sábado, 14 de mayo de 2016

Un vistazo al pasado. Rienda

FRANCISCO CHICHARRO, María del Rosario de, Rienda. Historias y Tradiciones, Guadalajara, Aache Ediciones (col. Tierra de Guadalajara, 98), 2016, 177 pp. (I.S.B.N.: 978-84-92886-86-9).

María del Rosario de Francisco lleva su pueblo en el alma y en el pensamiento y por eso ha escrito este libro, sencillo y cargado de recuerdos y viejas nostalgias.
Un libro con el que quiere dejar constancia, cara a quienes deseen o necesiten leerlo en el futuro, de la forma de ser y de vivir de un pueblo, casi escondido y peor comunicado, -por lo que generalmente no figura en los mapas de carreteras-, actualmente agregado a Paredes de Sigüenza y ya casi deshabitado -ya que nunca pasó de los treinta vecinos (suponemos que “almas”) y, que a partir de los años sesenta siempre ha ido decayendo- , próximo a los confines de Guadalajara, lindando ya con la provincia de Soria a través de los Altos de Barahona y las estribaciones de Sierra Ministra, a una altura sobre el nivel del mar de 1.015 metros -por lo que las condiciones climáticas tampoco es que le hayan sido muy favorables, históricamente hablando-.
Un pueblo cuyos posibles orígenes se remonten a la Reconquista, pasando a pertenecer en primer lugar a la Villa de Atienza y después formar parte de las tierras del Ducado de Medinaceli, del que se independizó a mediados del siglo XIX.
Por todo lo anterior, María del Rosario de Francisco ha querido recoger, como así ha venido haciendo a lo largo de su vida, todas las vivencias que recuerda, contando para ello con la ayuda de las personas mayores del pueblo, algunas centenarias, para que no se pierdan, para que “queden registrados cosas, tareas, costumbres y tradiciones, que debido al avance de la técnica y al paso del tiempo se están olvidando”, manifestaciones, casi todas, similares si no iguales a las de otros pueblos netamente castellanos, recogidas con anterioridad en diversos libros y publicaciones.
Pero una cosa, señala, es ¡cómo se vivía el pueblo! y otra, quizá diferente, aunque complementaria, ¡cómo se sentía! Ese es al fin el testimonio que la autora del libro nos quiere transmitir.
Y para conocer su pueblo, Rienda, nada mejor que comenzar recorriendo, ruando sus calles, que sólo son cuatro, a cuyos lados se construyeron casas de caliza y arenisca que suelen constar de dos plantas y cámara, cubiertas con techumbre de teja árabe roja y vertiente a dos aguas.
El edificio más importante es, como suele suceder en el resto de los pueblos, la iglesia parroquial de Santa  Marta. Su arquitectura contiene elementos románicos junto a otros datados en los siglos XVII y XVIII, correspondientes a posteriores ampliaciones. Su ábside es de planta cuadrada y, coronando sus muros, pueden verse modillones decorados geométricamente, canecillos, figuras antropomorfas y un friso decorado con elementos vegetales y que remata una espadaña del siglo XVII, con dos vanos y campanil. También son importantes, especialmente como centros de actividad social, la escuela, el ayuntamiento, el horno, los lavaderos, la fragua y la taberna.
Algo alejada del pueblo está la ermita de San Blas y San Marcos que, a no mucho tardar se convertirá en un montón de ruinas amorfas, aunque todavía es posible ver en ella sus arcos adovelados.
También pueden verse las ruinas de sus salinas, de las que, hasta hace pocos años, se abastecían varios pueblos de la zona.
Datos parecidos y complementarios de los anteriores son los que figuran en la certificación de un tal Juan de Nicolás, en la que puede leerse lo siguiente:
“Certifico no haber tenido otro nombre este lugar, que el de Rienda, intendencia de Guadalajara y señorío del conde de Paredes, consta de dieciocho vecinos y sesenta personas de comunión [3,33 almas por vecino, casa o fuego], hay una fundación pía para huérfanas, pobres, hay maestro para niños, una iglesia parroquial y una ermita, sujeta en todo al Ilustrísimo Señor de Sigüenza, sin confinar con otro obispado. Es cuanto puedo informar de lo prevenido de V. S. I. y para que conste lo firmo en Rienda a dieciséis de octubre de mil setecientos ochenta y nueve”,
posiblemente correspondientes a alguno de los “catastros”, tan frecuentes en estos años del XVIII.
Aunque cosa parecida puede leerse también en el conocido Diccionario Geográfico, Histórico y Estadístico de España y posesiones de ultramar de P. Madoz, de 1834:
“Lugar agregado al municipio de Paredes, en la provincia de Guadalajara, partido judicial de Atienza, audiencia de Sigüenza, de cuyos puntos dista respectivamente 16, 2 y 4 leguas [calcúlese leguas de 5 Km.]. Se halla situado en llano, gozando de buena ventilación y teniendo unos treinta vecinos. Iglesia rural y una escuela dotada con 157 pesetas, casa y retribuciones. Confina el término con los de Riba de Santiuste, Paredes y Valdelcubo, donde asiste con Paredes, Sienes, Tobes y La Riba de Santiuste”.
Después, entre sus páginas, pueden leerse aspectos tan variados como los modos de vida, usos y costumbres, las faenas agrícolas y los cotidianos quehaceres a lo largo del año, aunque su índice debería haberse dividido en varios apartados homogáneos en su contenido: quizás primeramente los medios y modos de vida (las casas y su mobiliario, el ayuntamiento o Casa del Concejo (“la Casevilla” de otros lugares), la iglesia (el sacerdote, el sacristán y la visita domiciliaria, los nacimientos y bautizos, comuniones, bodas y entierros y sepulturas), la escuela, las salinas y la taberna, así como el médico y los remedios medicinales, el veterinario y el herrero, el barbero, el lucero (o electricista) y los cacharreros, -que solían ir desde Tajueco (Soria) y exponían sus producciones en la plaza: platos, mediasfuentes, cacerolas, pucheros, coberteras, tazas, botijos, tinajas, ollas, cántaros y cazos, que transportaba en una angueras, entre paja, para evitar su rotura-, y finalizar con los componedores o lañadores.
Después podrían recordarse los medios de transporte, el coche del Burgo, que muchas veces se empleaba para realizar algunas compras especiales.
Seguirían los juegos de niños, acertijos y juguetes, hasta llegar a la mocedad, en que podría incluirse a los quintos y el tradicional “pago de la cuartilla” por parte del mozo que emparejaba con una lugareña (pago que solía hacerse en vino, licores y tabaco, con que debía “invitar” al resto de los mozos; lo que en otros lugares se conocía como “pagar la patente”), para posteriormente incluir aspectos propios del hombre como la molienda, sus diversiones y el uso del tabaco, (ya que el mozo podía fumar con permiso paterno tras haber cumplido el Servicio Militar), puesto que ya se había convertido en todo un hombre.
Finalizaríamos, tal vez, con las tareas de las mujeres: amasar el pan, fregar los cacharros, elaborar jabón y lavar la ropa, planchar, cuidar de los animales, la limpieza y aseo de la casa y el cuidado de la lana (deshacer los vellones, escaldarlos para quitarles las impurezas, lavarla en el lavadero, “esmotarla” y, según el uso que se le fuese a dar, ahuecarla, si se iba a destinar al relleno de colchones, o hilarla esponjándola con las “cardas” y enrollándola en la rueca. También tenía gran importancia el reciclado de todo tipo de materias, desde vestidos a la grasa, la ceniza, etc.
Sin olvidarnos del tiempo y de los pobres.
María del Rosario de Francisco incluye también algunos elementos paleontológicos y arqueológicos, como las huellas de dinosaurios (ignitas de Rauisuquios del triásico, antepasados de los actuales cocodrilos) que aparecieron en el paraje denominado los Castillejos, insculturas, cuevas, la piedra jaraíz y la calzada romana, amén de otros restos (lascas de sílex, puntas de flecha, y “piedras de rayo”) y la memoria del despoblado de Rienda Atada que, según la tradición, se encontraba muy próximo a la ermita de San Blas y San Marcos (el nombre del actual Rienda era Rienda Suelta); por eso en lugar de sacar en procesión a la Virgen del Rosario, que es la que se venera, sacan a la de los Remedios que, según dicen, procede de Rienda Atada, en cuya ermita vivía un santero que cuidaba de ella (existe el paraje, también cercano, conocido por “La Cruz del Santero”. Algo que, señala María del Rosario, habría que investigar con mayor detenimiento.
En fin, un  libro en el aparece constantemente la sencillez y la claridad existente en las relaciones humanas de las gentes de Rienda, los gustos y preocupaciones de sus habitantes, y muchos aspectos más acerca de su forma de enfrentarse a la vida dentro los escuetos límites del lugar.

José Ramón López de los Mozos

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