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sábado, 7 de marzo de 2026

55 Olmos históricos de Guadalajara



Gracias a un libro que acaba de llegar a mis manos me he podido enterar, ¡por fin! de la diferencia que hay entre olmos y olmas. Hay una sola especie, a la que los científicos llaman “ulmus minor” que pertenece al orden de los Rosales, y que es la más extendida por la Península Ibérica. Se trata de un vegetal arbóreo, que suele crecer en cualquier terreno, que puede alcanzar una vida de varios siglos, y que plenamente desarrollado llega a tener un tronco (rugoso siempre) que da varios metros de circunferencia y hasta 40 metros, o más, de altura. Todos son hermafroditas por lo que no se distingue sexo entre ellos. Así es que la denominación, que en nuestra tierra se les da, de olmos y olmas, proviene tan sólo de la apreciación popular de que algunos tienen una tendencia a alzar sus ramas en forma picuda (y a esos los hacen varones) y otros se orondan más, tienen una silueta más compacta y redondeada (y a ellos los hacen hembras). Como todos los que han existido en nuestra tierra han visto pasar por su sombra a varias generaciones humanas, el apelativo de olmo o de olma con que se les ha señalado vino a quedar muy enraizado en cada pueblo. Era olmo el de Valfermoso de las Monjas, del que pongo aquí junto una foto que hice hacia 1975, alto y espigado, que superaba en altura a la iglesia del pueblo. Y era olma la que llenaba como una bola verde en verano la plaza mayor de Pareja. Uno de los pocos árboles de esta especie al que le cupo el honor de entrar en las páginas de una obra literaria de mérito y recuerdo: en el “Viaje a la Alcarria” que escribió en 1946 el premio Nobel Camilo José Cela, se decía que “La plaza es amplia y cuadrada, y en el centro tiene una fuente de varios caños, con un pilón alrededor, y un olmo añoso -olma le llaman, porque es redondo-, copudo, matriarcal, un olmo tan viejo, quizás, como la piedra más vieja del pueblo. Una fuente en la plaza y una olma vieja…” Así es que entre la gran olma de Yela que casi tapaba, en sus mejores momentos, a la iglesia del lugar, y el olmo de Mandayona que amparaba entera a la plaza, los ojos se nos han ido poniendo en sus redondos y oscuros perfiles, de los que, a lo largo de los últimos 50 años (y yo he podido verlo en todos ellos) se han ido perdiendo sus líneas, sus hojas, y sus presencias ancestrales. Prácticamente todos han perecido en el último medio siglo víctimas de la grafiosis, una enfermedad producida por un hongo al que ha ido inyectando en sus entrañas un escarabajo transmisor y ante lo que no ha habido más remedio que talar, y buscar nuevas especies que sustituyan a los viejos árboles, como el ulmus pumila y otros que el Ministerio de Agricultura está proporcionando, clonados de los antiguos, y hechos por magia de la moderna ciencia de la genética indestructibles (pero que tardarán años, si no siglos) en volver a ser umbrosos y amables.

 

A los olmos se deben muchos paisajes, y también muchas denominaciones. Hay quien lleva Olmo por apellido, y otros más solemnes, lo llevan de Olmeda. En los pueblos había un olmo presidiendo la plaza, pero también recónditos lugares donde solo cantaban los pájaros porque allí vivían felices, y eran las olmedas. El árbol cuyo apelativo científico es Ulmus minor ha sido un referente en el paisaje urbano de los pueblos de Guadalajara durante siglos. Acaba de aparecer un libro, elaborado y editado por el equipo que forma la Asociación Micorriza (de Molina de Aragón) que titulan “55 olmos históricos de la provincia de Guadalajara” y en el que aparte de alguna mínima colaboración que he aportado, –en forma de recuerdos, evidencias y fotografías– surgen cientos de fotografías, noticias y recuerdos que componen un valioso testimonio de la rotunda marca con que la Naturaleza se ha hecho sentir y querer en nuestras comunidades humanas. El libro destila cariño hacia los árboles y pulcritud en los datos. Y ayuda a evocar aquellos enormes ejemplares de olmos que dieron vida a los pueblos. De todos ellos (por eso los denominan “históricos” en el título) solo queda el recuerdo, pues han muerto atacados de la grafiosis, y han sido talados y eliminados. De algunos, muy pocos, a los que denominan “fantasmas”, queda todavía el esqueleto, la masa compacta de su madera renegrida y muerta, todavía en pie.

