sábado, 10 de octubre de 2015

Historias y Leyendas de Huertapelayo

EMBID RUIZ, Marta, Historias y Leyendas de Huertapelayo. Memorias de un pueblo, Guadalajara, Aache ediciones (col. Tierra de Guadalajara, 91), 2015, 152 pp. (ISBN: 978-84-15537-70-0).

El tema del libro trata sobre las tradiciones y la historia antigua de Huertapelayo, así como de esas otras “cosas” que todavía se mantienen vivas en aquel apartado lugar del Alto Tajo de Guadalajara, tan apartado que, en realidad, fue motivo o causa principal de que tantas manifestaciones se hayan mantenido en su pureza originaria hasta nuestros días, por lo que a través de su título: Historias y Leyendas de Huertapelayo, se vislumbra lo que el subtítulo del libro viene a indicarnos acerca de su contenido, es decir, su memoria, la memoria de un pueblo que se ofrece a los lectores de forma amable gratis et amore, a través de una docena de trabajos que constituyen y conforman el articulado de su índice.

Curiosamente hay que decir que Huertapelayo fue un pueblo que quedó abandonado en los años 60. Allí lo conocí y entré en sus casas entristecidas y hueras de gentes y en el baile también entré, en la plaza ¿mayor? frente a la olma que la presidía y gobernaba. Y gocé del silencio infinito, apenas roto por el sonar de las ramas de los árboles, de aquella espesa vegetación que rodeaba al pueblo, y del pajareo constante de las avecicas que se acogían a su amor. El arroyo seguía su curso, silente, borboteando de cuando en vez, salpicando las yerbas de la ribera, verdeantes y frescas, cuando a eso del alba me asomaba a su espejo para lavarme la cara.

Huertapelayo fue siempre un pueblo sin recursos. Apenas la miera, la pez y la resina daban para sacar unos cuantos cuartos con los que poder vivir. A pesar de ello, sus habitantes, los “pelayos”, fueron siempre gentes alegres y cordiales y de ellos se cuentan muchos chistes, como por ejemplo aquel que dice que, cuando los americanos llegaron a la Luna, se encontraron con unos tíos vestidos de pana y con boina que se les acercaron a la nave para venderles pez, colofonía y alcanfor, por si tenían que calafatear la nave espacial, que la de ellos vendían era de la mayor calidad al mejor precio. No se sabe lo que les contestó la NASA, pero al fin y al cabo, fuera bromas, lo que nuestra autora quiere plasmar en su libro “son las leyendas, las costumbres, los dichos de antaño, que con el paso del tiempo se han ido perdiendo”.

Por eso, parte de los datos que se recogen en el libro está basada en las informaciones  directamente recibidas de familiares y amigos, todos “pelayos”, que las escucharon de sus antepasados, es decir, de esa sabiduría tradicional que no se aprende en las Universidades y sí en la escuela de la vida del día a día.

Marta Embid comienza su trabajo describiendo la geografía y el medio natural de Huertapelayo: su situación, clima, geología, flora y fauna, para entrar en la Historia, en la más remota, la de otros tiempos, fijándose en agujeros como los de “El Odón” y “Los Covachos”, amén de las ruinas arqueológicas, interesantísimas, de “Los Casaricos”, a pesar de pecar, como en tantos otros casos se peca, de cierto “adanismo” que en los tiempos actuales no debe haber lugar, dedicando algunos espacios a la “Cueva de los Casares” (Riba de Saelices) y al poblado celtibérico de Zaorejas, que nada tienen que ver con el pueblo cuya historia trata el libro. Sí es interesante la mención a la “Piedra Escrita” que estaba clavada en unos sembrados del lugar y que, según cuentan, servía para separar un huerto del camino, a modo de hito, mojón o muga, que a día de hoy ha sido suficientemente estudiada, puesto que se trataba de la reutilización de una lápida sepulcral romana.
Del periodo romano pasa al islámico, a la conquista de España por los musulmanes. Nuestra autora sitúa imprecisamente Huertapelayo en el término o “cura” de Santabariyya, siguiendo a Vallvé, (cuya cita no se incluye in extenso en la bibliografía que esperábamos al final, inexistente)
“Después de la Reconquista se dice que un tal Pelayo pudo ser el fundador o uno de los primeros pobladores originales de este pequeño pueblo empezando así su repoblación”, pero no existe documentación alguna que lo demuestre, como tampoco aparece Huertapelayo en el Fuero de Cuenca (1177), “…en el que estaría incluida…”. Posteriormente, los Reyes Católicos (1480), mandaron que todos los pastos del Suelo y Tierra de Cuenca fueran comunes, por lo que más tarde revocaron una orden del duque de Medinaceli que prohibía la entrada de los ganados de Cuenca en los términos de Villanueva de Alcorón, El Recuenco, El Pozuelo, Armallones,  Zaorejas, Poveda de la Sierra, Arbeteta y Huertapelayo…

Y, como por arte de magia, pasamos de golpe al Huertapelayo del siglo XIX y después a 1960, en que el pueblo queda casi totalmente abandonado, puesto que solamente permanecen en él tres mujeres, que aguantan varios años viviendo solas: Catalina, Marcelina y Encarnación Herraiz Salmerón, que por entonces contaban con 57, 74 y 50 años, respectivamente, y convivían con cerca de 200 ovejas. La segunda era la encargada de ir a por provisiones a Zaorejas. Según dicen, a lo largo de dos años no vieron a nadie aparecer por el pueblo.

