viernes, 31 de mayo de 2013

Otro estudio sobre Alfareria de Guadalajara


La alfarería de Guadalajara en la Colección del Equipo Adobe. Museo Ruiz de Luna. Talavera de la Reina (Toledo), Del 4 de Marzo al 31 de Mayo de 2013. Catálogo de la Exposición, Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha, 2013, sin paginar.

Comisariada por Ana Isabel Sanz Blesa, con fotografías de Domingo Sanz Montero y diseño de Ana Isabel Sanz y Lucía Blesa, la exposición “La alfarería de Guadalajara en la Colección del Equipo Adobe” ofrece al público un conjunto de piezas de gran interés para el conocimiento de esta faceta de la artesanía provincial, actualmente desaparecida, caracterizadas principalmente por su gran variedad de formas.
El Equipo Adobe, fundado entre 1978/79 por Domingo Sanz, Severiano Delgado y Lucía Blesa García y Ana Isabel Sanz Blesa -incorporadas al grupo con posterioridad-, es fundamental para profundizar en los más variados aspectos de la cultura alfarera ya que, además de su amplia colección, cuenta entre sus publicaciones con títulos como Viaje a los alfares perdidos de Albacete (Madrid, 1991); Cuadernos de Campo sobre la Alfarería de distintas provincias, y el interesante boletín Noticias Adobe, creado en 1997, además de otros trabajos más recientes como Alfarería extinguida de la Alta Extremadura (Madrid, 2011), Alfarería balear (Madrid, 2012), y el artículo -del mismo título que la presente exposición: “la alfarería de Guadalajara en la colección del Equipo Adobe”- publicado en Cuadernos de Etnología de Guadalajara 43-44 (2011- 2012), páginas 57-96. También ha realizado numerosas exposiciones temáticas de gran parte de los fondos de su colección, como Sidra y medidas de vino (Avilés, 2013), Alfarería animal (San Fernando de Henares, 2013) y la que ahora comentamos, entre otras.
Ciñéndonos a la provincia de Guadalajara, la colección del Equipo Adobe conserva notables y numerosas “piezas de museo” procedentes de la Alcarria (Auñón,  Loranca de Tajuña  y Lupiana), la Campiña (Málaga del Fresno y Usanos), el Señorío de Molina (Hinojosa, Milmarcos y Molina de Aragón) y, en mayor cantidad, del resto de las Serranías (Anguita, Cogolludo, Hiendelaencina, Sigüenza, Valdepeñas de la Sierra y Zarzuela de Jadraque), ampliamente representadas mediante cántaros, cantarillas, botijos, ollas, jarras, pucheros, cañadones, aceiteras y un largo etcétera, dado que esta alfarería era de tipo utilitario y funcional, a pesar de lo cual muchas piezas contienen distintos elementos decorativos: a base de almagre (Anguita, Hinojosa, Milmarcos o Molina), incisiones (Anguita, Cifuentes, Cogolludo, Hiendelaencina…), marcas identificativas o “firmas” de autores o familias alfareras (Zarzuela de Jadraque), excisas (Cifuentes, Lupiana o Málaga del Fresno) y a base de óxido de manganeso (Sigüenza).
En la introducción al catálogo que comentamos, firmada por el Equipo Adobe, se señalan como principales causas de la desaparición de los centros alfareros de Guadalajara que, contrariamente a lo sucedido en otras provincias castellano-manchegas se debió a la conducción del agua a las casas, la utilización de vasijas realizadas con materiales plásticos menos pesados y más resistentes -al tiempo que más baratos-, la emigración y la carencia de turismo en las zonas donde se encontraban los alfares, como consecuencia de una deficiente red de comunicaciones.
Tras la introducción y alternando texto con fotografía, se van ofreciendo una serie de datos, más o menos breves según su importancia, acerca de los distintos centros alfareros. Así, de Anguita se indica que tuvo una tejera hasta 1890 y que después, Magdaleno González contrató a un alfarero de Priego para que le iniciase en las técnicas alfareras que posteriormente él transmitiría a su hijo Bruno, que abandonó el oficio en 1960.
En Auñón el alfarero era José Crespo y también aprendió el oficio de su padre, hasta que una parálisis de obligó a dejarlo. Sus producciones eran semejantes en formas y decoraciones a las de Priego, dada su cercanía. El torno era de pie, el barro muy claro y las piezas -botijos, cantarillas para miel, tiestos, jarras, barreños con baño plumbífero y cántaros decorados con bandas y flores, aunque en ocasiones llevaban el nombre del propietario escrito con almagre-.
