Las áulicas paredes, en las que acampa sobre paños grises la histórica elegancia de los lises que aromaron sus sedes, elevan su oración a las mercedes del ángel de la vieja letanía que al jardín de Versalles ha traído del huerto de María el lirio de los valles.

La segunda parte, “Comentarios”, se debe a la pluma de Teodoro Alonso Concha y en ella se ofrecen numerosos e interesantes datos para el conocimiento de la peripecia que han venido atravesando los cuadros objeto de estudio y que ha sido dividido, para su mejor comprensión por el lector, en once apartados, alusivos a la iglesia de Tartanedo y a sus obras de arte, los tres primeros: “El despertar de los ángeles”, que da una visión general de su origen (ya que fueron colgados en la capilla de los Montesoro, rodeando el altar de la Inmaculada y San José, desde 1756); “La iglesia de San Bartolomé”, cuya construcción se inició a comienzos del siglo XVI, sobre otro edificio anterior románico, y “La capilla de los Montesoro”, que fundó Miguel Sánchez de Traiz, en 1557, y cuyos patronos fueron precisamente los miembros de la familia Montesoro, como se indica en una cartela allí existente: “Estas pinturas y retablos mandó hacer a su costa Don Andrés Montesoro y Rivas, patrono de esta capilla. Año 1756”. Los restantes apartados aluden a los ángeles: “Los ángeles en los textos bíblicos”, “Ángeles, arcángeles y otros seres alados”, “Ángeles y demonios”, “El sexo y las alas de los ángeles”, “Los ángeles a través del arte”, “Iconografía de los ángeles de Tartanedo”, que quien esto escribe hubiese incluido junto a los tres primeros apartados, “El ángel como símbolo universal”, y un último texto acerca del “Cuadro del juicio de Salomón”, donado a la iglesia por J. Hernández Jiménez, en 1810, que bien pudiera haber servido como “cartón” previo a la realización de un paño o tapiz, y que debería haberse incluido en el apartado dedicado a la descripción de la iglesia de San Bartolomé. 




Un último apartado de “Notas”, igualmente compuesto por Teodoro Alonso, se centra en la iconografía de los elementos o muebles que aparecen pintados en los escudos de los ángeles y arcángeles: lirio, escalera, luna, ciprés, fuente, olivo, pozo de aguas vivas, puerta, torre, palmera y sol, tan conocida a través de las letanías lauretanas. Desgraciadamente, todo hay que decirlo, desmerece mucho la calidad del libro y su contenido la página 109, en la que se incluye un mapa de localización de Tartanedo, de carácter netamente turístico que, a todas luces, sobra en esta obra. José Ramón LÓPEZ DE LOS MOZOS

martes, 6 de octubre de 2009

Vendaval y Marea






Ya su cuarto libro de poemas en la calle, Pablo Emilio Llorente avanza un puesto en las filas de los poetas alcarreños. Ese mundo, casi submundo –por escaso y comedido- cultural de la ciudad alcarreña, está poblado de escritores intromisos, de pintores cautos, de fotógrafos respetuosos, de poetas temblando: un mundo intelectual que no hace ruido, que escribe, pinta, y se expresa calladamente, sin importarle que su derredor vibre de conciertos, encierros y kedadas.
En ese grupo de espléndidos escritores y escritoras, va abriéndose camino Pablo Emilio Llorente (el de Guadalajara, porque hay otros con el mismo nombre y apellido en otros lugares de España). Llorente no ceja. Como tantos otros viaja primero, vive, se enfrenta, lee, piensa, sufre y al final se expresa, en sus poemas. Que son breves, libres, pero muy meditados y sentidos. Escribe de amor y soledades, de querencias difíciles y de muchachas. Ha caído en el embrujo de una ciudad –Tánger- y se ha visto envuelto y maniatado por un viento, el de levante en esa punta africana. El resultado es un libro encantador, sonoro, vivo. Un libro que parece estar hecho de acuarelas, y en ellas plasmada la luz, las mujeres, las charlas bajo los olivos, bajo el castillo, por las callejas… Damos la enhorabuena a Pablo Emilio Llorente por este nuevo, libro, ¡el cuarto ya! de poemas que nos entrega, con sabor a sangre lejana y a sal de mar y lágrima. Vendaval y marea es una mezcla difícil, pero vibrante. Un gran autor, que merece ser leído, y conocido.
El libro va ilustrado por Sandra Gobet Herrera, una joven artista también originaria de Guadalajara, que está abriendo caminos en la ilustración de libros con visiones muy personales de la realidad basada en los textos que se muestran.