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martes, 9 de octubre de 2018

La presencia de Brihuega en América


Ida Altman. Relaciones transatlánticas en el Imperio español. Brihuega, España. Puebla, México, 1560-1620. Edición de Teresa Valdehita Mayoral. Traducción de Ignacio Ruiz Martínez. Intermedio Ediciones, Guadalajara, 2018. 301 pp. ISBN: 978-84-942961-0-9.

Queda claro desde la cubierta de este libro que es una tesis doctoral publicada por la prestigiosa universidad californiana de Stanford hace ya de esto diez y ocho años. Pero qué importa el retraso si ahora podemos leerla gracias a la impecable traducción de Ignacio Ruiz Martínez, la diligencia de Teresa Valdehita Mayoral y el interés de Luis Manuel Viejo Esteban, alcalde además de buen lector que ha sabido rodearse de valiosos colaboradores.   

Ya puede intuir el lector que esta reseña será un entusiasmado juicio sobre la integridad intelectual de la doctora Ida Altman por su esmerada investigación y, en definitiva, por la obra que cuenta lo que fue Brihuega en tiempos difíciles, años en que muchos briocenses se vieron obligados a emigrar al sur de España o a cruzar el mar y buscarse la vida en la Nueva, en México. La Brihuega de hoy ha sido parte de mi vida.

Pero hay más. Brihuega en la historia. Brihuega y las guerras: la «Guerra de Sucesión», 1710 (con Villaviciosa); y la «Batalla de Guadalajara», 1937. Quien firma esta reseña ha visto Brihuega abatida por los bombardeos, viejas iglesias demolidas, San Miguel, por ejemplo, y en las paredes de las casas a la entrada del pueblo, en la revuelta después del repecho, unas imágenes toscamente pintadas con plantillas y en color negro que todavía hoy, más de setenta años después, no he olvidado: eran lemas e imágenes franquistas. Luego de la cuesta, la Flora Villa paraba el renqueante coche de línea justo delante de la fuente, con su chorro abundante y su pilón.  Como mi viaje empezaba en Cobeta o en Zaorejas, estirar las piernas y beber a morro unos buches de agua eran una bendición.[1] Después, de joven, aquella alameda fue campo de fiestas veraniegas. Y cómo no recordar el impacto mediático del helicóptero el día 12 de junio de 1965 anunciando el espectáculo taurino en «La Muralla».  Después, mucho después, llegó Manu, Leguineche, y en su refugio de «La Casa de los Gramáticos» hemos vivido inolvidables reuniones. Es decir, que hubo una Brihuega de las guerras que renació de su ruina para volver a ser una de las joyas de nuestra provincia. Brihuega: Jardín de la Alcarria. Una gran satisfacción para mí. También, allá lejos, he disfrutado de la cuadriculada Ciudad de Puebla, visitado sus hermosas iglesias y admirado su poderosa estructura industrial.

 Ahora, la publicación oportuna de este libro nos devuelve a aquellos años pasados y nos explica cómo vivían sus habitantes. Ida Altman nos retrotrae a la segunda mitad del siglo XVI, ciertamente calamitosa, y nos adentra veinte años en el siglo siguiente: de Felipe II a Felipe III, hasta un año antes de su fallecimiento en 1621. Pero no nos engañemos, este libro no trata de dinastías ni de efemérides épicas; todo lo contrario. Es un estudio dedicado a lo que el maestro Unamuno llamaba intrahistoria. No da Altman una interpretación de los hechos narrados por escribanos oficiales sobre esas gestas gloriosas que entran en los libros de historia. La autora documenta las peripecias de la vida de unas personas que no tiene aparente importancia para los historiadores: gente común, sana y trabajadora con hechos vulgares y diarios: alegres unos, como bodas, nacimientos, reencuentros, y otras veces son situaciones difíciles, traumáticas, que obligaban a la separación de un matrimonio o al desplazamiento de familiares y vecinos para buscar sustento, mejorar, vivir, sobrevivir y, con suerte, progresar económica y socialmente: «No solo las esposas, también los hijos sufrieron el estrés, el trastorno de la separación y el abandono» (p. 49).  A veces la lectura del libro ruboriza cuando nos adentra en la intimidad de cada una de las muchas familias briocenses, con sus dificultades y esperanzas.

