viernes, 3 de mayo de 2013

Un novedoso estudio sobre el palacio del Infantado


HERRERA CASADO, Antonio, Arte y Humanismo en Guadalajara, Guadalajara, Aache ediciones (col. Tierra de Guadalajara, 87), 2013, 96 pp.

El libro que comentamos se estructura siguiendo el esquema que su autor -Antonio Herrera Casado- trazó a comienzos de los años ochenta en su trabajo “El arte del humanismo mendocino en la Guadalajara del siglo XVI” (Wad-Al-Hayara, 8 (1981), 345-384), aunque con algunos aumentos documentales y ciertas matizaciones en lo referente a la interpretación de los frescos que decoran los techos del palacio del Infantado, publicadas un año más tarde, en el segundo semestre de 1982, por el profesor e investigador Fernando Marías, en el Boletín de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, 55:  -“Los frescos del palacio del Infantado en Guadalajara: problemas históricos e iconográficos”-, realizados ambos trabajos siguiendo las normas de interpretación iconográfico-iconológica diseñadas por Panofsky, es decir, aquellas que proceden de la búsqueda de una interpretación surgida de cada una de las pinturas,  así como del  conjunto  de las mismas y de su disposición o distribución, que para Herrera Casado, como indica a modo de conclusión, vienen a ser una representación de “La Fama” de los Mendoza, apoyada en los hechos más relevantes de la saga familiar a lo largo de los tiempos, a través de la que demuestran su Valor y su Virtud, para con estos ingredientes poder llegar a vencer al Tiempo, como hasta cierto punto ha sucedido gracias, precisamente, a la conservación más o menos íntegra de estas pinturas, que son una forma propagandística de su Gloria y sus riquezas.
Todo ello según unos esquemas iconográficos humanistas previamente trazados.
Su índice es muy escueto, aunque su calado es profundo e interesante, dado que se trata de un tema poco estudiado en Guadalajara. Así, desde una breve introducción donde se habla de los orígenes del libro, se dedica un breve espacio al propio palacio del Infantado; a los duques constructores y transformadores de su arquitectura y su decoración, adaptándola a la moda de cada momento; a los artistas que participaron en sus reformas, centrándose especialmente en la más controvertida llevada a cabo por el quinto duque -aquel don Íñigo López de Mendoza retratado por Tintoretto (1536-1601), cabeza de la Casa del Infantado desde 1566 y “hombre vacío de ideas [que] vivió de las rentas intelectuales de su antecesor (y también de las económicas, pues él lo único que supo hacer, y lo hizo con largueza, fue gastar sumas fabulosas de dinero)”-, para centrarse en la obra de Rómulo Cincinato -que según Marías estuvo trabajando en Guadalajara desde mayo de 1578 hasta mediados de agosto de 1579 y desde diciembre de ese mismo año hasta julio de 1580, o sea 26 meses y cuya actividad artística fue recogida por Palomino en El Museo Pictórico y Escala Óptica (Madrid, 1715): “En las casas del Excelentísimo Señor Duque del Infantado en Guadalajara, hizo muchas cosas al fresco, con muchos y varios adornos, que satisfacen a todos los que lo entienden”.- y la decoración de las salas decoradas, para con estos antecedentes ofrecer una interpretación humanista del conjunto parietal representado a lo largo de cinco salas conocidas como “del Tiempo”, “de las Batallas”, “de Atalanta”, “del Día” y “de Escipión”, así como de dos saletas denominadas “de los héroes romanos” y “de los héroes griegos”, que ocupan más de ciento treinta metros cuadrados, para finalizar con los jardines realizados a imitación del Laberinto de Creta, y unos apéndices documentales.
Herrera Casado propone un orden concreto para desentrañar el significado de las pinturas existentes, -actualmente más o menos velado aunque en el momento en que fueron realizadas perfectamente comprensibles para las personas cultivadas-, contando incluso con las que no se han conservado.
Para ello hay que comenzar por la “Sala del Tiempo”, donde figura Cronos como auriga de un carro arrastrado por ciervos, rodeado por los signos del Zodiaco, que da entrada a la “Sala de las Batallas” (antiguamente conocida como “Sala de Don Zuria”, por sus luengas barbas blancas) la mayor de todas, en cuyo techo aparecen tres escenas bélicas dedicada la central -según Herrera Casado- a la batalla de Arrigorriaga, en la que Don Zuria, iniciador del linaje mendocino, sale vencedor contra los leoneses y se proclama señor de Vizcaya. Todo ello acompañado de diversos tondos en los que se siguen representando escenas en las que se muestran otros triunfos y victorias familiares, al tiempo que se añaden disposiciones del alma como el Honor, la Fama, la propia Virtud o la Eternidad y donde los personajes mendocinos aparecen vestidos a la usanza de los antiguos romanos.
Desde la “Sala de las Batallas” se puede acceder a dos saletas: la “de los héroes romanos”, representados mediante escenas tomadas de la obra de Valerio Máximo, y a la “de los héroes griegos” u olímpicos, cuyas escenas fueron sacadas de Bocaccio, en la que numerosos personajes históricos y mitológicos se entremezclan con virtudes cristianas y dioses clásicos, quedando clara la unión existente entre el Arte y el Humanismo.
El siguiente paso conduce al “lector de imágenes” a la “Sala de Atalanta”, quizá la más perfecta, dedicada a la fábula de Atalanta e Hipómenes (Ovidio, Metamorfosis, VIII), nombre que recibe esta sala en los planos que encontró Herrera Casado en la Colección Osuna del Archivo Histórico Nacional y cuyas escenas muestran a los dioses con un sentido que alude a la lucha contra el Tiempo, lucha que también continuaba en la sala adyacente, dedicada a la victoria del Día contra la Noche, la Aurora, etcétera, cuya decoración incide nuevamente en la importancia de la Fama familiar.
A todo lo anterior hay que añadir el significado de la traza de los jardines del palacio del Infantado, en los que hubo un gran laberinto, a imitación del de Creta, dedicado al Minotauro, claramente entroncado con la leyenda de Teseo que, sirviéndose del hilo de Ariadna, logró salir de dicho laberinto, lo que viene a significar el poder de la inteligencia en su lucha contra la adversidad.
Un libro interesante y de fácil lectura que hará las delicias de quien lo lea.

José Ramón López de los Mozos

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