sábado, 31 de diciembre de 2016

Antología poética de los mares de España


Juan Pablo Mañueco es uno de los autores más prolíficos de cuantos desarrollan su labor creativa en la provincia de Guadalajara y, posiblemente, de la mayor parte de España. El libro que comentamos, España, mareas de tus tres mares, es una buena muestra de ello, ya que junto a la poesía tradicional, de factura siempre correcta, suele incluir algunas otras creaciones propias como las denominadas “sonetinas” y “victoriolas”.
La obra, como indica su título parlante es, fundamentalmente, un recorrido surgido para navegantes por las costas de España y Portugal, que consta nada menos que de cien poemas de diversa extensión. Y decimos fundamentalmente porque, como ya hizo en alguna otra ocasión anterior, incluye una novela y una obra teatral a modo de complemento.
El autor contempla a través de este libro las costas de España, con sus playas y sus acantilados, las ciudades que desde el barco se vislumbran, diminutas, en lontananza, los cielos infinitamente azules y los soles brillantes y enceguecedores, la pesca y todo ese mundo que rodea al mar con sus bellezas y sus temores.
El relato poético comienza cruzando el Bidasoa por Hendaya, para penetrar en tierras guipuzcoanas y seguir la ruta del Cantábrico, el mar rudo y bravo, doblar la costa gallega y adentrarse en la Mar Océana, ese Atlántico que tanto tuvo que ver en la conquista de América, hasta llegar al punto donde Lusitania y Hispania se separan de nuevo, penetrando por el Estrecho de Gibraltar -las antiguas Columnas de Hércules- seguir la costa mediterránea andaluza y subir hasta Cataluña. Pero el mérito del libro o, mejor dicho, su singularidad, consiste en que dicho recorrido de cabotaje se hace con el grato acompañamiento de los poetas que dio cada una de las zonas que surca el bajel, uno o varios de sus poetas más representativos.
Así, Xavier de Lizardi, Unamuno y Blas de Otero acompañan al marinero por las costas vascongadas; Gerardo Diego lo hace en Cantabria, esa tierra en la que se dan la mano el mar y la tierra castellana, pues no en vano fue el “puerto de Castilla”; Asturias, que cuyo recorrido se lleva a cabo de la mano de Ramón de Campoamor; en la nebulosa Galicia resuenan las voces del cascarrabias Ramón María del Valle-Inclán y la más antigua y melodiosa, amatoria, del juglar Martín Codax, para entrar en aguas portuguesas con el pensamiento y la obra de Fernando Pessoa y Luis de Camoens, el autor de Os Lusiadas, y, finalmente, ya en la Andalucía atlántica, invitar a subir al barco a Rafael Alberti para seguir hacia la oriental con Federico García Lorca, el Federico por antonomasia, que sirve de introductor.
Carmen Conde navega por las aguas de Murcia y Miguel Hernández y Ausiàs March por las de Valencia, para concluir en la Cataluña de Joan Maragall, Pere Gimferrer, Joan Manuel Serrat y Salvador Espriu, aunque todavía quede una cala final -en el puerto de Colliure-, en tierras y aguas galas, donde Antonio Machado y Gerardo Diego, de nuevo Gerardo, depararán una grata sorpresa al lector.
Mañueco señala sus poemas favoritos, de entre los que destacan: “De Ea a Plencia, con Blas de Otero” (nº. 10):
No contesta Dios las preces de Otero,
ni en Mundaca ni en Ea ni en Bermeo,
a Dios tan mudo y callado lo veo
como Blas es de Dios su pordiosero.

Casi todos los poemas referentes a Cantabria, las sonetinas gallegas y algunas composiciones portuguesas en las que interviene Pessoa y Camoens.
Sigue más con las “Seguidillas de Castilla para Sevilla” (nº. 61) -donde añade el relato narrativo “Una historia del siglo XIII”, referente a la Virgen de las Batallas, cuyas leyendas ya fueron tratadas anteriormente en otro libro.
Ha salido hacia Sevilla
una armada castellana.
El oleaje se humilla
y se humilla la mañana
al ver la flota que brilla
sobre la mar soberana.

