viernes, 25 de octubre de 2013

La historia de El Cubillo de Uceda

AGUILAR SERRANO, Pedro, El Cubillo, de aldea a villa, Guadalajara, Ed. Jesús E. Padín-Intermedio Ediciones, 2013, 210 pp.

El Cubillo de Uceda puede estar de enhorabuena por haber publicado un libro como el que aquí comentamos. Escrito por Pedro Aguilar Serrano, se acompaña de una amplia colección fotográfica debida a Alicia García Acero, que ha tenido como “pretexto”, -si es que la edición de este libro ha necesitado algún pretexto para poderse llevar a cabo-, el momento histórico que significó su paso de aldea a villa el año 1583, es decir, hace 430 años: “Una fecha importante que no debemos dejar pasar inadvertida. En 1583 nuestros antepasados, hartos de injusticias reiteradas, procedentes de la capital del alfoz, Uceda, decidieron reunir el dinero necesario para comprar su independencia a Felipe II”, como señala Manuel Lara, alcalde del Cubillo, en la presentación del libro. Pero, además, la edición se debe también a otras dos causas o motivos de capital importancia: En primer lugar, contribuir a borrar aquello que dice que un pueblo que desconoce su historia es un pueblo huérfano y, en segundo, para que puedan disfrutarlo las generaciones venideras, a modo de herencia.
Como debe ser.
El texto se estructura en cuatro grandes capítulos o apartados, que se refieren al origen y al nombre del pueblo, a su Historia, a la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción y a las fiestas populares, que completan una amplia bibliografía y un añadido fotográfico, denominado “Recuerdos”, en el que se recogen imágenes de personas, lugares y momentos de la vida del Cubillo, desde el blanco y negro de finales del siglo XIX y comienzos del XX -algunas realizadas en estudio: L. Moratalla y Hº (Alcalá, 4. Madrid); M. Ariza (Guadalajara); Borre (Carrera de Sn. Gerónimo. Madrid); Celedonio P. López (Bola, 11. Madrid), y E. Velo (ilegible) de Nañoleda (Príncipe, 17. Madrid)-, hasta el color de las cámaras actuales.
En el primeramente citado se indica que, hacia el siglo XIII, El Cubillo todavía no se apellidaba “de Uceda” y que su población se estableció alrededor de una iglesia que originariamente debió ser románico-mudéjar, y una población distribuida entre varios núcleos: Valdehaz y Pero Crespo (después conocida como La Casa del Monte), que fueron abandonados por falta de agua según consta en las Relaciones Topográficas de Felipe II; La Magdalena, cuyo topónimo posiblemente derive de “migdal”, que es tanto como decir torre, y el propio núcleo del Cubillo, tal vez una torre circular preexistente a modo de atalaya.
Las mismas Relaciones Topográficas sirven de fuente para otros aspectos que se recogen en este mismo apartado: el clima -“Tierra templada, no mui cálida ni mui fría, tierra sana, tierra llana, a media legua al norte tiene serranía y montaña, que es breñosa, y toda peña calericeña y pizarreña que ensancha por muchas leguas-; el agua (en cuyo caso el nombre El Cubillo provendría de “al-Kuba”, quizá con significado de aljibe antes que  de torre defensiva), ya que se dice que “Se denominó Cubillo por: Una fuente que ay en él, que al principio era en forma de cubo” (tal vez la Fuente Vieja).
También se ofrecen algunos datos acerca del Cubillo como lugar de paso; de su término municipal, siguiendo para ello al Catastro del Marqués de la Ensenada; de la lluvia, la niebla y el sol, de la temperatura...
El capítulo más extenso se refiere a la Historia de El Cubillo y parte, posiblemente, según se dice, de hacia 1040, en que formase parte de los dieciocho núcleos anexionados a Uceda (El Cubillo, El Verrueco, Fuente el Fresno, Fuente la Yguera, La Casa, Matarubia, Mesones, Puebla de Valles, Redueña, Torremocha, Tortuero, Val de Camino y su anejo Cavanillas, Valdeiglesias, Valdenuño, Venturada, Villaseca y Viñuelas), tal vez ya existentes durante la dominación musulmana y que, posteriormente a la reconquista de estas tierras por Fernando I (1060, reconquista de Alcalá de Henares), sería lógico pensar que siguieron con el mismo estatus dentro de su alfoz. Y nada más se sabe hasta el reinado de Alfonso VI, quien reinicia la reconquista del mismo territorio hacia 1085, y la repuebla, lo que da pie al autor del libro para dar idea de cómo se vivía en la Edad Media; las epidemias de peste y otras desgracias que afectaron al Cubillo, recogidas en la Relación de casos notables ocurridos en la Alcarria y otros lugares en el siglo XVI, hecha por Matías