miércoles, 16 de noviembre de 2011

Una botica con solera



SANZ, Javier, Historia de la Botica del Hospital de San Mateo de Sigüenza, Guadalajara, Aache Ediciones (col. Scripta Academiae, 28), 2011, 108 pp.

Javier Sanz es Académico correspondiente de la Real Academia Nacional de Medicina.

Estamos ante un libro sencillo pero profundo y ameno en su contenido, cuyo índice, perfectamente estructurado, nos invita a su lectura.
El interesante y documentado prólogo con el que da comienzo al libro, debido a la pluma de F. Javier Puerto Sarmiento, Catedrático de Historia de la Farmacia de la Universidad Complutense de Madrid y Director del Museo de la Farmacia Hispana, constituye toda una lección acerca de la evolución de la Farmacia y su relación con la Medicina. Le sigue una “Introducción”, en la que Sigüenza ya contó con una Facultad de Medicina en su antiguo Colegio-Universidad de San Antonio de Portaceli, nada menos que desde 1551, en la que dejaron huella de su saber profesores de la categoría intelectual de Huarte de San Juan o Pérez Cascales y que en ella se graduaron médicos de fama mundial como Sorapán de Rieros, Diego Cisneros, Juan del Castillo o Antonio Pérez de Escobar
Facultad que, dicho sea de paso, sirvió a muchos galenos de trampolín de acceso al servicio de la Casa Real española, al Cabildo catedralicio o a la mismísima ciudad episcopal, por lo que, sin duda, muchos de ellos, si no todos, estuvieron en contacto constante y directo con el Hospital de San Mateo, un hospital fundado en 1445 por el chantre Mateo Sánchez, al que con posterioridad se irían agregando otros hospitales de menor importancia que, casi quinientos años más tarde, sucumbiría bajo el bombardeo de la aviación en pasada contienda del 36-39.

