viernes, 1 de junio de 2012

Una nueva visión de Jadraque


BRIS GALLEGO, José María, El libro de Jadraque, Guadalajara, El Autor / Aache Ediciones, 2010, 368 pp. (I.S.B.N. 978-84-92886-17-3).

El libro que comentamos es impresionante, su número de páginas así lo indica. Impresionante, colosal, y tantos otros adjetivos que podríamos añadirle, aunque posiblemente el que mejor le cuadre, desde nuestro punto de vista, sea el de exhaustivo. Un libro “total” acerca de Jadraque.
En esta misma sección hemos visto otros trabajos sobre la misma localidad o sus tesoros artísticos y monumentales, pero en atención a la verdad hay que indicar que no son más que una parte, mínima, de lo que en este volumen se contiene. Baste decir que está compuesto por treinta y nueve capítulos, además de unos apéndices en los que figuran las listas de los alcaldes (conocidos) que la villa ha tenido desde 1580 -fecha en la que se contestaron las Relaciones Topográficas de Felipe II-, de los sacerdotes llamados históricos, las fiestas tradicionales de Jadraque y pueblos de su entorno, una ofrenda en oración al castillo del Cid, el epílogo y una extensa bibliografía, apabullante, de más de cien títulos.
¡Y su autor dice que es una historia inacabada...! puesto que sólo llega hasta 2009.
Es interesante el recorrido que José María Bris hace a lo largo de la historia de Jadraque, que nunca queda aislada de la de los pueblos de sus alrededores, puesto que siempre han caminado juntos, desde los más remotos tiempos prehistóricos, hasta el advenimiento de la democracia en 1975.

Evidentemente no se olvida del resto de periodos, centrándose de forma más concreta en las edades Media y Moderna, precisamente por ser las más interesantes desde el punto de vista del historiador, puesto que fueron aquellos en los que mayores cambios sufrió Jadraque, desde su propio nacimiento y posterior evolución, hasta llegar a manos mendocinas y seguir su andadura tras la abolición de los señoríos. Y otros tiempos nuevos, más cercanos, en los que tuvo lugar la invasión francesa, el liberalismo, la república y la guerra del 36, la posguerra y los prolegómenos del momento actual.
Pero por encima de los grandes periodos, de los grandes hechos, hay aspectos que son más atrayentes para Bris, y eso se nota en una serie de ellos que han venido conformando el ser y la esencia de su Jadraque: el Cid y el castillo de su mismo nombre; la santidad del padre Urraca; la lección de  Don José Gutiérrez de Luna, más conocido por “El Indiano”; la sonora bofetada de Isabel de Farnesio a la princesa de los Ursinos; los prohombres ilustrados entre los que se cuenta aquel Don Juan Arias de Saavedra y Verdugo de Oquendo que tanto protegió a Jovellanos y que tanto lustre “ilustrado” dieron, todos juntos, a Jadraque; aquella asociación llamada “La Benéfica”, o la figura tenue y delicada del poeta José Antonio Ochaíta, de verso exuberante y fluido...
Toda una larga serie de elementos, a modo de teselas, que José María Bris, va montando en este mosaico que es la historia de Jadraque.
Pero no se para en eso, sino que lo aumenta más con ese otro mundo que va de la mano de la Historia y que es su toponimia mayor y menor y sus ermitas, que forman parte del pensamiento cuasi económico y religioso, aspectos éstos tan definidores de un pueblo; como la heráldica o los personajes que allí vivieron o allí nacieron, algunos de nombres no tan sonoros como aquellos que recogen los anales sin tener en cuenta que la Historia, tanto con mayúsculas como con minúsculas, la hace el hombre con su latir cotidiano y con su anonimato las más de las veces, es decir, de una forma que no consta en el mundo de lo que se tiene por “oficial”, donde las fechas, los reyes de sonoros nombres (con apodo o sin él) y las batallas son la Historia, o al menos eso que se ha venido teniendo por tal.
Hay mucha historia en estas páginas repletas de datos, pero también hay algo que no viene en los libros: muchas horas de vivencias, de conversaciones con tal o con cual, de recuerdos ya casi perdidos, de nostalgias que el autor pone casi entre líneas, como  los sueños que se soñaron y  después se hicieron realidad.
Sin embargo, a pesar de ser su autor conocido jadraqueño en cuerpo y alma, “hasta la médula” que podríamos decir un tanto achuladamente, no es esa una Historia de cuentos y fantasías sin sentido, no es ese mundo ya trasnochado y edénico al uso de los viejos historiadores que comienzan sus obras remontándose a Túbal y siguen añadiendo paja, rebuscando en los falsos cronicones al estilo del Padre Román de Lahiguera o, si se prefiere, Flavio Dextro. No.
Bris ha profundizado hasta en el último rincón de la historia general y ha encontrado esa aparente miga, aparentemente sin importancia, pero que afecta a Jadraque, y nos la devuelve de una forma atractiva. Y además no cae en las repeticiones que suelen caer muchos libros que tratan monográficamente la historia de un pueblo y que suelen atenerse casi única y exclusivamente a las consabidas Relaciones de Felipe II que copian descaradamente, al Catastro de la Ensenada, que también copian, y a los diversos diccionarios donde aparezca la voz de que se trate en cada caso. Cosa que no está mal en sí, si a ello se le sabe añadir la consiguiente guarnición histórica y se sabe sazonar como es debido. Por eso su trabajo, este libro, no se hace pesado y su lectura atractiva.
En fin, quien esto escribe se siente feliz y contento de haber leído este libro en su momento, este excelente libro. Primero por ser amigo de su autor y segundo, porque a través de su lectura ha pasado unos momentos -más de uno, pues que son muchas sus páginas-  agradables, a veces de ensimismamiento, que le han hecho recordar muchas cosas y aprender muchas más.
Y si a tan interesante texto le añadimos ese condimento apropiado de que hemos hablado más arriba, que en este caso son las fotografías, selectas, muchas y variadas, bastantes inéditas, miel sobre hojuelas.

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