sábado, 4 de marzo de 2017

Estudio de un Real Sitio: el de La Isabela

TRALLERO SANZ, Antonio, MAZA VÁZQUEZ, Francisco, CIDONCHA MARAÑÓN, Andrés, NÚÑEZ PÉREZ, David Juan, RUIZ CASTILLO, Javier y SANCHO OLÓLIZ, Ana Pilar, La Isabela. Balneario, Real Sitio, Palacio y Nueva Población, Guadalajara, Aache Ediciones (col. Tierra de Guadalajara, 94), 2015, 203 pp. [ISBN: 978-84-15537-88-5].

Antonio Trallero, Doctor Arquitecto por la Universidad Politécnica de Madrid, especialista en Urbanismo y Francisco Maza, Doctor en Cartografía, SIG y Teledetección por la Universidad de Alcalá e Ingeniero en Geodesia y Cartografía por la misma universidad, han dirigido esta obra que, como todas las que hasta el momento han realizado, constituyen un buen ejemplo acerca del conocimiento de algunos aspectos sobre los más diversos edificios, obras y, en general, de numerosas manifestaciones del patrimonio arquitectónico edificado que, en el caso que ahora nos ocupa, trata del balneario de La Isabela, dado que, por razones obvias, Guadalajara y su provincia se convirtieron en un excelente laboratorio.
El libro que comentamos es el Trabajo Fin de Carrera, propuesto por la larga serie de alumnos que, junto al dúo Trallero / Maza, lo firman, dado que el balneario de La Isabela había alcanzado gran preponderancia cuando recibió la consideración de Real Sitio, aunque en aquellos momentos ya estuviera cubierto en algunas partes por las aguas del embalse de Buendía que, en ocasiones propicias -dada la sequía reinante-, solía dejar sus restos al descubierto facilitando su estudio detallado.
La realización del trabajo comenzó el año 2005 y, poco después, en octubre de aquel mismo año, el grupo conoció in situ el lugar, decidiendo llevar a cabo su estudio urbanístico, arquitectónico, topográfico y constructivo, aparte de manejar previamente la escasa documentación y bibliografía existente. Para ello, lo primero que hicieron fue realizar un levantamiento lo más exacto posible de todo lo conservado, que sirviera de base para el posterior estudio, antes de que su memoria desapareciera. El resultado fue el trabajo denominado “Real Sitio de la Isabela y Baños de Sacedón”, que fue completado con un segundo trabajo: “Nuevas aportaciones al Real Sitio de La Isabela”, que recibieron la máxima calificación académica de Matrícula de Honor.
Pues bien, el presente libro surge tras tomar como punto de partida los dos trabajos precitados, cuyo fin no es otro que recuperar la “memoria” de este “Real Sitio”, mediante su más amplio estudio.
La obra que comentamos, no muy extensa, se divide en cinco capítulos y comienza por una introducción histórica que da a conocer sus orígenes: un manantial cuyas aguas se descubrieron aptas para luchar contra varias enfermedades y que, por tal motivo, atrajeron a los “bañistas” en los diferentes periodos históricos, entre los cuales se encontraba la Familia Real, que contribuyó a que mediante la edificación de un palacete, se creara a su alrededor un nueva población que recibió la categoría de Real Sitio, de modo que cada una de las unidades citadas, el balneario, el palacio y la nueva población, fueran conocidas en conjunto como La Isabela, en recuerdo de Isabel de Braganza, esposa de Fernando VII y que, a pesar de estar íntimamente relacionados sufrieron su propia evolución, aunque la historia del balneario se sumerja en la antigüedad y las otras dos tuvieran su origen a comienzos del siglo XIX, pudiendo apreciarse en ellas la evolución histórica del citado periodo: el regreso del rey tras la Guerra de la Independencia (1808-1814), el Trienio Liberal (1820-1823), las Guerras Carlistas (1833-1843), el reinado de Isabel II (1843-1868), las sucesivas desamortizaciones, etc., con lo que llevaban aparejado en cuanto a economía y sociedad se refiere.
Como ya hemos dicho, lo primero fue el manantial, ubicado a unos ocho kilómetros de Sacedón y, al parecer, utilizado ya por los romanos (aunque no se conozcan fuentes documentales que lo prueben), en el que se formaban unos “glóbulos que suben a la superficie como si fuera una olla hirviendo”. Se trataría, en fin, de un manadero exterior a los espacios habitados, acaso relacionado con alguna divinidad acuática o de los bosques.
Poco puede añadirse del periodo visigótico y, algo más, del musulmán, dado que se conocen algunos datos acerca de los baños de Sacedón, Salam-bir, gracias a los escritos de Agmer-Ben-Ab Dala, médico de Toledo, aunque no se hayan encontrado las edificaciones del momento. La Edad Media significó un retroceso, aunque los balnearios exteriores a las poblaciones siguieron utilizándose por las órdenes religiosas en sus hospitales y albergues. Así, en las proximidades de Sacedón se encontraba el monasterio cisterciense de Nuestra Señora de Monsalud (en Córcoles), cuyos devotos parece ser que buscaban la recuperación de sus enfermedades en las aguas termales de la zona: Sacedón, Mantiel, Trillo, Córcoles y Buendía.
Poco más tarde el Renacimiento volvió a ser un periodo que supuso la recuperación de numerosos manaderos de aguas minero-medicinales que, agracias al desarrollo de la imprenta, contribuyó a difundir los últimos conocimientos en Hidrología Científica (siglos XV y XVI). Precisamente sobre esta época, según cuenta la tradición popular, un pastor llamado Pedro Vengala redescubrió el manantial después de que su  rebaño se curara al beber agua, periodo que duró hasta el siglo XX.