Hace tiempo, en la siempre socorrida Cuesta de Moyano hallé unos tomitos sueltos parte de una extensa colección de cartas enviadas por emigrantes de toda España desde el Nuevo Mundo. Compré los que me interesaban por traer noticias de nuestros paisanos alcarreños. Años después compré en Estados Unidos la edición en inglés del minucioso y bien estructurado estudio de Ida Altman. Me serví de mis tomitos usados el año 2012 para preparar una serie de artículos solicitados por la revista Alcarria Alta, extinta hoy, pero ¡cómo unía a los alcarreños aquel esfuerzo del periodista José García de la Torre, su director cifontino! En el número 207 (tercer trimestre 2012) titulé mi artículo «Carta desde México a Brihuega: el oro de América, el hambre de España» (pp. 10-11); en el siguiente escribí: «Oro y lágrimas: Alcarreños haciendo las Américas» (pp. 10-11, cuarto trimestre 2012). Preparé algunos más ampliando el panorama, pero nunca llegaron a publicarse: recuerdo uno que dediqué a la emigración de las mujeres: viudas, casadas, doncellas, esclavas; ahora la edición del libro que tengo delante suple mi silencio.

Ida Altman se ha formado en dos de las mejores universidades de Estados Unidos: Universidad de Michigan y Johns Hopkins, y ha recibido varias becas de las más competitivas en el campo de las Humanidades. Su tesis doctoral Transatlantic ties in the Spanish Empire, además de archivada, por sus méritos ha sido publicada, y ahora traducida para toda la comunidad hispánica mundial. Y, además, a la venta con un fin benéfico. Dieciséis láminas a todo color de Brihuega y de Puebla, mapas, cuadros genealógicos, glosario y una extensa bibliografía enriquecen la cuidada edición. Sus 528 notas para los cinco capítulos y en las nutridas conclusiones apoyan, aclaran y extienden su positiva investigación. Ha cogido el metro de medir y el peso de pesar para ir desgranando y evaluando la documentación existente. En el nuevo libro el viejo aserto traduttore, traditore (traductor, traidor) no afecta en absoluto al inteligente esfuerzo del traductor.

El capítulo primero: «Poblaciones y movimientos migratorios» no puede haberse iniciado por mejor camino: «A finales del XVI, las circunstancias de Brihuega, una localidad de aproximadamente 4000 habitantes […] impulsaron a mil, o quizá más, a emigrar a la Nueva España» (p. 27) y a Las Alpujarras (p. 28).[2] Es muy cierto:

«hubo malas cosechas los años 1560 especialmente en la zona que hoy llamamos Castilla-La Mancha; 1566, lo que provocó una hambruna en el centro de España; 1578, 1581, 1584, 1589, 1593, 1599 (por la sequía). A estas circunstancias hay que sumar, entre otras, dos más muy inmediatas: el traslado de la Corte a Madrid y la terrible epidemia de gripe de la que se salvó Felipe II, pero no Santa Teresa con aquel tabardillo de 1582. La difteria hizo estragos los años 1583 y 1587 a 1589; el tifus apareció en 1599».[3]

«La economía del pueblo no era en absoluto brillante» (p. 29), de modo que «durante tres décadas, desde 1570 hasta 1590, continuaron llegando emigrantes desde Brihuega» a la Ciudad de Puebla. A algunos les fue muy bien, a otros menos bien y algunos terminaron siendo tan pobres en tierras lejanas como alcarreñas. Unos regresaron, para quedarse, en Brihuega; otros volvieron para arrepentirse y regresar; otros, la mayoría, se integró en la cultura poblana, montaron negocios, comparon fincas, se mezclaron con sus vecinos mejicanos y allí formaron familia y allí murieron. Hoy, los descendientes de aquellos alcarreños, acaso se hayan olvidado del Tajuña y, mejicanos ahora, estarán paladeando el mole poblano.

Cruzaron el mar masivamente, con tanto miedo como esperanza: «Los emigrantes de Brihuega, así como los amigos y parientes más cercanos de otras localidades de la Alcarria, como Fuentelencina y Budia fueron masivamente a Nueva España», otros fueron a Perú, los peruleros (p. 54). El éxito de los primeros emigrantes –afirma Altman– a Nueva España entre los años 1550 y 1560 espoleó a sus parientes y a otros paisanos para unírseles», así que en los últimos treinta últimos años del siglo XVI, Puebla se convertiría en la primera ciudad de la industria textil en México. Los retornados a Brihuega fueron pocos, pero hay que recordar al indiano Diego de Anzures, que sí hizo las Américas.