Mayor interés tiene para el lector al capítulo tercero en el que se habla de la iglesia del pueblo de la que desaparecieron casi todas las imágenes en la contienda del 36-39, entre ellas la de la patrona, Santa María Magdalena, y de la que, verdaderamente, es muy poco lo que se conoce documentalmente.

Si es interesante constatar que las mujeres solían situarse en un lugar concreto de la iglesia, que coincidía con las sepulturas de sus antepasados, sobre las que dejaban arder cera hilada en “tablillas” de madera.

El año 2013, un sacerdote -de nombre Rafael- se encargó de transcribir algunos documentos de los pocos que se conservan: “Junta y obligación de los Vecinos de Huerta Pelayo a favor de la iglesia Parroquial de dicho lugar” de 30 de febrero de 1744; una “Carta del Párroco Don Francisco Fernz de Quintanilla” (sic), del 20 de Marzo de 1744; “Carta del Obispo de Cuenca Don Joseph Flórez Ossorio”, del 18 de Junio de 1744, etcétera.

En la fachada de una casa -en la Calle del Tresillo, 14- habría que distinguir claramente las dos piedras que aparecen fotografiadas en la página 71, que no son “cruces de consagración”, sino estelas discoideas reutilizadas a modo de decoración y que, sin lugar a dudas, podríamos fechar entre los siglos XII y XIII, seguramente provenientes del antiguo cementerio que debió rodear la iglesia.
Aquí comienzan los capítulos destinados a las fiestas y tradiciones populares del lugar, donde se recogen las correspondientes a las “Mozas del Santo”, que tenía lugar poco antes de la llegada de la Semana Santa y que viene a ser equivalente a las fiestas mujeriles que en pueblos de la Campiña se conocen como “La Ramas”. Afortunadamente se da a conocer la letra que cantaban las mozas. Está también recogida la ancestral tradición del “judas”; la ronda de los “mayos”; San Antonio y las patronales de Santa María Magdalena, con su ronda, a las que siguen las propias del “Día de los Inocentes”, de la noche de “Todos los Santos” y, algo curiosísimo, la fiesta del “Abuelo potro” (31 de diciembre), en la que se despedía al año viejo -un lugareño vestido de muerto- que daba paso a el recibimiento del nuevo, con determina parafernalia carnavalesca, puesto que le acompañaban cuatro personas más.

Quizá uno de los apartados más interesantes sea el que se dedica a las leyendas, en el que se recoge una interesante y atractiva colección: “Las campanas de Huertapelayo”, “La sirena del pozo de la Vega”, “El duende del tío Nabo”, “El aparecido no querido” (que era el propio tío Nabo), “El tío lobero Baños”, “Los tres golpes”, “Santa María Magdalena y la Pedregada”, “La zarza engañosa”, “San Antonio” y “La piedra de la cadena”, cuya lectura recomiendo al lector interesado, por su interés, aunque, muchas de ellas sean variantes de otras suficientemente conocidas en el folclore nacional.

Otro apartado etnológico se destina al conocimiento de algunas costumbres cotidianas: colar, el alboroque, la bendición a las novias, correr las paletillas en las bodas, el concejo, el acompañamiento al difunto hasta el cementerio, encender las jicarillas y, cuando se caía un diente lo lanzaban al tejado al tiempo que cantaban:

“Tejadillo, tejadillo, / Ahí va este dientecillo, / Y échame otro más majillo”.

Sabemos que los dientes se solían meter en los intersticios de las puertas de los “casillos” y cochiqueras en los pueblos de Arbancón y Renales.

No podía faltar un apartado destinado a dar a conocer la famosísima industria resinera de Huertapelayo, que no fue, en realidad, tan antigua como se supone, puesto que comenzó a realizarse a finales del siglo XIX, y más concretamente hacia 1878, pero después, dado el aislamiento geográfico del pueblo, muchos de sus habitantes se trasladaron a Villanueva de Alcorón -donde montaron nada menos que siete fábricas -la última permaneció en funcionamiento hasta el año 1983- y Zaorejas, mejor comunicados, donde en 1928 funcionaban a pleno rendimiento. 

A partir de aquí el libro se recrece a través de varios capítulos dedicados a dar a conocer algunas “curiosidades”, como las citadas de “El Alcalde de Huertapelayo”, “La tía Gregoria la rica”, “El tío Pablo de Pelayo” (“El tío Pablo de Pelayo, murió al amanecer, y a las doce del mediodía le hicieron tomar café”) -caso de catalepsia-, “La isla de Ellis en Estados Unidos”, “El tío Ratón”, “La mula que cayó por el chorrero” y “Las pulgas”, que no dejan de ser leyendas tradicionales aunque surgidas, con más modernidad, que las más arriba citadas; remedios tradicionales, entre ellos el poder comunicarse con los difuntos; versos, dichos, refranes y vocabulario típico Pelayo; parajes como “El Portillo”, “El Puente de Tagüenza”, “El Chorrero del Portillo”, “La Piedra de la Ila” y los numerosos molinos, además de una serie de notas entresacadas de las hemerotecas periodísticas.

José Ramón López de losMozos

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Tu opinión sobre este libro nos interesa. Escríbela aquí.