El autor, Javier Sanz, dedica el primer capítulo al Hospital de San Mateo y otros hospitales seguntinos que, lo mismo que tantos otros, surgieron del afán cristiano por atender a los enfermos como lugar de acogida y protección; caridad que también se extendía a los necesitados, menesterosos y baldados y que solían construirse en las inmediaciones de iglesias, catedrales y centros monásticos, por lo que Sigüenza contó con establecimientos de estas características desde el siglo XII hasta tiempos bien modernos, como así consta en el mismísimo Catastro del Marqués de la Ensenada (1753), en una de cuyas contestaciones se dice que Sigüenza cuenta con “dos hospitales, el uno para curar pobres enfermos y alimentar y criar niños expósitos llamado de San Mateo… y el otro, llamado de la Estrella que sirve para hospedar pobres pasajeros y peregrinos.”
El hospital de Nuestra Señora de la Estrella, segundo de los arriba mencionados, fue fundado gracias a la donación de unas casas que el obispo Don Rodrigo donó en 1197 que, al parecer se encontraba ubicado frente a la fachada sur de la catedral, hasta que en el siglo XIV fue trasladado definitivamente a la calle de la Estrella y cuyos primeros pasos dependieron del Cabildo de la Catedral seguntina, aunque después pasase al cuidado de la cofradía de Nuestra Señora de la Estrella y a la Casa de Misericordia y que, según todos los datos, más parecía un simple albergue que un hospital según el concepto renacentista (más evolucionado y médicamente, asistencial).
El otro hospital que hemos visto citado en el Catastro es el de San Mateo, posterior en la fecha de su fundación y al que se agregó el de Nuestra Señora de los Remedios, cuyo cometido consistió en la recogida y crianza de niños abandonados.
Pues bien, el de San Mateo, como queda dicho fue fundado por el chantre Mateo Sánchez, que lo dedica a la advocación de su patrón y en cuyo testamento deja como patronos al Deán y Cabildo de la catedral de Sigüenza, al que pertenecía. Esto sucedió “antes del 25 de octubre de 1445”.
(El lector puede ver en el Museo Diocesano de Arte Antiguo de Sigüenza un interesante bajorrelieve tallado en alabastro, de gran belleza artística, en el que se representa al chantre fundador arrodillado bajo la protección de San Mateo).
Así que, desde esa fecha de1445 el hospital comenzó su labor, adaptándose al correr de los tiempos, prestando atención médica, quirúrgica y de enfermería y separando, más adelante, a los enfermos que solamente necesitasen cuidados médicos, de los que necesitaran el uso de métodos quirúrgicos, llegando incluso a la disección de cadáveres para conocer mejor el origen de las enfermedades… o a la instalación de aparatos de Rayos X a partir de 1931.
Para contribuir a su sostenimiento este hospital contaba con las propiedades y rentas que dejó establecidas su fundador, además, claro está, de numerosas donaciones con que los obispos seguntinos contribuyeron.
Como ejemplo de lo anterior podemos ver como fray Lorenzo de Figueroa y Córdoba, le hizo donación, en 1597, de 3.500 ducados para que, invertidos en renta, se destinasen a la instalación y mantenimiento se seis camas para convalecientes, o como años más tarde, en 1649, fray Pedro de Tapia también le hizo merced de otros 6.000 ducados más para ampliar la obra de Figueroa, construyendo “dos cuadras con sus camas y todo lo necesario para convalecientes”, de la misma manera que el obispo Juan Díaz de la Guerra ordenó construir el barrio de San Roque y el molino de papel de Gárgoles de Abajo, para con sus rentas poder dotar este hospital, hasta la “desamortización”, en que el Estado vende las casas y el molino citado, entregando al hospital algunos títulos crediticios.
También se ofrecen algunos datos de otros hospitales como el de Nuestra Señora de los Remedios y “el de los clérigos”, que más bien debía ser una simple casa de acogida.
El tema que da título al libro constituye el segundo capítulo del mismo: “1663: fundación de la Botica”.
Hasta entonces el hospital se había estado surtiendo de las medicinas que provenían de las farmacias instaladas en Sigüenza por particulares, pero dado el elevado número de enfermos, así como el de capitulares, familiares y empleados de dicha corporación, amén del necesario ahorro en gastos farmacéuticos, se pensó en la instalación de una botica propia, como así consta en los libros de Actas Capitulares a 30 de junio de 1656: “Este dicho día el señor Deán propuso que convendría que en el Hospital de Señor San Mateo se pusiese una Botica. El Cabildo habiéndolo oído lo remitió a la Diputación para que con asistencia del los Señores Doctor Don Juan de Molina, Juan Pacheco y D. Mateo Bravo confieran sobre ello y hagan relación.”
