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sábado, 12 de marzo de 2016

La entrañable historia de Tartanedo

ALONSO CONCHA, Teodoro, Historia de Tartanedo. Una aldea en el Mundo (1366-2016), Guadalajara, Excmo. Ayuntamiento de Tartanedo/Aache Ediciones, 2015, 351 pp. ISBN 978-84-15537-80-9.

En primer lugar me gustaría dejar constancia de dos aspectos que encuentro de gran valor en este libro: el primero es el interés que se ha tomado el Ayuntamiento de Tartanedo para que una persona docta escriba acerca de su historia con el fin de que sea mejor conocida por todos, y el segundo, que la elección de esa persona haya recaído en Teodoro Alonso Concha, profesor de Filosofía en varios Institutos de Enseñanza Media, pero sobre todo amante de la cultura de su pueblo y de la tierra molinesa, amor y preocupación universal por su patrimonio, que ha puesto de manifiesto a través de varias publicaciones anteriores, como el bellísimo libro Ángeles de Tartanedo y el no menos interesante La Arquitectura Popular en Tierra Molina, una arquitectura que si Dios y la despoblación gradual no lo remedian desaparecerá en pocos años.

Teodoro Alonso, como señala en el prólogo a su libro, tuvo la suerte de vivir los aspectos propios de la vida tradicional de su pueblo: Tartanedo, que tanto le ha servido para escribir el capítulo destinado a la “aldea global”: la explotación de la tierra y la ganadería, los trabajos cotidianos y los comunales, el ciclo festivo y la dolorosa emigración y vivir también ese otro periodo -de transición- hacia una, en teoría, sociedad industrial avanzada.

Y, precisamente, para que ni la historia de la citada “aldea”, ni sus costumbres se cubran con el grisáceo polvo del olvido, ha escrito este libro, que fundamentalmente consta de cuatro apartados, y que abarca desde la época medieval -la aldea de los treinta fuegos-, hasta casi el momento actual, pasando por aquellos momentos, que en tantos lugares dejaron huella imborrable, como fueron las guerras de Sucesión y de la Independencia, las desamortizaciones de Mendizábal y de Madoz, la República, ya que afortunadamente la última Guerra Civil fue algo que quedaba lejos, aunque algunos de sus hijos muriesen en el frente ya que en pueblo no se oyó un solo disparo.

El libro ha sido escrito con una múltiple pretensión: que no se quede en un mero relato “localista”, para lo cual ha incardinado a Tartanedo en un contexto histórico más amplio: el Señorío, la provincia, la región, el país…, tratando, a la vez, de escribir una historia -o, mejor dicho, una aproximación histórica- lo más rigurosa posible, contando con las relativamente escasas fuentes documentales disponibles, sin olvidar al pueblo llano, a los labradores y pastores, ni a los que viven de sus manos -cosa rara de encontrar en las fuentes escritas, puesto que, por lo común, la autoría de dichas fuentes se debe a clérigos y nobles a los que el pueblo sencillo y humilde no importaba demasiado: campaneros, panaderos, sastres, maestros…-, aunque quienes ocupen más páginas sean precisamente personajes destacados en el mundo eclesiástico y en el de la nobleza: la beata María de Jesús López Ribas (la “letradillo” de Santa Teresa de Jesús), el arzobispo Manuel Vicente Martínez y Jiménez, obispo de Astorga y, posteriormente, de Zaragoza, y el de Cádiz y Algeciras, Javier Utrera Pérez, junto a miembros de las familias Rivas y Montesoro, entre otras.

Pero junto a este patrimonio -“humano” y documental o escrito-, se conservan también otros documentos que son los arquitectónicos (construcciones) y las obras de arte, como las copias de El juicio de Salomón, de Rubens y El martirio san Bartolomé, de Jusepe Ribera, además de la conocida serie de los doce Ángeles, llamados de Tartanedo, de origen o influencia virreinal, tal vez del Cuzco peruano, que se conservan en ese maravilloso “estuche” que es la iglesia parroquial de san Bartolomé, románica en su origen, claros ejemplos del arte “culto” universal, aunque el “popular”, construido también en piedra, esté magníficamente representado a través de viviendas, ermitas y pairones.
Es, pues, un libro amplio, al que pocas cosas se le escapan. Desde el nacimiento de Tartanedo como aldea en la Edad Media, va evolucionando, dejando atrás unas cosas, pero creando otras nuevas, de aquel románico se pasa al gótico, al renacimiento y al barroco, lo mismo que sucedió con sus gentes, cuya evolución se analiza entre los siglos XVI y XVIII. Gentes -“almas”, como entonces se decía- que conformaban “hogares”, “lumbres” o “vecinos”, que con su fe dieron paso a la creación de tantas cofradías -como las del Rosario, de San Sebastián y de la Vera Cruz y del Señor-, a capellanías, mandas y prebendas, tanto para la propia Iglesia, como para el socorro de vecinos y transeúntes, a través de sencillos hospitales de acogida.

