viernes, 31 de octubre de 2014

Un aquelarre en El Casar


La península de las brujas. Viaje por el aquelarre ibérico, Navarra, Ed. Los libros del “Cuentamiedos”, 2009, 128 pp. (ISBN: 84-95846-51-9).

Encontré este librito en una librería de Jaca. Buscaba libros de leyendas y tradiciones y de buenas a primeras, mi costumbre de leer algunos capítulos antes de dormir, me condujo hasta una sorpresa, como tal, inesperada, puesto que en las páginas 57-58 vine a encontrarme con un breve capítulo dedicado a las brujas de El Casar de Talamanca.
El capítulo, breve como digo, lleva por título “Un aquelarre en el Casar de Talamanca” y en él se recoge la historia de unas cuantas pobres e ilusas mujeres de la localidad que fueron procesadas por la Santa Inquisición, a finales del siglo XVI, concretamente en el año 1591.
Eran las acusadas una tal Olalla Sobrino, una Juana Izquierdo y una Catalina Mateo, las dos primeras de unos sesenta años y la tercera, algo más joven, todas ellas acusadas de brujería e infanticidio.
Sus actividades brujeriles se recogen en el correspondiente proceso inquisitorial, en el que los padres de uno de los niños supuestamente asesinados, declararon “que una noche oyeron ruidos en la casa y momentos después el pequeño había desaparecido”.
Al cabo, añade el proceso, encendieron fuego para poder ver, y lo encontraron arrimado a la pared: “quebrados los brazos y por los riñones, torcidos los rostros y arrancadas sus vergüenzas y hechas otras muchas crueldades que era para quebrar el corazón”.
Por lo visto debieron cometer otro infanticidio en otra casa, pues que estando cerradas puertas y ventanas, y mientras la pareja dormía con su hija de corta edad “entraron por la ventana de la dicha casa que estaba en el aposento donde estaban marido y mujer y niña, y sacaron la dicha criatura de la cama y la ahogaron y quebraron las piernas e hicieron otros malos tratamientos de los que quedó muerta la dicha criatura”, pero, además, para colmo, cuenta el proceso, asaron el cadáver de la pequeña.
(La verdad es que las ventanas no debían estar muy bien cerradas que digamos).
La tal Izquierda, bruja, acudió a su primer aquelarre una noche en que fue propuesta por las otras dos, en “que llamaría al demonio y se holgaría mucho”.
Y al parecer así debió ser, puesto que se apareció el demonio en forma de cabrón (`aker´, de donde, teóricamente, resulta la palabra `akelarre´, el `prado del macho cabrío´) (1), que “las abrazó y le dijeron que abrazase a la dicha mujer que habían convencido para que fuese bruja, y el dicho demonio y las dichas mujeres bailaron de contento y regocijo del dicho concierto y acabado de bailar se fueron todos tres a la lumbre”.
Otro día, continua el relato del proceso, el aquelarre tuvo lugar en casa de una de las acusadas, en la que “el demonio en figura de cabrón con ellas todas tres y juntos se desnudaron en cueros y se untaron las coyunturas de las manos y los pies, y todas juntas y el demonio con ellas alzadas del suelo” fueron a cometer uno de los infanticidios mencionados, volviendo después a casa de una de ellas que, tumbadas en el suelo, fueron objeto de trato carnal por parte del macho cabrío.
A pesar de la tortura recibida, la Olalla no reconoció su culpabilidad, pero a pesar de ello, las tres salieron en el último auto de fe al que asistió Felipe II, que se celebró en la plaza de Zocodover de Toledo el 9 de junio de 1591.
 Las tres mujeres abjuraron de levi y fueron desterradas.
A pesar de todo, han pasado cerca de cuatrocientos veinticinco años y las cosas no son muy diferentes... Mírese con la lente grande y se podrá comprobar.
Pero hay más, otro articulillo que también nos afecta, -quiero decir que también afecta a estas tierras de Guadalajara y alrededores-, puesto que en la página 124, ya al final del libro, nos encontramos con un espacio muy corto dedicado a “Las brujas de Gallocanta”.
En la laguna de dicho nombre, en la raya fronteriza entre Zaragoza, Guadalajara y Teruel, se encuentra la laguna de Gallocanta, más conocida popularmente como “El Lagunazo”, donde en tiempos pasados acudían las brujas caballeras a lomos de sus escobas en las noches estrelladas, a unos dos palmos del suelo y a la velocidad “de un ave volando”, aunque, según comentarios del momento, “algo tontas y algo turbado el sentido”, para bañarse desnudas en sus aguas, según declaración tomada a alguna de ellas.
Tras el correspondiente o beso a Lucifer en el trasero y los bailes y obscenidades consiguientes, dedicaban su tiempo a jugar, sirviéndose de los niños robados que utilizaban como pelota.
Después regresaban a sus casas como si tal cosa (como si no hubiesen abandonado el lecho).
Era normal que acudieran a esta juerga brujas llegadas desde Molina de Aragón, como así declaró en el siglo XVI una tal Águeda, de la dicha ciudad de Molina, cuya abuela había sido bruja y solía reunirse con otras compañeras en Gallocanta. Pero, curiosamente, después de mucho insistir en lo que acabamos de consignar, los inquisidores no quisieron tomar sus declaraciones en serio.
Esto es lo que viene sobre Guadalajara, sus pueblos y sus gentes, en este libro ameno e interesante.
El lector se dará cuenta de cuanta fantasía que se acumula en los relatos que recoge este libro, así como en tantos otros libros que tratan del mismo o similares temas, de cuanta debía ser la pobreza mental de aquellas gentes y de cuanta, debía ser también, la de quienes apoyados en el “poder”, juzgaron con mala saña los desvaríos de estas “enfermas”, que no debieron  ser más que pobres enfermas.
La verdad es, también, que posiblemente, en determinadas ocasiones, se celebrasen reuniones de características similares, pero, acaso, sus fines fueran más concretos y, a “río revuelto, ganancia de pescadores” (y más si entre los participantes de encontraban las autoridades locales).
La introducción al libro en que hemos encontrado estas dos menciones a tierras de Guadalajara, El Casar de Talamanca y Molina de Aragón, recuerda al lector que muchos de estos supuestos aquelarres están documentados, pero que en otras ocasiones se trata de meras suposiciones, leyendas corridas de boca de boca, cuentos o consejas, pero que no por ello dejan de tener un componente de belleza.


(1) Una reciente teoría sostiene que `aker´, en lugar de `macho cabrío´o `cabrón´, podría referirse a `alka´ (dactilis hispanica), un tipo de hierba muy concreto que abunda en los alrededores del prado y la cueva de Zugarramurdi y su vecina Urdax. Vendría a significar algo así como `prado de la hierba alka´ y, por cierto, junto al foco brujeril de Zugarramurdi se encuentra el barrio rural denominado Alkerdi.

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