El caso es que hasta 1663 no se da cuenta de la decisión de crear la tan importante y necesaria botica (dado que hasta esa fecha, el hospital se había estado surtiendo de los preparados que le servía la botica que llaman de Montero), decisión que toma el canónigo Mateo Bravo -del que, poco más adelante, se ofrecen numerosos datos, entre los que se indica que “Fundó y dotó á su costa y expensas el cuarto y botica del Hospital de San Mateo de esta ciudad”-, así que su construcción no tardó en llevarse a cabo y parece ser que ya estaba funcionando el 16 de mayo del año siguiente, puesto que ya no se habla de las boticas de la ciudad y sí de la “Botica de el hospital” que, aparte de la oficina propiamente dicha, contaba con un jardín con plantas medicinales, una huerta y otras dependencias anejas.
Gracias a los historiadores de farmacia Blanco Juste y Mas Guindal, que pudieron visitar el hospital en 1932, se conserva una descripción de sus dependencias que en nada, o en muy poco, cambiarían la visión que de ellas pudiera tenerse en el siglo XVII y más aún si la completamos con otras descripciones que se hicieron, como por ejemplo una de 1665, realizada con motivo de una de las escasas Visitas Eclesiásticas. (Véanse las páginas 36 a 42).
Respecto a las visitas a la botica del hospital de San Marcos conviene saber que los sucesivos cabildos siempre fueron recelosos con los visitadores, a los que en numerosas ocasiones prohibieron la entrada, aduciendo para ello que se encontraba en lugar “privado” y a pesar de la ley dictada por Felipe III en 1617, que permitía la entrada a protomédicos y justicias que podrían clausurarlas en caso de hallar medicinas en mal estado. De modo que, entre dimes y diretes, hasta la segunda mitad del siglo XVIII las boticas no se vieron sometidas al acatamiento de las visitas de inspección a que obligaba el Consejo Supremo de Castilla.
En realidad, las visitas a la botica de nuestro hospital más bien fueron escasas: la primera tuvo lugar el 18 de julio de 1665 y en ella se hace constar que todo estaba en orden; después, en octubre de 1671, por sorpresa, encontrándose todo correctamente; otra más, la tercera, en octubre de 1679, que giró el boticario de Berlanga de Duero Juan de Jubera, y dos intentos más fallidos: en octubre de 1744 y en el mismo mes de 1750, gracias a los obstáculos aducidos por el Capítulo seguntino.
El cuarto apartado está dedicado a los boticarios, diez hasta 1861, de los que se aporta una reseña de su vida y obra, así como a los mancebos que les ayudaron.
Igualmente merecen capítulo aparte “Los medicamentos”, que el autor distribuye en cinco apartados: Minerales, Partes o productos animales, Partes o productos vegetales (el más numeroso, con plantas o partes de plantas, polvos vegetales y semillas), Especies químicas y Preparaciones galénicas, alguno de ellos muy llamativo como cabezas de víbora, cuernos de ciervo, dientes de jabalí, ojos de cangrejo, etc. propios de una farmacopea medieval, puramente empírica.
El apartado final se dedica a la “Clausura de la botica”, que tuvo lugar como consecuencia de las disposiciones legales publicadas el día 24 de abril en la Gaceta de Madrid, según un Real Decreto para el Ejercicio de la Profesión de la Farmacia del 18 del mismo mes, cuyo artículo 28 (Capítulo II) decía que “Los hospitales solo podrán tener botica para el servicio particular. Continuarán, sin embargo, con su despacho abierto al público las boticas de los presidios militares”. Ante lo que el cabildo seguntino pretendió conservar sus derechos, ordenando la creación de una comisión que redactase un escrito con destino al Gobernador de la Provincia (y al mismo tiempo a la Reina) solicitándole el poder continuar prestando sus servicios de botica mediante despacho público; solicitud que fue denegada.
A pesar de todo el hospital no podía dejar sin ayuda farmacéutica a los enfermos en él acogidos mientras se resolvía el procedimiento, lo que le valió al Cabildo cierta fama de rebeldía, como así se ponía de manifiesto en las páginas de la prensa profesional y más concretamente en las de El Restaurador Farmacéutico. Esto y una carta del por entonces boticario del hospital -que vio el asunto un tanto feo profesionalmente hablando- en la que le comunicaba su retirada del servicio capitular por haber montado oficina propia en Sigüenza, hicieron que la botica se cerrara -tapiándose las puertas que daban a la calle- y que el hospital se surtiera de las tres farmacias existentes en Sigüenza.
Después… gran parte de los objetos y preparaciones, 88 en total, fueron expuestos en el Palacio del Senado con motivo de la celebración del X Congreso Internacional de Historia de la Medicina que tuvo lugar en Madrid, del 23 al 29 de septiembre de 1935, es decir, poco antes del comienzo de la última contienda nacional. Parecía que el fin de dicha botica iba a ser el Museo de la Farmacia Hispana, quizás el mejor del mundo en la actualidad, pero el bombardeo de la aviación “nacional” lo impidió y una gran parte del patrimonio cultural que nos había sido legado desapareció para siempre.
Una sencilla y suficiente bibliografía, que abarca fuentes archivísticas, la mayor parte conservadas en el Archivo de la Catedral de Sigüenza, en sus Libros de Actas y Acuerdos Capitulares (volúmenes 25 a 50) y algunos otros libros de contenido crítico completa este trabajo, digno de ser leído.
José Ramón LÓPEZ DE LOS MOZOS

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