Luego, como ya hemos visto, estaban los hidalgos: Los Rivas (o Ribas) y, asociado a ellos y a los Montesoro, Miguel Sánchez de Traid, un potentado ganadero fundador en 1557 de una capilla en la iglesia de Tartanedo, que posteriormente adecentó -en 1741- Carlos Andrés Montesoro y Ribas, con un altar y su retablo. Además había al menos seis familias que gozaban del título de hidalguía: Badiola, Utrera, Arias, Guillén, Malo de Hombrados y Crespo.

En el capítulo cuarto, titulado “La aldea global”, Teodoro Alonso realiza un estudio, no muy extenso pero suficientemente clarificador, de la evolución de la propiedad y explotación de la tierra en el siglo XX, centrándose principalmente en la ganadería como fuente de riqueza desde tiempos pasados, que da paso al tema de “Los trabajos y los días”, que reparte siguiendo el ciclo anual, que comienza por el otoño, momento en que tiene lugar el transporte del grano, el desenterrar de las patatas y la remolacha y el abastecimiento de leña; el invierno, que se solía destinar a la reparación de edificios y aperos, al acarreo de la paja y los ciemos, a dar la vuelta a los muladares y, por fin, a la matanza del cochino, con todo lo que ello entrañaba para una economía familiar de subsistencia, además de para la comunidad vecinal, y, ya al final de la estación hiemal, cuando los días alargaban, la siembra de los cereales de ciclo corto: cebada, avena, legumbres, etc., para continuar con la primavera, con el barbecheo, la escarda y el binado, necesario para eliminar malas hierbas y airear la tierra, hasta completar el ciclo con el verano y sus labores tradicionales de la siega, el acarreo, la trilla y el almacenaje de los productos resultantes.

Método similar al anterior es el que se emplea a la hora de dar a conocer las festividades propias de cada estación. Así, en invierno, la celebración de Nochebuena, con una hoguera que se hacía con la leña que se pedía casa por casa para “calentar al Niño Dios”, Navidad y Año Nuevo; seguía el día de los santos Inocentes y el de los Reyes Magos y, después, los carnavales, que daban paso a la cuaresma. En primavera era tradicional celebrar la Semana Santa, el rezo de las letanías y la cruz de Mayo -con la bendición de campos-, seguidas por el Corpus y la asistencia a determinadas fiestas que tenían lugar en pueblos aledaños: La Soldadesca, de Hinojosa; San Juan, en Concha y San Isidro, en Labros. Ya en verano se celebraba la fiesta del patrón del pueblo, san Bartolomé, el 24 de agosto, que por razones agrícolas se trasladaba al 20 de septiembre, y también se solía ir a las ferias de Molina y de Milmarcos. En otoño no se olvidaba el día de Todos los Santos ni el de los fieles Difuntos y el ocho de diciembre de recordaba a la Inmaculada, de rancia tradición en todo el Señorío molinés.
Lejos queda ya la galería de oficios que retrata Teodoro Alonso, compuesta por el herrero, el hornero, el sacristán, el zapatero, el boticario, el confitero, el sastre, el capador, los esquiladores y hasta los húngaros, además del cura y el maestro, que con la evolución de los tiempos ya no son necesarios, excepto en algunos casos concretos.

Hoy los tiempos han cambiado y el pueblo se ha modernizado y, aunque cuenta con menos vecinos que en el siglo XIV, la comodidad y los servicios que gozan, gracias a las correctas actuaciones políticas y al aporte económico que significa la instalación de los dos parques eólicos, hubiesen sido inimaginables en los “cercanos” años sesenta o setenta. Quizá la mejor y más gráfica forma de explicarlo esté en la propia portada del libro, en la que aparece la torre de la iglesia, como símbolo del pasado, junto a un molino eólico, representante del momento actual. Ambos se dan la mano en esta entrada a la Historia de Tartanedo. Una aldea en el mundo (1366-2015) que ha escrito Teodoro Alonso.