Uno de estos es al que llamamos “La olma de Bejanque” y que muchos hemos conocido verde y amable en la plaza que se extiende a los pies de la colina del fuerte/monasterio de San Francisco, en la capital. Tan grande era, y su presencia cargaba de significado el lugar donde estaba, que la plaza recibió el nombre de “La Olma” por antonomasia. Y así aparece en los viejos planos que subrayan la topografía de la ciudad antigua. José Antonio Suarez de Puga, nuestro gran poeta universal, le dedicó un poema que dice así, entre otras cosas: “¡Oh disecado vegetal caído! / el largo sueño de tu ser cansado / cómo se desmelena en los tejados / de Bejanque tu pelo encanecido”. Hoy es un monolito denso de madera limpia y ocupado del rumor que produce la nada al ascender por sus cegados vasos. Un armazón metálico sujeta hoy el resto frío de aquella olma que parecía tener savia de antiguos y sabios cantares.

Otros enormes árboles de la especia ulmus minor recuerdan los autores en este libro. Con fotografías, con descripciones de sus vecinos, con la mención que en sus crónicas hacía José Serrano Belinchón en estas páginas de la Nueva Alcarria al escribir sus fantásticos reportajes de “Plaza Mayor”. Por ejemplo, el de la plaza de España en Atienza, junto al que pasaron tantas veces los hermanos cofrades de La Caballada; el buen olmo de la plaza de Chillarón del Rey, de quien sabemos hasta cómo se llamaba el aldeano que lo plantó: era Benito Poveda, y debió hacerlo a comienzos del siglo XIX; en Taravilla hubo una enorme olma que atascaba el paso delante de la iglesia. Una foto le hice que me ha servido para crear ahora esta especie de sello virtual que acompaña estas líneas. Y quizás el más añorado, por lo que significaba, fue el “Olmo del Portalejo” en Valverde de los Arroyos, puesto delante de la puerta de la iglesia, donde se juntaba la gente a escuchar y ver las danzas y comedias de la Octava del Corpus. Cuando en los años cincuenta del pasado siglo llegaron por primera vez los coches a Valverde, hubo que cortarle para que pudiera pasar la gente, no había otra: quizás es de los pocos casos que un olmo cayó ante el avance de la “civilización” automovilística. Aunque en general ha sido la grafiosis, un simple hongo microscópico, el que ha arrasado la población de olmos en nuestra tierra, y de ellos, ahora, solo puede hablarse en pasado, con nostalgia, con resignación incluso, pero con la esperanza de que –quizás dentro de un siglo– otra vez los olmos y las olmas levanten sus copas gigantescas sobre las plazas de nuestros pueblos.

Hay que agradecer al grupo formado por Rafael Marco Lope, Osssian de Leyva Briongos, Rodrigo García Vegas, Iván Maldonado García y Javier Aragoncillo del Río, coautores del libro, más el profesor Luis Gil Sánchez, quien aporta su saber científico, y David León Carbonero, del MITECO, por su contribución esperanzadora, que juntos al apoyo económico de la Fundación Oxígeno, el Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico, además de la Excelentísima Diputación Provincial de Guadalajara, han hecho posible este libro magnífico que da gusto tener en las manos y dejar que sobre sus páginas se pasee la mirada de los lectores interesados –de verdad– en el futuro de nuestro planeta.

miércoles, 3 de febrero de 2010

Un manual de geobotánica castellano-manchega




Naturaleza de puertas abiertas

No hace todavía un mes que se presentó en nuestra ciudad, (13 enero 2010) por parte de la Consejera de Industria y Medio Ambiente de la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha, y con asistencia de los autores y numerosos amigos y gente del mundo académico de la Universidad de Alcalá, un libro que es una verdadera enciclopedia, y que más que nutrir las horas lectoras de cualquiera de nosotros, va a dar pasto sin fin a los estudiantes de Ciencias Medioambientales y a los de Biología [vegetal] que tendrán espacio para nadar entre saberes, listados, imágenes y un largo etcétera de apasionantes propuestas geográficas. El libro es el que lleva por título “El paisaje vegetal de Castilla La Mancha. Manual de Geobotánica”, y sus autores han sido el profesor catedrático de Alcalá don Manuel Peinado Lorca, el también profesor y director del Servicio de Fotografía Científica don Luis Monje Arenas, y el profesor don José María Martínez Parras.

En las 612 páginas que ofrece el voluminoso libro, podría uno pensar que caben todos los elementos necesarios para entender la geobotánica y el paisaje vegetal de nuestra región: pues bien, no, no cabe, porque los autores han tenido que renunciar a publicar tres capítulos de su gran obra, que les ha llevado años de dedicación, porque los presupuestos del Servicio de Publicaciones de la Junta no daban para más. Esos tres capítulos (Clasificación florística de la Tierra y síntesis biogeográfica de España, el cap. 3; Series y geoseries de España, el cap. 4; y un Glosario de términos científico-técnicos y populares, el cap. 7) están convenientemente colgados, en formato PDF, de la página http://www.difo.uah.es/geobotanica/index.html. De ahí pueden sacarlos nuestros lectores que estén interesados en ellos.
Me remito, en un principio, a lo que la prensa especializada ha dicho de esta obra. A mí, personalmente, me ha parecido genial, inmensa, provista de todos los elementos que le dan rigor, seriedad y ciencia a un trabajo hecho por expertos (que es lo que se lleva ahora, ya no valen los meros títulos de profesor, licenciado, doctor o especialista: ahora hay que ser experto, y estos tres autores lo son). Estos son los datos que nos proporciona la web de la Universidad alcalaína:

Las páginas de este libro, a través de textos, figuras y fotografías nos ayudan a comprender mejor lo que ya sabemos: que nuestra Comunidad es una región biológicamente privilegiada, un territorio que es un caleidoscopio de toda la geografía interior de la Península Ibérica, donde cualquiera puede, sin salirse de sus límites, integrarse en ambientes naturales representativos del conjunto de la vegetación de España. Desde los enclaves de vegetación templada y húmeda que guardan las sierras de Ayllón o la Serranía de Cuenca, tan relacionados con la vegetación europea septentrional, hasta los territorios semiáridos albacetenses que conectan con el sureste español y desde allí con la vegetación norteafricana, Castilla-La Mancha se presenta ante los ojos del naturalista como el poliédrico rostro de la vegetación ibérica. Otro tanto puede decirse cuando nos aproximamos desde el punto de vista biogeográfico. En la península Ibérica existen ocho provincias biogeográficas, de las cuales cinco están presentes en Castilla-La Mancha: ninguna otra Comunidad española es biogeográficamente tan diversa. Evaluando la biodiversidad en términos fitosociológicos, podemos dar una idea de esto. Están descritas en España peninsular 71 clases de vegetación, de las cuales 48 están representadas dentro de los límites de Castilla-La Mancha. Si del conjunto general descontamos las clases de vegetación canarias y las ligadas a ecosistemas costeros obviamente inexistentes en la región, podemos aproximarnos a valorar la riqueza en tipos de vegetación que encierran los límites castellano-manchegos.
Este libro es abundante en fotografías (370) e ilustraciones (137), que completan las descripciones de un texto de 618 páginas y la información resumida en las 152 tablas sinópticas que apoyan a éste. En conjunto, se trata de una cuidada edición que destaca por la excelente maquetación y la calidad de reproducción de imágenes y fotografías, una calidad que desgraciadamente no es común en otros libros de estas características, pero a la que nos tiene acostumbrados Francisco del Valle, responsable de la editorial Cuarto Centenario, que ha sido el editor de El paisaje vegetal de Castilla-La Mancha. El libro nace también con la intención de servir de ayuda como manual de Geobotánica y por eso, junto a contenidos divulgativos, el texto encierra otros muchos más técnicos que son de gran interés para los profesionales de la enseñanza y del medio ambiente, y como texto de apoyo en el aula universitaria.
Por esa vocación generalista del libro y por las expediciones botánicas que los autores realizan en otras latitudes, el lector no podrá sorprenderse de encontrar imágenes de algunos paisajes –los desiertos sonorenses, la tundra ártica, los gigantescos bosques de coníferas de California o los espectaculares sistemas de dunas costeras del Pacífico- que completan las dedicadas a la flora endémica y a los ecosistemas castellanos-manchegos. La estructura del libro se ha hecho dedicando los dos primeros capítulos a los tres grandes condicionantes abióticos de la vegetación: fisiografía, suelo y clima. El tercer capítulo se dedica a la Biogeografía haciendo un acercamiento desde el todo –la síntesis biogeográfica de la Tierra- a la parte, a la caracterización biogeográfica de Castilla-La Mancha que queda así situada en el contexto de la vegetación del mundo en general y de España en particular. Los capítulos quinto y sexto están centrados exclusivamente en el ámbito territorial de la Comunidad. En el quinto se presenta ampliado y actualizado el catálogo de comunidades vegetales que sirvió para que uno de los autores –Luis Monje- obtuviera en 1987 el primer Premio Regional de Investigación. Finalmente, en el capítulo sexto se describe el paisaje de Castilla-La Mancha a través de sus series y geoseries de vegetación. Si en 1987 eran 20 las series de vegetación reconocidas en Castilla-La Mancha, ahora son 49, todas ellas presentadas con unos sencillos esquemas que, apoyados, en las fotografías y sustentados en un texto divulgativo fácilmente comprensible por todos los lectores, permiten interpretar la variabilidad del paisaje vegetal de Castilla-La Mancha
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Con este libro de Peinado Lorca y de Monje Arenas, tomamos conciencia de lo rica que es nuestra tierra en especies vegetales que ya son raras en otros lugares, y que ese espacio seco, vacío y limpio que nos rodea, es uno de los grandes capitales con que contamos. En cualquier caso, es simplemente una evidencia, una página tan solo, de la riqueza natural, de la extraordinaria fuerza que la Tierra nos lanza cada día. Y que en esta singular obra que nos acaba de nacer, queda plasmada con rigor y fortuna: textos e imágenes para aplaudir y, sobre todo, para aprender de ellas.