Escudero; la crisis del siglo XV, el levantamiento comunero, y ciertos ¿milagros? acaecidos en 1550, que figuran en el manuscrito del licenciado Bernardo Mateos, párroco de Santa María de la Varga, de entre 1709 y 1726, que reelaboró el informe que el cardenal Silíceo ordenó hacer en dicho año sobre la verdad de los milagros atribuidos a la Virgen (por ejemplo, aquel que refiere como “La niña Francisca, hija de Miguel Lázaro, cayó en la fuente del lugar de El Cubillo y tras una hora de intentos infructuosos para sacarla, al final la llevaron a su casa ahogada, la madre, postrada de rodillas invocó a la Virgen de la Varga y la niña abriendo los ojos dijo: “Oh! Madre de Dios” y arrojando gran cantidad de agua revivió”); hasta llegar al momento en que se produjo la independencia del Cubillo (1583), cuyo privilegio de villazgo, en pergamino de 40 x 29 centímetros, se custodia en el Ayuntamiento, así como una copia del mismo, de 1686, en papel, realizada por el escribano Francisco Cubillo.
Tras la enajenación de la tierra de Uceda solicitada en 1574 por Felipe II al entonces papa Gregorio XIII, fue puesta en venta con el fin de allegar dinero con el que poder sufragar los cuantiosos gastos ocasionados por las guerras que mantenía con los no católicos. A pesar de que los acreedores reclamaron estas tierras al rey en pago a sus deudas, fueron vendidas a Diego Velázquez Dávila Mejía de Ovando, abulense, casado con Leonor de Guzmán, hermana del Conde Olivares, por la elevada cantidad de 31.000 ducados -que era la misma que el monarca debía a dicho don Diego-, a quien además otorgó el título de Conde de Uceda.
Entre las aldeas de ese alfoz se encontraba El Cubillo, que contaba con 273 vecinos.
En las condiciones de venta se estipulaba la posibilidad de retracto a favor de los pueblos enajenados, ya que no les interesaba la venta a un noble, debido al “poderoso y natural impulso que el siglo XVI llevó a estos pueblos a eximirse de la villa principal y a gozar de derechos propios, rompiendo la dependencia que solía hacer víctimas de atropellos e injusticias a las aldeas” que también afectó “a los vecinos del humilde lugarcillo” del Cubillo, de  modo que durante dos años mantuvo pleitos con los herederos del noble propietario, hasta que en 1583, recibió del rey el privilegio de villazgo pudiéndose administrar libremente. Claro está que el pueblo tuvo que pagar al rey la cantidad de 4.718.710 maravedíes e ingresarle anualmente en la tesorería de Alcalá de Henares 7.888 reales y 5 maravedíes.
Después el libro recoge aspectos del vivir cotidiano del Cubillo una vez independizado y, entre otros temas, se alude a su organización municipal, al molino, al comercio, pesas, medidas y monedas, ferias, milicia, oficios y administración de justicia, consignando en este punto algunas ejecutorias de los pleitos y litigios más destacados del concejo, como por ejemplo, el mantenido con el de Uceda sobre la ocupación por parte de los vecinos de Cubillo de Uceda de cierta parte de un prado cercano al molino de este lugar y que al parecer era parte de los bienes comunales de Uceda (1583), entre otros muchos (se recogen catorce ejecutorias y pleitos fechados entre 1571 y 1789). Otros aspectos van desde el “hospital -existente desde mediados del siglo XVII- para la asistencia y curación de pobres enfermos... y para hospedar los forasteros transitantes” y el escudo municipal, hasta los moriscos, de los que 500 llegaron a tierras de Uceda, Talamanca y Torrelaguna, hacia 1570, procedentes de Granada, -solamente quince de condición humilde y dedicados a la agricultura residieron en El Cubillo-, quedando unas pocas familias cuarenta años después, cuando  en 1610 se decreta su expulsión.
La Guerra de la Independencia, con algunas escaramuzas del Empecinado; la carlistada y las desamortizaciones -que fijaron la riqueza rústica del Cubillo en 195.134 reales  con 59 céntimos, la urbana en 22.147 reales con 50 céntimos y la ganadera en 30.928 reales, similar a la del resto de pueblos de los alrededores- sentaron las bases de la posterior decadencia, que de vio agudizada por la guerra civil del 36-39. Lo demás forma parte de la historia actual.
El tercer apartado trata, como se dijo más arriba, del monumento más importante del Cubillo, que es la iglesia parroquial de Nuestra Señora de la Asunción, cuyo origen es románico mudéjar y cuya construcción ha sido fechada como de finales del siglo XII y comienzos del siguiente, dado que el resto del edificio corresponde al siglo XVI.