Un libro, reitero, amplio en contenidos, serios y rigurosos, y que cumple con creces los cometidos que su autor se propuso al escribirlo, cuya lectura -por si fuera poco- es amena y su edición, llevada a cabo por Aache, inmejorable.

José Ramón López de los Mozos

miércoles, 17 de agosto de 2011

Los ángeles de Tartanedo


Poemas angelicales a unos ángeles restaurados

SUÁREZ DE PUGA, José Antonio (Poemas) y ALONSO CONCHA, Teodoro (Comentarios y Notas), Ángeles de Tartanedo, Guadalajara, Excmo. Ayuntamiento de Tartanedo, 2010, 112 pp. Estamos ante un bello libro, tanto por el contenido como por el continente, una de esas ediciones que ya van escaseando, sea por el momento actual de “crisis” para determinadas cosas, en el que parecen faltar los dineros, sea por el mal gusto del que suele hacerse gala ante determinadas ediciones, que más quieren cubrir un expediente no solicitado y salir del paso cuando antes, más o menos airosamente, que dejar una huella de sensibilidad cara al futuro. Un libro que da a conocer a los cuatro vientos los doce cuadros por entonces restaurados. Ángeles de Tartanedo es básicamente un poemario, un librito consistente en un manojo de poemas, al que se le ha añadido otro librito, por aquello del número de páginas que contienen ambos, en el que se comentan ampliamente y se anotan aspectos históricos e iconográficos de los cuadros que representan dichos ángeles, producto de “la devoción de nuestros antepasados, la maestría de los pintores venidos de lejos y la generosidad de los Montesoro (que) nos han dejado un legado valioso y único en nuestra iglesia, los doce Ángeles de Tartanedo. Un legado de gran valor religioso, artístico e histórico”, como apunta Francisco Larriba, alcalde Tartanedo, en la presentación del libro. La primera parte, titulada sencillamente “Ángeles de Tartanedo” (páginas 9 a 35), se debe a José Antonio Suárez de Puga, conocido poeta alcarreño, y consta de trece poemas, cada uno de ellos acompañado en su página izquierda de una fotografía de gran calidad en color. Comienza con “Espacio”, poema dedicado a la torre de la iglesia que alberga en su interior, a modo de concha externa y protectora, esa perla que constituye la “docena angelical”. Uno por uno va desfilando por entre las hojas del libro el novenario de los ángeles: “Ángel con lirio” (Sicut lilium inter spinas), como aquel otro lirio entre espinas del Cantar de los Cantares davídico; “Ángel con escalera” (Scala Dei), o escalera ascendente entre la tierra y el cielo, entre los hombres y Dios, a través de la Virgen como mediadora; “Ángel con luna” (Pulchra ut luna), en referencia a la belleza divina y también al triunfo sobre el discurrir del tiempo; “Ángel con ciprés” (Cupresus in Sion), respecto al tiempo duradero como la madera de ese árbol; “Ángel con fuente” (Fons salutis), a la que todos acuden en busca de salud; “Ángel con olivo” (Oliva speciosa), que junto a la vid y al trigo simbolizan la prosperidad de las gentes y la fertilidad de los campos y los ganados, al tiempo de alude a la paz; “Ángel con pozo” (Puteus aquarium viventium), pozo de aguas vivas, en contraposición a las aguas estancadas e insalubres; “Ángel con puerta” (Porta coeli), o Janua Coeli, como puerta de entrada a la salvación, y “Ángel con torre” (Turris davídica), que es la misma Virgen como protectora del género humano. A estos poemas sobre los ángeles le siguen otros tres poemas más, cuyos sujetos son el “Arcángel San Rafael” (Medicus), en cuyo escudo figura una palmera, que suele ir asociada con el triunfo; el “Arcángel San Gabriel” (Nuntius), acompañado de un sol, con cuyo fulgor se compara a Virgen “refulgente como el sol”, y el “Arcángel San Miguel” (Victoriosus), cuyo escudo lleva dibujada una Virgen bajo su advocación de Inmaculada, es decir, sin pecado, invicta. Poemas de honda inspiración poética y aparente sencillez. Desnudos, centrados en sí mismos y en lo que representan, en el simbolismo de las imágenes pintadas en los escudos que portan los ángeles y los arcángeles. Son poemas breves, solo lo necesariamente breves, que no hacen concesión alguna a la galería, filtrados por el tiempo y la mano ágil del poeta que sabe que, en la sencillez, estriba la grandeza de su poemario. Quisiera trasladar aquí uno de esos poemas, para que pueda alcanzarse en toda su extensión la belleza que contienen. He elegido este “Ángel con lirio”:

Las áulicas paredes, en las que acampa sobre paños grises la histórica elegancia de los lises que aromaron sus sedes, elevan su oración a las mercedes del ángel de la vieja letanía que al jardín de Versalles ha traído del huerto de María el lirio de los valles.

La segunda parte, “Comentarios”, se debe a la pluma de Teodoro Alonso Concha y en ella se ofrecen numerosos e interesantes datos para el conocimiento de la peripecia que han venido atravesando los cuadros objeto de estudio y que ha sido dividido, para su mejor comprensión por el lector, en once apartados, alusivos a la iglesia de Tartanedo y a sus obras de arte, los tres primeros: “El despertar de los ángeles”, que da una visión general de su origen (ya que fueron colgados en la capilla de los Montesoro, rodeando el altar de la Inmaculada y San José, desde 1756); “La iglesia de San Bartolomé”, cuya construcción se inició a comienzos del siglo XVI, sobre otro edificio anterior románico, y “La capilla de los Montesoro”, que fundó Miguel Sánchez de Traiz, en 1557, y cuyos patronos fueron precisamente los miembros de la familia Montesoro, como se indica en una cartela allí existente: “Estas pinturas y retablos mandó hacer a su costa Don Andrés Montesoro y Rivas, patrono de esta capilla. Año 1756”. Los restantes apartados aluden a los ángeles: “Los ángeles en los textos bíblicos”, “Ángeles, arcángeles y otros seres alados”, “Ángeles y demonios”, “El sexo y las alas de los ángeles”, “Los ángeles a través del arte”, “Iconografía de los ángeles de Tartanedo”, que quien esto escribe hubiese incluido junto a los tres primeros apartados, “El ángel como símbolo universal”, y un último texto acerca del “Cuadro del juicio de Salomón”, donado a la iglesia por J. Hernández Jiménez, en 1810, que bien pudiera haber servido como “cartón” previo a la realización de un paño o tapiz, y que debería haberse incluido en el apartado dedicado a la descripción de la iglesia de San Bartolomé. 




Un último apartado de “Notas”, igualmente compuesto por Teodoro Alonso, se centra en la iconografía de los elementos o muebles que aparecen pintados en los escudos de los ángeles y arcángeles: lirio, escalera, luna, ciprés, fuente, olivo, pozo de aguas vivas, puerta, torre, palmera y sol, tan conocida a través de las letanías lauretanas. Desgraciadamente, todo hay que decirlo, desmerece mucho la calidad del libro y su contenido la página 109, en la que se incluye un mapa de localización de Tartanedo, de carácter netamente turístico que, a todas luces, sobra en esta obra. José Ramón LÓPEZ DE LOS MOZOS

domingo, 22 de agosto de 2010

Acto cultural en la villa de Tartanedo



Música y Poesía en Tartanedo

El pasado viernes fue una jornada memorable en la villa molinesa de Tartanedo. Se presentó el libro "Angeles de Tartanedo" y ante una afluencia numerosísima, intervinieron todos los protagonistas de la obra: desde el alcalde de la localidad, Francisco Larriba, hasta el editor del libro, Antonio Herrera. Por supuesto que el mayor interés lo despertaron sus autores, tanto Teodoro Alonso Concha, que explicó el significado de las pinturas que llenan la capilla de los Montesoro, con el color y el brillo de los 12 ángeles cuzqueños que llenan sus muros, como el escritor José Antonio Suárez de Puga, quien fue leyendo, lenta y armoniosamente, sus doce poemas dedicados a las celestiales figuras, acompañado al violín por el joven artista seguntino Eduardo Carpintero.
Una presentación de lujo, que dejará en Tartanedo muy buen sabor por mucho tiempo. El libro ya está a la venta, y también desde aquí se puede adquirir cómodamente.

viernes, 13 de agosto de 2010

Vuelos de Angeles





Los angeles americanos de Tartanedo



Hoy es noticia, una vez más, Tartanedo, y su patrimonio artístico. Y en concreto la docena de pinturas que representando ángeles se muestran, desde el siglo XVIII, en sendos altares de la capilla de los Montesoro, en su iglesia parroquial.