Ignacio Martín-Salas Valladares firma la “ficha” sobre la alfarería cifontina, centrada principalmente en la tinajería gracias a la importante producción vinícola de la zona hasta finales del siglo XIX, en que la filoxera casi acabó con las viñas, de modo que la producción de tinajas y tinillos duró hasta poco antes de la guerra del 36, compitiendo con los tinajeros de Colmenar de Oreja y Santorcaz.
Es curiosa la profusa decoración de estas piezas de Cifuentes (ondas, motivos vegetales con incisiones a peine, cordones excisos con decoración digitada, sellos, firmas y dedicatorias del tinajero al propietario) dada la oscuridad de las bodegas, en las que poca gente podía disfrutar de su belleza, caracterizada por su sobriedad y elegancia arcaizante. Algunas piezas, además, fueron sobrecocidas -de ahí su aspecto negruzco- con el fin de evitar que se resquebrajasen con la fermentación del mosto.
Cogolludo fue uno de los centros alfareros de mayor importancia. Con arcilla de un oscuro no muy intenso se produjeron piezas para el almacenamiento y transporte de agua: cántaros, botijas de campo, botijos, bebederos para animales y también piezas vidriadas en verde y melado para cocinar y contener otros líquidos (botijones para aceite).
En Hiendelaencina hubo un tejar asistido por tejeros murcianos durante los meses de verano. Atraído por el auge de las minas de plata, a finales del siglo XIX, se instaló allí un alfarero de Cogolludo, Severino Cruzado, quien permaneció en dicha población hasta 1924, en que regresó a su lugar de origen. Sus producciones, lógicamente, son parecidas a las de Cogolludo aunque con su propia personalidad en decoraciones incisas y apariencia formal, aparte, claro está, de la coloración del barro empleado.
Hasta 1920 parece ser que duró el alfar de Hinojosa que, próximo a la iglesia, corrió a cargo del “tío Carmelo”, empleando un barro procedente del lugar de Fuentepalomas y el agua de la Fuente del Cerro. Sus cántaros son robustos, de gran fortaleza, como suelen ser los de la zona molinesa. Sus asas, verticales, “nacen en la parte superior del cuello y se rematan en la zona alta del cuerpo”, consistiendo su decoración en grandes orlas geométricas hechas con almagre, quizá como “pervivencia” de la cerámica ibérica.
En Pelegrina quedan restos del complejo industrial “La Pelegrina”, que debió iniciar su producción de loza y alfarería a comienzos del siglo XVIII.
Loranca de Tajuña dio trabajo a dos familias de artesanos que, siendo hermanos, hijos y abuelos de alfareros, produjeron piezas diferentes por ser distinto el lugar de donde extraían en barro. Celedonio “el Cacharrero” vendía sus cacharros en el propio alfar y en los pueblos cercanos e instaló después un puesto en Madrid. Eusebio, hermano del anterior, también apodado “el Cacharrero”, tuvo cuatro hijas y dos hijos, pero ninguno siguió sus pasos, lo que contribuyó a que hacia 1925 desapareciera su actividad.
El taller de Lupiana comenzó su andadura a mediados del siglo XIX, cuando un vecino de Toledo, apellidado Salaíces, se trasladó allí con su familia. Posteriormente se le agregó un oficial procedente de Priego, Francisco Ruiz, que adaptó las formas que él producía a las de la zona. El alfar se ubicaba en una antigua bodega y trabajaba casi todo el año fabricando piezas para agua. Su vidriado plumbífero procedía de Jaén y daba tonos melado-verdosos.
Luzaga tubo tejares y alfarerías como demostró Castillo Ojugas. Sus producciones, cantarillas para vino, guardan una gran semejanza con las de Anguita (diseño formal, boca muy reducida, etc.), pero se diferencian de ellas en la decoración, que aquí es incisa, realizada mediante un objeto punzante, así como por un acabado más tosco además de por el tipo de barro utilizado.
Juan Carrasco Lanzós se encarga de la alfarería de Málaga del Fresno que, al parecer, comenzó fabricando tejas y ladrillos. Las producciones posteriores, que llegaron hasta el aciago año 1936,  fueron muy abundantes y variadas dado que el horno tenía capacidad para 3.500 a 4.000 piezas siendo, junto a Cogolludo, de los mayores, de forma que Eulalia Castellote cifra en 10.000 los cántaros que se cocían anualmente. Tras dicho año fue un hijastro del alfarero quien aprendió el oficio en Usanos y se estableció en su lugar de origen con lo que, dada la cercanía a la capital, mantuvo un alfar floreciente hasta los años cincuenta en que, con la llegada de los cambios socio-económicos, se vio obligado a cerrar.