Asentadas las bases en el capítulo inicial, en el siguiente Altman estudia el ámbito económico de los habitantes de la villa. Puede resumirse en el declive económico no solo de la Alcarria sino de toda España: «la fuente de ingresos [textiles] de los residentes de la villa desde la Edad Media, había disminuido. La industria repartida en pequeña producción doméstica enflaquece y aquellas contadas familias con mayor producción aumentaron el negocio. Quedaban siempre, eso sí, las fincas para sembrar trigo y plantar viñas e higueras.[4]

Brihuega era propiedad del arzobispado de Toledo hasta que la Corona se la quitó, la registró a su nombre y la puso en venta para sacar pingües beneficios. La historia se repite. El asunto irritó a las buenas gentes que se aliaron para comprarla, con lo que el municipio «se endeudó demasiado para financiar la compra»,[5] pero el pueblo se libró de la pesadilla de la posible compra de su pueblo por un desalmado. En definitiva, Brihuega cayó de nuevo en la jurisdicción arzobispal. Altman estudia cuidadosamente el complicado sistema administrativo, en el cual solían perpetuarse ciertas familias, algunas de los retornados, de tal modo que la autora indica que «las Indias, especialmente la ciudad de Puebla, casi se había apoderado de Brihuega» (p. 133). Mientras, en Puebla, los emigrantes alcarreños «no consiguieron establecer una presencia importante en el ayuntamiento de la ciudad». Ajenos a la política, los briocenses lograron formar sólida unión bien por lazos familiares o comerciales. Su aportación fue crear una sólida base en la producción textil en Nueva España, producir y ganar dinero.
 
El capítulo IV es un documentadísimo estudio del ambiente religioso tanto en Brihuega como en Puebla. Familias pudientes fundaban conventos y colegios, o ayudaban a las distintas congregaciones establecidas anteriormente. El problema de los conversos judíos continuaba vivo y como arma arrojadiza contra cualquiera. Los cristianos se reunían en cofradías buscando unidad para conseguir sus fines tanto terrenales como celestiales. Emigrados y retornados aspiraban al prestigio social que derivaba de tener un hijo cura o varias hijas en conventos: pertenecer al clero prestigiaba a la familia.

Las relaciones familiares se estudian en el capítulo V. Es lógico que siendo un estudio preparado por una investigadora norteamericana sienta fascinación por las relaciones familiares en España. Ese interés lleva a Altman a considerar «las experiencias personales de los briocenses de la Nueva España» (p. 205). Se ocupa del matrimonio y los lazos afectivos, mezcla de amor e intereses; la mermada aceptación social de los solteros y solteras; de las 150 viudas de Brihuega consignadas en la lista de impuestos, y la tendencia entre los briocenses en Puebla a casarse entre ellos. Dedica Altman un apartado a los hijos, anotando que las familias solían ser numerosas: «que fueran casi la regla» (p. 213); señala que la segunda generación, más enriquecida, tiene mayores posibilidades de elección, sin embargo, no desapareció entre las familias pudientes la inercia de meter a las hijas en conventos ni tampoco los mayorazgos: Francisco de Pacheco regresó rico y compró la villa de Romancos (entiéndase que era dueño y señor de personas y tierras). Dedica otro apartado a la situación de la mujer, considerando la separación y el reencuentro con el marido.

El capítulo sexto aborda las relaciones sociales, centrándose especialmente en la poderosa y déspota familia Diego de Anzures, indianos retornados a la villa; mientras, en Puebla, los briocenses fueron ampliando su presencia en los nuevos barrios de la ciudad y otros lugares cercanos.

