lunes, 6 de febrero de 2012

Sorpresa en Arbancón


Antonio Herrera Casado / 6 febrero 2012
El sábado 4 de febrero de 2012 se ha presentado en el Salón de Actos del Ayuntamiento de Arbancón (Guadalajara) un libro que explica la historia de la villa. Un libro con el que hace un año ganó el Premio de Investigación Histórica “Provincia de Guadalajara” el profesor Mario Ballestero Jadraque. Lleva por título, como no podía ser de otra manera, “Arbancón y su legado” y en él se ofrece como en panorámica visión de veinte siglos, el devenir pretérito de este lugar de la preserranía guadalajareña.
En la cubierta del libro –que ha editado la Excmª Diputación Provincial con un estupendo aspecto y una calidad técnica sin tacha- aparece un rincón del pueblo y unos personajes a los que me atrevo a dar nombres: sentado en su sillón está don Joseph Hidalgo Gutiérrez, y a llevarle conversación se acercan, respetuosos, Ramón Mariano Martínez, y Catalina Montero, sus amigos.
Es un lunes, 30 de octubre de 1752, y en ese día se empieza a anotar, por parte de escribanos y alcaldes, de regidores y procuradores, el total de bienes que tienen y frutos que obtienen los habitantes del lugar. Van a cumplimentar una orden que ha emitido, va ya para dos años, el gobierno de Su Majestad, y que promovida por su secretario o ministro de Hacienda, don Zenón de Somodevilla y Bengoechea, marqués de la Ensenada, pretende analizar los bienes y frutos de todos y cada uno de los españoles, para que coticen impuestos en equidad con sus ingresos, y hacer así un Estado fuerte, desde el que se administren esos dineros allegados por real Orden, y con ellos llenar el país de obras públicas y beneficiar a todos por igual. Es el resultado de la política de la Ilustración, momento en el que España, aún dentro del Antiguo Régimen, da un primer paso para igualarse a la Europa ilustrada y en progreso.


Una minuciosa crónica

El libro de Mario Ballestero es exquisito en su forma y denso y sabio en su contenido. Es una crónica del pueblo fechada a mitad del siglo XVIII y fundamentada en los datos que ese “Catastro del Marqués de la Ensenada” que aún se conserva, manuscrito, en el Archivo Histórico Provincial, y hoy ya entero en Internet, nos proporciona acerca de quienes eran sus vecinos, qué edades tenían, qué posesiones, cuantas casas, heras, huertas y arrenes, y cuantos reales les producían al año, en sus productos o en los que su quehacer manual les reportaban. Había zapateros, mesoneros, horneros, taberneros, muchos tejedores de lienzos, carreteros, panaderos… Había, sobre todo, agricultores, labradores y vinateros. Un escribano, por supuesto, y un cirujano sangrador. Y algún que otro hidalgo, más un par de docenas de viudas, y sólo un pobre de solemnidad. Que se supone cuidaban como oro en paño, para hacer buena la máxima evangélica de que “siempre tendréis pobres entre vosotros…” Una sociedad perfecta, en la que casi todo el mundo trabajaba y tenía para vivir, en la que era incomprensible que detrás de su nombre nadie pusiera (entre otras cosas, porque no sabían escribir) “en paro”.
La tarea del profesor de ciencias físicas Mario Ballestero, que es hombre de altos saberes astronómicos, ha sido larga y fructífera. Ha sido capaz de anotar todo cuanto en el Catastro se dice de personas, de oficios, de rentas y productos. Lo ha puesto en orden y ha llegado a conclusiones evidentes en cuanto a las formas de vida, las capacidades de pervivencia, entretenimiento y expectativas de las gentes de Arbancón en el siglo XVIII. Pero ha sido capaz, incluso, de estructurar un gran plano de la villa señalando las casas que había, a quien pertenecía cada una, las relaciones familiares entre unos y otros, los altos y los bajos, los ricos y los pobres, y nos premia al final con su libro en el que todo eso, que viene en listado meticuloso, es explicado con la gracia de una comedia de costumbres, con la viveza de un caleidoscopio en el que no falta nadie.

