sábado, 9 de julio de 2016

Una de periodistas y aventuras

MARTÍNEZ DE MIGUEL, Iván, Los misterios de Río Dulce, Guadalajara, Aache Eds. (Col. Letras Mayúsculas, 41), 2016, 216 pp. [ISBN: 978-84-15537-96-0].

Esta es la primera novela, aunque en realidad se trate de la segunda (puesto que la primera duerme manuscrita en el fondo de algún cajón), que escribe Iván Martínez, y que da a las prensas. Podríamos decir, en principio, que se trata de una novela de “misterio” que se aparta de los modelos al uso, dado que, según indica su autor en alguna parte, para él las auténticas novelas de misterio son las de Agatha Christie, en las que no se descubre al asesino hasta casi el final. Aunque en esta no hay asesinato alguno.

El hecho real es que la naturaleza cambiante y agreste y el hombre mediante su agresividad y violencia, comparten un mismo espacio vital, en el que una, la naturaleza, sería imposible sin la otra, la agresividad.

Y sí, claro que sí, hay misterio, pero al mismo tiempo hay materia geológica y formas de pensar que se pueden vislumbrar tan solo a través de la forma de mirar, que no de ver. Esa sería parte de la actuación psicológica que caracteriza algunos personajes, el alcalde, el director del periódico local, cuyos recelos deben salvar los protagonistas de la novela, Oliver y Elías, desde el mismo momento en que llegan al pueblo, con el fin de realizar una serie de investigaciones necesarias para escribir reportaje, encargado por el director del periódico donde trabajan, acerca los sucesos que vienen sucediéndose ¿desde antiguo? en Río Dulce: tejas que se rompen, tejados que se derrumban, grietas que recorren las paredes de las casas del suelo al techo, canalones que revientan y hasta pequeños movimientos sísmicos.

Calamidades que ambos periodistas van desentrañando poco a poco, como “por entregas” y, donde la forma de ver las cosas, desde un punto de vista meramente periodístico, y la propia reacción humana ante ellas (comprender la debilidad humana y por lo tanto sus faltas, que posiblemente tuvieron origen en el pasado y quedaron latentes, como a la espera de que alguien las desvelase y diese a conocer), parecen complementarse, aunque prevalezca la segunda. Manifestaciones, las dos, que son precisamente las que dan valor a la trama de la novela.

Es, al tiempo, una novela hasta cierto punto basada en hechos reales, vividos por su propio autor, por lo que tiene mucho de autobiográfica. Las descripciones que su autor hace de algunas cosas, de sucesos y pensamientos, es evidente que no son un producto directo de la creación de Iván; se nota que son elementos introducidos en la trama argumental de la obra y que se han vivido directamente, en primera persona, de modo que si los comparásemos con algún que otro elemento de los que aparecen a su lado, estos últimos se verían distorsionados, puesto que no se aprecia en ellos la misma agilidad narrativa que en los anteriormente citados.

Algo así queda también a la vista en el conjunto de la obra. Pareciera como si tanto el principio, como el final de la misma, fuesen conocidos de antemano, quizás a través de algunos apuntes y notas posteriormente retomados y que, el grueso de la novela, el tema principal y su hilo conductor, siguiesen ese esquema originariamente trazado, al que se le han añadido otras “historias”, dos o tres, con el fin de darle cuerpo a la obra.

El lugar elegido por Iván Martínez para situar la trama argumental de su novela es un pueblo castellano cualquiera, de esos que ha ido cambiando paulatinamente con el paso del tiempo, para irse adaptando, o casi, al momento actual, como puede apreciarse a través de sus principales personajes, cuyas vidas no pasan de ser las meramente cotidianas en este tipo de pueblos, aunque en esta ocasión se haya elegido para él el apelativo de Río Dulce, por aquello se tratarse de un río ampliamente conocido, situado en las proximidades de Sigüenza, donde podrían haber sucedido perfectamente los hechos que en él se narran y que, en parte, nos recuerdan a los también sufridos no hace muchos años en Paredes de Sigüenza, pueblo que se puede visitar, es decir, que no es ficticio, situado en la misma zona seguntina, como aclara su “apellido”.

Por lo demás, creemos que, para tratarse de una novela primeriza, está en general bien trazada y contiene algunos elementos bien desarrollados gracias al empleo de la imaginación, que no falta, con la que el lector disfrutará y, sin quererlo en muchas ocasiones, se pondrá en lugar del protagonista principal y pensará qué podría haber hecho él en un momento similar o cómo hubiese reaccionado.

José Ramón López de los Mozos 


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