Concluye el libro con un conciso capítulo de conclusiones —como corresponde a una tesis doctoral—, un sucinto glosario y una nutrida bibliografía. La tesis que ahora podemos leer en castellano es un libro útil prefaciado por Luis Viejo Esteban, Mª. Teresa Valdehita Mayoral, Ignacio Ruiz Martínez y Carlos Martínez Shaw. Desde la otra orilla Leticia Gamboa Ojeda nos habla desde Puebla y la propia autora Ida Altman, desde Florida prologa la edición española.  Todo un bello ejemplo de hispanismo para una obra cuya lectura interesará tanto a peninsulares como a hispanoamericanos. Un trabajo que bien merece el esfuerzo de ser difundido en los ámbitos hispanistas de todo el mundo.

José Julián Labrador Herraiz
Emérito de la Cleveland State University
Medalla de Oro Premio Vasconcelos, México






[1] Relaciones: «junto al río Tajuña, con numerosos manantiales, Brihuega era una localidad atractiva, bien surtida de agua, lo que la convirtió en favorita de los arzobispos de Toledo», que elegían para sus veraneos (p. 35). Se les alaba el gusto.
[2] Relaciones: «el objetivo de la Corona era mantener la industria de la seda en Las Alpujarras» y los briocenses tenían experiencia textil suficiente para aprender sin dificultad el arte de la seda.
[3] José J. Labrador Herraiz, Discurso del Pan y el Vino del Niño Jesús, Alcalá de Henares, 1600, por Diego Gutiérrez Salinas, Guadalajara, Diputación/Ayuntamiento de Brihuega. Edición en prensa. Su autor, un humanista briocense fue bautizado en la Iglesia de San Miguel (p. 151) el día 27 de septiembre de 1572 y enterrado en Alcalá en 1610. Su tratado de agricultura fue un intento para producir más y mejor trigo y vino mediante la aplicación de nuevas técnicas. Altman se referirá constantemente a esos dos productos esenciales, a sabiendas de que la producción textil produce capital, pero no se come ni se bebe: justo lo que le preocupaba al agrimensor, humanista y conocedor de la ideología moderna.
[4] Relaciones: «Los agricultores de Brihuega cultivaban principalmente trigo y uvas, así como algo de cáñamo y zumaque» [líquido para curtir las pieles] (p. 73); sin embargo, en los años 1590 «los años habían sido estériles y difíciles, y sin cosecha carecían de alimento y no podían criar ganado» (p. 73). Reinaba la necesidad y la pobreza. Pero allá lejos estaba Puebla con su red de familias alcarreñas establecida y segura para emigrar, aprovecharse de las ventajas que aquellas tierras ofrecían (incluyendo abundante agua) y «dejaron su propio sello vigoroso en la economía y sociedad poblana».
[5] Relaciones, capítulo tercero: «Vida pública y política», p. 123.