De la actividad alfarera de Milmarcos se sabe que hubo dos tejeros, Juan Julián Colás y Agustín Yagüe, que se dedicaron a la teja y a los vasos para resina. Parece que el segundo tuvo un alfar-tejar cerca de Los Cañuelos donde producía, en pequeña cantidad, todo tipo de piezas, y que duró hasta mediados de los años cincuenta en que ambos artesanos emigraron a Barcelona.
En Molina de Aragón, Mariano Fuertes -hijo del último alfarero- indicó al Equipo Adobe que él solamente realizaba labores secundarias en el obrador de su padre, siendo su hermano Ricardo el que continuó con la labor artesana, fabricando tejas y ladrillos principalmente, hasta su desaparición hacia 1920.
Sigüenza conserva la calle de la Alfarería, lo que indica una agrupación de tipo gremial. El torno que se empleaba era el de pie y el barro, rojizo, lo extraían del Pinar. Entre su amplia producción cabe destacar por su interés los cántaros, que se decoraban con bandas longitudinales que bordean su parte superior, a veces la inferior, de la panza mediante el uso -único en la provincia- de óxido de manganeso, conocido como “tierra negra”. Cántaros que llaman la atención por su robustez y el tipo de asas.
El alfar de Tamajón-Jadraque, que corrió a cargo de Rufino Rodríguez Palancar -procedente de Madrid, desde donde llegó a Tamajón acabada la guerra- fue creado en principio para cambiar cacharros por trapos y chatarra, a modo de trueque. Primeramente vendía los cacharros, pero después pensó que era más rentable producirlos él mismo, para lo que contrató a Luis Pozuelo Zamorano, de Ocaña, e instaló el taller en dicha localidad, donde trabajó desde 1950 hasta 1953. Después, sus hijos Pablo y Rufino, se trasladaron a Jadraque donde instalaron otro alfar que duró hasta 1957. El torno era de árbol alto y se movía a pedal. Con él producían alfarería con y sin baño, que imitaba a la de Campo Real, que se vendía muy bien, aunque el asa de sus cántaros no sube tanto y el “arroyo” es menos pronunciado.
En las zonas pinariegas, gracias a la recolección de resina, se fabricaron “tiestos” o “cascos” para su recogida, como los que se hicieron en Ciruelos del Pinar, Iniéstola, Luzaga, o Tobillos, hoy desaparecidos, en alfares que emplearon tornos de pedal y árbol alto y hornos de grandes dimensiones, de dos pisos (el inferior como caldera donde se quemaba la leña y el superior para la cocción de las piezas).
El alfar de Tobillos corrió a cargo de Pedro Fernández Templado, que trabajó en el de Cobeta junto a su padre, el “tío Liborio”, procedente de Priego. En los años veinte fabricaba “cascos” por encargo de la Unión Resinera Española, con sede en Mazarete. Más tarde, hacia 1948, dicha Unión canceló su contrato al conseguir “cascos” para resina más baratos, hechos a molde y con vidriado interior, con lo que desapareció el taller.
En Usanos, pueblo cercano a la capital de la provincia y a Málaga del Fresno, también hubo alfares, cerrando el último de ellos antes de la guerra civil, al fallecer sin descendencia el artesano que lo llevaba. Sus técnicas de fabricación coincidían plenamente con las de Málaga del Fresno.
En Valdepeñas de la Sierra se hicieron muchos tipos de piezas, vidriadas y sin vidriar, pero el alfar desapareció al fallecer el “Chachara”. Sus cántaros, sin decoración, son de cuerpo voluminoso y globular, toscos y pesados, de cuello corto y boca reducida terminada en reborde saliente y llevan un asa “en el punto de encuentro del cuerpo y el cuello y se levanta, en ángulo recto, por encima de la boca”.
Para finalizar se reseña la alfarería de Zarzuela de Jadraque, antes llamada “de las Ollas” que ya aparece mencionada en las Relaciones Topográficas de Felipe II, aunque sin precisar el número de alfareros existente ni su tipo de producciones. También consta su actividad alfarera en el Catastro de Ensenada, donde se citan quince alfareros. Posteriormente, de cada 150 familias, 30 se dedicaban a la alfarería durante todo el año, puesto que el obrador se situaba en la cocina de casa, por lo que la obra no se helaba en invierno. Se trata posiblemente del centro alfarero más arcaico de Guadalajara, con torno de mano, en el que nunca se empleó el vidriado. Las incisiones de las piezas sirvieron como “marca de alfarero” al ser cocidas en hornos comunales.
En resumen, un catálogo muy interesante a la hora de penetrar en el conocimiento de los centros alfareros de Guadalajara, hoy desaparecidos, escrito con un lenguaje sencillo que llega a cualquier lector.

José Ramón López de los Mozos 

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