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sábado, 11 de agosto de 2012

Una visión del cólera por Guadalajara


El cólera en Guadalajara (1834-1885)
 Antonio Herrera Casado

La última, por ahora, de las obras escritas por Tomás Gismera Velasco, es una monumental historia de la asistencia sanitaria en la provincia de Guadalajara, a lo largo del siglo XIX, llevada de la mano de un hecho casi anecdótico, pero siempre temido y realmente sobrecogedor en sus días: las diversas epidemias de “cólera morbo” que asolaron pueblos y campiñas, dejando por todas partes muertos y desolación.

Este libro, editado por el propio autor, tiene un total de 256 páginas y no lleva más ilustraciones que los cuadros sinópticos imprescindibles para entender cantidades y evoluciones de epidemias y muertos. La presentación del libro, a modo de prólogo, corre a cargo del doctor Sanz Serrulla, académico correspondiente de la Real de Medicina, y seguntino estudioso en otros varios libros de esos temas cruciales de la sociedad como es la evolución de la medicina, sus formas de practicarla y sus beneficios progresivos sobre la población. Ya en sus palabras el Dr. Sanz nos da la dimensión real de este libro, y es el estudio con pormenor de cifras y abundancia de anécdotas, de las cuatro epidemias de cólera que asolaron nuestra provincia: en 1834 la primera, y las del 53,60 y 85 después, dejando entre todas un cúmulo de provisiones, de prevenciones y de normas que hicieron avanzar la medicina y, sobre todo, la profilaxis ambiental, alcanzando a partir de finales del siglo un muy halagador sistema de conducciones de agua, depuraciones, limpiezas de calles, de casas y de personas que abocaron en el moderno concepto de la higiene como factor determinante en la evitación de epidemias.
La obra de Gismera Velasco es ingente. Con este libro quedó finalista en el premio de Historia “Provincia de Guadalajara” de 2011. Aunque no ganó, el interés del tema, y lo bien ejecutado de la investigación suponía una pena no poder contar con la obra editada. Esta tarea, con lo que supone de esfuerzo y sobre todo de riesgo económico, la ha asumido el autor, y por ello recibe ya nuestro primer aplauso. Después llega el valor de lo que cuenta, que tratamos aquí de resumir y dejar en sucinta visión, invitando a cuantos estén interesados por conocer todos los aspectos de la historia de nuestra tierra a que se hagan con un ejemplar de esta obra, que a nuestra Revista ha entregado, amablemente dedicada, el autor.

miércoles, 16 de noviembre de 2011

Una botica con solera



SANZ, Javier, Historia de la Botica del Hospital de San Mateo de Sigüenza, Guadalajara, Aache Ediciones (col. Scripta Academiae, 28), 2011, 108 pp.

Javier Sanz es Académico correspondiente de la Real Academia Nacional de Medicina.

Estamos ante un libro sencillo pero profundo y ameno en su contenido, cuyo índice, perfectamente estructurado, nos invita a su lectura.
El interesante y documentado prólogo con el que da comienzo al libro, debido a la pluma de F. Javier Puerto Sarmiento, Catedrático de Historia de la Farmacia de la Universidad Complutense de Madrid y Director del Museo de la Farmacia Hispana, constituye toda una lección acerca de la evolución de la Farmacia y su relación con la Medicina. Le sigue una “Introducción”, en la que Sigüenza ya contó con una Facultad de Medicina en su antiguo Colegio-Universidad de San Antonio de Portaceli, nada menos que desde 1551, en la que dejaron huella de su saber profesores de la categoría intelectual de Huarte de San Juan o Pérez Cascales y que en ella se graduaron médicos de fama mundial como Sorapán de Rieros, Diego Cisneros, Juan del Castillo o Antonio Pérez de Escobar
Facultad que, dicho sea de paso, sirvió a muchos galenos de trampolín de acceso al servicio de la Casa Real española, al Cabildo catedralicio o a la mismísima ciudad episcopal, por lo que, sin duda, muchos de ellos, si no todos, estuvieron en contacto constante y directo con el Hospital de San Mateo, un hospital fundado en 1445 por el chantre Mateo Sánchez, al que con posterioridad se irían agregando otros hospitales de menor importancia que, casi quinientos años más tarde, sucumbiría bajo el bombardeo de la aviación en pasada contienda del 36-39.

viernes, 5 de agosto de 2011

Una vieja botica de Sigüenza





Una parte de la historia seguntina



Esta es la historia de una botica. La del Hospital de San Mateo en Sigüenza. Ni una ni otra existen ya, pero sí su historia, que ha rescatado el doctor Sanz Serrulla de entre los borrosos manuscritos que la pintan viva desde hace tres siglos largos.



La botica de Sigüenza surgió como un complemento al Hospital de San Mateo, que es fundación del siglo XV, exactamente de 1445, y que lo hizo posible un clérigo de la tierra, don Mateo Sánchez. A la botica de Sigüenza se la llevaron por delante las bombas de la Guerra Civil, en 1937, y desde entonces el edificio en su conjunto pasó largas décadas en la más lamentable ruina, con el claustro, las dependencias y viejos departamentos por los suelos. Finalmente se reedificó y destinó, por parte de la Diócesis y Cabildo, a Residencia de la Tercera Edad con el mismo título que los siglos la pusieron de Hospital de San Mateo.