viernes, 21 de noviembre de 2014

El convento dominico de Cifuentes

BERMEJO BATANERO, Fernando, El real monasterio de monjas dominicas de San Blas del Tovar en Gárgoles de Arriba, Guadalajara, Ediciones Bornova A.T.C. S.L., 2012, 216 pp., prólogo de José Julián Labrador Herraiz. (I.S.B.N.: 978-84-938199-7-2).
El real monasterio de monjas dominicas de San Blas del Tovar en Gárgoles de Arriba, no es el primer libro de Fernando Bermejo Batanero, uno de los más aplicados investigadores de tema histórico de la zona cifontina. Libros suyos son también Organización municipal de una capital de señorío en el siglo XVIII: la villa condal de Cifuentes (1710-1766); Constitucionalismo español y Diputación Provincial de las Guadalajara: de España a América, escrito en colaboración con Ignacio Ruiz Rodríguez, que consiguió el Premio Provincia de Guadalajara de Investigación Histórica y Etnográfica “Layna Serrano” 2013, y varios otros títulos aún inéditos, además de numerosos premios, como el “Villa de Cifuentes de la Cultura” en su modalidad de Ciencias Sociales, por la otra titulada: “El abastecimiento de trigo en la villa de Cifuentes durante el antiguo régimen: el caso concreto de la obra pía de don Diego Ladrón de Guevara”, en el año 2009, y poco después, en 2011, por “Guía y notas para la historia del Monasterio de monjas dominicas de San Blas del Tovar”, origen  del libro que comentamos.
Como señala en su prólogo José Julián Labrador, catedrático emérito de Cleveland State University, el propio título indica la estructura del libro: un monasterio real, o sea, protegido y amparado por los reyes; de monjas dominicas, puesto bajo la advocación de un santo, San Blas, ubicado en un lugar determinado, El Tovar, en Gárgoles de Arriba, mandado construir por el infante don Juan Manuel y que dejó perder el duque de Lerma, trasladando a las sororas que lo habitaban a su villa burgalesa con el fin de adquirir mayor grandeza y prestigio para su villa.
Se trataba, pues, de un monasterio que se ocupase de establecer las debidas relaciones entre lo divino y lo humano a cambio de las obligatorias primicias y limosnas que, en cualquier caso, el muerto no podría llevarse a la tumba y que, por otra parte siempre significaron prestigio social, poder y fama.
Y para ello, nada mejor que un convento cercano como el del Tovar, en Gárgoles de Arriba, y un santo con fama de taumaturgo como San Blas, en Cifuentes, del que en aquellos tiempos se sabía poco -y hoy mucho menos todavía-, en cuya vida y peripecia se mezclaba la leyenda y la tradición tratando de conformar una historia verdadera, siempre difícil de demostrar documentalmente, pero que Bermejo Batanero, siguiendo las “presunciones ciertas” que inserta Fray Pedro de Ortega en su Fundación del Insigne Convento de S. Blas de Lerma, de Religiosas de la Orden de Sto. Domingo (Burgos, 1630), que ofrece la teoría de que “los restos de San Blas se custodiaban en un templo o ermita junto al cerro donde siglos más tarde se levantó el monasterio de San Blas del Tovar”, “[…] donde yace y [allí] su cuerpo, según parece por presunciones ciertas y por muchos  milagros que faze Nuestro Señor en el dicho lugar [por lo que] creemos que es y [allí] el cuerpo del dicho San Blas”.
El cerro a que se alude en el texto anterior se encuentra cercano a una laguna que describe pormenorizadamente don Juan Manuel en el Libro de la Caza: “En este arroyo [de Çifuentes] et en las lagunas cerca de Sant Blas ay muchas ánades et parada de garças […]”, próxima a su vez a una villa romana -unos cien metros- y a la antigua vía romana que enlazaba Segontia con Segobriga, que después vendría a convertirse en parte de la “ruta de la lana”, al enlazar el centro peninsular con la zona levantina.
En fin, un santo cuyo arraigo en tierras mendocinas, aparece ampliamente documentado entre los siglos XVI y XVIII y cuyo fervor fue mantenido gracias, precisamente, a la fundación y mantenimiento de un monasterio de monjas dominicas por parte de don Juan Manuel, que de ese modo se aseguraba ciertas alianzas con el poder religioso establecido en Sigüenza a través de su obispo, por lo que dicha fundación fue acompañada de numerosas donaciones que proporcionaban sustento a las monjas allí establecidas: molinos en que los cifontinos estaban obligados a efectuar sus moliendas, batanes y tintorerías, salinas y permisos para comercializar la sal, tierras de pan llevar y viñedos, ganado, etcétera, así como multitud de donaciones por parte de la nobleza, como una renta perpetua de treinta ducados anuales firmado por doña Blanca de la Cerda, mujer de Fernando de Silva, conde de Cifuentes.
La vida monacal también tiene gran interés y, aunque no existen datos concretos acerca de su desarrollo en este convento gargoleño, Bermejo Batanero recurre a otros monacatos de la misma orden y en igual fecha, como el de Lerma, para describirla paso a paso.
Posteriormente, el habilidoso y corrupto duque de Lerma, en nombre propio y en el de Felipe III, comprendiendo la importancia política que iba adquiriendo la Orden de Predicadores, aliándose con fray José González y aprovechando -según la normativa dictada por el concilio de Trento- que los monasterios y conventos no debían estar fuera de las villas y ciudades, decide trasladar la congregación cifontina hasta su villa de Lerma, naciendo así el nuevo monasterio de San Blas, cuyo traslado documenta Bermejo Batanero con gran profusión de datos.
El capítulo tercero viene a ser una continuación del primero, centrados ambos en la figura de San Blas (de Oreto o de Cifuentes) y en su devoción en las tierras alcarreñas. El lector puede encontrar en este apartado los milagros más destacados y llamativos del santo, como el del sueño duradero de las jóvenes de Val de San García, que también recogen los Aumentos a las Relaciones Topográficas de Felipe II y que en alguna ocasión hemos comparado con el sueño o visión beatífica de San Virila -que siendo abad de Leyre se paró a escuchar el canto de un pajarillo y cuando volvió al convento no lo reconocieron porque habían pasado más de mil años-. Otros milagros, atribuidos por la tradición popular, que recoge Bermejo Batanero son el de la resurrección de un niño de Salmerón, hijo de Pedro Falcón; el del “Cristo del Pozo”, el de los tres soles (considerado como un fenómeno meteorológico) y los de las reliquias de la Cueva del Beato San Blas, cuyos relatos e informaciones pertinentes ofrece en los numerosos apéndices que completan el libro (páginas 145-203) a través de dieciséis documentos que van colocados cronológicamente desde 1325, hasta 1995.
Finalmente, el cuarto capítulo consiste en un pormenorizado estudio del púlpito gótico y alabastrino, de los años setenta del siglo XV que, procedente del monasterio del Tovar, se conserva como la auténtica joya que es, en la iglesia del Salvador de Cifuentes. Los estudiosos de la heráldica disfrutarán con este apartado.
Una extensa y selecta bibliografía, así como la relación de los archivos y fuentes utilizadas completan el libro en el que, además, se incluye una “Imagen y canción popular de veneración a San Blas en Gárgoles de Arriba”.
Un libro muy interesante, que bien pudiera servir como ejemplo a seguir por los escritores de historias locales, en el que el lector puede encontrar desde los datos documentales más fiables, hasta las leyendas más tradicionales y populares, que le confieren un importante valor etnográfico, plagado de anexos y anotado más que suficientemente a pie de página. Un libro que merece la pena una lectura detenida.