De su abandono ancestral, pasaron a ser restaurados en Toledo por la Consejería de Cultura, y de allí a ser mostrados, en exposiciones diversas, por la capital de la Autonomía, por Guadalajara y por Sigüenza. Una vez colocados en sus lugares primitivos, resplandecientes en su ambiente de pinturas y santos sobredorados, les ha llegado el momento de su ascensión a la memoria colectiva: el viernes 20 de agosto, será presentado en Tartanedo un libro que trata de ellos, que pone en la voz poética de José Antonio Suárez de Puga su glosa, y en el saber hondo de Teodoro Alonso Concha la razón de su existencia.


Encuadernado en tela de color burdeos, y todo él a color, mostrando muchas imágenes: todas las de los ángeles, a página entera, y otras que referencian su origen. El título de la obra es escueto: “Angeles de Tartanedo”, y sus autores son muy conocidos entre nuestros lectores: José Antonio Suárez de Puga, que escribe los versos de arte menor en homenaje a estos alados seres, y Teodoro Alonso Concha, quien se encarga de hacer un estudio de sus símbolos (esos elementos que portan y muestran en sus escudos) y aún de la búsqueda del sentido de los ángeles en el arte.



Una docena de ángeles



Estos ángeles cuzqueños llenan los muros de la capilla de los Montesoro con su fuerza y su serenidad. Son doce figuras pintadas al óleo sobre lienzos, que representan a doce seres angélicos, teóricamente los mismos que forman la corona de la Virgen María, llevando en sus manos y en cartelas o escudos, los símbolos de la Letanía Lauretana. Tienen más, sin embargo, que estos simples detalles enumerados. Tienen la fuerza del arte barroco hispano, pues son sin duda piezas ejecutadas en los talleres de pintura del Cuzco, en las alturas incaicas del virreinato del Perú, y aquí traídas por encargo de un noble y acaudalado ganadero molinés, hace más de dos siglos y medio.


Hay muchas colecciones de cuadros con ángeles en el arte hispánico. Bartolomé Román, en el barroco madrileño, consiguió el sabor de la elegancia en sus representaciones. En la provincia de Guadalajara, son de ver los cuatro arcángeles pintados en las pechinas de la iglesia jesuítica de la Virgen de la Luz en Almonacid de Zorita, y aún se asoman, un poco burdos, en relieve y repintados en la bóveda del crucero de la iglesia de Jadraque otros cuatro sujetos. Por el Señorío de Molina, en remota ermita, quedan otros por ver y estudiar.


Estos de Tartanedo, y ya restaurados, son impresionantes: una joya para el arte provincial, sin duda. Sus formas, sus actitudes, sus ropajes, sus adornos, todo indica que proceden de los talleres de pintura de la ciudad de Cuzco, una de las más importantes, junto con Lima y Potosí, del virreinato del Perú, en el que fue primer mandatario un paisano nuestro, el mondejano Antonio de Mendoza, y por el que luego pasaron otros varios alcarreños, que allí llevaron de ayudantes y funcionarios a gentes de la Alcarria, y de donde vinieron otros, aristócratas y nobles de medio pelo, a vivir en Guadalajara.


La riqueza del entorno, que recibía herencia capitalina de los incas, y se llenaba de ideas nuevas, mezcla de lo indígena andino, lo recién llegado del barroco andaluz, y lo naturalmente crecido de la pujanza criolla, dio un arte peculiar que levanta la admiración de quien contempla sus palacios, conventos e iglesias. Cuzco, la fría y lejana capital del virreinato, dio un estilo de pintura de ángeles que no ha sido igualado por ninguna otra escuela. Y es de ella de donde surgieron, sin duda, los doce cuadros de ángeles que vinieron a ser colocados en los muros de la capilla de Tartanedo. Desconocemos las circunstancias de su llegada, compra, autoría, etc. Pero de lo que no cabe duda es que proceden de allá.