La Botica la fundo un canónigo, dos siglos después. Se llamaba Mateo Sánchez Bravo, y fue un alto cargo del cabildo catedralicio seguntino. Natural de Martín Muñoz, en Avila, donde había nacido en 1604, aquí fue asesor además del Santo Oficio de la Inquisición, además de provisor y Visitador del Obispado. Un hombre de inspecciones, a lo que se ve.



Una vez creada, financiada y mantenida por el Cabildo de la Catedral, la dirección técnica la llevaron a lo largo de varios siglos los boticarios, personas de rango científico, que a veces surgían desde el cargo anterior de mancebo. El libro de Javier Sanz nos da la referencia completa, minuciosa, jugosa como todas las noticias de la obra, de cuantos boticarios tuvo esta institución.




Encontramos en este libro –que resulta fundamental para la historia de la Farmacia española- sus nombres y méritos: el primero de ellos fue Dionisio de Loarca, clérigo presbítero científico e hijo de boticario. Que ejerció el cargo desde mediado el siglo XVII, sucediéndole a su muerte Juan Vallejo y Blas del Castillo, este último aprendiz del anterior, quien conseguiría el puesto no solo por ello, sino quizás por los buenos oficios que desplegaría su hermano, Juan del Castillo, a la sazón cirujano del Cabildo, muy querido de los canónigos. Al siglo siguiente aparecen tres nuevos profesionales que llenan con su larga actividad la centuria entera. Ese siglo XVIII se llena con Manuel López, durante los primeros 40 años del siglo XVIII, y García Linares los siguientes 30 años, hasta 1774, quien seguido de Rafael de Zubiaur se alcanza el final del siglo. El convulso XIX se llena con Andrés de Aguas y Pedro González Robles, seguidos por Juan de Dios Olivares y finalmente con el último de la serie, don Vicente Rodríguez Blanco, quien en 1860 ve cómo las normas del Estado impiden a las boticas de Hospitales vender medicamentos a la gente de la calle, con lo cual, y tras diversas peripecias legales, el Cabildo se conforma con acatar esa orden, y dejar de producir medicinas y de venderlas.


En este precioso libro nos cuenta Javier Sanz cómo se fabricaban las medicinas de San Mateo: El ejemplo más evidente es el que nos deja el boticario Juan Vallejo, quien refiere que acabando el mes de marzo o empezando el de abril, solicitaba licencia al Cabildo por dos o tres meses pues ese era el tiempo de las flores y aprovechaba para fabricar los medicamentos de composición vegetal que después almacenaría para dispensar durante el resto del año. En estas tierras siempre frías la botica debió de contar con una huerta donde cultivar las plantas necesarias. Existe la noticia fiel de que, al menos en octubre de 1696, el hospital tenía a su servicio una huerta donde crecían las plantas que usaba el boticario para fabricar sus mejunges.



Que se exponían luego en los estantes y vitrinas de la oficina. Allí había (y existieron todos hasta el año 1937) cantidad de albarelos, matraces, pesas, y un sin fin de elementos con los que preparar, pesar y conservar los medicamentos, Sanz Serrulla expone en la parte final de su estudio un listado, que es largo pero emocionante, de los elementos que contenían los albarelos de Talavera, todos en tonos azules, y tapados con pergaminos para que no perdieran su esencia. Había allí (y solo menciono los dos primeros items de un largo listado de escalofrío y asombro) Belemnites, más de 20 kilos en un cajón, por lo que es fácil colegir que debía ser muy usado, al haber tanto. La teoría es que se tomaba para “quebrar” las piedras de la vejiga de orina y arrojarlas por la uretra. Había también Cabezas de víbora, metidas en un bote de porcelana, y que también debía ser muy usado ya que algunas gentes se dedicaban a la caza de este reptil para venderlo después a las boticas. Se indicaba para las Fiebres malignas e intermitentes, viruela, peste, y purificación de la sangre.


Había también minerales, y de ellos tomo alguno, el primero de la lista, como referencia asombrosa de los materiales que usaba la farmacopea antigua. Dice así Javier Sanz del Asfalto: “El de esta botica es un gran trozo contenido en un bote de Talavera. Tiene señales de haber sido raspado; lo usaban en la tisis pulmonar echando 5 ó 6 gotas en una cuchara que tenía miel o azúcar; estas gotas procedían de la destilación del asfalto, sal, mercurio y arena. A mediados del siglo XVII esta enfermedad hacía estragos en la juventud, y el “aceite de asfalto”, como llamaban a este líquido de destilación, llenaba la indicación antituberculosa”.



Se ha presentado este libro el día 30 de julio, en Sigüenza, corriendo las palabras de presentación a cargo de Carlos Baltés, y del propio autor del libro, Javier Sanz Serrulla. Su mensaje está encerrado en 110 páginas de limpia letra y abundantes ilustraciones, dentro de la colección “Scripta Academiae” (Estudios Universitarios) nº 28 de la editorial alcarreña AACHE, en la que se incluyen otros temas de interés científico e histórico.



El bien ganado prestigio del doctor Sanz, avala esta obra, de fácil lectura y claridad expositiva, y la pone en la repisa de los libros fundamentales, vivos y eternos, que retratan a pinceladas la historia de la Ciudad Mitrada.