José Ramón López de los Mozos

viernes, 18 de enero de 2013

Un clásico donde los haya


LABRADOR HERRAIZ, José J.  y DIFRANCO, Ralph A. (Ed. facsímil a cargo de), LA PHILOSOPHIA / VVLGAR. / DE IOAN DE MAL LARA. VEZINO DE / SEVILLA. / Ala C. R. M. del Rey Don Philippe. / Nuestro Señor.Dirigida. / PRIMERA PARTE QVE CONTIENE / mil refranes glosados. / En la calle de la Sierpe.En casa de Hernando Diaz.Año.1568., México, Frente de Afirmación Hispanista, A. C., 2012, 102 pp. + 294 fols. (numerados por una cara) + 4 pp. (ISBN: 978-84-615-5680-9).

Nuestros queridos amigos el doctor en Filología Española José Julián Labrador, de la Cleveland State University, tan aficionado a todo lo relacionado con Cifuentes -y en general con Guadalajara- y Rafael DiFranco, catedrático de Lengua y Literatura en la Universidad de Denver (Colorado), creadores de la Colección Cancioneros Castellanos, dieron a conocer a finales del año pasado -gracias a la ayuda económica del Frente de Afirmación Hispanista, con sede en México- esta magnífica edición facsímil, que corrió a su cargo, de La Philosophía Vulgar del erudito hispalense Juan de Mal Lara, obra sobradamente conocida y de indudable interés para cuantos se sientan atraídos por el apasionante mundo de la paremiología o tratado de refranes y por el erasmismo hispánico.
Aparte de la extraordinaria calidad de la propia edición: desde la belleza clásica del frontispicio, correspondiente a la príncipe de Sevilla y 1568, y las selectas ilustraciones interiores, hasta el formato (31 x 22 cm), pasando por la calidad del papel, el tipo y tamaño de la letra empleada, etcétera, el libro destaca indudablemente por su contenido, que los editores han dividido en un prólogo titulado “Poemas sueltos de Juan de Mal Lara”, escrito por ellos mismos, y dos estudios: “Juan de Mal Lara, humanista y traductor”, debido a Inmaculada Osuna Rodríguez, de la Universidad Complutense, y “Juan de Mal Lara, maestro de la Escuela Sevillana: contexto humanístico y apuntes biobibliográficos” por Francisco Javier Escobar, de la Universidad de Sevilla; trabajos de gran interés que, junto a un completísimo y muy selecto capítulo bibliográfico, sirven de introducción a la obra facsimilar, que ocupa casi seiscientas páginas.
A lo largo de “Poemas sueltos de Juan de Mal Lara” se ofrece un amplio y claro panorama de todo lo que el libro contiene y que comienza, precisamente, con una octava que sintetiza el elogio que el autor de La Philosophía dirige al rey Felipe II “gran defensor de la fee sancta”, con el que trata de congraciarse puesto que poco antes había sido apresado erróneamente por la Inquisición; alabanzas que se prodigan desde 1565, año en el que Mal Lara redacta la parte final de su Hércules.