Por otro lado, las construcciones existentes -si es que las hubo- debieron ser efímeras al ser de baja calidad ya que lo más probable fuera que los enfermos, al no ixistir posadas ni paradores donde permanecer, las ocuparan temporalmente.
En 1697, Alfonso Limón Montero escribió su obra titulada “El espejo cristalino de las aguas de España” con la que comienza, por así decir, el termalismo en España, aunque, en realidad, tardase en ver la luz casi veinte años, ya en plena Ilustración, en que las ideas higienistas y especialmente el cuidado de las aguas termales propició la construcción de balnearios con fines terapéuticos. Por ejemplo, en la potenciación del de Trillo participó Carlos III llevando aparatos adecuados para el análisis de sus aguas, completándose su estudio en Madrid, y cuyas conclusiones fueron recogidas en un libro titulado “Análisis de las aguas minerales y termales de Sacedón, que se hizo cuando pasó a tomarlas el Serenísimo Sr. Infante D. Antonio, en el mes de julio y agosto de 1800, con toda su servidumbre”.
El mismo infante promovió la construcción de un edificio en el que pudiera alojarse la Familia Real, encargándole su proyecto al arquitecto Antonio López Aguado, aunque acompañando a su tío Fernando VII, muy aficionado a  los baños de Sacedón y Solán de Cabras, y siguiendo la propuesta de su segunda esposa Mª. Isabel de Braganza, suspendió las obras que había iniciado su sobrino, concibiendo un proyecto más amplio en el que se incluía la fundación de una población en el lugar denominado Dehesa de las Pozas -mediante Real Orden de 15 de marzo de 1817-, un palacio y la reparación de la casa de baños, es decir, transformando el antiguo balneario en el importante complejo urbanístico que fue “La Isabela”.
Tras Fernando VII, con la llegada del periodo isabelino y del Sexenio Democrático, las estancias de la Familia Real fueron espaciándose, puesto que comenzó a tomar baños de sal, para lo que tuvo que desplazarse a la costa: San Sebastián, Santander…
Carlistas y Liberales contribuyeron a destruir La Isabela, además de las grandes dificultades de tipo económico, caras para la utilidad que reportaban los baños, a lo que habría que añadir el mal estado de los caminos, propiciaron que la corona enajenara el Real Sitio en 1865 y que poco más tarde, las sucesivas desamortizaciones hicieran que pudiera pasar pertenecer a manos particulares, generalmente burgueses, que intentaron obtener mejores beneficios invirtiendo en mejores baños y componiendo los caminos. El caso es que en 1871 se tasó La Isabela con sus bienes para subastarlos (excepto las casas de los colonos). En 1876 se vendió el balneario, el palacio con su huerta y un almendral se liquidó en 1879 y las casas de dependencias de la nueva población este mismo año.
Precisamente gracias al “Informe de la Tasación” es posible conocer en la actualidad el estado en que se encontraba el conjunto de La Isabela, al parecer bastante ruinoso.
Los años de la Restauración sirvieron para que surgiese lo que podríamos llamar cierto “turismo termal”, que supuso un nuevo impulso para los baños, gracias, quizá, a un nuevo tipo de clientela que buscaba también divertirse en casinos, salas de baile, teatros, pabellones en los jardines, etc., lo que hizo que a finales de siglo se editasen diversas guías de los establecimientos balnearios de España que, en 1897, se refieren a La Isabela como establecimiento en el que se habían llevado a cabo diversas reformas haciendo aceptables sus instalaciones, aunque no se trata de un informe favorable, ni su valoración correspondería a lo que antaño había sido el Real Sitio, dado su planteamiento urbanístico y arquitectónico.
Pero como “a toda acción se opone una reacción igual y de signo contrario”, el siguiente periodo, es decir, hasta la Guerra Civil, tuvo como consecuencia una bajada casi total de asistencias a los baños, entre otras causas debida por una parte al desastre del 98, por otra a la Dictadura de Primo de Rivera y, más concretamente, al cambio político que significó el paso de Monarquía a República, además de la inestabilidad que produjo la crisis económica del momento con la consiguiente bajada del nivel de vida, y la aplicación de nuevas medicinas que dejaban obsoletos los baños, todo lo cual contribuyó a que en 1930, el marqués Vega-Inclán adquiriese el balneario, dado que desde su puesto de Comisario Regio de la Comisaría de Turismo y Cultura Popular ya se había preocupado por la recuperación y divulgación de la cultura española. Tras el fallecimiento del marqués, La Isabela pasó a la Fundación Vega-Inclán, dependiente del Ministerio de Educación, hasta que durante la Guerra del 36-39 fue convertido en cuartel, con lo que finalizó su vida como establecimiento termal. Habían transcurrido solamente 150 años.
Los siguientes capítulos: “Los restos de La Isabela. Toma de datos”; las descripciones del balneario, el Real Sitio, los jardines, la nueva población y de otros edificios; el estudio constructivo, incluyendo la arquitectura no construida, así como los arquitectos que en él trabajaron, desde el antes citado Antonio López Aguado, hasta Narciso Pascual Colomer, pasando por Silvestre Pérez, Isidro González Velázquez y Custodio Teodoro Moreno, contribuyen en definitiva a ofrecer una amplia visión de lo que fueron, en general, este tipo de establecimientos. 
Finaliza el libro con una brevísima bibliografía especializada y un anexo acerca de las subastas de las fincas.

José Ramón López de los Mozos 




 
    




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