Es interesante la descripción del templo, así como la transcripción de alguna de las lápidas que conserva en su interior. También se alude a un  retablo del siglo XVII, desaparecido en el 36, que describe el cronista Layna Serrano como “de fino dorado y en la profusión de ménsulas, dentículos, cornisas con ramaje, columnas del orden compuesto estriadas y en el mal reprimido exceso ornamental de todos los miembros se ve cuanto iban avanzando ya el mal gusto y el olvido de los cánones clásicos. No son malas las pinturas de los doctores de la iglesia que llevan cuatro compartimentos y otras que adornan el zócalo, pero no se conoce su autor, aunque debió ser discípulo de la escuela madrileña. Los demás retablos contienen pinturas e imágenes de talla de los siglos XVII y XVIII, pero no ofrecen valor artístico”.
No se olvida, como edificio religioso, la ermita de la Soledad.
El cuarto y último capítulo recoge las principales fiestas populares, algunas ya desaparecidas, de las que se ofrece una breve descripción, siguiendo el orden cronológico establecido por María del Carmen Arenas Grajal en su trabajo “Notas sobre el folclore desaparecido de El Cubillo de Uceda”, publicado en el número 34 (2002) de la revista Cuadernos de Etnología de Guadalajara, páginas 353-360: Las Candelas, en que se sacaba en procesión a la Virgen del Rosario y se subastaba una rosca dulce de pan candeal, cuya recaudación se aplicaba para sufragar los gastos del día, así como para que siempre luciese una candela ante su imagen, en señal de protección; el Carnaval, en cuyas fechas recorría las calles del pueblo un personaje denominado “la Vaquilla”, semejante a las de Villares de Jadraque y Robledillo de Mohernando, y cuya misión principal consistía en arremeter contra los espectadores, que fue prohibida durante el franquismo.
Otra fiesta, igualmente perdida, era la del “voto de las ánimas” (perdida en los años 60). Tenía lugar durante el periodo de Cuaresma y consistía en una procesión que recorría los sábados las calles del lugar, anunciada con el lúgubre y lento sonido de las campanas, con el fin de recoger limosnas, que solían consistir en pan, huevos o dinero, destinados al pago de las misas de todo el año.
En Semana Santa, durante la semana “de pasión”, se llevaba la Virgen de la Soledad desde su ermita a la iglesia, dando comienzo la novena, para el Jueves Santo volverla de nuevo a su ermita. Se celebraban los oficios religiosos tradicionales. Propios de estas fechas, y más concretamente del Domingo de Ramos, son los dulces conocidos como “resecos”, tortas ralladas hechas a base de harina, huevo, aceite y leche, con un agujero en el centro, donde, una vez sacadas del horno, se colocaba un adorno llamado “capón”, que suelen tomarse acompañadas de limonada.
Seguían “los mayos” y, más tarde, el Corpus, que se celebraba desde antiguo, el domingo, y no el jueves como se solía efectuar en tantos otros lugares, con la tradicional procesión que iba parando en cada uno de los cinco altares de su recorrido.
Seguía el calendario con la celebración de la fiesta mayor, que es la de la Virgen de la Soledad, el 17 de septiembre, con los actos religiosos -misa por la mañana y procesión por la tarde- y el 18, con los profanos, sinónimo de festejos taurinos: traída del ganado, encierro y posterior corrida.
El 28 de octubre se celebraba, y se sigue celebrando tras su reciente recuperación, el San Simón, especie de “judas”, muñeco hecho de paja y ropa vieja, careta y sombrero o boina, que hacen los hombres, con los que se recorren las calles y a los que se prende fuego en una hoguera final que saltan los más atrevidos ante la atenta mirada de los más jóvenes.
Otra hoguera se hacía en recuerdo de san Eugenio, a mediados de noviembre: la “hoguera de las botas”, en la que los chicos prendían botas de vino viejas empegadas de pez.
Finaliza este apartado con las fiestas de Navidad y Año Nuevo, con rondas que iban por las calles, y la Misa del Gallo.
Un libro de gran importancia por su contenido, y de gran empaque desde el punto de vista de su materialidad: encuadernación de tapas duras, buen papel, inmejorables tipos de letra y tamaño adecuado al texto y a las numerosas fotografías que incluye.

José Ramón López de los Mozos

1 comentario:

  1. Junio 1938:

    Francisco Acero García, natural de E Cubillo de Uceda (Guadalajara) herida en sedal en pierna. Atendido en Hospital franquista.

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