Estos doce ángeles, pintados sobre fondo neutro de grises y ocres, se nos ofrecen en actitudes amables, cariñosas, dulces, como de paso de danza, en andadura sosegada. Sus vestiduras son amplias, rimbombantes, de capas y faldellines, con algunas corazas, botas y rodilleras especialmente hermosas, broches ricos en el pecho, y largos pelos sobre suaves facciones que, a nada que se observen, nos dejan en la duda, en la confusión de sexo e intención que muestran. Todos ellos llevan en su mano un escudo o cartela en el que se pinta una figura tomada de la Letanía de la Virgen, por lo tanto son ángeles que quieren honorar a María Madre de Dios, llevando sus poéticos iconos tomados de los Salmos: “Electa ut Sol”, “Fons signatus”, “Scala Salutis”, “Lilia inter spinas”, etc. Tres de ellos añaden un símbolo, pudiendo ser caracterizados como arcángeles: el principal, el jefe de todos ellos, es Miguel, con vara de mando y gran sombrero de plumas coloreadas. Otro es Rafael, caracterizado por su bordón y su esclavina como arcángel caminero. Y el tercero, que levanta en su mano izquierda un puñado de rosas, se trata de Gabriel. Los demás son ángeles, del montón, ninguno armado, pero elegantes, soberbios, bellos e inolvidables. Sin nombre propio, pero nacidos de la corona de estrellas (doce estrellas) que la virgen María Inmaculada lleva.



Muerte y Renacimiento de los ángeles de Tartanedo



Cuando dentro de unos días se alce de nuevo el telón de los ángeles, y tanto los vecinos del pueblo como cuantos lleguen hasta allí para asistir a este acto cultural que se presenta denso e interesante, los vean iluminados, se darán cuenta de la suerte que han tenido: porque ahora recuerdo que hace 35 años, en ocasión de visitar la iglesia parroquial de aquel pueblo molinés, dedicada a San Bartolomé, acompañado de mi buen amigo Teodoro Alonso, que allí tiene casa, la de sus mayores, pude admirar la capilla del lado meridional del crucero: la que fundaron en el siglo XVIII los Montesoro y Rivas, un linaje de procedencia italiana, que había afincado en la planicie molinesa durante los años de la pujanza económica generada en torno a la ganadería lanera, pude apreciar que allí estaba, como en penumbra, el conjunto artístico barroco más impresionante del templo: en un muro colgaba, medio deshecho, un enorme cuadro representando el Juicio del Rey Salomón (hoy ya restaurado) y en ángulo los muros ofrecían sendos retablos pequeños, uno de San José y Santa Catalina y otro de la Inmaculada Concepción, rodeados hasta la cubierta con pinturas de trampantojo que simulaban grandes retablos barrocos, rematados por los escudos del linaje, y adornados de una telas que mostraban, oscuros, sucios y ajados, doce ángeles de apreciable factura. De aquella visita guardo la fotografía que acompaña estas líneas, en la que se da idea de cómo era originalmente el espacio.


Tras infinitas gestiones, que Alonso Concha llevó con paciencia y buen tino, aquellas telas lograron su restauración, su muestra pública, el aplauso de cuantos las vieron, y su colocación definitiva en el lugar para el que fueron traidas desde la lejana puna.


Aunque no llevan los arcabuces que finalmente se hicieron símbolos de los ángeles cuzqueños, estos tienen el mérito de la elegancia, de haber nacido en un taller de cuidados artífices. Son americanos por un detalle: Aunque todos van descubiertos, su capitán Miguel tiene en lo alto de la cabeza un gorro que culmina en tres grandes plumas, de color rojo, amarillo y azul, que tomadas de los tocados de los mandatarios incas primitivos se transmitieron en fórmulas, rituales y pinturas a las representaciones cristianas. Y esto solo ocurría allí, en América. En la sacristía de Alocén aparece un cuadro de Santa Bárbara a la que han puesto en la cabeza un gorro igual, con las mismas plumas y colores. Viene sin duda del virreinato, es una especie de carnet de identidad.


Para ellos se escuchará en Tartanedo, dentro de unos días, la palabra honda del poeta Suárez de Puga, desgranando los poemas que ha escrito para ellos. Y la del escritor Alonso Concha, que ha llevado años investigando sobre ellos y, en general, sobre los ángeles y sus símbolos.