La Real Sociedad Económica de Amigos del País de Arbancón

Otro de los méritos de este libro que se ha presentado en Arbancón, es la puesta en claro de una institución –entre científica y económica, entre social y benéfica- que existió en la villa en el siglo XVIII, y que traducía en forma cívica la esencia filosófica de la Ilustración española. Casi todas las provincias de la nación fundaron estas sociedades, las “Económicas de Amigos del País”. En el vasco sobre todo fueron numerosísimas, y en nuestra tierra las hubo, en Guadalajara y Sigüenza, concretamente. Dependían generalmente de algún intelectual, normalmente adinerado, hidalgo, propietario, con recursos, que propiciaba reuniones y alentaba mejoras en la industria, en la agricultura y ganadería de la zona.
Lo verdaderamente interesante es que en Arbancón se creó, en 1783, una de estas Sociedades, exclusivamente al servicio del pueblo y sus habitantes. Fue don José Hidalgo Gutiérrez quien tal cosa movió, y mantuvo durante años viva. En lo que más se entretuvo fue en experimentar con la producción de vino en su municipio, en años en que el viñedo era abundante y estaba sano, en que hacía frío en invierno y calor en verano, como Dios manda –y no como ahora, que andan los tiempos tan revueltos…-. De todo ello se ocupa ampliamente Mario Ballestero, y nos da una historia de esta institución, tan curiosa y modélica, analizando los paseos y decisiones que su creador, y mantenedor, don José Hidalgo, dio por Arbancón, Cogolludo, Guadalajara y Madrid con el objeto de darla vida, y dársela a los vecinos de su pueblo.
El nombre oficial de la institución fue este: “Sociedad Económica de Amigos de la Patria de Arbancón”, y sus objetivos y fines principales los siguientes (copio del libro de Ballestero):
  • Educar a las niñas y mujeres pobres e instruir al vecindario en general.
  • Investigar los medios más eficaces para plantar, criar y conservar árboles en número superior al existente.
  • Tomar bajo la protección de la Sociedad, la labranza y la escuela de hilar lana para las Reales Fábricas.
  • Conceder premios que sirvan de acicate a los oficios que cada cual esté desarrollando..

A su constitución, figuró como Director el licenciado don José Tomás Zarzalejo, cura párroco de Arbancón, actuando de secretario don Manuel Bacas, alcalde de la villa, y Tesorero quien realmente fue promotor del invento, don José Hidalgo Gutiérrez. Es esta junto con la de Toledo, la primera Sociedad Económica que solicitó el Estado la creación de una Escuela donde se impartieran las enseñanzas de hilado para instruir sobre todo a las jóvenes y niñas en el arte de la hilanza, con el que luego pudieran subsistir y preparar tejidos que adquirirían las Reales Fábricas de Guadalajara, Brihuega, etc…. En definitiva, y por no entrar en los detalles que Ballestero da multiplicados en su libro, esta situación hace que Arbancón fuera decididamente un municipio puntero en el desarrollo de la teoría político-económica de la Ilustración hispana. No cansa leerlo, aprenderlo, asimilarlo.

Orígenes, historias, patrimonio

No menos importante que lo anterior es el repaso que el autor da en este libro ejemplar a la historia primitiva de Arbancón, y a la medieval, y a la moderna. Quizás pasa de puntillas por ella, porque quedan pocos datos, y se centra en la época barroca que es de la que quedan documentos numerosos e importantes. Pero todo ese devenir antiguo, ordenado y clasificado, nos lo sitúa en sus justos términos.
Lo mismo que la relación del patrimonio, (edificios, fuentes, la iglesia, las ermitas, las casonas hidalgas, los desaparecidos elementos de la comunidad como la picota, los hornos, etc.) insistiendo en las parcelas que más destacan hoy en una visita al pueblo. Sobre todo la iglesia, aunque de arquitectura clásica y grandiosa, con su centro neurálgico en el retablo mayor, joya del barroco castellano gracias a las pinturas de Matías Ximeno.
No olvida, en fin, Mario Ballestero analizar esa fiesta que en estos días se celebra, y que es clave en su discurrir temporal, esencia de su diversión, misterio de sus ancestros: la botarga, la Larga, la Cascabelera… en el entorno de la Fiesta de las Candelas, el fin del invierno, el renacer de la naturaleza en una primavera que solamente los animales, y las plantas, adivinan ya.
Es este un libro tan grande, tan denso, y tan apetitoso, que ya invito a mis lectores a que, en cuanto tengan oportunidad, lo asalten y lean, lo aprovechen y recuerden. Una gran obra que gracias a Mario Ballestero, que la ha escrito, y a la Excmª Diputación Provincial de Guadalajara, que la ha premiado y editado, tenemos entre las manos. Esto es cultura local, saber del bueno. Lo que hay que mantener a toda costa.

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