Aquí tu Magestad leerá, si quiere,
quanto saber tuuieron los iberos
en la Philosophía, que no muere,
en refranes del Vulgo verdaderos,
la prudencia que sola boz refiere.
Autores son de sciencia los primeros,
no ay arte, o sciencia en letras apartada,
quel Vulgo no la tenga decorada.

Además de tratarse de un libro “fundamental” para el conocimiento del castellano, a la hora de llevar a cabo la edición de la presente obra se han tenido en consideración otros factores como el que los hispanistas pudieran leer directamente las glosas que contiene al tiempo que estudiar con deteniento los numerosos aspectos del pensamiento español en el siglo XVI que hay en él. De aquí que para esta edición se eligiese la primera parte -y única que llegó a la imprenta tras una tarea recopilatoria de varios miles de refranes comentados- de la de Sevilla (1568), impresa en la oficina de Hernando o Fernando Díaz.
También se han tenido en cuenta los juicios de Menéndez Pelayo, Bataillon y muy especialmente, de Américo Castro, quien en el tomo III del Homenaje ofrecido a Menéndez Pidal (1925) reconocía el interés que la obra del sevillano había despertado, “y en cambio no existe ni edición moderna ni estudio propiamente dicho de su gran colección de refranes comentados”,  por lo que Antonio Vilanova se encargó de recoger el guante lanzado por don Américo, al que dedicó su edición de 1958 y 1959 cuyo prólogo contiene gran copia bibliográfica acerca de nuestro humanista, y a la que habría que añadir las nuevas noticias, aportadas en 2007, por Francisco Javier Escobar.
Sin embargo, mayor proyección alcanzaron los trabajos “fundamentales” de Sánchez Escribano, Margit Frenk Alatorre y la relativamente reciente edición (1996) del Recibimiento y Descripción de la Galera Real, a cargo de Manuel Bernal Rodríguez que, sin duda, han contribuido a un mejor y más amplio conocimiento de la obra de Mal Lara, al tiempo que han abierto nuevos cauces de investigación de otros aspectos exteriores al erasmismo, aunque con él relacionados.
El trabajo de Inmaculada Osuna pone al día la anotadísima biografía de Antonio Vilanova y “evita ir más allá de los dos preciosos testimonios que van a continuación”: dos semblanzas de Mal Lara, la primera autobiográfica, que figura en la glosa “A quien Dios quiere bien, en Sevilla le dio de comer”, donde indica que nació en dicha ciudad, en la que estudió gramática griega y latina, siendo su maestro el clérigo Pedro Fernández, y de la que hubo de ausentarse por espacio de diez años, en los que recibió instrucción de parte de doctos maestros en varias Universidades, hasta su regreso a Sevilla donde entonces vivía y enseñaba; la segunda, ampliamente citada por haberse fundamentado sobre ella muchas de las demás, es la que aparece en el Libro de descripción de verdaderos retratos de ilustres y memorables varones, de Francisco Pacheco, editado en 1599.
Continua el capítulo introductorio con el apartado que lleva por título “Poemas de Mal Lara en Flores de Baria Poesía”, cancionero en el que, por desgracia, el óxido de la tinta ha corroído el papel, dificultando, cuando no impidiendo, su lectura.
La profesora Margarita Peña, que preparó la edición de los poemas como sujeto de su tesis doctoral publicada en 1980, señala que el contenido del cartapacio abarca desde los años 1543-1545 hasta1577 (fecha en que fueron compilados) y reúne obras de diversos autores pertenecientes a la generación de Boscán y algunos vates posteriores.