Sin embargo es en “Elegía a Miguel Hernández, cuyos ojos al morir no pudieron cerrarse” (nº. 72), donde Mañueco deja huella de su saber hacer:
Yo quiero ser cantando
el aprendiz de tu pericia en lunas
y en rayos que, incesando,
trocan las horas brunas
en luz y llama que en el verso aúnas.
(Los primeros libros).

Torna abril entre flores
a pajarear hojas de tu higuera,
cada vez que enamores
a un lector que volviera
a tus hojas de libro; y las leyera.
(Los siguientes libros).
                                               Tu clara vista abierta
de humanal vida sigue enamorada;
aún mira despierta,
en rehúso a la nada,
siente más el latido que la helada.
(Tus ojos abiertos).

El arrullo, en tu trino,
mece hoy a enamorados labradores.
Viaja, igual, al destino
de las gustosas flores
que de Humanidad forja sus valores.
(Tu nombre eterno).

donde nuestro autor “ha volcado todo su afecto por el poeta oriolano” y quizás el mejor poema del libro, del mismo modo que la que dedica a Ausiàs March.
También las obras que ofrece a los poetas catalanes Maragall y Espriu y, finalmente, la composición nº. 105, es decir el “Final de viaje en Colliure”, donde la sorpresa anteriormente anunciada se hace realidad a través de un diálogo entre Machado y Diego y que dio origen a la obra de teatro, ya comentada, “Con Machado, esperando a Prometeo”.
Hay además otro regalo; una añadidura consistente en un “Soneto en siete lenguas”, merecedor, según el autor, de ser leído con cierto detenimiento.
En realidad ninguna de las obras de Mañueco, ninguno de sus quehaceres queda aislado, solo, flotante en el silencio de la obra de arte que todavía no se conoce, porque se trata de una obra sabia y debidamente estructurada, por eso los escritos de Mañueco son como los racimos de cerezas, que tirando de una, sale el resto, como si de una especie de collar de bellezas naturales se tratase. Por eso también, esta obra podría ser incluida dentro de una ¿trilogía? conformada por “La Virgen de las Batallas” y “Con Machado, esperando a Prometeo”, como ya hemos tenido oportunidad de analizar antes.
Además, el autor quiere dejar constancia de la importancia y el interés de sus creaciones literarias, de sus nuevas composiciones, de la “sonetina”, como soneto de arte menor con un estribillo entre cada grupo de versos; la “octava ola” o “copla alcarreña”, consistente en dos redondillas con rima alterna en oleaje; el “septeto doble”, de dieciséis versos divididos en cuatro cuartetos con rima alterna en oleaje, que son dos grupos de septetos con rima independiente, aunque una de las rimas suela coincidir en dos versos con cada septeto, y hasta la llamada “décima santanderina”, que consta de dos redondillas que acaban en pareado.
Todo esto, “este conjunto de innovaciones”, es lo que Mañueco conoce desde hace algún tiempo como “realismo simbólico”, una poética versificada que concluye los contenidos de este libro. Un libro bello en contenidos, sabiamente escrito, atrayente para el enamorado de la poesía, especialmente cuando su autor escribe con las plumas del alma y deja su huella amatoria entre los rincones de una sencilla hoja de papel que fue blanca en su principio, a pesar de sus ciertas reticencias hacia Gabriel Celaya, al pasar por Orio, que tanto se metió con las gentes sorianas de Covaleda y Vinuesa, a las que tanto degradó, o a la “llorona” Rosalía de Castro, una de las mayores muestras de odio anticastellano de toda la historia, al pasar por la ría de Arosa, y a Rafael Alberti en Puerto de Santa María y, sobre todo a su “Castilla no ha visto el mar” (“porque resulta que le pasa frente a sus narices la Marina de Guerra de Castilla para ir a conquistar por mar Sevilla”).
En definitiva, nada mejor que citar las propias palabras del autor respecto a su libro -“Sí, es un libro del que me encuentro satisfecho”-, para llegar a la conclusión de que España, mareas de tus tres mares sea, tal vez, el mejor libro de Juan Pablo Mañueco, aunque él tenga sus dudas.


José Ramón López de los Mozos

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