Los sonetos religiosos de Mal Lara, ortodoxos a más no poder, aparecen agrupados en la primera parte y son exclusivos de esta obra, es decir, no se encuentran en ninguna otra fuente manuscrita o impresa, sospechándose que fue Juan de la Cueva quien los recogió en ese ramillete viajero. Se trata tan solo de media docena y cada uno de ellos lleva un epígrafe con su atribución al hispalense. Normalmente suele aludirse a ellos remitiendo a la edición, pero en este caso los editores han considerado que, para facilitar su lectura, era mucho mejor su traslado íntegro. Son los siguientes: “¡Sancto Espíritu, vida de mi vida!”, “Suauíssimo pan que desde el çielo”, “¿Quién me dará ser Phénix en la uida?”, “Al trasponer del Sol diuino estaua”, “Antes que el Sol diuino apareciesse” y “¡Bendito sea el día, el mes, el año,”, o sea, dos oraciones a san Juan Bautista, otras dos a san Juan Evangelista, una al Espíritu Santo y otra más al Sacramento que, en su tiempo, apenas tuvieron difusión y por tanto fueron escasamente conocidos.
Continua con un apartado dedicado a las “Traducciones de los epigramas de Marcial”, composiciones que, contrariamente a lo que sucedió con los sonetos religiosos, alcanzaron notable difusión como demuestra la existencia de dos manuscritos, el primero, de relativa importancia, es el 3708 de la Biblioteca Nacional de Madrid, tardío y facticio -artificial- que reúne papeles de los siglos XVII a XIX de diferentes tamaños, desordenadamente y con foliación moderna a lápiz y, el segundo, que se custodia en la Biblioteca Nacional de Florencia (Marmi VIII, 22), mucho más preparado por el viajero y estudiante italiano Girolamo da Sommaia, autor de la Miscelánea hispánica, según puede verse en Florido, “Pervivencia de Marcial en la Filosofía Vulgar de Juan de Mal Lara” (Alazet, 14, 2002).
Labrador y DiFranco ofrecen, por orden alfabético, los primeros versos de las traducciones de las obras del bilbilitano realizadas por Mal Lara e incluidas en La Philosophía vulgar, con el número del folio de la edición príncipe, así como la relación existente entre los manuscritos de Madrid y Florencia, lo que contribuye a “establecer la fortuna de la obra del humanista hispalense durante el último tercio del siglo XVI y las primeras décadas del siglo XVII”.
Un ejemplo: Casar conmigo quiere Paula, es vieja, 65v (Marcial. Lib. 10, epig. 8. MN 3708, 3v; FN VIII-22, 64).
La Philosophía vulgar en el Nuevo corpus” cierra el prólogo a la obra indicando que, “por razones expositivas, hemos repartido en dos grupos los poemas del humanista, aunque estamos tan conscientes como nuestra admirada amiga Margit Frenk de que “la poética popular se amalgamaba, en muy diferentes maneras, con la culta”, y como ha concluido Vilanova: “Ningún refranero -ni antes ni después de Mal Lara- ha penetrado así en la intimidad de nuestros refranes, poniendo de relieve el valor actual y humano que el Renacimiento veía en estas expresiones”.
Margit Frenk, precisamente, ha documentado gran cantidad de las cancioncillas y coplas refranescas que Mal Lara había incluido en La Philosophía vulgar, añadiendo fuentes y procurando concordancias y correspondencias. Dada su utilidad cara a venideros estudios los editores han querido ofrecer, por orden alfabético, los primeros versos de las cancioncillas, seguidos del folio en que se encuentran en la edición príncipe y el número de entrada en el Nuevo corpus (nota 21 que falta a pie de página), por ejemplo, “Buena pascua dé Dios a Pedro, / que nunca me dijo malo ni bueno”, 8v, (Nuevo corpus, núm. 1829 A y B), donde además aportan -en este caso- un contrahecho a lo divino de esta canción que se encuentra en LN Cod. 3072, 80v, “Ya está vencido el perro moreno / que siempre me dijo / ni malo ni bueno” (Cancionero sevillano de Lisboa, Sevilla, 2003, núm. 99).
A modo de conclusión y recordando a Juan Bautista de Avalle-Arce, Labrador y DiFranco repiten con él: “Cada uno de nosotros sabemos poco, pero entre todos estamos llegando a conocer bien el Siglo de Oro”, quedando a la espera de que el lector de La Philosophía vulgar en el presente siglo, tenga la necesidad de bucear en el resto de sus obras y continuar los escasos aunque bien encaminados estudios que acerca de la misma  existen.